Del anuncio de Jesucristo a la convivencia multicultural
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La Iglesia continúa hablando de Evangelio, misión y salvación, pero cada vez parece menos preocupada por conducir a los hombres a Jesucristo. En muchos discursos, el centro se desplaza hacia el diálogo, la convivencia y la fraternidad entre las religiones. El respeto a toda persona, el rechazo de la violencia y la búsqueda de la paz son bienes verdaderos, pero no pueden sustituir la misión principal de la Iglesia, que es anunciar a Cristo y procurar la salvación de las almas. El problema aparece cuando ya no se pregunta cómo llevar a los hombres a la verdad del Evangelio, sino cómo hablar de la fe sin incomodar a quienes profesan otras religiones.
La evangelización parte de una verdad sencilla: todo hombre necesita a Jesucristo. Cristo murió por todos y todos están llamados a conocerlo, recibir el bautismo y vivir según su Evangelio. Sin embargo, el lenguaje eclesial reciente presenta con frecuencia al no cristiano como miembro de otra tradición religiosa con la que debemos caminar hacia una fraternidad común. Apenas se habla de conversión y se insiste, en cambio, en el respeto entre creencias y la colaboración social.
La frase pronunciada por León XIV en Lampedusa muestra esta ambigüedad: “La pertenencia religiosa no debe convertirse jamás en motivo de discriminación, como si la fe tuviera límites y no fuera, en cambio, llamada universal a la salvación”.
Nadie debe ser tratado injustamente por su religión. Pero, la cuestión es: ¿De qué fe se habla? ¿De la fe católica o de una fe común presente en todas las religiones? La doctrina católica exige claridad. Dios llama a todos los hombres a la salvación por medio de Jesucristo. No salva una religiosidad general. Salva Cristo, por la gracia que brota de su sacrificio.
El diálogo interreligioso puede servir para evitar enfrentamientos, corregir prejuicios o colaborar en asuntos concretos. Pero no es el fin de la misión. La Iglesia no fue enviada para mantener una conversación permanente entre religiones, sino para predicar el Evangelio. Cuando el diálogo sustituye al anuncio, se habla mucho de escucha, enriquecimiento mutuo y aprendizaje recíproco, pero apenas se invita al otro a reconocer a Jesucristo como único Salvador. La Iglesia comienza así a presentarse como una religión más entre las demás.
Este cambio también aparece en la atención a los inmigrantes. Dar alimento, alojamiento o asistencia es una obra de caridad, pero el inmigrante no tiene solamente necesidades materiales. También posee un alma llamada a la salvación.
Una parroquia puede ayudar durante años a personas no cristianas y no invitarlas nunca a conocer a Cristo, por temor a parecer irrespetuosa. De este modo se atiende el cuerpo, pero se guarda silencio sobre el alma.
Algo semejante sucede en las misiones. Las escuelas, hospitales y obras de asistencia siempre acompañaron a la predicación cristiana. El misionero ayudaba al hombre porque quería conducirlo a Cristo. Ahora puede ser valorado principalmente como cooperante, defensor de derechos o agente de desarrollo.
Una misión llega a considerarse exitosa porque mejora las condiciones de vida, aunque apenas haya conversiones o bautismos. Pero las obras humanitarias, aun siendo buenas, no bastan para definir la misión de la Iglesia. Solo Cristo libra del pecado y abre las puertas de la vida eterna.
También se ha debilitado la importancia del bautismo. Dios puede salvar, por caminos que solo Él conoce, a quienes ignoran el Evangelio sin culpa propia. Pero esto no elimina el mandato de evangelizar.
No es lo mismo decir que Dios puede salvar a quien no conoció a Cristo que afirmar que da igual permanecer fuera de la Iglesia. Si la fe y el bautismo son dones inmensos, la caridad obliga a ofrecerlos. No anunciar el Evangelio no siempre es respeto; puede ser una falta de amor.
El cambio alcanza también a la sociedad. La evangelización no buscaba solamente que algunas personas creyeran en privado, sino que las familias, las leyes y los pueblos reconocieran la soberanía de Cristo.
Cuando la sociedad multicultural se acepta como modelo definitivo, la Iglesia deja de pedir su conversión. Se limita a reclamar que todas las religiones convivan dentro de un Estado neutral. Cristo puede ser admitido como creencia privada, pero no como Rey de las naciones.
