Del cadete de ayer al de hoy

En la Edad Media acudían a la guerra los nobles auxiliados por sus criados, que a comienzos del siglo XVI se convertirían de meros sirvientes en combatientes y darían lugar al nacimiento de la victoriosa Infantería española.

En un principio, el acceso al empleo de oficial se hacía desde las clases de tropa, bastando la experiencia adquirida en el campo de batalla, pero cuando, siglos más tarde, se le exigió una más completa formación nació el cadete, como persona que accedía directamente al empleo de oficial sin necesidad de pasar antes por los anteriores. Han transcurrido más de 300 años desde que se instituyó esta clase, dirigida a los jóvenes caballeros notorios, cruzados hijos o hermanos de éstos, títulos, sus hijos o hermanos, hidalgos reconocidos y los hijos de capitán y oficiales de mayor grado. No solo debían de proceder de las clases nobles, sino que éstas habían de ser acomodadas, pues al cadete que estudiaba en los Colegios le tenía que asignar su familia una cantidad mensual, llamada ‘asistencias’, para que pudiesen llevar una vida acorde con su rango.

Desparecida esta exigencia en el siglo XIX, a pesar de ello, siguió el cadete recibiendo un trato especial en los Colegios. Utilizaba vajilla de plata y uno de los arrestos más sentidos era el de comer en mesa separada y sin mantel. En mis tiempos se nos suministraba una cubertería de diez piezas, que ya no era de plata sino de alpaca, que teníamos que usar correctamente si no queríamos ser arrestados.

El título de caballero, que se antepone hoy en día al nombre de los cadetes, ha quedado como recuerdo de aquellos lejanos tiempos.

Llegó la democracia y con ella el Ejército comenzó a experimentar serias consecuencias. Comenzaron las sucesivas reducciones de sus fuerzas y de su personal, la venta de sus propiedades, acumuladas durante siglos y liquidadas en tan solo una generación, el cierre de muchas revistas militares y la asfixia económica de las que se mantienen, la imposición de la memoria de uno de los dos bandos de la Guerra Civil, el ataque a sus héroes y a su historia, la manipulación del Museo del Ejército, la desaparición y reducción de las bandas de música militares y muchas otras cosas. Se sabía que con el Ejército se podía tomar cualquier decisión sin que nadie se opusiese a ello y por eso los políticos de turno adoptaron medidas que no se hubiesen atrevido a imponer a otro estamento.

Ante la falta de respuesta, la cosa fue yendo a más. En la Academia de Infantería de Toledo, al igual que en otras Unidades y Organismos militares, hubo reiteradas reducciones de personal, tanto de profesores como de tropa y personal civil. No sé si alguien se atrevió a decir: «Bien, reduzco el profesorado, pero díganme que materias suprimo del Plan de Estudios». Me imagino que habría protestas por escrito, pero éstas o bien eran detenidas en los sucesivos escalones de mando militares, por no molestar al superior, o eran ignoradas al llegar al escalón político, sin que produjesen efecto alguno. Como todo siguió igual, la enseñanza se debió resentir al tener que asumir un profesor, además de sus obligaciones, las de otros que habían sido suprimidos. Pero eso no pareció importar. Era fácil manejar al Ejército dada la responsabilidad de sus miembros y su plena dedicación al trabajo bien hecho. Nada podía quedar sin hacer, y de eso se aprovecharon.

La tropa llegó a ser insuficiente para desempeñar sus trabajos, por lo que se recurrió a los caballeros alféreces cadetes, considerándoles mano de obra barata, que acostumbrados a obedecer y a hacer lo imposible por cumplir con sus deberes, se vieron obligados a transportar mobiliario a las dependencias académicas, a colocar sillas en el Patio de Armas cuando se celebraba un acto y a cargar y descargar los camiones con material, trabajo en el que, en ocasiones, eran ayudados por sus profesores. Todo ello sin la más mínima protesta, sabiendo que estaban desamparados, que les iba a valer de bien poco o, incluso, que les podría traer consecuencias.

