El alcance de la Escuela de Salamanca: Thomas Jefferson y la democracia cervantina (Para Javier Milei)

«Creo que con el tiempo mereceremos no tener gobiernos».

—Jorge Luis Borges

Me ratifico de nuevo. La novela de Miguel de Cervantes sigue ofreciéndonos la más simple y elegante manera de demostrar la influencia global de la Escuela de Salamanca. No obstante, sólo me puedo permitir decir eso porque el Fundador de EE. UU., Thomas Jefferson, también fue el mayor hispanista del país más libre de la historia de la humanidad. Y basta ya de chauvinismos. La trayectoria democrática que presento aquí es recíproca, transatlántica y transnacional. Es decir, Cervantes anticipó la esencia de Jefferson; y Jefferson reconoció la esencia de Cervantes.

El legado estético de Jefferson —amante y artista romántico a la vez que estadista y jurista ilustrado— nos señala que la novela de Cervantes es la principal inspiración de su visión del futuro de EE. UU., un futuro que reconoció como inevitablemente hispanoamericano. Sin duda, escritores como Montesquieu y Montaigne fueron importantes para él y sus mejores amigos fueron francófilos y miembros de la aristocracia francesa liberal; pero Jefferson también nos señaló que Montesquieu tenía ciertos problemas teóricos y hemos de admitir que el mismo escepticismo de los ensayos de Montaigne se puede apreciar perfectamente en las novelas de Cervantes. Es más aún: tanto en sus cartas personales como en su obra arquitectónica y en sus Notas sobre el Estado de Virginia (1785), las alusiones que el Fundador de la primera república americana hace al autor de la primera novela moderna no son casuales; son profundas y significativas.

A lo largo de los últimos dos siglos la periódica resucitación y reivindicación de la Escuela de Salamanca ha sido una responsabilidad concedida mayormente a politólogos y economistas: Carl Menger, Joseph Schumpeter, Friedrich Hayek, Murray Rothbard y Marjorie Grice-Hutchinson, entre otros. El punto ciego de esa actividad siempre ha sido la historia de la novela. Ese potente conjunto de teólogos, economistas y políticos reformistas de los siglos XVI y XVII —tales luminarios como Vitoria, Las Casas, Azpilcueta, Molina, Mariana, Suárez y Palafox— es imprescindible para entender que las temáticas y los principios de múltiples generaciones de pensadores católicos mediterráneos influyeron en la Ilustración escocesa de los siglos XVII y XVIII tanto como en la Escuela austríaca de los XIX y XX. Sin embargo, apuesto que novelistas como Fernando de Rojas (La Celestina, c. 1499), Diego Hurtado de Mendoza (Lazarillo de Tormes, c. 1554), Miguel de Cervantes (Don Quijote de la Mancha, 1605/15 y Novelas ejemplares, 1613) y María de Zayas (Novelas amorosas, 1637 y Desengaños amorosos, 1647) siempre serán más útiles para demostrar el alcance de las ideas charras.

¿Por qué insisto en la utilidad del arte por encima de la teoría económica y política? Dos razones.

(1) La incertidumbre. En la medida en que, a toda diferencia de los economistas y politólogos positivistas, los liberales enfatizan la importancia de las soluciones independientes y espontáneas a los problemas de la vida por encima de las centralizadas bajo el mando de moralistas o tecnócratas, la novela es preferible a los tratados de economía política. Esa teoría orgánica y trágica de la vida que es la base de la «lógica negativa» —según la frase famosa de John Stuart Mill— está mucho más cercana a la cosmovisión de la novela que la de la dirección legislativa.

(2) Realismo demográfico. Las ideas de los genios técnicos no suelen convencer a las masas comunes sin que haya algún matiz creativo. Si hemos de convencer al público y ganar la batalla cultural contra el colectivismo y el victimismo, deberíamos atender al lema horaciano de «docere delectando». Está bien producir a más MBAs, politólogos y economistas, pero jamás será suficiente. Además, es un error grave ceder terreno en las artes y los estudios humanísticos a los estatistas y los radicales. Estoy dispuesto a admitir que los economistas, los historiadores y los emprendedores son más inteligentes que los demás; y como tejano tengo que secundar la observación de Ortega sobre el error de pensar en lugar de actuar. Pero por preferible que sea la mentalidad pragmática y linear, es inevitable que tendrá consecuencias defectuosas de vez en cuando. En EE. UU., por ejemplo, la cumbre de la educación técnica es MIT, pero de manera predecible, y más que otras universidades de su nivel, esa institución promueve el neo racismo de las cuotas demográficas entre los estudiantes y el profesorado. Pongamos aparte la cuestión de la inteligencia: La fría lógica del hemisferio izquierdo del cerebro precisa de la creatividad del derecho para ponerle límites morales.

