De como Queipo de Llano alzó Sevilla

Queipo de Llano

Sevilla era, según lo previsto por Mola –y con ella debía serlo toda la 2ª División Orgánica, o sea Andalucía– la que debía dar el primer paso del Alzamiento en la Península y, también según tales planes, era el Gral. Gonzalo Queipo de Llano quien debía protagonizarlo, sometiendo con ello a la sublevación a su primera «prueba de fuego» en la Península; esta región era imprescindible para ser utilizada como lugar de desembarco de las fuerzas de África que en principio debían recalar por mar en Málaga y Cádiz.

Pero si bien se albergaban esperanzas de que en estas últimas ciudades el Alzamiento triunfara, Sevilla se daba por perdida de antemano dada la profunda penetración en ella desde siempre de las ideologías revolucionarias como en la mayoría de Andalucía debido a su estructura fundamentalmente rural y campesina; no en balde a la capital hispalense se la conocía con el sobrenombre de «La roja». Por todo lo dicho era mucho lo que dependía de Queipo a quien Mola había escogido precisamente para tan difícil cometido por conocer su arrojo, audacia y capacidad de liderazgo, algo que durante toda su vida había acreditado en numerosas ocasiones; también porque fue en sus días activo conspirador para derribar a la Monarquía, era acérrimo partidario de la República, como Mola –bien que no de la de ese instante, corrompida por el Frente Popular– y yerno del que fuera su primer presidente, Alcalá-Zamora; como puede verse son datos que avalan una vez más el hecho irrefutable de que el Alzamiento no iba en contra de dicho régimen. Los hechos que vamos a relatar demostraron que Mola acertó en su elección, convirtiéndose Queipo en uno de los protagonistas más peculiares y sobresalientes de los muchos que dio el Alzamiento.

Sábado, 18 de Julio de 1936

García Rodríguez «El Algabeño»

Queipo había llegado a Sevilla sobre las once y media de la mañana de incógnito procedente de Huelva, acompañado por su ayudante el Cte. López Guerrero, una vez que había burlado a los dirigentes frentepopulistas de tal ciudad –les había dicho que estaría por l provincia en visita de inspección conforme a su cargo–, instalándose en el Hotel Simón donde recibió, entre otros, al torero José García Rodríguez “El Algabeño” –falangista de máxima confianza y al tanto de la sublevación–, al que confirmó el inicio del Alzamiento y le instruyó para que alertara a los falangistas de él dependientes –una decena– que permanecían escondidos al poder escapar de la dura represión frentepopulista de los últimos días. Asimismo, se entrevistó con algunos de los pocos Oficiales que a esas horas estaban dispuestos a sublevarse, a los que anunció que, en breve, se dirigiría a la jefatura de la División para intentar hacerse con ella.

Después de almorzar en el hotel, sobre las dos de la tarde Queipo se encaminó, junto con su ayudante, al edificio de la Comandancia Militar, sede de la 2ª División, así como residencia del Gral. Fernández Villa-Abrille, jefe de ella; éste fue en su día sondeado sobre la posibilidad de sumarse al Alzamiento habiéndose mostrado del todo contrario.

Fdez. Villa-Abirlle

Llegado a ella, Queipo se trasladó discretamente a un despacho de su segunda planta donde permaneció durante unos veinte minutos a la espera de que los pocos Jefes y Oficiales implicados en la sublevación –no más de una decena– fueran avisando al resto de los que, en cumplimiento de la orden de acuartelamiento emitida por el Gobierno, permanecían en el edificio, rogándoles que se concentraran en su patio pues “…el General Queipo estaba allí y quería hablarles…”; como es lógico, el hecho no pasó desapercibido ni para el propio Fernández Villa-Abrille, ni para su jefe de Estado Mayor, el Gral. López Villota, los cuales acudieron también al enterarse de la convocatoria, coincidiendo su llegada al patio con la aparición de Queipo que descendía en esos instantes desde el segundo piso por las escaleras que daban directamente al mismo pistola en mano, mientras los pocos dispuestos a sublevarse le arropaban prorrumpiendo en gritos de ¡Viva España! y ¡Viva nuestro General!; como puede imaginarse la sorpresa para todos los que allí se congregaban fue mayúscula, máxime teniendo en cuenta que todos sabían que Queipo era General Inspector del Cuerpo de Carabineros, y por ello sin mando operativo alguno sobre unidades del Ejército y menos sobre la 2ª División. Así, la atmósfera que se creó en aquel lugar, con los tres Generales presentes –y uno de ellos empuñando su pistola–, fue una enrarecida mezcla de desconcierto, sorpresa, incredulidad y suspicacia, de características inenarrables, no exenta de electrizante emoción.

