Cuerpos contenedores

Recientemente, el concepto de maternidad subrogada ha dado un giro inesperado y realmente perturbador.

Ann Smajdor

El pasado mes de febrero el Colegio de Médicos Colombiano (CMC) se hizo eco en la red social Twitter de un artículo que proponía literalmente utilizar los cuerpos de mujeres con muerte cerebral para “ayudar a las parejas sin hijos”. Ante el revuelo suscitado, el CMC tuvo que pedir disculpas, también vía Twitter, por la ofensa cometida contra las mujeres.

El artículo en cuestión estaba firmado por la bioeticista Ann Smajdor de la Universidad de Oslo (AQUÍ) y el portal Bioedge solo se hizo eco (AQUÍ) del mismo en su página web el pasado mes de enero.

Smajdor defendía lo que denomina “donación gestacional de cuerpo entero” para pacientes con muerte cerebral, porque estas mujeres podrían ser unas buenas sustitutas gestacionales siempre que lo hayan dejado por escrito anteriormente. Según ella:

“Es sorprendente que nadie haya discutido esto en detalle antes. ¿Qué pasa con todos esos cadáveres de mujeres en camas de hospital? ¿Por qué sus úteros deberían desperdiciarse?”

Además, para Smajdor estas mujeres podrían ayudar no solo a parejas estériles, sino a aquellas mujeres que no quieran gestar. Es decir, el argumento para recurrir a un vientre de alquiler ya no sería la esterilidad, sino la disponibilidad (o las ganas) de hacerlo, lo que haría posible elegir no pasar por un embarazo, y delegar esa función en el cuerpo de una persona en coma.

La mera posibilidad de comparar el cuerpo de una mujer con un “contenedor fetal”, así como la mercantilización y cosificación asociadas son argumentos consolidados en contra de la maternidad subrogada “clásica”. El caso de los vientres de alquiler durante la guerra de Ucrania (AQUÍ) es un buen ejemplo.

Smajdor va un paso más allá al utilizar el cuerpo de mujeres con daño cerebral para satisfacer los deseos de otros.

Por si los problemas morales de la maternidad subrogada fueran pocos, propuestas de este tipo tensan todavía más las ataduras morales que deberían servir de anclajes a una sociedad con unos mínimos éticos para la propia supervivencia física y moral.

No obstante, el texto de Smajor ya preveía las críticas feministas y proponía también incluir a los hombres en este tipo de maternidad, mediante la donación de sus cuerpos si en un futuro se dan las condiciones para usarlos como contenedores fetales.

Las reacciones en redes sociales han sido muy variadas, entre ellas, destaca la de la secretaria de las Mujeres de la Alcaldía de Medellín, Angélica Ortiz que declaró que ningún cuerpo se está “desperdiciando”, puesto que las mujeres no son una “fábrica de personas”:

“No somos cosas de usar y tirar”.

Otras críticas se centraron en el papel de las familias de estas pacientes y en el sufrimiento que les provoca que sus familiares puedan ser considerados “criaderos vivos” dentro de un mercantilismo neoliberal.

Ante la presión mediática, Smadjor se vio obligada a publicar un comentario sobre su artículo, en el que se preguntaba si su propuesta sería normal dentro de unos años, dados los rápidos avances de la ciencia. Su objetivo era reflexionar sobre cuestiones que ahora parecen controvertidas, pero que, según ella, deben ser tenidas encuenta para el futuro.

Las reflexiones de Smajdor no son propias no solo de una bioeticista, sino de una persona con algún rastro de empatía y valores humanos.

El imperativo categórico kantiano que instaba a tratar a la humanidad siempre como un fin y nunca como un mero medio ha sido contravenido de la manera más perturbadora posible.

El movimiento “no somos vasijas” contrario a la maternidad subrogada aduce que “las mujeres no se pueden alquilar o comprar de manera total o parcial”. Pero, hasta el momento, se trataba de mujeres vivas con capacidad de decisión, aunque ciertamente limitada por diversas circunstancias socioeconómicas.

La bioeticista noruega equipara la donación de órganos de personas fallecidas, con la donación de cuerpos todavía vivos para intereses espurios. Defiende que el Estado y la sanidad pública deberían adaptar sus políticas y procedimientos para permitir este tipo de donación.

Esto supone no solo tratar a las mujeres como vasijas, sino no respetar el proceso de muerte de la paciente y el duelo de sus familiares. Supone no saber distinguir entre la especulación ética “transgresora”, y la delgada línea que separa la vida y la muerte.

