El absolutismo Borbón del siglo XVIII y su odio a la Fe analizados por Cesáreo Jarabo

Cesáreo Jarabo Jordán

Cesáreo Jarabo Jordán. 30 de Diciembre de 1953 en Cuenca (España peninsular). Licenciado en Filosofía y Ciencias de la Educación. Estudios cursados en la Universidad de Barcelona. Autor de varias investigaciones históricas: Los Campamentos del Frente de Juventudes., El Aprendiz de Quijote. Ensayo sobre Don Quijote de la Mancha, El Primero de los Insurgentes. Historia novelada de Omar Ben Hafsun, El arrianismo a través de los tiempos, Los Cátaros, Priscilianismo, Inquisición, Genocidio (Estudio sobre el Tribunal de la Inquisición y exposición de los principales genocidios cometidos en el mundo), Nada en Común. Un repaso novelado a la Historia de España desde 1953 (año de mi nacimiento) con un poco de futuro ficción hasta 2016, La piratería en el Pacífico y su relación con el Tribunal de la Santa Inquisición de Lima (en colaboración con el Dr. D. Sebastián I. Donoso Bustamante, Movimientos centrífugos en España: Sertorio, Paulo, La Revuelta Comunera, Antonio Pérez, La Crisis del siglo XVII, Guerra de Sucesión, La conquista británica de España: sobre los Procesos Secesionistas en América, El Cantonalismo,1898. Un hito en la gran traición, La esclavitud en el mundo, El terrorismo en fechas, La Monarquía Hispánica y la integración de los indios y España bajo el poder árabe.

Este autor, junto a 15 escritores españoles y americanos, se unió para escribirle un libro al rey y a las infantas de España, con el propósito de relatar las verdades históricas de los tres siglos de la hispanidad unidad bajo la corona española Cartas hispanistas al Rey de España (SND).

Ha sido ponente en el Curso de Historia de España organizado por la Asociación Enraizados en Cristo y en la Sociedad, presentando el tema sobre el absolutismo borbón del siglo XVIII y sus medidas antirreligiosas.

En esta entrevista profundiza sobre el mencionado tema.

Desde el punto de vista legal ¿quién tenía más derechos al trono español al morir Carlos II, el nieto de Luis XIV, Felipe V, o el Archiduque Carlos de Habsburgo?

Luis XIV

Felipe V era nieto de Luis XIV de FranciaMaría Teresa de Austria, hija de Felipe IV. Era, por tanto nieto de Felipe IV y sobrino de Carlos II.

El Archiduque Carlos era hijo de Maximiliano II, y de la hija de Felipe III, María Ana de Austria, que en las capitulaciones matrimoniales había renunciado a sus derechos de sucesión a la corona española, pero esa renuncia no tenía valor al no haber sido refrendada por las Cortes españolas.

Los titulares del derecho sucesorio, así, no eran ni Felipe de Anjou ni el Archiduque Carlos, sino sus respectivos abuelo y padre.

Pero además, no eran los únicos candidatos, pues junto a Felipe de Anjou y Carlos de Austria, estaba el príncipe Maximiliano II de Baviera, su hijo José Fernando, y el rey Pedro II de Portugal, como descendiente de los Reyes Católicos.

En cuanto a los derechos sucesorios debemos conocer que se venían transmitiendo en virtud de normas escritas o de costumbres no escritas, y no siempre coincidentes en todos los reinos de España.

Así, las Partidas eran la norma sucesoria en Castilla, y el padre Mariana, en su De rege et regis institutione, se refiere a las leyes instituidas por voluntad de la república, cuya autoridad es mayor que la del príncipe, haciendo hincapié en la sucesión de los príncipes, siendo que, tratándose de ley fundamental, no puede ser modificada sin acuerdo de las Cortes.

Por su parte, Juan de Lancina aseveraba en los momentos que se trataba justamente el asunto de la sucesión de Carlos II que los Estados debían participar en la determinación de la misma.

Y Carlos II consultó al Consejo de Estado sobre su derecho a hacer testamento sin la participación de las Cortes, y el Consejo, que era un nido de conspiraciones, acabó recomendando el nombramiento de Felipe V.