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Ahora bien, en la obra narrativa de Cervantes se lee una larga serie de reflexiones casuísticas sobre temas morales, políticos y económicos, reflexiones que se hacen eco de los juristas de la Escuela de Salamanca del Renacimiento ibérico a la vez que anticipan los principios del liberalismo clásico de los siglos XVIII y XIX. Unos pocos ejemplos: el comercio puede resolver los conflictos internacionales (La española inglesa), la raza no debería impactar en la política de una república moderna (El coloquio de los perros) y el valor material con frecuencia es algo íntimamente subjetivo (Don Quijote). A estas características de la novela cervantina agregamos la realidad esencialmente bicultural del hemisferio occidental: siempre ha sido el caso, y hoy en día más que nunca, que el mundo hispano es la principal frontera étnica y cultural de EE. UU., y por lo tanto, no hay manera de conseguir que los 900 millones de hispanoparlantes de América Latina no se converjan con los 350 millones de angloparlantes al norte del Río Bravo. No nos debería sorprender que Jefferson fuese el primer y el mayor hispanista y cervantista de EE. UU.

Ya sobre el año 1787, el creciente listado de textos en español que tenía Jefferson en su posesión incluyó a los siguientes autores: Antonio de Ulloa, Francisco López de Gómara, Jorge Juan y Santacilia, Antonio de Solís y Rivadeneyra y Gabriel de Cárdenas y Cano, además de una lista de otros que quería comprar. A estos hemos de agregar a Juan de Mariana y a Juan de Palafox y Mendoza. Jefferson envió la Historia de España del primero y la Historia de la conquista de la China por el tártaro del segundo a su mejor amigo James Madison en 1785. Y finalmente, queda claro que el inventor de la novela es fundamental para entender a Jefferson. Don Quijote de la Mancha y Las novelas ejemplares tuvieron gran impacto en el Fundador de la democracia norteamericana. Admito mi sesgo; soy partidario de Jefferson. Si tuviera que elegir tres autores que todos deberíamos leer como preparación para el futuro hispanoamericano al que estamos destinados, serían Mariana, Cervantes y Borges. Si los lectores norteamericanos quieren buscar puntos de contacto e incluso reconocimiento entre el mundo anglo e hispano, ahí queda eso.

Las cartas de Jefferson están llenas de referencias a Don Quijote (once en total, además de ocho cartas al respecto escritas por parte de miembros de su familia y otros conocidos). Incluso puede ser su obra literaria favorita. En unos casos, la alusión es metafórica, aunque no sin significado político. Así es, por ejemplo, el caso de su carta del 19 de julio de 1822 dirigida a Benjamin Waterhouse, en la que alude a la Primera Enmienda a la Constitución: «Don Quijote emprendió a reparar los errores corporales del mundo, pero la reparación de los caprichos mentales sería un trabajo más que quijotesco. Emprendería yo a llevar a la sana comprensión los cráneos locos del manicomio de Bedlam antes que intentar inculcar la razón en el de un atanasiano». En otros casos, se nota su clara intención de establecer una base intelectual tanto para su nación como para su propia familia. La primera carta de Jefferson que se refiere a la novela de Cervantes es la del 3 de agosto de 1771 dirigida a Robert Shipwith en la que recomienda la desafortunada traducción de Tobias Smollet. Pero luego tenemos su importante carta al Mons. de Marbois (a quien le debe la inspiración de sus Notas sobre el Estado de Virginia) fechada el 5 de diciembre de 1783. Le agradece al marqués de Marbois su recomendación de una serie de libros para la educación de su hija Martha y le informa de que le ha dejado a su hija ejemplares de Gil Blas y Don Quijote, textos que considera «entre los mejores libros de su clase». Como se ha perdido la carta de Marbois, no es posible determinar si el marqués le había recomendado la novela de Cervantes, pero la alusión cuaja perfectamente con el proyecto que tenía por delante de terminar sus Notas sobre el Estado de Virginia.

