Ejército, violencia, pacifismo y guerra justa en el pensamiento de Monseñor Guerra Campos (2/5)

Doctrina cristiana sobre el ejército

El primer estudio sociológico sobre las guerras en la historia de la humanidad fue obra del sociólogo ruso Pitirim Sokorin. Las conclusiones demuestran que todos los conflictos bélicos que ha sufrido la humanidad desde el siglo V antes de Cristo costaron menos vidas que la I Guerra Mundial. Reduciendo a datos estadísticos el número de combatientes, duración, participantes y número de muertos, resulta que el índice de guerras del siglo XX es ocho veces mayor que el de todos los siglos anteriores.

La época de mayor paz y menos guerras corresponde a los siglos XII y XIII. Pese a las Cruzadas, los siglos de mayor paz corresponden a los siglos de mayor influencia o vigencia del cristianismo, y los siglos con mayor número de guerras y víctimas corresponden al siglo de vigencia del ateísmo ilustrado y marxista.

Efectivamente el cristianismo es la religión de la paz y el amor, enseña el perdón a los enemigos, considera bienaventurados a todos los que trabajan por la paz, exige como ejercicio de perfección poner la otra mejilla antes las ofensas personales recibidas y asegura a quien empuñe espada, que a espada morirá.

Sin embargo, el sofisma está en trasladar al plano social la exigencia de santificación personal. Con el mismo argumento habría que suprimir la propiedad y hasta los tribunales de justicia. Cristo enseñó a respetar las instituciones civiles, reconociendo su autoridad: «Dar al César lo que es del César».

Decía Monseñor Castán Lacoma que, en el ámbito teológico, se ha querido convertir el Quinto Mandamiento en valor absoluto. Sin embargo, se olvida que poco antes de la teofanía del Sinaí, Josué derrotó a los amalecitas con la bendición de Dios, que sostuvo al ejército de Israel mientras Moisés mantenía sus brazos elevados al Todopoderoso. También algunos delitos se castigaban con la pena de muerte. El derecho a la legítima defensa habilita para privar de la vida a un agresor injusto, tanto a la persona como al Estado, una vez agotados todos los medios pacíficos y en casos graves.

La violencia entendida como uso de la fuerza puede ser expresión del pecado, pero también puede ser expresión de la virtud. Monseñor Guerra Campos distinguió entre dos clases de violencia. La que es injusta porque sirve al egoísmo y va contra los derechos fundamentales y las legítimas aspiraciones del prójimo; y la que es justa, porque está subordinada a un fin superior: el bien común, la paz y la liberación del pecado.

Cuando el Ejército actúa debe hacerlo con violencia justa, esto es, ordenada al bien general de la comunidad. Frente a la fuerza portadora del egoísmo disolvente y caprichoso, hay otra fuerza servidora del bien común.

La disciplina de la fuerza es un bien, un avance prodigioso de la civilización. Implica el ejercicio de virtudes (fortaleza sometida a norma, abnegación, dominio de lo instintivo o primario, etc.), que no solamente contribuyen a una utilización racional de la fuerza, sino que favorecen la vida civil, la vida comunitaria y pacífica. En este sentido, Monseñor Guerra Campos atribuyó a la milicia una misión análoga a la monarquía cristiana como garante de valores superiores.

Es conocido el proceso complicado de la ocupación y transformación de la península Ibérica por el poder romano. Pero la resultante histórica de aquel período, una vez depurada, fue positiva, fruto de un extraordinario orden jurídico.

La clave de la interpretación humana y cristiana del Ejército como fuerza organizada al servicio del bien común, está en la subordinación a un fin superior. Ese fin último es la paz que, en la doctrina de la Iglesia, da sentido al uso de la fuerza y a la función militar, y los justifica. El fin que justifica la herramienta de la guerra es la paz.

La Iglesia, que ve al Ejército como una fuerza preparada para una guerra posible, exige al mismo tiempo que los ejércitos, sobre todo en nuestro tiempo, se desarrollen en una atmósfera espiritual que aspire sinceramente a evitar la guerra. Porque se olvida con frecuencia que la doctrina de la Iglesia sobre el ejército o la guerra no está fundada en el empeño de justificar una guerra sino precisamente de evitarla.