¿Por qué los territorios de la Corona de Aragón, sobre todo Cataluña no aceptaron al principio a Felipe V?

Felipe V

La pregunta no es del todo exacta. La Corona de Aragón, y sobre todo Cataluña, sí aceptaron al principio a Felipe V en las cortes celebradas en Barcelona entre el 12 de Octubre de 1701 y el 14 de Enero de 1702, y eso que la memoria más raquítica no impedía recordar a los franceses como los sitiadores de Gerona y de Barcelona apenas cuatro años atrás en la guerra de los Nueve Años… o los que habían arrancado el Rosellón y la Cerdaña en el Tratado de los Pirineos de 1659, apenas cuatro décadas atrás.

La entronización de Felipe de Anjou el 16 de noviembre de 1700 fue aceptada unánimemente por los reinos de las Coronas de Castilla y de Aragón, cuyos fueros juró observar, pero hacia 1706 tal unanimidad se había quebrado, en gran parte motivada por la situación internacional, que apetecía la fragmentación de España, y aspiraba a colonizar los territorios de la Monarquía Hispánica.

La causa del Archiduque, promocionada por los mercaderes ingleses y austriacos residentes había decaído considerablemente, siendo que el lider austracista Felíu de la Peña, en sus “Anales de Cataluña”, deja constancia del enfriamiento de la causa austracista, pero pronto empezarían las desavenencias al ser equiparados los pares de Francia con los grandes de España, la reforma de las secretarías y, sobre todo, la marginación del Consejo de Estado, actuaciones que los miembros del Consejo de Ciento, que eran Grandes de España, no podían ver con buenos ojos.

Y esas desavenencias no se produjeron sólo en Cataluña. Así, el Almirante de Castilla, Juan Tomás Enríquez de Cabrera, tendría una significación esencial en el bando austracista, y con él, el duque de Sesa, el conde de Lemos, el conde de Cifuentes… y un largo etcétera que se extendía a la baja nobleza, al clero y a otros ámbitos sociales; entre ellos destaca Gaspar de Viedma, veinticuatro de Jaén, que en 1706 instigó una conjura que fue abortada.

Hasta 1704 no parecía que fuese a producirse conflicto serio por la ascensión al trono de Felipe V, pero la dependencia con relación a Francia permitió la presencia de tropas francesas en Flandes, lo que, unido a los derechos sucesorios de Felipe sobre el trono francés y las pretensiones del archiduque Carlos, que fue proclamado rey el 12 de febrero de 1703, acabó desencadenando la guerra.

Una vez en el trono Felipe V, ¿qué balance cabe hacer de su reinado, fue un periodo positivo de recuperación nacional, o no fue así?

La venida de Felipe V con su cohorte de franceses no difería grandemente del arribo de Carlos I, dos siglos antes, con su cohorte de valones. Cabía suponer que la deriva de Felipe sería similar a la de Carlos, y con la experiencia cabía esperar que los conflictos del siglo XVI no fuesen a reproducirse en esta ocasión. Craso error: Felipe se asemejaba a Carlos tan sólo en los aspectos negativos. La balanza, que con Carlos cayó del lado de la grandeza y de la voluntad de superación, no tendría el mismo recorrido, sino el contrario, en el caso de Felipe V. Si Carlos pasó de ser odiado y temido a ser querido y admirado cuando no dudó en anular leyes injustas impuestas por él mismo, Felipe no superó la prueba, y aunque con algún acto encomiable, no pasó de ser despreciado.

El cardenal Portocarrero

El asunto se complicó con la remodelación del gobierno impuesta por Felipe V en estos momentos que, como en el caso de Carlos I con los flamencos, comportaba el arribo de personajes franceses, ávidos como aquellos por el expolio, y el sometimiento a ellos de los Consejos del Reino, dando entrada a la oligarquía mercantilista en demérito de los Grandes.