La mera posibilidad de que una persona clínicamente muerta sea la portadora de vida (del embrión de otro) es como mínimo cuestionable. Además, no se puede comparar la donación de órganos post mortem para ayudar a otras personas, con la creación de una vida dentro del útero. Se trata de dos escenarios totalmente distintos:

– La donación de órganos está vinculada a la vida, al altruismo, a la esperanza.
– La donación del cuerpo entero está vinculada a la reificación de una mujer con muerte cerebral (donante potencial de órganos) para crear una vida, en la que no desempeñará ningún papel futuro. Ya no se trataría de una “madre gestante”, sino de un mero “cuerpo contenedor”.

Efectivamente, una mujer no es una vasija; un bebé no es un producto de mercado.

Pero en la “sociedad líquida”, a la que se refería Zygmunt Bauman, parece que todo es susceptible de serlo. De hecho, el objetivo de Smajdor parece estar más relacionado con las leyes de mercado, que con argumentos (bio)éticos para futuros avances científicos.

La donación gestacional del cuerpo entero contraviene los cuatro principios básicos de la bioética principialista de Beauchamp y Childress:

1- Autonomía: capacidad de un sujeto autónomo de disponer de su propia vida para tomar decisiones, libre de coacciones internas o externas. Si la donación del cuerpo entero acaba siendo una realidad, atraerá los mismos intereses económicos que la maternidad subrogada clásica. Eso puede conllevar decisiones extremadamente peligrosas por parte de los familiares y de la propia paciente. El consentimiento informado no podría ser un documento de voluntades anticipadas al uso, porque, ¿Quién querría gestar el bebé de otro en el lecho de muerte? ¿Qué intereses económicos podrían satisfacer una demanda de este tipo? ¿Qué tipo de valores morales defendería las parejas o personas individuales que recurrieran a esta maternidad subrogada?

2- Beneficencia: obligación moral del profesional médico de actuar en beneficio de otros. Esta práctica no solo no beneficia al paciente, sino que cosifica el cuerpo vulnerable de una persona en estado vegetativo. El hecho de que sea médicamente posible, no lo hace éticamente aceptable.

3- No maleficencia: Primum, non nocere, es decir, “Primero, no hacer daño”, que constituye un imperativo propio del Juramento Hipocrático. La propuesta de Smajdor no respeta este principio, dado que la gestación en este estado es una acción dañina para el paciente y para el propio embrión. No se conocen las consecuencias de una gestación de este tipo, ni los riesgos que podría entrañar como práctica habitual.

4- Justicia: Aristóteles la definía como “dar a cada cual lo que le corresponde”. Desde una perspectiva bioética, Beauchamp y Childress la conciben como la distribución equitativa de recursos médicos escasos. Esto plantea la pregunta de quién pagará por la supervisión y el tratamiento médicos de este tipo de maternidad tan arriesgada: ¿los padres que alquilan el cuerpo a través de una agencia? ¿Quién recibiría el pago, los familiares, la pareja o amigos de la madre gestante? ¿Quién sería el responsable en caso de problemas para la paciente o el embrión? ¿Quién tendría acceso a esta nueva modalidad de maternidad subrogada y por qué motivos (económicos, sanitarios)?. Es obvio que se crearía un mercado alternativo de dudosa moralidad alrededor de esta práctica, tal como está ocurriendo con la maternidad subrogada de pacientes “conscientes”.

La conclusión es que “la donación gestacional del cuerpo entero” está más próxima a los presupuestos “líquidos” y transhumanistas que conciben el cuerpo como un campo de pruebas, que a los de una sociedad equitativa que cumple unos mínimos éticos.

En una “ética de mínimos”, parafraseando a Adela Cortina, estos planteamientos deberían ser eliminados antes de llegar ni siquiera al papel y de ser publicados en una revista científica.

Si no se pone coto a estas reflexiones distópicas, es posible que en un futuro se pueda “ir de compras por el supermercado genético” tal como afirmaba Robert Nozick, ahondando en la Bioprecariedad asociada no solo a la falta de fármacos, sino de recursos genéticos para mejorar a las personas. Quizás los “vientres de alquiler”, ya sea en vida o en la muerte, serán la solución a estos problemas de acceso.

El utilitarismo heterónomo y científico que desprende el argumento de Smajdor debe ser contrarrestado con argumentos derivados de una ética deontológica y autónoma que ponga la dignidad del ser humano en el centro.

Para bioeticaweb


Una respuesta a «Cuerpos contenedores»

  1. La ingeniería genética no tiene ética ni moral, son muchos años de competición entre empresas por alcanzar la clonación deseada, de ahí el término de madre de alquiler, pero no una madre cualquiera, tiene que ser el ADN deseado para el objetivo que se oculta. Estas empresas son dirigidas por órdenes secretas religiosas, el poder sobre los demás es la tentación satánica más potente. El transhumanismo y la inteligencia artificial es la revolución al viejo orden, en el nuevo orden los úteros artificiales será la maquinaria de reproducción en la matriz digital, al estar prohibida la procreación humana, ya se están cuidando de esterilizar a la muchedumbre.

    Saludos cordiales

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