Diplomacia sobre Gibraltar (y Ceuta y Melilla al fondo)

“Sin política exterior no hay política alguna” sostenía von Humboldt en el XIX, en un aserto cuya virtualidad ahora es al revés.

Parece que mi artículo Diplomacia (in)suficiente: un programa de política exterior, ha tenido un notable eco, también en el extranjero. Bueno, la resonancia menor y con sordina que alcanzan este tipo de escritos en España volcada en los temas interiores, algunos ciertamente acuciantes y en descontrol, ya con complicada reconducción. ¨Sin política exterior no hay política alguna¨ sostenía von Humboldt en el XIX, en un aserto cuya virtualidad ahora es al revés. Lo que prima, lo que prevalece correcta, inevitablemente, es la política interior, con la matización parcial, por supuesto, de las grandes potencias. Recordaba González Pons la frase de Juncker, ¨En Europa hay dos clases de países, los pequeños y los que todavía no saben que lo son¨. Le conocí en Luxemburgo, donde escuché sus atinadas ocurrencias, a veces con whisky, y firmó la condecoración que me concedió el Gran Duque y que me entregó, en otro detalle a agradecer, su embajador en Madrid.

Aunque también se me ha recriminado que en el artículo digo muy poco sobre Gibraltar. Pues sí, pero es que sobre Gibraltar ya se ha dicho (casi) todo. Ya en 1964, Gil Armangué publicaba su monumental Gibraltar y los españoles, donde tras un prólogo ingenuo ¨con un poco de buena voluntad se podrá resolver¨, recoge numerosos testimonios de españoles, cientos desde el XVIII, todos proponiendo soluciones, incluso descabelladas. Aquí, un pequeño paréntesis: aparece citado Voltaire en cuanto amigo de nuestro embajador en París, conde de Aranda, a quien el director del think tank oficial español, en la presentación del Programa de política exterior 2019, añadía, el filósofo francés del XVIII. Gracias por la aclaración. Algo así, en la fácil hipérbole, como decir por ejemplo, Bismarck, el político alemán del XIX. Ahí, también por ejemplo, está mi amigo y corresponsal Ignacio Molina, que es un sólido profesional.

Miren ustedes, en mi habitual coletilla de conferenciante, sobre Gibraltar nuestros negociadores podrían tener en cuenta, en lugar de honor, la nota al parecer definitoria de la diplomacia británica, ¨una diplomacia mercantil, de tenderos¨, que acuñó sir Harold Nicolson, en el año mágico, increíble, de 1939, y que otro ilustre inglés, asimismo Knighted, sir Richard Burton, achacaba, un siglo antes, al Imperio: un imperio de tenderos. Y no seremos nosotros quienes no demos por bueno tan elocuente approach. Con esos aprestos, se podrán sentar en la mesa de negociaciones con alta probabilidad de no salir frustrados como siempre. Lo demás, ¨se les dará por añadidura¨.

No sólo Gibraltar; sigo con total dedicación los seis contenciosos, en particular los tres grandes, claro. Termino de estar, como tantas veces, en mi añorado Rabat, en su medina (yo contribuí a sacar literal y literariamente del olvido la Derb des espagnols, la callejuela de los moriscos de Hornachos, con sus casas blancas y azules como las de la vecina kasbah des Oudayas) donde continúan recordando al cónsul, al qansil iisbania, los buenos amigos que allí, como en el Sáhara, tengo. No voy a descubrirles que Marruecos es absolutamente clave y siempre evoco con gran afecto a Hassan II, el gran dosificador de los tiempos con España, en aquellas tardes azules y crepusculares.

Y ahora, con Ceuta y Melilla al fondo. Desde las aguas territoriales, también las de Canarias, hasta las medidas ¨para asfixiarlas¨, en la catalogación de Cembrero, el periodista quizá más impuesto en el reino alauita, que va a dar otra conferencia en Ceuta de la mano del Instituto de Estudios Ceutíes, del que soy miembro, y no podré asistir porque coincide con un afternoon tea en la embajada británica. Tampoco tengo gran cosa que añadir aquí, tras treinta años, 1989, tratando tan delicado tema, cuando publiqué el Estudio diplomático sobre Ceuta y Melilla, hoy un clásico, con sus sucesivas ediciones y alguna traducción. Estoy traducido hasta el árabe, aunque no ese libro. Como tampoco diré nada sobre el Sáhara: ya saben, fui el primer y único diplomático que se ocupó in situ de los españoles que allí quedaron, en lo que quizá fue una de las mayores operaciones de protección de compatriotas del siglo XX. Hoy Naciones Unidas no tiene mediador…

En fin, para escribir algo sobre Gibraltar, para semi cumplir, recordar -amén de la táctica general sobre los contenciosos: hay que tomar la iniciativa, jugar con las blancas y no con las negras, en el proceloso tablero diplomático de nuestros diferendos- la triple senda del iter hacia la llave que pende en la puerta del castillo en su escudo. La aproximación conciliadora, de Moratinos, en el enfoque de mi también viejo amigo Menem, con su política de seducción con los kelpers en Malvinas. La línea dura, aplicación hasta donde proceda, hasta donde se pueda, del tratado de Utrecht, siempre citables Gondomar, a Ynglaterra metralla que pueda descalabrarles (y eso que todavía no habían tomado el Peñón) y Santa Cruz y su perrita, exteriorizando más que simbólica y ostensiblemente su protesta ante la corte de San Jaime. En sus cercanías estratégicas estaría, animosos, el grupo Plus Ultra con Pío Moa. Y la posición legalista, cumplimiento de las resoluciones onusianas, pero al final el veto inglés, en otra de las tremendas servidumbres del derecho internacional. Ahora, la nueva titular de Santa Cruz, a sus pies, ha lanzado ¨hacia un plan de progreso conjunto para la zona¨, en la tendencia vivencial y prepragmática de tanto predicamento por aquellas latitudes.

He pedido al siempre activo Moratinos, que haga ver mi especial utilidad.


Una respuesta a «Diplomacia sobre Gibraltar (y Ceuta y Melilla al fondo)»

  1. Pues nada, que se lo digan a los profesionales de exteriores, esos que ni se inmutan con que Marruecos se quede con las aguas de Canarias (trazando las 350 millas desde el Sáhara expoliado no descolonizado, o la similar fazaña de Argelia con Baleares, o la previa de Portugal con Madeira-Salvajes y Canarias de nuevo.
    ¡Vivan las caenas y la democracia!, que antes no se hacía nada bien

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