Ejército, violencia, pacifismo y guerra justa en el pensamiento de Monseñor Guerra Campos (1/5)

Mons. Guerra Campos

Comenzamos hoy a publicar, en cino entregas, este excelente trabajo del profesor Francisco J. Carballo [Doctor en Ciencas Políticas UCM-UNED), Licenciado en Ciencias Religiosas (Pontificia Comillas) y Máster en DSI (Pontificia Salamanca)] en el que recoge el pensamiento del insigne Cardenal Mons. Guerra Campos (Breve biografía al final de esta primera parte).

Introducción

El Gobierno liberal de José María Aznar suprimió en 2001 el servicio militar obligatorio, que se remontaba al Gobierno de Canalejas en 1912. Hasta la llegada a España de la dinastía borbónica, rara vez se impuso el servicio militar obligatorio, toda vez que la plena identificación de fines entre el pueblo español y la monarquía cristiana hacía que la llamada a rebato del rey para la guerra constituyese un timbre de honor para las familias españolas, especialmente si eran de alta alcurnia. Con la llegada de los borbones se impuso el sistema de quintas, una especie de servicio militar obligatorio del que era posible desembarazarse con la redención en metálico o la sustitución sufragada.

Hasta la supresión del servicio militar obligatorio en España una parte de la sociedad, generalmente vinculada a la extrema izquierda y el separatismo, se declaraba objetor de conciencia y se negaba al servicio militar, pese a las penas de prisión que ello suponía.

La enseñanza de la Sagrada Escritura sobre la milicia En 1984, con el gobierno socialista de Felipe González, se aprobó la ley de objeción de conciencia, que obligaba a una prestación social sustitutoria para los objetores de conciencia al servicio militar, con una duración entre 18 y 24 meses, más larga que el servicio militar, cuya duración estaba establecida entonces en los 12 meses. En 1988 se acogieron a ella 24.000 objetores.

La Iglesia se había pronunciado explícitamente sobre la objeción de conciencia en la constitución Gaudium et spes del Concilio Vaticano II, con aparente comprensión por el fenómeno, pese a que el propio Concilio había reafirmado la doctrina tradicional de la Iglesia sobre la necesidad de la vida militar para el bien común, para la defensa de la Patria y para la consecución de una paz auténtica a partir de la justicia.

Monseñor Guerra Campos, en una conferencia dirigida a los soldados de un acuartelamiento en Tarragona, abordó en 1968 de forma sistemática esta y otras cuestiones referentes a la relación entre los valores del Evangelio y la vida militar. extrañándose de que hubiese «personas -también cristianas y en la Iglesia Católica- que, en nombre del amor a la paz, en nombre del ideal del amor fraterno, de la sana y santa mansedumbre, se consideran incompatibles con la vida militar, con la institución del Ejército», estimando que la vida militar se equipara «a odio, que es lo contrario del amor; a guerra, que es lo contrario de la paz; a violencia, a abuso».

Lo cierto es que la experiencia histórica de la Iglesia nunca ha señalado esta supuesta contradicción e incompatibilidad. Al contrario, la vida militar o la función institucional del Ejército y la vida cristiana no sólo son compatibles, sino que están interrelacionados en la medida, por un lado, que la milicia está asociada a la Patria y es por lo tanto expresión de valores morales y espirituales. Y, por otro lado, en la medida que la justa violencia es legítima y necesaria cuando salvaguarda el bien común. Una misión que el pueblo siempre ha sabido reconocer y aplaudir.

Cristo y sus Apóstoles, y las primeras comunidades cristianas, reconocieron el valor y la necesidad de la vida militar, y los cristianos participaron en el Ejército tanto en la Roma pagana como en la Roma cristiana a partir del siglo IV.

La enseñanza de la Sagrada Escritura sobre la milicia

La vida militar, «mundo admirable y difícil», fue reconocida por la Iglesia desde el comienzo del cristianismo tal y como era, a diferencia de otras formas de vida que se consideraron pecaminosas y que precisaban purificación y conversión.

Juan el Bautista, el Precursor, anuncia la proximidad del Reino de Dios y del Rey que lo instaura (el «Mesías») y suscita en torno a él un movimiento exigente, de penitencia, de cambio de vida y de mentalidad, es decir, de conversión. A Juan se le acercaron unos soldados, preguntándole: «¿Y nosotros, ¿qué hemos de hacer?». Juan, tan enérgico siempre, no les dice que deben cambiar de oficio. Sólo les pide que no cometan abusos en el ejercicio de sus funciones: «No hagáis, extorsión a nadie, no denunciéis falsamente, contentaos con vuestra soldada».

En el coloquio de Cristo con Pilato, el Señor le advierte que su Reino no es de este mundo y que no se instaura por medios militares, como hizo el Imperio Romano. Por lo tanto, no debe temer ninguna competencia.