Por último, tenemos que subrayar una serie de cartas entre Jefferson y su hija Mary en los años 1790 y 1791, cartas en las cuales los dos comentan y reiteran la promesa que le hizo Mary a su padre de leer la primera novela moderna. Lo que podemos deducir de este diálogo epistolar es que Jefferson pensaba que Cervantes era lectura obligatoria para su hija. Creo que incluso estamos llamados a concluir que el Fundador tenía en mente comunicarle algo más importante de manera indirecta y literaria. Sabemos que las hijas de Jefferson desaprobaban la esclavitud. Por ejemplo, en una carta a su padre del 3 de mayo de 1787, Martha, la hija mayor de Jefferson, dijo: «Deseo con toda mi alma que todos los pobres negros sean liberados. Me entristece el corazón cuando pienso en que estos nuestros semejantes seres han de ser tratados tan terriblemente como lo son por muchos de nuestros compatriotas». Evidentemente, Jefferson imaginó la novela de Cervantes como manera de expresar su sintonía moral con sus hijas.

En cuanto a la arquitectura de Jefferson, también vemos una línea directa de influencia cervantina. Dos casos sobresalen por encima de los demás: la Rotunda de la Universidad de Virginia, terminada unos meses después de su muerte en 1826, y su casa en Monticello, terminada en su mayor parte para el año 1809, aunque seguiría haciendo pequeñas reformas en la «constitución» del edificio hasta el final de su vida. La Rotunda es una apropiación explícita tanto del Panteón de Roma diseñado por Vitruvio como del Hombre de Vitruvio dibujado por Leonardo da Vinci. Quizás nunca sepamos si Jefferson consiguió acceder a las copias de los cuadernos de da Vinci del rey Jorge III de Inglaterra cuando visitó Buckingham House en 1786, pero es harto complicado imaginar que no estuviera familiarizado con la figura icónica del Hombre de Vitruvio a través de un grabado o una edición de De pictura de Alberti, tratado que influyó en da Vinci. Además, no podemos olvidar que Jefferson poseía una réplica de San Giovanni Battista de da Vinci, así como una edición del siglo XVI de L’architettura de Alberti.

La visita de Jefferson a Buckingham House, ubicándole tan cerca de los cuadernos de da Vinci en la biblioteca de Jorge III, insinúa que «el arquitecto de la democracia» —o «el demócrata de la arquitectura» como lo llamó Jorge Luis Borges— ya pensaba en el famoso Hombre de Vitruvio como representativo de cierto combate metafórico del individuo contra el soberano. Esa misma idea se le habría ocurrido al haber leído la alusión literaria más famosa a Vitruvio, es decir, el capítulo ocho de la segunda parte de Don Quijote. Allí Cervantes nos señala que los derechos negativos del individuo contra el soberano son el legado de la aristocracia medieval (ver Liggio).

En cuanto a su casa personal en Monticello, Jefferson hace alusión al laberinto metafórico de Sierra Morena en los episodios melodramáticos de la primera parte de Don Quijote (ver Herrero; Graf, cap. 3). La estatua de Ariadne/Cleopatra en la entrada de la casa, el motivo de la cabeza de buey en la habitación principal y finalmente su estilo imperial mixto y asimétrico, todos esos detalles (y hay más) son indicaciones de que Jefferson, al igual que Cervantes, tenía en mente el laberinto de Creta como un símbolo del mestizaje entre Europa y África que quería fomentar en su propio país. Además, cuando volvió de Francia en 1789 Jefferson hizo que la casa mirara hacia el oeste, es decir, hacia el Virreinato de Nueva España, desde Luisiana hasta California. En ese sentido, Monticello es un legado arquitectónico que señala al mundo mediterráneo hispano como la solución al problema racial de la nueva república de la cual también fue arquitecto.

Finalmente, la Cuestión VI de las Notas sobre el Estado de Virginia, obra sine qua non de la democracia norteamericana (ver El federalista 48 y 49), manifiesta la más impresionante alusión a la obra de Cervantes por parte de un autor norteamericano que he leído en mi vida. Hace años señalé que Hobbes fue el lector inglés más importante de Cervantes y que Zayas fue su mayor intérprete español. Agrego ahora que Jefferson fue su más sofisticado lector estadounidense.