Llegó el turno al personal civil, encargado de los trabajos de mantenimiento de los edificios académicos. Se dejaron de cubrir los puestos de los que se jubilaban y se recurrió a contratar empresas de servicios, que, con el fin de ahorrar, nunca llegaban a cubrir el trabajo que se había realizado con anterioridad.

¿Pueden creer que la Biblioteca, una de las más importantes de la ciudad, tan solo cuenta con un funcionario y que cuando éste sale a tomar un café, tiene vacaciones o está de baja la Biblioteca se cierra…?

Cuando hace seis años el personal de limpieza de la Academia de Infantería, por su escaso número, no pudo atender a su trabajo, hubo que tomar una decisión. Antes, no cabe duda, se elevarían a la superioridad las pertinentes quejas, que de nada valdrían, como era habitual.

No cabe duda de que había que mantener limpios los espacios comunes, pero el escaso personal ya no era suficiente para limpiar las camaretas, en cada una de las cuales residían varios alféreces cadetes. Al no poder contratar al personal necesario por falta de medios económicos, se recurrió a imponer a unos oficiales del Ejército que limpiasen el lugar en el que dormían y estudiaban, así como los servicios anejos, que no eran individuales sino utilizados por todos los que ocupaban la camareta, cometido que, parece ser, no estaba contemplado en su Plan de Estudios, ni se había considerado necesario reglamentar, como era habitual en el Ejército. Como siempre, no debió de haber protestas. Me imagino que quien tomó esta decisión consultaría antes con sus superiores y que éstos lo verían bien. Todo menos causar un problema al que está por encima o al Ministerio. Esta medida ya se había adoptado en la Academia General Militar de Zaragoza tiempo atrás, sin que parece que hubiese habido inconvenientes, de ahí que la de Infantería la imitase.

Me he dirigido a todas las Academias preguntando en cuáles se había impuesto ese trabajo a los alumnos y he sabido que solamente ha sido en la Academia General y en la de Infantería, cosa lógica al ser las que cuentan con mayor número de alumnos y, por tanto, más necesitadas de personal. Tras haber preguntado por los motivos de esta imposición, de quién había partido la orden, si se consideraba un servicio y otros aspectos de la misma, nadie me ha contestado, solamente la Academia General Militar de Zaragoza ha respondido que desde el mes de octubre de este año han dejado los cadetes de limpiar sus camaretas, no así en la de Infantería, que continúa con tan inapropiado cometido. ¿Es que son diferentes?

Tan extraña imposición se consiguió que no trascendiese. Yo, Profesor Emérito de la Academia no me he enterado de ella hasta hace escasos meses. Eso sí, los familiares de los cadetes debieron saberlo inmediatamente, pero parece ser que nadie protestó por ese trato. ¿Temieron algo?

Como no podía ser menos, la Academia de Infantería proporciona el material de limpieza, pero como su liquidez no da para mucho, en ocasiones, según confiesan los alféreces cadetes, no les llega y tienen que comprarlo con su dinero. Se desconoce si en el Plan de Estudios se ha incluido como materia la Enseñanza de la Limpieza.

¿Se atrevería alguien a imponer esta obligación a los estudiantes universitarios que se alojan en un colegio mayor? Creo que se cuidarían muy mucho de tomar esta medida. Entonces, ¿por qué sí con un estudiante militar? En mis clases de historia se me ha preguntado en alguna ocasión por qué en el Ejército no se permiten los sindicatos. Mi respuesta ha sido siempre que porque en él tenemos a nuestros superiores que son los encargados de velar por nuestros intereses. Parece ser que este razonamiento resulta hoy difícil de esgrimir.

Sé que estas palabras me traerán problemas. ¿Qué le vamos a hacer? Al ingresar en la Academia General me enseñaron que mi principal preocupación debía ser quienes ostentaban un empleo inferior al mío, no los que lo tenían superior, y eso es lo que pretendo hacer al denunciar unos hechos, en mi opinión reprobables, para tratar de conseguir que se les ponga fin.


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