Doscientos treinta versos para un mundo a oscuras

Catorce lustros roturan,

España desde aquel barco,

Que en inigualable marco,

Completó su singladura.

Perlaban su arboladura,

Y ennoblecían sus tripas,

Doscientos treinta guripas,

Que regalaban al puerto,

Ojos y dedos abiertos,

Que antes esgrimieron pipas.

 

Sonreían a sotavento.

A gentes, cruces, bolardos.

Flameaban rosas, nardos,

En la vieja Luz de Trento.

Su ánimo fiel, irredento,

Les arrojó un día a Siberia.

Con bandera de Liberia,

Retornaban hasta Iberia.

Y una antigua reina asiria,

Les devolvía a la Historia.

 

Aguardan Fernández Cuesta,

Muñoz Grandes y a su izquierda,

Aznar, enorme, recuerda,

Gorra ladeada en su testa,

Como compartió la gesta

De esos hombres que, risueños,

Deben a Franco el empeño,

De arrancarlos del GULAG,

Donde quedaron atrás,

Tantos amigos y sueños.

 

La flota brama al compás,

Del Semíramis bogando,

Y en cubierta los dos bandos,

Miran la Ciudad Condal,

Pues si fue obra colosal,

De la España de posguerra

Devolver a nuestra tierra,

A la rea Dos-Cincuenta,

Tanto fue lograr la vuelta,

De «unos niños de la guerra».

 

Había a bordo unos sesenta

“Niños” y cautivos rojos,

Que por ceder al antojo

De Stalin, fueron la renta,

Que esa República abyecta,

Entregó a aquella alimaña

Con todo el oro de España.

¡Mas para ganar la paz,

Bastó un yunque sobre un haz!

¡El oro no logra hazañas!

 

Atrás, la sebosa faz,

De Negrín, Prieto y Azaña.

Atrás, la checa y la saña,

Del bolchevique voraz.

Por proa, la España audaz,

Religiosa y bien mandada,

Laboriosa y entregada,

A esos héroes que, en el hielo,

Dejaron su sangre y celo,

En mil trescientas jornadas.

 

Miran la nave en el Cielo:

La Legio Hispana Novena.

Los Setecientos de Viena.

Héroes de Baler; de Anceo.

Pizarro y Guzmán el Bueno.

Los de Pavía y las Navas.

Los de Glemboux y el Alcázar.

El Cid, el Duque de Alba,

De Flor y el Conde Peñalba.

¡Forjadores de la Raza!

 

Pelayo, Cuéllar, Grijalva.

Los Tercios de Juan de Austria.

Pedro IV de Neopatria,

Y Hernán Cortés con Valdivia.

Las Vísperas de Sicilia

(Hartas de fruncir el ceño).

Nuestro Sansón Extremeño.

Farnesio, el Gran Capitán.

Del Águila y el Tío Tomás,

Brindan con Don Blas de Lezo.

 

Don Álvaro de Bazán,

Con Bocanegra y los Doria,

Darían un día de Gloria,

Por hacerse a navegar,

Como en Lepanto y San Juan,

Y dirigir desde el puente,

El buque de esos valientes,

Que llevaron hasta el Ilmen

La esperanza limpia y firme

Que les contagió El Ausente.

 

A él estos héroes sublimes

Delegan la acción y el crédito

Ante el Dios de los Ejércitos

Para que el descenso estime:

“¿Mi Señor, no es cierto, dime,

Que Tú, pues siendo español,

No uno, que aún más de dos

Días nos concederías,

Para que nuestra alegría,

Con La Azul fuera crisol?”

 

Y Dios, Jesús y María,

Sus rostros divinos giran,

A los mártires que miran

Hacia la tierra querida

Fecunda por sus heridas.

«Santos hijos» – juzgan -, «caros,

¿Cómo podríamos daros,

Un segundo de dispensa

A unos pocos, siendo inmensa,

Vuestra hueste a Nuestro lado?

 

¡Si eso creéis recompensa,

Pensad que un español menos,

Sólo un día en Nuestro Reino,

Causaría gran ofensa!

¿Pues cuántos a esta Despensa

Gloriosa, habéis ascendido?

¿Cuánto aliento agradecido,

A Nuestra Espada de Roma,

No entendería la broma,

De un instante sin padrino?»