Cuando Pedro quiso defender a Cristo echando mano a la espada, el Señor se lo impide: «vuelve la espada a la vaina… ¿No, sabes que, si yo quisiera, el Padre me enviaría hasta doce legiones de ángeles?». Jesús renuncia a defenderse a sí mismo y se somete mansamente al poder constituido. Lo hace no sólo por mansedumbre sino con acatamiento respetuoso.

Ahora bien, el Reino de Dios, aunque no es de este mundo, se instaura en este mundo, que recibe un sentido nuevo, una esperanza total y una dimensión infinita. Todo este mundo es asumido, para ser transfigurado, no para ser anulado. El Reino de Dios asume a los pecadores, más para liberarlos.

El Evangelio, que no se propaga por medio de la fuerza, asume sin embargo la milicia en su propio ámbito espiritual y con toda naturalidad, lo que demuestra que reconoce valores positivos en la vida militar.

En los momentos cruciales de la propagación decisiva de la Iglesia destacan varios soldados por su sintonía espiritual con el Evangelio. Cristo manifiesta su sorpresa y admiración porque ha encontrado el máximo de fe, una fe pura y exacta, en un soldado, un jefe de centuria romana en Cafarnaúm.

En el Calvario también el centurión que mandaba a los soldados supo ver en aquella circunstancia la presencia de Dios: «verdaderamente este hombre era justo», «verdaderamente este hombre era Hijo de Dios».

Cuando el Evangelio quiere abrirse al mundo de los gentiles, Pedro, inspirado por el Señor, se dirige primeramente a Cornelio, el centurión de la Cohorte Itálica, que estaba de guarnición en Cesarea de Palestina, en la costa del Mediterráneo. Aquella familia de soldados constituye las primicias de la incorporación del mundo pagano a una Religión que muchos por entonces creían reservada a los judíos.

El Apóstol Pablo, después de recorrer Asia Menor, atraviesa la lengua de mar que separa Turquía de Grecia y va a parar a Filipos: ciudad fundada por una colonia de soldados romanos veteranos. Aquí se constituye la primera comunidad cristiana de Europa. Estando Pablo en la prisión se produjo un terremoto. El soldado encargado de la guardia, en vez de huir, dijo a los Apóstoles: «Señores, ¿qué he de hacer para ser salvo?», y Pablo lo evangelizó y lo bautizó con todos los de su casa.

Cuando san Pablo llega a Roma hacia el año 61, como ciudadano romano prisionero que había apelado al tribunal del César, es custodiado por unos soldados. En el libro de los Hechos de los Apóstoles se narra cómo Julio, el oficial de la Cohorte Augusta, encargado de conducir a los presos, trató a Pablo con humanidad en momentos en que peligraba la vida del apóstol de los gentiles. En prisión escribe una de sus cartas más afectuosas a la comunidad de Filipos, contándoles cómo se había convertido en portavoz del Evangelio para todo el Pretorio, la gran estación militar de Roma.

Alguna afinidad o sintonía espiritual, señala Monseñor Guerra Campos, hay entre el tenor de vida de aquellos paganos militares y el mensaje evangélico para que se produzca, de manera tan ostensible, el acercamiento entre ambos en momentos decisivos.

Los Apóstoles, Pedro y Pablo, sobre todo, proclaman también la función que corresponde a la espada como fuerza canalizada por la autoridad legítima. La «espada» no es solamente un instrumento de legítimas necesidades humanas, sino que es también expresión de la voluntad de Dios. Estad sumisos a las autoridades, porque por ellas actúa Dios; por algo llevan espada: mas no estéis sumisos sólo por temor sino por conciencia.

Para los Apóstoles la espada legítima no es una simple fuerza que se impone sino expresión de un valor espiritual que afecta a la conciencia. Hay quien ha querido ver en esta posición de los Apóstoles un interés impuro, buscando en el poder constituido el apoyo para su obra evangelizadora. Muy al contrario, el poder al que se referían Pedro y Pablo era entonces el poder de Nerón, que los llevó a la muerte. Como perseguidor de los cristianos le conocían. Y ello no impidió que viesen en su autoridad la expresión de la voluntad de Dios.

Durante los primeros siglos del cristianismo hubo numerosos soldados cristianos en el Ejército imperial de Roma. Nunca la Iglesia les reprochó su oficio, ni los animó a la deserción. Hubo incluso legiones enteras compuestas exclusivamente de soldados cristianos, como la Legión Fulminante. Esta legión salvó con sus oraciones de un apuro al emperador Marco Aurelio, al obtener de Dios una tempestad que provocó con sus rayos la huida del enemigo bárbaro, y calmó con la lluvia la sed de la tropa.

Es cierto, dice Monseñor Guerra Campos, que algunos autores cristianos, varios de ellos Padres de la Iglesia, en los tres primeros siglos del cristianismo, parecen defender un espíritu antimilitar en nombre del Evangelio, desaconsejando a los cristianos el oficio de soldados. El contexto es importante. Se trataba entonces de un oficio voluntario que se ejercía en una atmósfera impregnada de idolatría, de cultos paganos, de fórmulas supersticiosas, ciertamente no recomendables. Tampoco debe olvidarse que los mismos autores proclamaron su reverencia religiosa hacia el Imperio romano y su Ejército, que mantenía la paz y el orden, y que tampoco impidieron que muchos cristianos fuesen soldados al servicio del Imperio.