Ahora bien, la paz es consecuencia necesaria de la justicia. Es decir, la legitimidad del Ejército tiene relación directa con un orden moral y jurídico en el que está encuadrado, la estructura política y económica, por un lado, edificada desde la «Justicia y el Amor» que busca un «orden justo».

Pío XII

Pero también la paz es un producto de orden espiritual (la renovación de las costumbres). La paz no se alcanza sólo por la fuerza. No resulta tampoco de la mera compensación o equilibrio de las fuerzas, aunque esta paz sea la única que se logra.

El Papa Pablo VI decía que no vale fiarlo todo al desarme, aunque invitase a un desarme prudente que dejase a salvo la legítima defensa de los países y el mantenimiento de la paz universal. Un desarme que vaya limitando la tentación de actitudes que fomentan la psicología del poderío y de la guerra, o que tienden a fundar la paz sobre la base insegura e inhumana del recíproco temor.

Poco antes, el Papa Pío XII había advertido que sería ingenuo e inhumano pensar que el simple desarme es garantía sólida de una paz duradera, si no hay al mismo tiempo un propósito real de abolir las armas del odio, de la codicia, del inmoderado deseo de prestigio, es decir, por instaurar un orden de relaciones libres y responsables, de cooperación humana, que aspira a la justicia impulsado por un amor de verdad.

Monseñor Guerra Campos, siguiendo las directrices del Concilio, estima que, dadas las dimensiones destructivas de una guerra moderna, y siendo moralmente inaceptable la destrucción indiscriminada, tampoco tiene futuro un equilibrio de fuerzas a partir de terror mutuo con la carrera de armamentos. La Iglesia pide que, al tiempo que se prepara el uso legítimo de la fuerza en caso de necesidad, se vayan superando los supuestos que podrían llevar a la humanidad a la mutua destrucción que ya no tendría como fin la paz sino una destrucción estéril.

Ello exige el amor a los enemigos, no cultivar el espíritu de dominación, sino el de servicio; estar dispuesto a perdonar toda injuria, para no perpetuar la cadena de las venganzas y de los rencores: estar dispuesto a poner la otra mejilla, según la palabra gráfica y exactísima del Señor. Este debe ser el ingrediente esencial del espíritu del soldado cristiano.

Pero este espíritu es manifestación del amor sacrificado hacia los demás, no de la blandenguería, no de la inhibición, no de la pasividad cobarde, aunque se vistan con los ropajes de la belleza evangélica. Si el amor cristiano a los demás necesita el uso servicial de la fuerza, es el mismo amor evangélico el que reclama esa fuerza.

Decía Monseñor Guerra Campos que «es un tópico muy manoseado el que opone como incompatibles al Apóstol que cabalga en son de guerra y al Apóstol sedente o caminante que acoge a los que buscan el perdón y la paz. Tópico simplista. En todo caso, sin dejar de ser el apóstol de la humildad, de la sumisión filial, del amor sacrificado, del martirio en mansedumbre, Santiago tiene que recordarnos que el Señor ha dicho: “No vine a traer la paz, sino la guerra”. La guerra contra la falsa paz de la dejadez egoísta, del apego a los goces tediosos. Quizá nos convendría a todos “apellidar” a Santiago diciéndole: Santiago, hijo del Trueno, fustiga con tu espada esa paz de muerte. Despiértanos para que cumplamos la misión que Dios nos impone y vivamos alegres en la generosidad fraternal. Ofuscados por la luz engañosa de la comodidad y las incitaciones fugaces, nos empeñamos en olvidarnos de que estamos en camino. Fuérzanos a caminar, a seguir la peregrinación, atraídos por el fulgor inmortal de la Patria. Y que España, abierta a tantas influencias mundiales, sepa conjugar la fidelidad a la Tradición salvadora con la apertura y la comunión. Dispuesta a dar y recibir, sin diluirse ni traicionarse».

El Concilio Vaticano II, refiriéndose a la moderna espiritualidad pacifista, tiene un texto notable por su equilibrio. El Concilio alaba «a aquellos que, renunciando a la violencia en la exigencia de sus derechos, recurren a los medios de defensa que, por otra parte, están al alcance de los más débiles; con tal -añade- que esto sea posible sin lesión de los derechos y obligaciones de otros o de la sociedad».

