Doctrina tradicional de las relaciones Iglesia y Estado (I)

Empezaremos tan importante asunto recordando que la Iglesia y el Estado coexisten en el mundo como sociedades, ambas perfectas y soberanas[1]; distintas entre sí y sin confusión entre ellas. Se distinguen por sus fines.

El fin del Estado es proporcionar al ciudadano los bienes temporales de esta vida; el  de la Iglesia, conducir al hombre a la felicidad verdadera, celestial y eterna, para la que ha nacido.

El magisterio tradicional reconoce que el Estado es una sociedad perfecta, pero, afirma también, que la Iglesia no es menos que el Estado, pues Dios ha repartido el género humano entre dos poderes[2]: el poder eclesiástico y el poder civil, y los pueblos tienen el deber de estar sujetos a ambos a un mismo tiempo. ¿Qué delimitan ambas potestades? La Iglesia se encuentra con los Estados en un mismo territorio, abraza a los mismos hombres, usa de los mismos bienes y utiliza a veces las mismas instituciones. Difieren en razón de sus fines.

La Iglesia difiere del Estado porque el fin de aquella es sobrenatural y espiritual, y el de ésta temporal y terreno. Cada institución es soberana y queda circunscrita dentro de ciertos límites que viene definidos por su propia naturaleza y por su fin próximo[3]. Iglesia y Estado son sociedades que tienen cada una su autoridad, no son contradictorias entre sí, no se confunden.

Esta distinción viene ya de los orígenes mismos de la Iglesia. Jesucristo, su divino Fundador, quiso que el poder sagrado fuese distinto del poder civil y que ambos gozasen de plena libertad en su terreno propio. En la gestión de  los asuntos de su propia competencia ninguno esta obligado a obedecer al otro. Tal distinción no es circunstancial o pasajera, es inmutable y perpetua[4].

Errores condenados

Ideologías heterodoxas niegan que la Iglesia sea soberana y perfecta. Le niegan, unas, la naturaleza y los derechos propios de una sociedad perfecta. Otras, su poder legislativo, judicial y coactivo, atribuyéndole tan sólo una función exhortativa, disuasoria, orientadora… Alguna se limitan a atacar su universalidad. Las ideas marxistas y liberales[5], tan distintas entre sí, se unen en su ataque a la Iglesia, a su hegemonía en la sociedad, a sus derechos como sociedad perfecta que tiene su voz y autoridad. El Concilio Vaticano II no condenó el comunismo y se alió con el liberalismo, rompiendo con la tradición secular de su enseñanza sobre las relaciones con los Estados.

La Iglesia, fundamento social

Importa resaltar el aspecto social de la Iglesia. La Historia lo demuestra. La Iglesia contribuye a asentar el fundamento de la vida social. En virtud de su universalidad supranacional, da forma y figura perdurables a la sociedad humana, por encima de toda vicisitud y más allá de los límites de tiempo y espacio. Gracias a su misión providencial de formar hombres, “el hombre completo”, proporciona a la sociedad y al Estado los mejores ciudadanos[6].

La Iglesia eleva al hombre a la perfección de su ser y de su vitalidad. Con hombres así formados, la Iglesia depara a la sociedad civil la base en que pueda descansar con seguridad.

Derechos inviolables

Por ser la Iglesia sociedad perfecta y soberana, sus derechos son inviolables. El derecho a ejercer su misión religiosa[7], que consiste en realizar en la tierra el plan divino de restaurar todas las cosas en Cristo, procurar la paz y la santificación de las almas y gobernarlas en orden a su salvación eterna. El derecho a regirse a sí misma ejerciendo[8] con plena libertad el poder legislativo, judicial y coactivo. El derecho a enseñar[9], en cumplimiento a su divina misión y del mandato de llevar a las almas tesoros de verdad y de bien. El derecho de adquirir y poseer los bienes  materiales[10] de que necesite como sociedad temporal que es.

Siempre los Sumos Pontífices han reivindicados estos derechos ante los continuos ataques de sus enemigos; y han respondido contra la falsa y mezquina concepción que quisiera confinar a la Iglesia, ciega y muda, retirada de la sociedad y de cualquier influencia sobre ella.

