Dichosos los que caminan en la Ley de Dios

Ante quienes tengan dificultades para vivir plenamente la ley divina, debe resonar la invitación a recorrer la vía caritatis (Amoris Lætitia 306).

Dichosos los de la vía inmaculada, quienes caminan en la Ley del Señor (Sal. 118, 1 Vg). Beati immaculati in vía, qui ambulant in lege Domini.

Queridos hermanos, hemos de considerar con frecuencia lo que  hizo Dios por nuestra salvación. Habiendo creado Dios al hombre libre, haciéndole dueño de su corazón, ¿qué no hizo y qué no sigue haciendo el Señor para que se lo entregue? ¿Por qué tanto interés por su criatura? Porque depende sólo de nosotros  el perdernos, la condenación eterna, y Dios desea apasionadamente nuestra salvación.

En verdad, ¿hemos meditado seriamente el misterio de nuestra Redención? ¿La entendemos? ¡Vale tanto nuestra alma! ¡Todos los trabajos, toda la sangre, la vida y la muerte de un Hombre – Dios! A mucho menor precio pudo comprar nuestra salvación, pero no quiso dar menos. Jesucristo lleno de oprobios; Jesucristo despedazado a azotes; Jesucristo espirando en un madero; todo esto costó nuestra alma. ¿Será poca cosa perderla?

Queridos hermanos, la Exhortación Amoris Laetitia cuestiona la Ley de Dios atreviéndose a proponer una alternativa en lo que denomina vía caritatis. Pero, ¿qué le dice la Palabra de Dios  a la  Exhortación postsinodal?:

Dichosos los de la vía inmaculada, quienes caminan en la Ley del Señor (Sal. 118, 1 Vg). Beati immaculati in vía, qui ambulant in lege Domini.

Continúa diciendo la Palabra de Dios:

Dichosos los que guardan sus preceptos y le buscan de todo corazón (Sal. 118, 2 Vg). Beati, qui servant testimonia eius, in toto corde exquierunt eum.

La misma Palabra de Dios nos dice el camino de la salvación: la vía inmaculada, el camino santo que aborrece el pecado y busca la santidad; el camino que marca la Ley de Dios. ¡No hay otro!

No juzgó Dios que compraba a gran precio nuestra salvación, haciendo todo lo que hizo. ¿Y nos parecerá a nosotros que hacemos demasiado por ella? Pero, ¿podrá alguien pensar que hace demasiado para salvarse? ¿Tenemos  verdaderamente interés por salvar nuestra alma? La multitud de los estorbos de nuestros de nuestra vida, la frecuencia de peligros en que nos encontramos, la inconstancia de nuestro corazón, la ligereza de nuestro ánimo, que una veces se esfuerza por unas cosas y o otras veces por otras, la brevedad de la vida; todos nos llama, nos predica que no tenemos preocupación más importante que el de la salvación de nuestra alma, ni más celo para conseguirla.

Muchos retrasan el tiempo de atender esta obra de salvación de su alma, a pesar de los serios motivos para hacerlo, excusándose con pretextos de cualquier clase, aunque la verdad es que no han tenido la voluntad eficaz de hacerlo. Mientras tanto los días de nuestra vida pasaron: aquellos días que Dios nos dio para trabajar en nuestra salvación; aquellos días contados, se acerca el declinar del día; se acercan las sombras de la noche, de aquella noche que cuando venga ya nada se podrá hacer. ¡Y aun así siguen dilatando el esforzarse por su salvación!

Pero, gracias a Dios, estamos a tiempo de poder trabajar por la salvación de nuestra alma. Este es el tiempo, el Señor nos brinda ahora Su Gracia para hacerlo; la prueba son estas mismas reflexiones que hacemos y esta pregunta que formulamos:

¿Quién nos ha dicho que no sea este aquel momento en que depende nuestra salvación?

Con la gracia divina podemos, en el momento presente, al leer incluso estas líneas, asegurar nuestra salvación por medio de una sincera conversión, renunciando a la vida de pecado. Hay motivo más que suficiente para dar este gran paso de dejar atrás el pecado. Pero, si ahora uno no se convierte, quizá ya no halle otro momento para conversión. Infelices aquellos que difieran su salvación para otro momento.

Queridos hermanos, meditemos  el empeño que tiene el demonio en perder nuestra alma, ¡si al menos tuviéramos el mismo empeño en salvarla! Sería justo que pusiéramos tanto empeño por salvarnos, como el que el demonio lo pone para perdernos.

Dichosos los que caminan en la Ley de Dios y se complacen en Ella, la meditan y hacen de Ella su enseñanza, guardan en su corazón sus preceptos y guían su vida según ellos; porque se esfuerzan por su propia salvación, como el primer negocio de sus vidas, porque no se  arredran ante los problemas que el mundo les presenta, porque se alejan de la iniquidad y andan por el sendero de la vida divina, de los preceptos divinos.

He aquí al verdadero sabio, el que evita el pecado, el que teme al Señor y sigue Sus preceptos. El que teme al Señor aguarda su misericordia y no se desvía para  no caer (Si. 2, 7).

Aceptemos todo lo que nos sobrevenga, mantengamos el ánimo fuerte ante los reveses más dolorosos porque el oro se prueba en el fuego, y los elogios en la fragua de la humillación. Confía en Él y te ayudará, endereza tus caminos y espera en Él (Si. 2, 5-6).

Ave María Purísima.


Una respuesta a «Dichosos los que caminan en la Ley de Dios»

  1. Apreciado padre Juan Ml.,
    Qué edificante leer éste artículo suyo! Si, realmente Dios nos ama como nadie puede amarnos. Su amor es eterno, a pesar de nuestras ingratitudes, El NO se cansa de esperarnos.
    Cuánta paciencia para con nosotros pobres pecadores! Y sin embargo » El amor NO es amado»! Sólo Nuestro Señor puede darnos esa gran gracia, AMARLO, por encima de todo!
    Reciba un afectuoso saludo.

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