Las alusiones que Jefferson hace a Esopo (la fuente de la sentencia latina más importante del prólogo de Don Quijote) y a Ariosto (el escritor moderno favorito de Cervantes) nos indican que el autor de las Notas sobre el Estado de Virginia siguió muy de cerca el programa del inventor de la novela. Hacia el final de la Cuestión VI, Jefferson se refiere a ocho grandes escritores de la literatura creativa de Occidente: Shakespeare, Milton, Tasso, Racine, Voltaire, Camões, Homero y Virgilio. En la nota que encontramos al pie de la página de las apropiadamente llamadas Notas, Jefferson afirma que Homero y Virgilio se distinguen de los demás por su alcance universal. Es decir, Homero y Virgilio son diferentes por haber escrito epopeyas imperialistas que lograron transcender a sus idiomas y a sus naciones. La opinión de Jefferson es plausible a modo de crítica literaria, pero más allá de eso nos obliga a pensar sobre el acto de distinguir entre dos grandes autores y sus rivales inferiores.

Por ende, no puede ser casualidad que pocas páginas antes de ubicar en una nota a Homero y Virgilio en la cima de la historia literaria, Jefferson se hubiera referido a otros dos escritores, el autor clásico de fábulas y el autor de la mayor epopeya del renacimiento italiano. Tampoco estamos autorizados a ignorar el hecho de que haya hecho estas dos referencias de manera irónica, invertida y retrógrada, alegando que Esopo no dice la verdad y que Ariosto glorifica la fuerza por encima de la estratagema. ¿Por qué hubiera querido Jefferson destacar tanto a Esopo y Ariosto? Porque para cualquier lector familiarizado con Cervantes, esos dos autores señalan el tema del mestizaje como una de las principales soluciones al dilema de la esclavitud.

¿Cómo es posible? Obvio. La más famosa sentencia latina que despliega Cervantes en el prólogo de su novela viene de la fábula De canis et lupo de Esopo: «Non bene pro toto libertas venditur auro». La sentencia no sólo establece la famosa incertidumbre cervantina (el amigo del narrador la atribuye erróneamente a Horacio); también señala la importancia que tendrá el tema de la esclavitud basada en la raza para el resto de la novela. Además, nos obliga a atender a la misma injusticia en El coloquio de los perros al final de Las novelas ejemplares, obra que por cierto también se encuentra en la biblioteca de Jefferson. Luego, y de manera complementaria a la alusión a Esopo, justo en la mitad de Don Quijote, en el capítulo veintiséis, Cervantes alude a Ariosto. La alusión tampoco es casual, porque ocurre cuando el hidalgo expresa su confusión acerca de la relación interracial entre Angélica y Medoro. Y todo eso después de que hayamos aprendido en el capítulo veinticinco que Dulcinea es una morisca. Es decir, en el ensayo más destacado de la obra más importante de Jefferson, el autor de la Declaración de la Independencia nos ha dejado claras señales de que no sólo leyó la primera novela moderna, sino que la entendió en profundidad.

Recientemente, gracias a una serie de ensayos, cuentos y entrevistas de Borges —y gracias también a la tesis de Annette Gordon-Reed acerca de la relación que mantuvo Jefferson con su esclava Sally Hemings— me he enterado de que el mensaje que Jefferson nos ha transmitido a través de sus múltiples alusiones a Cervantes es que la solución al laberinto norteamericano del racismo es precisamente salir a saludar al mundo hispano. Es decir, Jefferson vio que los mundos mediterráneo, caribeño y latinoamericano nos modelan el mestizaje, es decir, nos ofrecen la perspectiva adecuada para desarticular una de las manías más destructivas de nuestra cultura.

Me acuerdo de un discurso que dio el supuesto inventor del Bitcoin, Nick Szabo, en la Universidad Francisco Marroquín. Dijo que, si crees que tienes una buena idea, pero descubres que nadie te cree, lógicamente deberías tener dudas. El señor Szabo suena mucho a Jefferson y sus ejemplos de la «lógica negativa» a lo largo de la Cuestión VI. Es que tienes que reconocer que puede que te equivoques. Ergo, deberías volver a evaluar tus premisas, a contemplar tus sesgos y a cuestionar los pasos de tu raciocinio. Pero si después de hacer todo eso todavía crees que tienes razón, enhorabuena, porque la verdad es que ahora lo más probable será que tu problema principal no es tu idea sino tu incapacidad de comunicársela a los demás. Y la razón por la cual podemos afirmar eso es la misma por la cual siempre deberíamos admitir nuestra propia tendencia a cometer errores. El error es más común que la certeza, y por ende si los demás dicen que te equivocas, es probable que tengan razón. Pero si admites esa posibilidad y luego vuelves a confirmar tu idea, es muy probable que sean los demás los que se equivocan porque al fin y al cabo son seres humanos, y, por ende, tan falibles como tú. La turba también tiene sesgos.

