De babazas, mamporreros y perros de presa informativos

No sé si en los albores de nuestra frustrada transición los máximos responsables de los medios informativos tomaban decisiones con el único fin de replicar a sus colegas desde la óptica de la competitividad capitalista. Ni sé si el empeño en ampliar las emisiones de programas zafios, insustanciales o indecentes se hacía sólo con el pecuniario objetivo de disparar las audiencias y superar a la competencia.

Lo que sí sé es que si eso ocurrió alguna vez, duró muy poco, y los repertorios horteras, triviales y lascivos enseguida se pusieron a la orden del poder para aletargar conciencias mediante la vulgaridad y el adoctrinamiento. Al vender sin escrúpulos su deontología al sistema y transformarse en uno de sus instrumentos más poderosos, los medios de comunicación de masas abandonaron definitivamente los aspectos meramente comerciales o de concurrencia con otras publicaciones y otros canales de televisión y de radio, para sustituirlos por la subsidiada voluntad de introducir mensajes subliminales a favor de los designios de la plutocracia y de la lenta pero bien trazada estrategia frentepopulista.

La rentabilidad financiera, la búsqueda particular de beneficios, dejó de orientarse hacia la mejora de los contenidos sociales o culturales propios en aras de superar los de los competidores, para priorizar el servilismo hacia las directrices de quienes nutren los Fondos de Reptiles. Pero si resulta denigrante que las empresas de comunicación privadas adopten la abyección como método mercantil, es inaceptable que RTVE, un organismo público al servicio de todos los españoles se convierta en patrimonio particular del NOM, de Bruselas, del Gobierno-partido de turno o de la casta partidocrática en general.

Y esto es así, entre otras cosas, porque su rentabilidad no es primordialmente económica, sino social; es decir, su finalidad no es la acumulación de beneficios, sino la divulgación cultural y científica, la manifestación de un ocio que estimule la creatividad, no los instintos primarios, la información veraz y el análisis objetivo acerca de todos los asuntos y problemas que conciernen a la ciudadanía.

Esto, que debiera ser de obligado cumplimiento para los máximos responsables de RTVE, de acuerdo con nuestra Carta Magna, se infringe con absoluta desvergüenza, sabedores de la impunidad que su papel de perros de presa les otorga. Pero tales infracciones de siervos y tiranos, tales asaltos a la Constitución en pro de los intereses partidocráticos y gubernamentales también han de ser instalados en la memoria colectiva para que más pronto que tarde sean pagados con la reprobación ciudadana y con la cárcel.

Es terrible que quienes poseen medios adecuados y suficientes para colaborar en la mejora de la sociedad, elevando sus niveles culturales y espirituales, dediquen su potencial a destruir la dignidad individual y la estructura del Estado. Terrible que cada vez que la voz de un ciudadano, rodeado como está de flatulencia ideológica, de vida intelectual de rebaño, trata de no ceder a la charlatanería vana e indecente, un coro de guardianes grite desde las rotativas para tapar su eco, ahogar su entereza ética y saquear su pensamiento.

La censura que impone la nueva dictadura de terciopelo -so pena de aislamiento, ostracismo o muerte social y civil-, a quienes exigen acceso a la educación y a la cultura, muestran inquietudes para colmar sus necesidades auténticas o denuncian los abusos frentepopulistas, van paralelas a la proliferación de consignas ideológicas de signo contrario, a la permisividad de todo tipo de modelos gregarios e imágenes obscenas, triviales y enajenadoras, o a la manifestación de una permanente tendencia a la alienación de las masas.

Entre las legiones de subsidiados o de creyentes en la nueva religión de lo políticamente correcto a través de las redes sociales o los parlamentos, los medios de comunicación distinguidos conforman una tiranía de nuevo cuño que, añadida a la vieja tiranía social comunista, sólo permite plena libertad de expresión para cantar las glorias del contrabando emigratorio y del multiculturalismo naif, alabar versiones anti masculinas del feminismo, aplaudir la orientación sexual perversa, mostrar respeto por todas las creencias religiosas menos el cristianismo o avalar las tenebrosas versiones ideológicas que han hecho de las izquierdas resentidas la representación de la sangre y de la más atroz miseria.

De ahí que entre las incontables estructuras sociales que en España deben ser regeneradas, la referida a la Información sea prioritaria, porque nadie debiera escribir y propagar como periodista lo que deshonra a la verdad, ni puede sostenerse desde el honor, virtud ésta que los medios informativos españoles de mayor audiencia y nombradía, la llamada «prensa de prestigio», desconoce. Y es lógico, pues tantas décadas protegiendo al poder y desamparando al débil han logrado que, en las redacciones, las damas y los caballeros se hayan sustituido por mandrias y bellacos.