Enseguida tuvo lugar un durísimo enfrentamiento verbal a la vista de todos entre Fernández Villa-Abrille y Queipo. Éste invitó a aquél a sublevar la División, lo que Fernández Villa-Abrille rechazó de plano. Entonces Queipo dio un paso más y, optando por zanjar el asunto sin más dilación, le espetó “…sólo me dejas dos recursos: o matarte o encerrarte; creo que te encerraré…”, ordenando su arresto y el del Gral. López Villota que se solidarizó con su jefe y pidió acompañarle, quedando ambos, junto a algún que otro jefe de su Estado Mayor, encerrados en el despacho de Fernández Villa-Abrille. Mucho influyó en este primer éxito de Queipo el hecho de que todos los presentes sabían de su demostrada decisión, por lo que creyéndole capaz de abrir fuego, tanto Fernández Villa-Abrille como los demás optaron por someterse.

A continuación, Queipo ordenó por teléfono al Cte. José Méndez Sanjulián, jefe del Parque de Artillería, que procediera a sublevarse; era punto de especial importancia toda vez que en él se almacenaban cerca de 40.000 fusiles y grandes cantidades de munición que había que conservar a toda costa, evitando que pudieran caer en manos de las turbas frentepopulistas; fue por ello dicho Parque el segundo lugar de la capital hispalense que se sublevó con éxito justo poco antes de que se presentaran en él los primeros grupos de exaltados pretendiendo obtener armas, siendo dispersados a tiros quedando una decena de ellos muertos en la calle.

Sin perder tiempo, Queipo se trasladó, acompañado únicamente por su ayudante, el Cte. César López Guerrero, al cuartel de San Hermenegildo, contiguo a la Comandancia Militar, sede del Regimiento de Infantería, reuniéndose en él con su jefe, el Col. Manuel Allanegui Lusarreta, a quien, a pesar de intentarlo reiteradamente, no convenció para que secundara la sublevación. Estando en la conversación y llegadas las primeras noticias de lo que había ocurrido en la Comandancia, se concentraron en torno al General y al Coronel los Jefes y Oficiales del citado Regimiento, ante los cuales siguió la discusión que zanjó Queipo indicando al Coronel que quedaba destituido de su mando, ofreciéndoselo a un Teniente Coronel que se encontraba allí presente pero que lo rechazó, gesto que fue secundado por el resto de los mandos creándose una situación crítica ante la cual Queipo, haciendo gala de una sangre fría encomiable, ordenó a su ayudante que fuera a buscar al Cte. José Cuesta Monereo a la Comandancia, pues era persona muy conocida por toda la guarnición sevillana y con gran ascendencia sobre muchos de sus mandos, confiando en que al verle a él sublevado los demás le seguirían.

Mientras se procedía a lo ordenado, Queipo, a solas con los Jefes y Oficiales presentes, en principio hostiles y que muy bien podían haberle detenido, entretuvo el tiempo entablando un distendido y relajado diálogo con ellos acerca de lo que estaba ocurriendo, sin quedar claro quién dominaba a quién. Cuando llegó el Cte. Cuesta, Queipo retomó con ganas su insistencia a favor de la necesidad de sublevarse. Al persistir la negativa de los mandos, optó por ofrecer el mando del Regimiento al Cap. Fernández de Córdoba, que lo aceptó, siendo éste, por lo tanto, el primero de los Oficiales en secundar la sublevación, imitándole entonces otros más. El General declaró arrestados a los que así no lo hicieron y los trasladó a la Comandancia Militar. De nuevo en ella, ordenó a su ayudante que volviera al Regimiento y se hiciera cargo del mismo, ordenando también que una Compañía saliera de inmediato a la calle para proclamar, conforme a lo que para estos casos determinaba la legislación republicana vigente, el “estado de guerra” en la ciudad; acto que hubo de hacerse sin la preceptiva banda de música al no disponerse de una y de forma muy precipitada –su Capitán ordenó a los soldados que pegaran el bando por árboles y esquinas– pues tuvo que volver urgentemente a la Comandancia debido a la escasez de personal disponible para su defensa, ante el temor de que la Guardia de Asalto pudiera reaccionar y atacarla. Con las prisas, el documento careció de la preceptiva firma, rezando como sigue:

Principales y casi únicos mandos sumados desde el principio al Alzamiento en Sevilla. De izquierda a derecha, sentados, el Cte. César López Guerrero, ayudante del General Queipo de Llano (que está en el centro) y el Cte. José Cuesta Monereo. De pie, el Cap. Alfonso Carrillo Durán, los Cte,s Eduardo Álvarez Rementería y Manuel Gutiérrez Flores, y los Cap,s Manuel Escribano Aguirre y Modesto Aguilera Morente.

“Españoles: Las circunstancias extraordinarias y críticas por las que atraviesa España entera; la anarquía, que se ha apoderado de las ciu­dades y de los campos con riesgo evidente de la Patria, amenazada por el enemigo exterior, hacen imprescindible el que no se pierda un solo momento y que el Ejército, si ha de ser la salvaguarda de la Nación, tome a su cargo la dirección del país, para entregada más tarde, cuando la tranquilidad y el orden estén restablecidos, a los elementos civiles preparados para ello.

En su virtud, y hecho cargo del Mando de esta División, ordeno y mando:

1º Queda declarado el estado de guerra en todo el territorio de esta División.

2º Queda prohibido terminantemente el derecho a la huelga. Se­rán juzgados en juicio sumarísimo y pasados por las armas los direc­tivos de los sindicatos cuyas organizaciones vayan a la huelga o no se reintegren al trabajo los que se encuentren en tal situación a la hora de entrar el día ,de mañana.

3º Todas las armas largas o cortas serán entregadas en el plazo irreducible de cuatro horas en los puestos de la Guardia Civil más próximos. Pasado dicho plazo, serán igualmente juzgados en juicio sumarísimo y pasados por las armas todos los que se encuentren con ellas en su poder o en su domicilio.

4º Serán juzgados en juicio sumarísimo y pasados por las armas los incendiarios, los que ejecuten atentados por cualquier medio a las vías de comunicación, vidas, propiedades, etc., y cuantos por cualquier medio perturben la vida del territorio de esta División.

5º Se incorporarán urgentemente a todos los cuerpos de esta División los soldados del capítulo XVII del Reglamento de Recluta­miento (cuotas) de los reemplazos de 1931 al 35, ambos inclusive, y todos los voluntarios de dichos reemplazos que quieran prestar este servicio a la Patria.

6º Se prohíbe la circulación de toda clase de personas y de ve­hículos que no sean de servicio público, desde las nueve de la noche en adelante.

Espero del patriotismo de todos los españoles que no tendré que tomar ninguna de las medidas indicadas en bien de la Patria y de la República. El General de la División, Gonzalo Queipo de Llano.”

Primeros falangista en sumarse al Alzamiento

Hay que destacar, para comprender la pertinaz negativa de los mandos sevillanos a secundar a Queipo en estos primeros momentos, que sobre ellos pesaba como una losa el recuerdo de lo acontecido en la misma ciudad en 1932 con ocasión de la intentona del Gral. Sanjurjo, tras de cuyo fracaso los mandos de la guarnición que lo secundaron –prácticamente todos– fueron duramente represaliados por Azaña, por ello, ahora, ignorantes del alcance del Alzamiento, todos veían en Queipo a un nuevo Sanjurjo y, en su proceder, una copia de lo realizado por aquél, temiendo unirse a algo cuya envergadura real desconocían y creían destinado al fracaso, pues hasta ese instante únicamente se sabía que el Protectorado y Canarias se habían sublevado, pero permanecían aisladas pues no había noticias de que se fuera a secundar en otras capitales. Los miedos y suspicacias que sufrían los mandos estuvieron, como se ha visto, a punto de dar al traste con el gesto de Queipo, lo que impidió el General haciendo gala de un arrojo, sangre fría y capacidad de convencimiento realmente increíbles, por lo que sus méritos fueron, sin duda, especiales.