Era la ruptura del sistema tradicional, que de paso se llevaba por delante el sistema pactista del cardenal Portocarrero, que, si por una parte se ganaba a las élites mercantilistas del reino de Castilla, ponía en contra a las élites mercantilistas del reino de Aragón. Esta división, si no provocó, reafirmó en la corte de Felipe V la necesidad del decreto de Nueva Planta así como el incremento del movimiento conspirativo en todo el Reino de Aragón.

Las críticas y el descontento se manifestaban de muchas formas; entre ellas afirmando que el gobierno era extraño, el rey, mudo; el Cardenal Portocarrero, sordo; el presidente de Castilla carecía de poder y el embajador francés carente de voluntad. Entonces, ¿quién gobernaba?… Luis XIV.

La situación política estaba empeorando por la actuación de la nueva corte; no obstante, y según nos refiere Manuel Mas Soldevila, cronista contemporáneo, cuando el 20 de diciembre de 1702 Felipe V regresó de Italia y entró en Barcelona fue recibido mejor que cuando llegó a la ciudad para celebrar cortes. Las autoridades, los Comunes, los grupos privilegiados y el pueblo llano salieron a recibirle, y nadie expresó contestación y todo fueron aclamaciones.

La cuestión del enfrentamiento se radicalizaría a lo largo del año 1703, cuando los intereses de los bloques en liza tomaron cuerpo en la sociedad española, materializándose en las sociedades comerciales ligadas con Inglaterra y con Holanda, que tenían un importante peso específico en Barcelona.

¿Qué reformas legales y de la administración llevaron a cabo los Borbones?

El 16 de noviembre de 1700 subió al trono Felipe V. Mª Anne de la Trémoille, sería nombrada por Luis XIV de Francia camarera mayor de aquel, con el encargo de tutelar al joven rey; posición que sería confirmada cuando Felipe casó con María Luisa Gabriela de Saboya, el once de Septiembre de 1701. Era tal el control ejercido por la de la Tremoille que en 1703, llegó a anular todos los despachos de Felipe V.

Situada en su puesto de control absoluto se rodeó de sus adeptos quienes, como es el caso del conde de Montellano y de Juan Orry, acometieron reformas tendentes a limitar las corruptelas que infestaban la corte. Se pretendió hacer una profunda reforma administrativa bajo la dirección de Orry, que redactó detallados informes donde aconsejaba la centralización de la administración así como la reforma del sistema de gobierno basándose en el modelo francés, apuntando la eliminación de los consejos reales y la creación de ministerios, aspectos que alarmaron a la enquistada nobleza, y cuyo desarrollo natural nos lleva a los decretos de Nueva Planta.

No es que Felipe V fuese el representante de esta corriente y el Archiduque Carlos fuese representante de la corriente tradicionalista. Bien al contrario, en estos aspectos poco difería la política de ambos contendientes. Las circunstancias, y la marcha de la guerra significó que el encargado de implantar los nuevos conceptos políticos en España fuese la casa de Borbón. Carlos haría algo similar en sus dominios.

Así, con Felipe V se instauró el despotismo ilustrado, cuya máxima expresión se encuentra en los Decretos de Nueva Planta, por los cuales, sólo las provincias vascongadas y Navarra conservarían sus derechos históricos, pasando a reorganizarse el territorio en regiones militares al mando de un capitán general, A su vez, las regiones militares se subdividirían en provincias y municipios. Pero eso, al cabo, no es más que una visión de la administración, que, acertada o erróneamente, planteaba un nuevo sistema tendente a una ordenación más racional del estado en unos momentos en los que, en toda Europa, se estaba imponiendo una idea novedosa… y posiblemente contraria al espíritu hispánico.

En base a esas ideas de la Ilustración, también la corona acabaría interviniendo en los asuntos de la Iglesia, en concreto en lo tocante al nombramiento de prelados y en la recaudación de rentas.

Se hace necesario señalar que, contra lo propalado por la historiografía separatista, los mentados Decretos de Nueva Planta no son un castigo a los vencidos, sino un proyecto previo entendido como innovador y que fue defendido por Melchor de Macanaz, y Francisco de Ronquillo ya el año 1701, al acceder Felipe V al trono, y sin mediar ningún conflicto bélico.