 

Desde el cantil las maromas,

Escoran aún más la borda

Y las patrióticas hordas

Por los amarres asoman.

Portuarios sin diploma,

La escala real extienden:

Ya nadie manda, no hay orden,

Y en su meseta se agolpa,

Nuestra abigarrada tropa,

Animando a que la aborden.

 

De haber sombreros de copa,

Caerían al primer tiento

De mil voces que hechas viento,

Llevaron de proa a popa,

Sin rituales, ni metopas,

Rezos, besos y clamores

fasces, blitzes, mahones,

Por su entrega torrencial

Al mandato celestial

Contra rojos y masones.

 

¡Arriba!, enciende la mecha.

Se devuelve: ¡Siempre, siempre!

Y hasta mástiles y obenques,

Figuran haces y flechas.

Si señera es ya la fecha,

La presencia de un hidalgo,

La hizo escena de un milagro:

Palacios, nacido en Potes,

De la tiranía azote,

Allí está, tras un cigarro.

 

Fue sentenciado en Orenque,

Por defender a dos manos,

A reos republicanos,

Que en España tuvo enfrente.

En Krasny Bor, su ascendiente,

Hizo a su unidad heroica,

Y a soviéticos y troikas,

Diezmó antes de caer preso,

Lo que empapó de incienso,

Su talla adusta y estoica.

 

De todo, menos un beso,

Recibió nuestro Palacios,

En el tiempo que, despacio,

Padeció antes del regreso.

Ileso, pero en los huesos,

Con varias penas de muerte,

Aquel soldado, a su gente,

Defendió, cuidó, animó,

Sin separarse de Dios:

Su origen, su fin, su fuente.

 

No fue único en ir en pos

De Él, hallando el Averno:

Otro voluntario eterno,

Que volvía del horror

Glorioso de Krasny Bor,

Fue Gumersindo Pestaña,

Compartiendo tal hazaña,

Con Altura y con Huidobro,

Caídos con tantos otros,

En esa helada campaña.

 

Corrían ambos cual potros,

Saltando por las trincheras,

Buscando de mil maneras,

Que los katiuskas remotos,

No mellaran a sus rotos

Y exhaustos divisionarios:

Aquel día el calendario

Heroico de nuestra historia

Añadió otro día de gloria,

A sus lances millonarios.

 

Once años de custodia,

Separan ambas jornadas:

Krasny Bor y la arribada

De un navío que “Victoria”,

Debió llamarse en memoria,

Del que un puñado de hombres,

Atracaron con tal nombre,

Aquel año del Señor  –

Mil quinientos veintidós –

Que vio nuestro giro al Orbe.

 

Por los caminos del adiós,

El himno glorioso reza,

De hombres hechos de una pieza:

Carlistas; sin filiación;

De JONS o Renovación.

Fueron a primera hora,

Y hasta en la ensordecedora,

En que llegó la derrota,

Que aplastó bajo su bota,

La moral y las auroras.

 

Sangre Hispana, gota a gota,

Que empapó el terreno helado,

Que hendieron nuestros soldados,

Zurciendo las almas rotas.

Como la de aquellas cotas

De malla, que continentes –

Antes de que el siglo veinte

Los tornara en vertedero –

Devolvió al Dios Verdadero,

Cambiando su esquiva suerte.

 

No fue yerma ni hay un pero,

Que mancille vuestra entrega.

Gracias a ella ya no es ciega

La Rusia en la que el sombrero,

Se quitó el Führer al veros.

Y si el mundo es más sombrío,

El Cielo no está vacío:

Dios ya os unió a Sus legiones.

Rogad a Él por las naciones,

Que aborrecen vuestro brío.


2 respuestas a «Doscientos treinta versos para un mundo a oscuras»

Deja una respuesta

Su dirección de correo nunca será publicada. Si la indica, podremos contestarle en privado en caso de considerarlo oportuno.*

Esta web utiliza cookies propias para su correcto funcionamiento. Contiene enlaces a sitios web de terceros con políticas de privacidad ajenas que podrás aceptar o no cuando accedas a ellos. Al hacer clic en el botón Aceptar, acepta el uso de estas tecnologías y el procesamiento de tus datos para estos propósitos. Más información
Privacidad