De todas formas, y como botón de muestra de la improvisación a la que tuvo que hacer frente Queipo, así como del caos que se creó por todo lo acontecido, baste citar el hecho de que recibida por el jefe de la unidad de Intendencia, el Cte. Francisco Núñez y Fernández de Velasco –que se encontraba en el edificio de la División, es decir, en el mismo en que estaba el General–, la orden de presentarse a él, creyó que lo debía hacer en el Gobierno Civil, lugar al que sin pensárselo dos veces se dirigió con sus hombres  –unos setenta–  cruzando en perfecta formación las calles sevillanas ante el estupor de los viandantes. Llegado a la citada sede, encontró en ella al Gobernador, Vera Rendueles, fuertemente custodiado por la Guardia de Asalto, quien, sorprendido, inquirió al Comandante sobre “…si estaba con el Gobierno o contra él…”, a lo que el militar le contestó, sin entrar en más discusiones y al darse cuenta de su error, que “…sólo buscaba a su General y que, como no estaba allí, se marchaba por donde había venido…”, regresando a la Comandancia, donde Queipo le ordenaría volver a salir y hacerse con el control de la Telefónica, el Ayuntamiento y el Gobierno Civil en el que hacía poco había estado.

En azul zona y puentes controlados por Queipo y en rojo por los frentepopulista

Queipo se puso de inmediato a organizar el dispositivo de defensa de la Comandancia y del Regimiento de Infantería anejo, por el momento únicos reductos en poder de los sublevados, habiendo logrado poner de su parte a la mayoría de los Oficiales que habían sido arrestados en los primeros momentos –no así a los Gral,s Villa-Abrille y López Villota–, contando para tal defensa con no más de unos ciento treinta soldados de Infantería, unos ciento cincuenta de Ingenieros, una treintena de paisanos –entre falangistas y requetés que ya se habían presentado voluntarios liderados por “El Algabeño”— y algunos números de la Guardia Civil que poco a poco se iban sumando a la sublevación. Ni que decir tiene que el ambiente en ambos acuartelamientos era ya para esos instantes de gran excitación e inmensa emoción, corriendo cada cual a ocupar el puesto que se le asignaba decididos a darlo todo por una causa que ya se sentía justa, necesaria y, más aún, obligada.

El cartel sobre el cadáver decía: «Po fasista UHP»

Como era de esperar, la noticia de que parte de la guarnición militar se había sublevado corrió como la pólvora por Sevilla. Sin embargo aún tardarían los líderes frentepopulistas en reaccionar algún tiempo curiosamente porque, al saberse que era el Gral. Queipo quien se sublevaba, y debido a su reconocida tradición republicana, cundió entre ellos la creencia de que lo hacía para defender al Gobierno del Frente Popular de los “fascistas”, no obstante lo cual, poco a poco se iría sabiendo la verdad y los frentepopulistas irían tomando sus medidas para hacer frente a la situación, principalmente desde los extrarradios de la ciudad, sus tradicionales baluartes, como eran sobre todo los barrios de Triana y La Macarena. Queipo, consciente de ello y de su debilidad había intentado aislarlos del centro de la ciudad ordenando levantar los puentes sobre el Guadalquivir que les servían de nexo de unión, en concreto el de San Telmo y el de Corta Tabla, sin lograrlo a tiempo con el de Isabel II, que se comenzó a batir por el fuego para evitar que, de todas formas, pudiera ser cruzado; lo anterior, realizado con muy pocas fuerzas pero con rapidez y decisión aprovechando el desconcierto inicial de los frentepopulistas resultaría providencial en las próximas horas. En los barrios ya citados, y por parte de los frentepopulistas, comenzaron a funcionar rápidamente los Comités Revolucionarios que se hicieron cargo, no sólo de intentar organizar los primeros ataques contra los sublevados, sino también de las represalias contra los considerados “fascistas” y los religiosos, cazándoseles por las calles y yéndoseles a buscar a sus casas de las que eran sacados para ser asesinados, todo acompañado de un devastador escenario de saqueos y quemas de iglesias.

Las próximas horas serían durísimas con enfrentamientos a vida o muerte entre ambos bandos, consiguiendo la habilidad de Queipo y de sus oficiales hacerse con la importante plaza sevillana, pero eso es parte de otra historia.


Una respuesta a «De como Queipo de Llano alzó Sevilla»

  1. El hombre de la foto es Manuel de la Oza, cobrador de Falange Española, asesinado el 21 de julio de 1936 en la calle Pureza del barrio de Triana, Sevilla: Nicolás Salas. Sevilla fue la clave. Sevilla, 1992, t. II, p. 579.

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