En estos medios de comunicación falsos, el silencio, la insidia y la manipulación se han convertido en géneros literarios. Lo correcto consiste en la uniformidad de criterio a favor de los grupos de presión económica y política, del pensamiento único, del buenismo hipócrita, de la ceguera de condición o la ley del embudo a la hora de tratar las noticias o de airear la Historia. Para estos grupos falseadores, ni existe el honor ni existe la realidad. Por eso nadie en las redacciones está dispuesto a alterar las digestiones de los que manejan el cotarro, que en buena parte son ellos mismos. Amparados en el antifranquismo y en las hispanofobias más furibundas, vociferando y pataleando contra todo lo que suene a tradición, las nuevas generaciones mediáticas han heredado de sus mayores la arrogancia de los cínicos y la irresponsabilidad y jactancia de los delincuentes sin castigo.

Puede decirse sin error que la información está en manos de magnates servidos por periodistas ambiciosos y venales. Amables seguidores de las asechanzas izquierdistas, blanqueadores de toda su inmundicia, han contado además con el silencio o la aquiescencia de una derecha emasculada, huérfana así mismo de cultura y de dignidad y traidora con sus votantes. Mientras la falsedad progresista se finge injuriada para poder practicar la injuria, denunciando calamidades e injusticias achacadas al chivo expiatorio del franquismo -¡aún más de cuarenta años después de su final!-, las llamadas derechas han permanecido y permanecen cómplices o inertes.

En tanto la información social comunista se empeñaba en desmantelar todo lo que el franquismo había edificado, desde lo económico a lo social y cultural, desde el aparato judicial hasta la educación y la Universidad, tanto las rotativas y los platós hispanófobos como los derechistas -realistas, monárquicos, democratacristianos, oligarquía en general, etc.- se encargaban gustosos de engrasar los instrumentos de demolición.

Porque la historia española ha contemplado una vez más la vergonzosa conducta de unos medios que, nacidos en buena parte en una atmósfera derechista o de derecha sociológica, han ayudado a triunfar a sus supuestos antagonistas, es decir, a la legislación, a la perversidad y a las ideologías más arbitrarias y macabras: LGTBI, feminismo, homosexismo, socialismo, comunismo, estalinismo, chavismo, anarquismo, separatismo, anticlericalismo, etc. O lo que es lo mismo, al desgobierno y al terrorismo, al no oponerse con convicción a sus soflamas o colaborando directamente con ellas.

Esta estructura mediática a caballo entre la plutocracia y el poder frentepopulista ha logrado con sus argucias dialécticas y su trampeo del lenguaje que el pueblo calle para no ser tildado de fascista, de racista, de homófobo…  Todo debe entenderse según las reglas establecidas por el nuevo poder totalitario. Si entre la muchedumbre alguien apunta un tímido reparo, los vulgarizadores sin escrúpulos sonríen condescendientes, mostrándote el error; si alzas la voz y sigues protestando, te penalizan, anatematizan y calumnian. O te silencian. Porque todo lo que propugna el sistema debe ser aceptado con unánime voluntad. Una propaganda del buenismo, cara a la galería, relativista, de ambigüedad calculada y cortical en apariencia que se transforma en disposición férrea e inmisericorde, en feroz despotismo sin escrúpulos a la hora de defender el meollo, que es el exterminio de las identidades.

De la mano de estos encauzadores de opinión amalgamados con doctrinarios, ventajeros e intelectuales a la violeta, de todos estos muñidores de la catástrofe nacional, el silencio culpable es tanto la conducta civil al uso como el género literario de moda en el siglo XXI. En las bibliotecas del futuro, para comprender estos tiempos actuales nuestros, habrá que ir a los textos sagrados escritos en blanco. O considerar que la verdad se halla en las antípodas de lo narrado por la historiografía clientelar compuesta por los mandarines del poder.

Y con sus difamaciones y sus mordazas informativas, gracias a la confusión y a la amoralidad que han impuesto a un pueblo ya de por sí irreflexivo y boyuno, han ayudado a que se instale lo peor de la doctrina política, la más abrumadora corrupción, la más ostentosa delincuencia, la sociedad sin ley y sin esperanza, sentando en sus poltronas a individuos henchidos de malsana ambición y ayunos de conocimientos y de ética, a unos ladrones convictos -ERES y demás interminables pillajes mediante-, tal vez porque quien entroniza a los delincuentes puede a su vez beneficiarse impunemente del delito.

Los medios de comunicación de masas actuales tienen el penoso objetivo de difundir y vindicar la fotografía de la España frentepopulista, vividora, vaga e incendiaria, que sólo se moviliza para hacer el mal, nunca para solidarizarse y luchar por la excelencia. Gracias a ellos, en este país a las izquierdas se les consiente todo. Desde pisotear la libertad y mentir con toda la boca, hasta mantener postrados a los ciudadanos libres, y secuestrada a la verdad.

Con su estafadora propaganda, los fanáticos voceros forjan un paraíso para su secta y para toda la humanidad hampona y parasitaria. Tan indeseables como sus amos, su labor informativa se reduce a apoyar, con la insolencia que da la inmunidad, a quienes gozan enviando a los saqueadores en las madrugadas chavistas y social-estalinistas para asaltar la intimidad de los ciudadanos.

Una prensa servidora de las dos columnas que sustentan el sistema: el izquierdismo más demente y despótico y el ominoso mundo de las altas finanzas. Es decir, un periodismo conformado por babosos, mamporreros y perros de presa, rastrero e inhumano.

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