«En este clima de amor auténtico a la paz, en esta disposición cristiana “escandalosa” a poner la otra mejilla, se inserta armónicamente, sin ninguna contradicción, el uso legítimo de la fuerza, cuando es el servicio del amor a los demás el que la reclama, cuando es el único medio de evitar males que deben ser evitados. Por eso la doctrina de la Iglesia añade a lo ya dicho -y no como una excepción, sino como una confirmación- que la fuerza al servicio de la comunidad, contra la agresión injusta o contra la resistencia injusta a la ordenación social, es un medio al servicio de la paz».

San Agustín

San Agustin, obispo de Hipona en el Norte de África, escribió al general romano Bonifacio, que trataba de contener la invasión asoladora de los Vándalos, y planteándose el problema de conciencia le dijo: «La paz debe ser el objeto de tu deseo. La guerra debe ser emprendida sólo como una necesidad, y de tal manera que Dios, por medio de ella, libre a los hombres de esta necesidad y los guarde en paz. No debe buscarse la paz a fin de alimentar la guerra, sino que la guerra debe llevarse a cabo para obtener la paz».

Pío XII, recién terminada la Segunda Guerra Mundial, en el año 1948 y sobrevolando la amenaza de la tercera guerra, decía que «el precepto divino de la paz es para proteger los bienes de la humanidad. Ahora bien, entre estos bienes hay algunos de tal importancia para la convivencia humana, que el defenderlos contra la injusta agresión es plenamente legitimo; a esta defensa viene obligada también la solidaridad de las naciones… La seguridad de que tal deber no ha de quedar sin cumplir servirá para desalentar al agresor y para evitar la guerra o, al menos, para abreviar sus sufrimientos».

Antes, en plena Guerra Mundial, cuando el Papa clamaba contra la guerra, solo ante el mundo, decía que «en realidad, la paz no puede lograrse sino, mediante algún empleo de la fuerza. Necesita apoyarse sobre una normal medida del poder. Pero la función propia de esta fuerza, si ha de ser moralmente recta, debe servir para protección y defensa, no para disminución u opresión del derecho».

La fórmula «si vis pacem, para bellum» (si quieres la paz prepara la guerra), por sí sola, engendra continuamente desconfianza, factor de guerra; por otra parte, la fórmula «paz a toda costa» engendra injusticias. La Iglesia trasciende ambas fórmulas y recoge en armonía superadora lo que ambas tienen de válido. Prepárate para la guerra, si quieres la paz; pero no quieras salvar la paz sin los factores espirituales de generosidad, sacrificio y justicia, que fomentan la convivencia y el orden en que se cimenta la auténtica paz.

Para La Razón Histórica


2 respuestas a «Ejército, violencia, pacifismo y guerra justa en el pensamiento de Monseñor Guerra Campos (2/5)»

  1. Desconozco la forma de reaccionar de Monseñor Guerra Campos por el asunto del Proceso de Burgos y el de los fusilamientos del 27 de septiembre de 1975. Considero “extraño” (es un decir) que las sentencias a muerte dictadas en el Proceso de Burgos fuesen conmutadas por penas de reclusión por Franco (Carrero Blanco como Vicepresidente de Gobierno) y se ejecutasen las de 1975 con el …. de Arias Navarro como Presidente de Gobierno preparando así “el ambiente” para la marcha verde.
    Posiblemente Monseñor Guerra Campos haya sido el último de los Obispos fieles a Nuestro Señor. Fue partidario de una legislación civil inspirada en la Ley de Dios y de la confesionalidad del Estado. A partir de un cierto momento, Guerra Campos dejó de asistir a las reuniones de la conferencia episcopal por su desacuerdo con el rumbo de la Iglesia española. La C.E.E. ya prácticamente en su totalidad estaba en manos de traidores a CRISTO y a los españoles.

  2. En el Evangelio está cristalino lo que dijo Jesús. Una cosa es la cultura cristiana y otra, casi siempre muy distinta en el fondo de la cuestión, es la fe cristiana. Primero leer el evangelio, las palabras de Jesús( del Padre ); después desechar todo lo que las contradiga( o pongan en duda ), lo diga quien lo diga( no hay que olvidar que el Cristo vino a abolir por adulteradas, – por parte de los labradores arrendatarios asesinos – )las Antiguas Escrituras correspondientes al Antiguo Testamento( el Sermón de la Montaña ); basadas en el sacrificio y no en la misericordia. El Cristianismo, doblegó al Imperio Romano con el ejemplo de los mártires, no con la espada.

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