Desconexión

Nos cuenta una amiga argentina que no quiere volver a su país. Le da mucha pena su situación por su padre, porque cada vez que hablan sobre la posibilidad de huir de una Argentina caótica, insegura, enfrentada, sin horizonte y en constante saqueo por sus gobernantes, éste le intenta hacer ver las cosas buenas de su «patria» con la esperanza de que reconsidere sus planes e intenciones.

Es sin duda la parte más triste de la conversación, la de la ruptura familiar que ya hemos conocido en otras latitudes y que inunda a cualquiera en un mar de dudas, pero la más interesante tal vez sea la que nos relata sobre la desconexión entre argentinos, algo que hace imposible encontrar soluciones a sus problemas como sociedad. Se identifican en una posición política u otra, es decir, unos consideran a otros seres lobotomizados, completamente irrecuperables, y éstos consideran a aquellos unos peligrosos derechistas y oligarcas que hay que combatir y anular. En medio, porque siempre hay alguien en medio, se encuentran quienes intentan sobrevivir entre tanta zarza. Aunque saben quiénes tienen razón, prefieren quedarse en el medio.

Como sucede en Venezuela, antes también en Cuba, los argentinos más ancianos recuerdan un país esplendoroso, pujante y próspero, así que entre lamentos muchos se preguntan qué les ha pasado. La lobotomía ideológica de estos años, esto es, la exposición social, mediática y educativa a un programa intensísimo de reprogramación con estímulos diabólicos, no permite a todos ver por igual que lo que les ha sucedido es el socialismo, que ha hipotecado el país seguramente para siempre, condenándolo a un continuo tobogán de sobresaltos, puntuales esperanzas, pero cotidiano desasosiego. Expuestos más que nunca al azar o la casualidad en medio de la incerteza y la precariedad. Un hartazgo de fondo que impide afrontar la resolución de los problemas creados durante décadas de borrachera ideológica y veneno cultural, histórico e identitario que ha destrozado un país.

El año pasado El Mundo informó sobre el éxodo argentino, también Macri lo refirió en Madrid hace poco. Ni más ni menos que el 71% de los jóvenes entre 16 y 25 años de edad afirma que se marcharía de la Argentina si tuviera los recursos necesarios, el 66% entre las personas que tienen entre 26 y 35 años, y al 58% entre quienes tienen entre 36 y 45 años. Esta es la realidad y la situación de un país tan querido e importante desde el punto de vista cultural, económico y de cualquier otro, hace escasamente unas décadas.

El socialismo, en sus diferentes versiones o intensidades, también en sus distintas fases evolutivas, es esencialmente esto. Una ideología colectivista que no acaba causando sino desgracias y que sin embargo sigue ahí, en pleno desarrollo y mutación para adaptarse a las realidades nacionales de cada lugar. Es un estado mental con tintes patológicos en el que sus dirigentes, una vez instalados en el poder, trasladan a la sociedad que gobiernan todas sus obsesiones, fobias y rencores gracias al sinfín de recursos y medios que permite el propio poder: inseguridad, precariedad, desorden, cainismo, desestructuración, falta de porvenir, saqueo institucionalizado y culpables exteriores. Nunca falla.

Hay no obstante diferentes grados de desconexión que nos ayudan a comprender la fase en la que se encuentra una sociedad. En el más extremo, con la implementación total del catecismo colectivista y la ausencia de resistencia, a las personas no les queda más que el anonimato y la resignación, son culpables casi por existir. Pero hay otras versiones igual de extremas que conviven incluso en un marco pretendidamente de libertad y que pueden acabar extendiéndose. Los familiares de guardias civiles en el País Vasco o de policías en Cataluña lo saben bien. Imposible olvidar cómo mi tía Asunción haciendo pasar a su marido (q.e.p.d) por trabajador de la hostelería mientras lavaba y secaba su ropa de guardia civil en el cuarto de baño para que los vecinos no lo identificaran. Vivir desconectados de tal manera que hasta el modo de ganarse la vida había que ocultar. Esto mismo sucede en otros muchos lugares del mundo en los que la sociedad civil desaparece y quienes defienden las tesis de la verdad y la libertad se convierten en objetivo sin saber siquiera de quién.

El proceso de concentración ideológica y de poder hace inútil cualquier marco de derechos y libertades, que pasan a ser mero formulismo, como hemos visto estos días en la Universidad de Barcelona con el silencio cómplice y cobarde de todo el sistema universitario. Aquí la mezcla ideológica es evidentemente explosiva, así que antes o después el agotamiento y el sufrimiento nos llevarán hacia un escenario u otro. O tal vez no, a saber.

La desconexión es consecuentemente el preámbulo del enfrentamiento entre ciudadanos. Y quienes lo promueven son la dirigencia. Estos promotores, si ganan terreno en su cometido, entonces a continuación desmantelan las instituciones mediante su colonización. Después viene el despilfarro generalizado y se resienten las libertades económicas, aflora el deterioro económico y social, que siempre será culpa de otros, y por último todos acaban vigilándose unos a otros porque ya todos pueden ser enemigos de todos. La vida se hace insufrible y no queda más que huir.

Nadie debe pensar que está a salvo de este proceso. Basta con poner en práctica determinadas recetas, como de hecho sucede, para comprobar en pocos años que se llega a los mismos resultados. Y para entonces igual ya no hay ni a dónde huir.

Para Disidentia


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