Aquí se encuentra el cambio principal: evangelizar deja de significar conducir a los hombres a la fe, al bautismo y a la obediencia a Cristo. Empieza a significar que personas de distintas religiones vivan juntas sin conflictos.
La convivencia pacífica es un bien, pero no es el fin último de la Iglesia. Cristo no envió a los Apóstoles para organizar una sociedad multicultural más amable. Los envió a enseñar a todas las naciones, bautizarlas y conducirlas a la salvación.
La Iglesia puede dialogar, acoger y ayudar, pero todo debe servir a su misión principal: llevar las almas a Cristo. Cuando esta finalidad desaparece, la evangelización se convierte en acción humanitaria con lenguaje cristiano.
Porque el hombre no necesita solamente ser acogido e integrado. Necesita ser redimido.
Y solo Jesucristo puede salvarlo.
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La Iglesia continúa hablando de Evangelio, misión y salvación, pero cada vez parece menos preocupada por conducir a los hombres a Jesucristo. En muchos discursos, el centro se desplaza hacia el diálogo, la convivencia y la fraternidad entre las religiones. El respeto a toda persona, el rechazo de la violencia y la búsqueda de la paz son bienes verdaderos, pero no pueden sustituir la misión principal de la Iglesia, que es anunciar a Cristo y procurar la salvación de las almas. El problema aparece cuando ya no se pregunta cómo llevar a los hombres a la verdad del Evangelio, sino cómo hablar de la fe sin incomodar a quienes profesan otras religiones.
La evangelización parte de una verdad sencilla: todo hombre necesita a Jesucristo. Cristo murió por todos y todos están llamados a conocerlo, recibir el bautismo y vivir según su Evangelio. Sin embargo, el lenguaje eclesial reciente presenta con frecuencia al no cristiano como miembro de otra tradición religiosa con la que debemos caminar hacia una fraternidad común. Apenas se habla de conversión y se insiste, en cambio, en el respeto entre creencias y la colaboración social.
La frase pronunciada por León XIV en Lampedusa muestra esta ambigüedad: “La pertenencia religiosa no debe convertirse jamás en motivo de discriminación, como si la fe tuviera límites y no fuera, en cambio, llamada universal a la salvación”.
Nadie debe ser tratado injustamente por su religión. Pero, la cuestión es: ¿De qué fe se habla? ¿De la fe católica o de una fe común presente en todas las religiones? La doctrina católica exige claridad. Dios llama a todos los hombres a la salvación por medio de Jesucristo. No salva una religiosidad general. Salva Cristo, por la gracia que brota de su sacrificio.
El diálogo interreligioso puede servir para evitar enfrentamientos, corregir prejuicios o colaborar en asuntos concretos. Pero no es el fin de la misión. La Iglesia no fue enviada para mantener una conversación permanente entre religiones, sino para predicar el Evangelio. Cuando el diálogo sustituye al anuncio, se habla mucho de escucha, enriquecimiento mutuo y aprendizaje recíproco, pero apenas se invita al otro a reconocer a Jesucristo como único Salvador. La Iglesia comienza así a presentarse como una religión más entre las demás.
Este cambio también aparece en la atención a los inmigrantes. Dar alimento, alojamiento o asistencia es una obra de caridad, pero el inmigrante no tiene solamente necesidades materiales. También posee un alma llamada a la salvación.
Una parroquia puede ayudar durante años a personas no cristianas y no invitarlas nunca a conocer a Cristo, por temor a parecer irrespetuosa. De este modo se atiende el cuerpo, pero se guarda silencio sobre el alma.
Algo semejante sucede en las misiones. Las escuelas, hospitales y obras de asistencia siempre acompañaron a la predicación cristiana. El misionero ayudaba al hombre porque quería conducirlo a Cristo. Ahora puede ser valorado principalmente como cooperante, defensor de derechos o agente de desarrollo.
Una misión llega a considerarse exitosa porque mejora las condiciones de vida, aunque apenas haya conversiones o bautismos. Pero las obras humanitarias, aun siendo buenas, no bastan para definir la misión de la Iglesia. Solo Cristo libra del pecado y abre las puertas de la vida eterna.
También se ha debilitado la importancia del bautismo. Dios puede salvar, por caminos que solo Él conoce, a quienes ignoran el Evangelio sin culpa propia. Pero esto no elimina el mandato de evangelizar.