¿España volvió a ser una potencia respetada internacionalmente?

Desde tiempos de Felipe II, las potencias europeas nunca han respetado a España. En todo caso la han temido y han dedicado sus esfuerzos, por lo general delictivos, a combatir a España.

La Guerra de Sucesión no fue sino una desavenencia entre ellas, pues hacía tiempo que, durante el reinado de Carlos II, ya se habían repartido sobre el papel toda la geografía hispana.

Con la nueva situación creada con el resultado de la guerra, en 1711, y por parte de Inglaterra, fue redactada “Una propuesta para la humillación de España”; un proyecto a largo plazo que se rebelaría como triunfante cuando en 1808 Francia e Inglaterra invadieron España, donde llevaron a cabo una guerra que conocemos como “de independencia”, en el curso de la cual consiguieron su destrucción, anhelada durante los siglos anteriores.

España iba siendo humillada paulatinamente; primero con el Tratado de los Pirineos de 1659, donde España cedía a Francia el Rosellón. En el Tratado de Ryswick de 1697 firmado entre Francia, Inglaterra y Holanda, significó nuevas cesiones por parte de España.

Luego llegaría el Tratado de Utrecht, que empezó a negociarse en 1711 sin el concurso de España, y gracias a que Inglaterra se cuestionaba el precio económico que le reportaba el mantenimiento de la guerra, mientras Francia también se encontraba agotada económicamente y había retirado sus ejércitos de España.

El primer tratado de Utrecht se firmó el 11 de Abril de 1713 entre Gran Bretaña, Francia, Prusia, Portugal, Saboya y las Provincias Unidas.

El segundo se firmó el 13 de Julio de 1713 entre Gran Bretaña y España, en los que España no obtuvo nada y cedió en todo. Perdió Flandes… pero el complemento llegaría en 1714 con el tratado de Rastadt, donde Luis XIV negoció a costa de España, que pagó con Cerdeña, Sicilia, Nápoles y el Milanesado.

Posteriormente se daría fin a la Guerra de Sucesión, de forma definitiva, el 30 de abril de 1725 con la firma del Tratado de Viena.

El tratado de paz de Viena confirmaba la mutilación del territorio nacional, siendo que Toscana, Parma y Plasencia quedaban para el Archiduque Carlos en calidad de feudos, señalando que nunca podrían ser posesión de la Corona de España al tiempo que implica el reconocimiento de Felipe V como rey de España y la renuncia del Archiduque a sus derechos a la Corona de España.

No obstante la humillación, España era un gran bocado que costaría a Inglaterra cuatro guerras más con España entre 1727 – 1729; 1739 – 1748; 1756 – 1763 y 1779 – 1783. Y es que, a pesar de todo, España seguía siendo fuerte en lo militar y conservaba un gran peso internacional, siendo, sin lugar a dudas, el primer imperio del mundo. La debacle se estaba gestando en otros campos: los políticos, los administrativos, donde la acción se llevaba en silencio, propiciando la aculturación del pueblo y sembrando pensamientos contrarios al espíritu hispánico.

La debacle surgiría en Trafalgar 21 de octubre de 1805, cuando España actuaba como sierva de Francia.

¿En qué consistieron las reformas económicas de Carlos III?

A partir de 1760, la situación en la Península, según detalla el embajador danés a su gobierno, era de profunda crisis y de miseria.

El precio del trigo había subido de 8 a 26 reales, y los precios de los artículos de primera necesidad se habían quintuplicado en una década. La quiebra del estado era manifiesta, y la Corona pagaba a sus acreedores con pagarés a cargo de los Reinos de Indias, de donde reiteradamente llegaban devueltos.

Carlos III

Los políticos ilustrados aumentaron impuestos e implantaron el proteccionismo manufacturero, dando lugar a la creación de manufacturas reales como las Reales Fábricas de Tapices, Cristales, etc., y favoreciendo el de la agricultura y la minería, siendo que en 1767 se crearon nuevas poblaciones en Andalucía, en una operación que, en dos años, movilizó cerca de 8000 colonos que pusieron en cultivo gran cantidad de tierras.