Si tengo razón (y ya no tengo duda alguna), el hombre más responsable por el constitucionalismo norteamericano buscaba su alma en España, que no Francia. El peso de Cervantes en las Notas sobre el Estado de Virginia es más importante de lo que los especialistas norteamericanos son capaces de entender. La democracia según Jefferson consiste en aprender del pasado y mirar hacia el futuro, y eso implica que Cervantes y tras él los moralistas, políticos y economistas de Salamanca son las fuentes de su pensamiento que más urgentemente nos quedan por desvelar.

La triste ironía es que las dos culturas no prestan atención a estos puntos de contacto entre ellas, y justo cuando hay grandes oportunidades para hacerlo. En el Estado de Florida —cuya ciudad más grande es Miami, donde las tres cuartas partes de los habitantes son hispanoparlantes— unos conservadores pseudo liberales están a punto de realizar la primera reforma universitaria en EE. UU. en más de cincuenta años. Desafortunadamente quieren hacer su reforma según el modelo de unos docentes bautistas del Estado de Michigan. Mientras tanto, el más reciente editor español de las Notas sobre el Estado de Virginia ha presumido de expurgar un capítulo entero de la obra magna del Fundador de EE. UU., señalando a sus lectores que lo considera de poco interés. Por el amor de Dios, ¿cómo hemos llegado a tales circunstancias? Vagos hemos sido.

En el caso de que seamos capaces de imaginar un futuro iberoamericano con gran potencial socioeconómico, científico y cultural, las múltiples alusiones que hace Jefferson a Cervantes en sus cartas, sus obras arquitectónicas y sus Notas sobre el Estado de Virginia albergan algo bello. Los norteamericanos suelen creer que Jefferson era francófilo, pero es necesario ir más allá para entender que España y Roma contaban también entre sus referentes. La verdad es que su interés en Francia —como se percibe en la trayectoria de su gira por ese país en 1787 que al final se extendió al norte de Italia— expresa su aprecio por el mundo mediterráneo como modelo para el imperio democrático que estaba diseñando. Hoy en día, en la mayoría de las universidades de EE. UU., y más aún en las instituciones de élite como Harvard, MIT, Princeton, Stanford, Rice y Chicago, persiste la idea de que el francés sea el idioma preferido para la búsqueda del conocimiento filosófico y cultural. De allí que la sociología, la política y la literatura son campos dominados por el estudio de autores franceses. Soy partidario de Jefferson, tanto por formación intelectual como por preferencia estética, así que, por mí, basta ya. Es hora de salir de esa falsa realidad afrancesada, que además de ser fantasía anticuada es poco democrática, y sustituirla por el estudio del español, y no sólo como idioma de uso pragmático sino de valor filosófico, histórico y cultural. El español es parte integral de la actualidad y del futuro que vamos a vivir juntos en el mundo atlántico, y las grandes obras de Cervantes, Jefferson y Borges nos pueden ayudar a hacer realidad ese giro académico. Si logramos eso, añadiremos más ímpetu al estudio de la Escuela de Salamanca y también al estudio de los principios y valores universales del liberalismo clásico, dos resultados que mejorarán el mundo por muchos siglos venideros.

Artículo publicado originalmente en Escuela Ibérica

Obras citadas
Cervantes, Miguel de. Don Quijote de la Mancha. Ed. Francisco Rico. Barcelona: Crítica, 1998.
Graf, Eric-Clifford. Anatomy of Liberty in Don Quijote de la Mancha. Lanham, MD: Lexington Books, 2021.
Herrero, Javier. «Sierra Morena as Labyrinth: From Wildness to Christian Knighthood». Critical Essays on Cervantes. Ed. Ruth El Saffar. Boston: G. K. Hall, 1986. 67–80.
Jefferson, Thomas. Writings. New York: Library of America, 2011.
—. Escritos políticos. Ed. Antonio Escohotado. Madrid: Tecnos, 2014.
Liggio, Leonard P. 1990. «The Hispanic Tradition of Liberty: The Road Not Taken in Latin America». Lecture, Mont Pelerin Society Regional Meeting, Jan. 12, 1990, Antigua, Guatemala.

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