Con la paz religiosa que trajo el Edicto de Milán (año 313) empieza a cambiar la perspectiva. El oficio militar era respetable en sus funciones esenciales, pero voluntario y del que podían encargarse otros: no era responsabilidad de la comunidad cristiana.

Cuando el Imperio romano se hace cristiano, los cristianos seglares que ocupaban puestos directivos en el Imperio, los teólogos y los prelados tuvieron que examinar con detalle cuál era la función exacta, y ahora ya inevitable, del cristiano en la organización y el uso de la fuerza militar. Con la llegada de los césares cristianos desapareció toda huella de suspicacia, real o aparente, contra la vida militar y se impuso la licitud de la guerra en determinadas circunstancias. Por ejemplo, en el Pontifical Romano vigente hasta finales de los años sesenta del siglo XX había bendiciones especiales para las armas, la espada y las banderas de guerra, así como para quienes se disponían a luchar en defensa de la fe. Otro ejemplo son las órdenes militares, vigentes durante siglos, de monjes-soldados que defendían la Cristiandad de la amenaza islámica.

A partir de aquel momento, los grandes Padres de la Iglesia de Occidente como san Ambrosio de Milán y san Agustín de Hipona, y luego la escolástica, van forjando una doctrina cristiana oficial acerca del valor y del sentido cristiano del Ejército, conjugando dos valores inherentes al orden temporal: el rigor jurídico y el uso de la fuerza como recurso extremo.

(*) Don José Guerra Campos (1920-1997) fue obispo auxiliar de Madrid y Obispo de Cuenca (1973-1996). Ejerció la docencia en el Seminario de Santiago de Compostela (Teología, Introducción a los Evangelios, Historia de la Filosofía y Liturgia), en el Instituto de Cultura Religiosa Superior (Historia de las Religiones, Historia de la Iglesia) y en las Facultades de Medicina y de Farmacia de la Universi-dad Compostelana (Deontología general y médica). Canónigo reliquiario por oposición de la Catedral compostelana desde 1951, fue consultor del Episcopado Español en el Concilio Vaticano II (1962-1963), y Padre Conciliar (1964-1965), con intervención especial sobre el ateísmo marxista en la cons-titución Gaudium et spes. Combatió en el bando nacional en la Guerra de 1936.
Ocupó numerosos cargos en la Iglesia compostelana, en la Iglesia española (secretario gene-ral del Episcopado español (1964-1972), presidente de la Unión Nacional de Apostolado Seglar, Con-siliario de la Junta Nacional de la Acción Católica Española, presidente de la Comisión Católica Espa-ñola de la Infancia, presidente del Comité Rector de la Campaña contra el hambre en el mundo, di-rector del Instituto Central de Cultura Religiosa Superior, presidente de la Comisión Asesora de Pro-gramas Religiosos de RTVE), y en la Iglesia universal (miembro del Secretariado pontificio para los no creyentes (1965-1973), del Comité de enlace de las Conferencias Episcopales Europeas (1965-1972), representante del Episcopado español en el Primer Sínodo de Obispos en Roma (1967) y con-vocado para el Segundo por la Secretaría del Sínodo (1969).
Fue miembro hasta 1976 de la Junta del Patronato Menéndez y Pelayo del CSIC, y Procurador en las Cortes Españolas (1967-1976). Es autor de numerosas obras sobre arqueología y temática ja-cobea, sobre historia de la Iglesia española, sobre el Concilio y sobre Doctrina social de la Iglesia. Fue accionista de la revista Iglesia-Mundo hasta su cierre en 1994.
Don José Guerra Campos es uno de los máximos exponentes de la hermenéutica de la conti-nuidad del Concilio con la Tradición de la Iglesia. Tal vez por ello, sus textos están arrinconados no sólo entre el progresismo religioso sino también entre un pretendido tradicionalismo más estético que doctrinal.

Para La Razón Histórica


Una respuesta a «Ejército, violencia, pacifismo y guerra justa en el pensamiento de Monseñor Guerra Campos (1/5)»

  1. Un cristiano tiene el deber y la obligación de defender su vida y la de los suyos, este derecho en defensa propia se traslada al concepto Patria. Evidentemente que dicha Nación no atente contra los propios cristianos como sucedió en la 2ª República o en Méjico con los Cristeros.
    Ya el pontífice Juan VIII, a finales del siglo IX, había declarado que “aquellos que murieran en el campo de batalla luchando contra el infiel verían sus pecados perdonados. Es más, se equipararían a los mártires por la fe”.

    Hay que tenerlo completamente claro, máxime hoy en día que todo es engaño y traición desde El Vaticano y, visto recientemente aquí con la profanación del Caballero de la Milicia de CRISTO Francisco Franco. ¡Que nadie te engañe!

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