Relación unitiva

La Iglesia y Estado son dos sociedades distintas, pero inseparables. Lo afirma rotundamente el papa León XIII: son dos cosas insuperables por naturaleza. Por ello, es necesario que entre ambas potestades exista una ordenada relación unitiva, que es comparable a la que se da en el hombre entre alma y cuerpo. Entre la sociedad política y la religiosa, las relaciones deben ser no sólo externas, sino también internas y vitales[11].

La voluntad divina exige una positiva colaboración entre ambas potestades; lo pide el bien general de toda sociedad; lo reclama el bien personal de los hombres, súbditos a la vez de una y otra potestad.

La causa de esta harmonía está en que el orden sobrenatural sobre el que se basan los derechos de la Iglesia que no sólo no destruye ni menoscaba el orden natural al que pertenecen los derechos del Estado, sino que, por el contrario, lo eleva y lo perfecciona.

Prestan base a esta colaboración[12], de un lado, el recíproco respeto de las privativas esferas de competencia: al Estado, sus derechos y obligaciones; a la Iglesia, los suyos; y de otro, la supeditación del orden natural al sobrenatural, que obliga al Estado a prestar de un modo positivo a la Iglesia los medios propios  del Estado de que aquella pueda necesitar.

El orden religioso y moral es privativo de la Iglesia[13]. Todo lo que de alguna manera es sagrado en la vida humana, todo lo que pertenece a la salvación de las almas y al culto de Dios, sea por su propia naturaleza, sea por el fin al que está referido, todo ello cae bajo el dominio y autoridad de la Iglesia. Así, el gobierno de las almas, la formación de las conciencias, la administración de los sacramentos. Pero las demás cosas que el régimen civil abraza y comprende- declaran los Papas- es de justicia que queden sometidas a éste.

Segunda parte

[1] “La Iglesia, no menos que el Estado, es una sociedad completa en su género y jurídicamente perfecta.” Immortale Dei [17]. León XIII.
[2] “Existen dos poderes, sometidos ambos a la ley eterna y a la ley natural, y consagrados cada uno a su fin propio en todo lo referente a la esfera jurídica de su propia jurisdicción  y competencia.” Nobilissima Galorum Gens [5]. León XIII.
[3] “La Iglesia y el Estado y el Estado tienen cada uno su propia autoridad.” Arcanum Divinae [22]. León XIII.
[4] “Distinción inmutable y perpetua de los dos poderes, ambos supremos en sus ordenes respectivos.” Annum Ingressi [25]. León XIII.
[5] “Son muchos los que, imitando a lucifer, del cual es aquella criminal expresión: No serviré, entienden por libertad lo que un pura y absurda licencia. Tales son los partidarios de ese sistema tan extendido y poderoso, y que, tomando el nombre de libertad, se llaman a sí mismo liberales.” Libertas >preastansissimium [11]. León XIII.
[6] “La Iglesia eleva al hombre a la perfección de su ser y su vitalidad, para dar a la sociedad hombres así formados.” La Elevatezza [16]. Pío XII.
[7] “La Iglesia… sociedad constituida por Dios,,, cuyo fin directo e inmediato es la paz y la santificación de las almas.” Sapientiae Christianae [13]. León XII.
[8] “La Iglesia posee un poder legislativo y en el ejercicio de ese poder es justo que disfrute de plena libertad.” Praeclara Gratulationis [10] León III.
[9] “La Iglesia ha recibido de Dios mismo la misión de enseñar, y su palabra debe llegar al conocimiento de todos sin obstáculos que la detengas.” La Libertad de la Iglesia [4]. Pío X.
[10] “La Iglesia tiene derecho de poseer porque es una sociedad de hombres… tiene necesidad de bienes materiales.” Ibid. [5].
[11] Immortale Dei [6]. León XIII.
[12] “La colaboración de la Iglesia y del Estado es extraordinariamente útil para la tranquilidad del orden público, que es el fundamento de todos los demás bienes.” In Hac Quidem  [3]. Benedicto XV.
[13] “No es el Estado, sino la Iglesia, la que debe guiar a los hombres hacia la patria celestial.” Immortale Dei [5]. León XIIII.

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