Pero sin lugar a dudas, la medida estrella fue la promulgación del libre comercio entre distintos puertos americanos y peninsulares el año 1765. 

La Real Instrucción de 16 de octubre de 1765 autorizaba la salida y llegada directa desde los puertos españoles de Santander, Gijón, La Coruña, Málaga, Cartagena, Alicante y Barcelona, además de los ya establecidos de Sevilla y Cádiz, hacia las islas de Barlovento, Trinidad, Margarita, Puerto Rico, Santo Domingo y Cuba. Puertos cuyo número se vería incrementado en años sucesivos.

Pero los resultados no acabaron siendo los previstos, ya que los beneficios económicos que se habían producido hasta el momento acabaron siendo destruidos al compás de las reformas.

La quiebra provocada de la pequeña manufactura en América sería el caldo de cultivo necesario para preparar los sucesos del primer cuarto del siglo XIX, cuando los importadores pasarían a ser servidores del monopolio mercantil y financiero de las potencias anglosajonas, perceptoras de todo el producto del comercio… y desentendidas de la creación de infraestucturas y bienes sociales.

Las reformas borbónicas en América, habiendo liquidado el tejido productivo manufacturero, se dirigió a la concentración de la producción minera, especialmente de la plata, lo que ocasionó un importante crecimiento de su producción.

Pero si las actuaciones en lo tocante a los ámbitos productivos son el ámbito propio de las reformas económicas, no es desdeñable, en ese mismo ámbito, la actuación en el terreno de la educación.

No es lo mismo una población formada que una población inculta. Y a ello se dedicarían las Sociedades Económicas de Amigos el País, que empezaron a tener cierta entidad treinta años después, tras la expulsión de la Compañía de Jesús, que con un ejército de maestros había atendido la educación de la población, siendo que desde 1572 ejercía su función en América, sembrando el territorio de escuelas, de las que saldrían personas formadas para atender todos los aspectos de la sociedad, ya fuesen criollos, indios, negros o mestizos.

Regía escuelas de primera y de segunda enseñanza, y atendía universidades a lo largo de toda la geografía nacional, peninsular y americana, marcando un notable desarrollo socio-económico y cultural, y su desaparición comportó la desatención educativa de la mayor parte de la población, y el reinado de Carlos III, a pesar de sus proclamadas políticas públicas centradas en la educación superior, se manifestó como incompetente, lo que acabaría ocasionando un crecimiento espectacular de analfabetos, siendo que, si el nivel de alfabetización existente en 1767, cuando fue expulsada la Compañía, rondaba el 40%, a principios del siglo XIX rondaba el 10%.

Extraordinaria repercusión sobre la enseñanza, y como consecuencia sobre la economía, tuvo la expulsión de los jesuitas. El 5 de octubre de 1767 fue dictada la Real Provisión para reintegrar a los maestros y preceptores seculares en la enseñanza de las primeras letras, gramática y retórica…pero había que formar a esos maestros.

Las Sociedades Económicas de Amigos del País, con más voluntad que efectividad, se dedicaron a la labor. La primera fue la Sociedad Bascongada de Amigos del País, fundada en 1765. A principios del siglo XX existían 63 en toda España, dispuestas a suplir la acción de los 5271 jesuitas que fueron expulsados cuatro décadas atrás.

La aplicación de las medidas fiscales ocasionó disturbios en América, y además la ruina de boyantes poblaciones en el Uruguay, con miles de desplazados y graves sublevaciones en la Nueva España, lo que ocasionó ejecuciones, condenas y destierros.

¿Por qué fomentó medidas antirreligiosas Carlos III?

Eso habría que preguntárselo a él. Yo creo que la medida está provocada por la Ilustración, y estuvo encaminada a minar España, que ya estaba, si no controlada absolutamente, si manifiestamente encaminada al sometimiento.

¿Qué impacto tuvo la masonería en su reinado?