No es lo mismo decir que Dios puede salvar a quien no conoció a Cristo que afirmar que da igual permanecer fuera de la Iglesia. Si la fe y el bautismo son dones inmensos, la caridad obliga a ofrecerlos. No anunciar el Evangelio no siempre es respeto; puede ser una falta de amor.
El cambio alcanza también a la sociedad. La evangelización no buscaba solamente que algunas personas creyeran en privado, sino que las familias, las leyes y los pueblos reconocieran la soberanía de Cristo.
Cuando la sociedad multicultural se acepta como modelo definitivo, la Iglesia deja de pedir su conversión. Se limita a reclamar que todas las religiones convivan dentro de un Estado neutral. Cristo puede ser admitido como creencia privada, pero no como Rey de las naciones.
Aquí se encuentra el cambio principal: evangelizar deja de significar conducir a los hombres a la fe, al bautismo y a la obediencia a Cristo. Empieza a significar que personas de distintas religiones vivan juntas sin conflictos.
La convivencia pacífica es un bien, pero no es el fin último de la Iglesia. Cristo no envió a los Apóstoles para organizar una sociedad multicultural más amable. Los envió a enseñar a todas las naciones, bautizarlas y conducirlas a la salvación.
La Iglesia puede dialogar, acoger y ayudar, pero todo debe servir a su misión principal: llevar las almas a Cristo. Cuando esta finalidad desaparece, la evangelización se convierte en acción humanitaria con lenguaje cristiano.
Porque el hombre no necesita solamente ser acogido e integrado. Necesita ser redimido.
Y solo Jesucristo puede salvarlo.
La Iglesia continúa hablando de Evangelio, misión y salvación, pero cada vez parece menos preocupada por conducir a los hombres a Jesucristo. En muchos discursos, el centro se desplaza hacia el diálogo, la convivencia y la fraternidad entre las religiones. El respeto a toda persona, el rechazo de la violencia y la búsqueda de la paz son bienes verdaderos, pero no pueden sustituir la misión principal de la Iglesia, que es anunciar a Cristo y procurar la salvación de las almas. El problema aparece cuando ya no se pregunta cómo llevar a los hombres a la verdad del Evangelio, sino cómo hablar de la fe sin incomodar a quienes profesan otras religiones.
La evangelización parte de una verdad sencilla: todo hombre necesita a Jesucristo. Cristo murió por todos y todos están llamados a conocerlo, recibir el bautismo y vivir según su Evangelio. Sin embargo, el lenguaje eclesial reciente presenta con frecuencia al no cristiano como miembro de otra tradición religiosa con la que debemos caminar hacia una fraternidad común. Apenas se habla de conversión y se insiste, en cambio, en el respeto entre creencias y la colaboración social.
La frase pronunciada por León XIV en Lampedusa muestra esta ambigüedad: “La pertenencia religiosa no debe convertirse jamás en motivo de discriminación, como si la fe tuviera límites y no fuera, en cambio, llamada universal a la salvación”.
Nadie debe ser tratado injustamente por su religión. Pero, la cuestión es: ¿De qué fe se habla? ¿De la fe católica o de una fe común presente en todas las religiones? La doctrina católica exige claridad. Dios llama a todos los hombres a la salvación por medio de Jesucristo. No salva una religiosidad general. Salva Cristo, por la gracia que brota de su sacrificio.
El diálogo interreligioso puede servir para evitar enfrentamientos, corregir prejuicios o colaborar en asuntos concretos. Pero no es el fin de la misión. La Iglesia no fue enviada para mantener una conversación permanente entre religiones, sino para predicar el Evangelio. Cuando el diálogo sustituye al anuncio, se habla mucho de escucha, enriquecimiento mutuo y aprendizaje recíproco, pero apenas se invita al otro a reconocer a Jesucristo como único Salvador. La Iglesia comienza así a presentarse como una religión más entre las demás.
Este cambio también aparece en la atención a los inmigrantes. Dar alimento, alojamiento o asistencia es una obra de caridad, pero el inmigrante no tiene solamente necesidades materiales. También posee un alma llamada a la salvación.
Una parroquia puede ayudar durante años a personas no cristianas y no invitarlas nunca a conocer a Cristo, por temor a parecer irrespetuosa. De este modo se atiende el cuerpo, pero se guarda silencio sobre el alma.
