Ejército, violencia, pacifismo y guerra justa en el pensamiento de Monseñor Guerra Campos (4/5)

El Ejercito como camino de perfección cristiana

En el uso recto de la fuerza militar y dentro de una concepción cristiana de la vida, el soldado cristiano tiene el deber, el derecho y la posibilidad de realizar el ejercicio de la milicia al tiempo que vivir el ideal cristiano de amor y mansedumbre. No son banderas incompatibles.

Al margen de aspiraciones ingenuas e irresponsables, hay exigencias de responsabilidad servicial, bajo la inspiración del amor y depuradas de las tentaciones del egoísmo personal o de grupo, o de la propensión al abuso. Cuando así es, la fuerza jurídicamente organizada, lejos de oponerse al Evangelio, se encuadra, desde su misma intimidad, en las exigencias del mensaje evangélico.

Si el Ejército es instrumento de la paz desde la justicia, se espera de la función de la milicia que el soldado cristiano no solo sea un buen soldado, sino también un hombre íntegramente cristiano, y que la generosidad y autenticidad de su profesión se trasladen a todas las relaciones con el prójimo.

Por eso Monseñor Guerra Campos hablaba más atrás de la afinidad entre el Evangelio y la vida militar a propósito del Centurión de Cafarnaúm. Aquel soldado romano, con las virtudes arraigadas de la disciplina y el sacrificio unidas a la mirada y la gracia sobrenatural, puede llevar a plenitud la jerarquía, que tiene ahora a Dios en la cima, y llevar a plenitud el amor de la entrega, que ahora va más allá del cumplimiento del deber.

«Humildad, reconocimiento de los límites y necesidades, prontitud, sintonía respetuosa y gozosa ante la manifestación del Salvador… Limpieza de ojos, disciplina para acatar la verdad tal como ella quiere presentarse, sin interponer obstáculos: prejuicios, concepciones subjetivas y unilaterales, que causan la ceguera presuntuosa… Apertura a la predicación de la fe. Todo esto es necesario para que se encienda la fe, y para que la fe sea eficaz, alegre, irradiante, transformadora. Todo brilla en el Centurión; como también su magnanimidad, su cariño enternecedor para el criado, a quien trata como a un hijo o un hermano. ¿No hay en todo ello como una transfiguración sublimante de ciertas virtudes típicas de la vida militar, aunque no siempre las alcancen en su plenitud armónica todos los que viven esta vida?

Y junto a la apertura ante la fe, esta otra actitud, militar y evangélica, que hace de la vida entera una lucha constante de purificación íntima, en vigilancia tensa. La liturgia de la Iglesia ha incorporado desde los comienzos palabras características del oficio militar en la antigüedad: por ejemplo, la palabra “estación”, puesto de guardia, tiempo de vela. El cristiano, está de guardia, con gozoso vencimiento propio, para conquistar la auténtica libertad, que es la que se da cuando servimos en un orden armónico, que nos engloba y al mismo tiempo nos trasciende, haciendo posible nuestra adecuada realización personal».

Monseñor Castán Lacoma recordaba que la milicia no puede verse solo desde la dimensión de la violencia ejercida, sino también desde el amor heroico que implica la entrega de la vida por los demás, por la justicia, por la Patria, por la paz: «nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos».

No pocas veces ha prestado el Ejército servicios extraordinarios a la sociedad en catástrofes naturales, distribución de alimentos, incendios forestales, o huelgas salvajes o políticas que paralizan servicios básicos.

Antonio Ribera

Monseñor Guarra Campos evocaba en este sentido la figura de Antonio Ribera, el joven toledano conocido como «Ángel del Alcázar». Su vida demuestra que durante el mismo empleo de la fuerza actúa el amor y que se pueda herir sin odio. A sus compañeros, apostados en los huecos del Alcázar asediado y semiderruido, les decía: «Tirad, pero tirad sin odio». Y añade el Obispo de Cuenca: «lo decía de verdad. Es casi un milagro; quizá haya que experimentarlo para poder creerlo, para poder decirlo en serio. Pero yo lo he vivido, y debo dar testimonio».

Para los que se dedican profesionalmente a la vida militar, Monseñor Guerra Campos augura «la profunda liberación, el feliz ensanchamiento que produce en los corazones la auténtica disciplina, considerada como actitud de servicio a Dios y a los hombres. Que no se casan mal entre sí disciplina y liberación, porque, como dice la liturgia de la Iglesia, refiriéndose a más alto Señor: “Servir a Dios es reinar”».

Porque no debe olvidarse que el Ejército es símbolo e instrumento providencial en la lucha eterna entre el bien y el mal. «La invocación y voz de mando de los combatientes medievales, cuando “apellidaban” al Apóstol gritando “Santiago, y cierra España” es interpretada por muchos como la cifra de una actitud de reclusión puramente defensiva o de enquistamiento receloso frente al mundo exterior. Interpretación vergonzosa. Se trata, al contrario, de una llamada a acometer, a avanzar, a dar carga ofensiva y conquistadora».

Algunos objetores ponen el acento en los dos últimos capítulos del libro del Apocalipsis, presentándose a sí mismos como heraldos del final de los tiempos y antesala del profetizado Reino de la paz. Pero llegar a ese Reino vendrá precedido de una gran batalla física y espiritual, donde veremos a la milicia en la destrucción de la Gran Babilonia, en la batalla de Armagedón, y en la derrota de los ejércitos de Gog y Magog. Es la milicia como imagen viva de las fuerzas del bien que lucharán al final de los tiempos junto a los ángeles para la victoria definitiva del Cordero y de su Esposa.

Para La Razón Histórica


Una respuesta a «Ejército, violencia, pacifismo y guerra justa en el pensamiento de Monseñor Guerra Campos (4/5)»

  1. Monseñor GUERRA CAMPOS, Obispo de CUENCA, era un intelectual como la copa de un pino, y un hombre de honor.
    Fue echado, prácticamente a patadas, del Palacio Episcopal, en cuanto presentó su renuncia al Papa, cuando cumplió los 75 años de edad…
    Ni siquiera tuvieron la deferencia de nombrarle Administrador Apostólico, o Diocesano, hasta el nombramiento de un nuevo Obispo.
    Ni que decir tiene que no ha habido nunca, ni, posiblemente habrá, un OBISPO DE TANTA CATEGORÍA INTELECTUAL Y PERSONAL, como don José Guerra Campos, en CUENCA.
    Y menos en esta España, con Obispos que no son Pastores, sino lobos disfrazados, que abandonan, cuando no persiguen, a la grey católica…

Deja una respuesta

Su dirección de correo nunca será publicada. Si la indica, podremos contestarle en privado en caso de considerarlo oportuno.*

Esta web utiliza cookies propias para su correcto funcionamiento. Contiene enlaces a sitios web de terceros con políticas de privacidad ajenas que podrás aceptar o no cuando accedas a ellos. Al hacer clic en el botón Aceptar, acepta el uso de estas tecnologías y el procesamiento de tus datos para estos propósitos. Más información
Privacidad