El Tribunal de la Inquisición había prohibido la Masonería en 1738. Esta prohibición fue sancionada por el apoyo de la autoridad real, mediante un edicto del Rey Fernando VI, en 1751, y la sociedad secreta no actuó a cara descubierta durante todo el siglo XVIII, si bien la pertenencia de importantes personajes públicos a la secta nos manifiesta que no estuvo ausente en la política nacional durante este período.

Según el periódico La Reforma de 18-10-1865, órgano de la francmasonería en España, la primera logia se estableció en 1726 en Gibraltar. Al año siguiente se estableció otra en Madrid, y en 1731 otra en Andalucía, y con el advenimiento de Carlos III, en 1759, la francmasonería se instaló en el mundo cortesano, que en torno al ministro Ricardo Wall llevó una política de docilidad a las instrucciones de Inglaterra. Tan es así que, no solo se permitió el tráfico negrero a ingleses y franceses, sino que hasta en la misma España llegaron a crear una compañía negrera, algo que siempre había rechazado España.

Era tan manifiesta la existencia de la masonería que pronto se inició la extensión de la secta a un lado y otro del Atlántico, siendo que las logias masónicas fueron creándose a lo largo del siglo XVIII; en 1763, en Cuba, Nicaragua y Belice; en 1768, en México (Ciudad de México y Jalapa); en 1773, en Lima; en 1776, en Honduras; en 1794, en Santa Fe de Bogotá; en 1795, en Río de la Plata (Logia Independencia); y en 1795, Francisco de Miranda creó en Paría la Logia Madre Hispanoamericana, que en 1798 se trasladó a Londres y se constituyó como Gran Logia Hispanoamericana, quedando integrada por tres logias operativas: Lautaro, nº 1; Caballeros Racionales, nº 2; y Unión Americana, nº 3. Más tarde se les sumó la logia Caballeros Racionales, nº 4.

La actividad masónica se hizo evidente tanto en la organización de los motines como en la incriminación de otros en los mismos. La Iglesia en general, y los jesuitas en particular, eran presentados como los instigadores.

La difusión de las ideas masónicas en América iba de la mano de agentes británicos que recorrían la España americana con una clara intención de espionaje que queda manifiesta en sus escritos y, curiosamente, con la anuencia de la administración española.

Tal es el caso de Alexander Humboldt; pero, como él, fueron otros; unos, como en el caso de Juan Bautista Picornell, con la excusa de ser desterrados de la Península; y otros con la excusa de expediciones geográficas que manifiestamente eran de claro espionaje, a juzgar por los comentarios relativos al modo y manera como un ejército podía acceder a un determinado lugar, como hace Humboldt.

El impacto, así, fue determinante.

¿Ministros como Aranda o Floridablanca fueron masones?

Sí. José Moñino y Redondo, Conde de Floridablanca y Pedro Pablo Abarca de Bolea, Conde de Aranda, formaban en nómina, como en nómina figuraba un elenco de personalidades adscritas a los distintos órganos encargados de disolver España. Masones fueron Juan Pablo Vizcardo y Guzmán, Pablo de Olavide, Francisco de Miranda, Andrés Bello López, José de San Martín, Servando Teresa de Mier, Joaquín Olmedo, Pablo Morillo, Antonio Nariño, Simón Bolívar, Antonio de Sucre, Manuel Belgrano, Hipólito Unanue, Faustino Sánchez Carrión, Juan Manuel Iturregui, José Miguel Carrera, primer presidente constitucional de Chile; Manuel Hidalgo, Agustín de Iturbide, José María Morelos, Mariano Moreno, O’Higgins, Francisco Antonio Zea, etc…, considerados luego padres de las futuras nuevas naciones títeres del imperio inglés. Como masones también fueron Ángel Saavedra, Duque de Rivas; Pedro Rodríguez, conde de Campomanes; Gaspar Melchor de Jovellanos, Mariano Luis de Urquijo, Francisco Milans del Bosch, el general Castaños, Díaz Porlier, Espartero, Espoz y Mina, O’Donnell, O’Donoju, Eugenio de Palafox, conde de Montijo; Rafael de Riego, el general Maroto, Carlos María Alvear, Juan Van Hallen, Agustín Argüelles, presidente del gobierno y tutor de Isabel II…

Y se especula que el propio Fernando VII también fue miembro de la misma, situación que se encuentra probada en alguno de sus descendientes.