Algo semejante sucede en las misiones. Las escuelas, hospitales y obras de asistencia siempre acompañaron a la predicación cristiana. El misionero ayudaba al hombre porque quería conducirlo a Cristo. Ahora puede ser valorado principalmente como cooperante, defensor de derechos o agente de desarrollo.
Una misión llega a considerarse exitosa porque mejora las condiciones de vida, aunque apenas haya conversiones o bautismos. Pero las obras humanitarias, aun siendo buenas, no bastan para definir la misión de la Iglesia. Solo Cristo libra del pecado y abre las puertas de la vida eterna.
También se ha debilitado la importancia del bautismo. Dios puede salvar, por caminos que solo Él conoce, a quienes ignoran el Evangelio sin culpa propia. Pero esto no elimina el mandato de evangelizar.
No es lo mismo decir que Dios puede salvar a quien no conoció a Cristo que afirmar que da igual permanecer fuera de la Iglesia. Si la fe y el bautismo son dones inmensos, la caridad obliga a ofrecerlos. No anunciar el Evangelio no siempre es respeto; puede ser una falta de amor.
El cambio alcanza también a la sociedad. La evangelización no buscaba solamente que algunas personas
creyeran en privado, sino que las familias, las leyes y los pueblos reconocieran la soberanía de Cristo.
Cuando la sociedad multicultural se acepta como modelo definitivo, la Iglesia deja de pedir su conversión. Se limita a reclamar que todas las religiones convivan dentro de un Estado neutral. Cristo puede ser admitido como creencia privada, pero no como Rey de las naciones.
Aquí se encuentra el cambio principal: evangelizar deja de significar conducir a los hombres a la fe, al bautismo y a la obediencia a Cristo. Empieza a significar que personas de distintas religiones vivan juntas sin conflictos.
La convivencia pacífica es un bien, pero no es el fin último de la Iglesia. Cristo no envió a los Apóstoles para organizar una sociedad multicultural más amable. Los envió a enseñar a todas las naciones, bautizarlas y conducirlas a la salvación.
La Iglesia puede dialogar, acoger y ayudar, pero todo debe servir a su misión principal: llevar las almas a Cristo. Cuando esta finalidad desaparece, la evangelización se convierte en acción humanitaria con lenguaje cristiano.
Porque el hombre no necesita solamente ser acogido e integrado. Necesita ser redimido.
Y solo Jesucristo puede salvarlo.
Muy bien
El tema de fondo tratado en todos estos artículos de Carlos María Jáuregui es interesante: «la misión de la Iglesia en el mundo actual», y ciertamente, hay el peligro de que desvíe sus objetivos últimos o no los priorice suficientemente; es un tema discutible. La idea fundamental, creo que ya queda clara desde el primer artículo; entonces, ¿es necesario volver sobre la misma cuestión tantas veces?
¿Es un tema discutible? ¿El qué? ¿Que la Iglesia cambie de enseñanza? ¿Qué cambie de doctrina?
¿Es necesario volver sobre la misma cuestión tantas veces?
Es necesario, cuantas veces fuese necesario, para que la Iglesia siga con el mensaje dado por N. S. JESUCRISTO y que es diametralmente distinto a las otras creencias que engañan al hombre y que propician estos degenerados del actual Vaticano.
Siempre objetivo eres un pertinaz seguidor de las tinieblas.
La Iglesia Católica Romana, cuyo centro es el Vatícano, ha abandonado explícitamente la misión evangelizadora, según ordenó el Papa Francisco. Así que ya no hay que cristianizar a los paganos porque, al parecer, no es políticamente correcto sino que hay que «convivir» con el resto de las religiones.
Es evidentísima la adulteración, protestantización de la Iglesia de cartón piedra, sin ir más lejos, por el mero hecho de seguir al pie de la letra las Agendas del Gobierno Eugenista Mundial marrano anglo sionista: cabalista, satánico anticristiano; valgan las redundancias. De la noche a la mañana se carga con todo tipo de progreces; porque como el resto del Sistema, ahora van a mil por hora. Lo bueno es que es más fácil darse cuenta de que algo no cuadra; lo malo, que nos está pillando todo el tinglado, quien lo iba a decir.
La gente ya tiene bastante con buscarse la vida para, encima, buscársela a medio Africa