¿Por qué se llevó a cabo la expulsión de los jesuitas?

Sin lugar a dudas, la Compañía de Jesús era un instrumento de la fe que no tenía parangón; sus miembros gozaban de una esmeradísima formación en los más variados campos, gestada a lo largo de quince años de estudio, lo que les permitía abordar los más variados cometidos en los lugares más diversos por su conocimiento de idiomas y de las más variadas ciencias.

Quince años dedicando esfuerzos continuados a su propia formación acarreaba una legión de científicos capaces de defender la fe con un conocimiento que difícilmente era igualado por un ilustrado.

Evidentemente, para el desarrollo de la Ilustración se hacía necesario cometer un genocidio intelectual sobre semejante legión de defensores de la fe.

Y es que, en formación académica, ninguna otra orden religiosa podía equipararse tampoco a la Compañía de Jesús.

¿Qué consecuencias tuvo esa medida?

La medida inmediata fue la pérdida de cultura en todo el tejido social de España. La Ilustración daba un importantísimo paso en el cumplimiento de sus objetivos: la “desilustración” auténtica del pueblo español.

¿Y por qué esa medida?

Desde la llegada de Felipe V, el objetivo manifiesto era olvidar la España Imperial. Los Austria eran algo a borrar de la mente de los españoles; la grandeza de España, algo a derrocar para poder ser entregada, atada de pies y manos a los enemigos seculares; a los piratas, a los contrabandistas, a los traficantes de esclavos; a los traficantes de drogas, a los falsificadores de moneda…, y esa tarea es difícil de ser llevada a cabo cuando el pueblo tiene cultura y recuerda su historia.

La expulsión de la Compañía de Jesús fue, sin duda, uno de los hitos más importantes llevados a cabo por los enemigos en la tarea secular de desestructurar España.

España apoyó la guerra independencia de Estados Unidos, contra Inglaterra, ¿fue un error?

Fue un error haber actuado como siempre ha actuado España, con honor y generosidad… y sin precauciones.

La acción, así, entiendo que no fue un error, pero España debía haber previsto que no estaba tratando sino con gentes que ni por asomo tenían una formación humanista, sino que se trataba de gentes formadas en un mundo ajeno al espíritu católico, humanista, español, cuando no contrario al mismo.

Creo que, en el momento, hubiese sido necesario articular los medios necesarios para controlar el crecimiento de lo que nacía para evitar que acabase convirtiéndose en un monstruo ajeno a toda virtud.


2 respuestas a «El absolutismo Borbón del siglo XVIII y su odio a la Fe analizados por Cesáreo Jarabo»

  1. Una verdadera joya de artículo. Mi humilde y cultural «bisagrazo» ante don Cesáreo.

    Traer a los Borbones de vuelta, lamentablemente, no fue una buena idea.

    Dice don Cesáreo Jarabo Jordán: «Los Austria eran algo a borrar de la mente de los españoles; la grandeza de España, algo a derrocar para poder ser entregada, atada de pies y manos a los enemigos seculares; a los piratas, a los contrabandistas, a los traficantes de esclavos; a los traficantes de drogas, a los falsificadores de moneda…, y esa tarea es difícil de ser llevada a cabo CUANDO EL PUEBLO TIENE CULTURA Y RECUERDA SU HISTORIA.»

    Esta cita suena muy actual, ¿verdad?
    Sustitúyase Austrias por Francisco Franco y parecería que se tratase de la historia de España de los últimos cuarenta y tantos años…

    1. Cuando una Nación no tiene cultura ni memoria, no es que esté condenada a repetir sus errores, está condenada a desaparecer, algo que ya es una realidad. El único consuelo que nos queda a algunos es que hemos hecho todo lo posible por evitarlo.
      ¡ARRIBA ESPAÑA SIEMPRE!

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