El alma de Europa. Una aproximación entre Jung y Spengler

Carl Jung

¿Existe el alma? La respuesta es afirmativa si nos ceñimos a la mera palabra “existencia”, y no a la “esencia” de esa escurridiza realidad. El alma, dice Jung, es un hecho. Lo mismo que los fenómenos materiales o naturales: existen, son hechos. Pero de su oculta esencia somos tan ignorantes como con respecto a los fenómenos anímicos.

Yerra el hombre occidental moderno al querer explicar el alma por medio de lo físico, cuando ocurre justamente que lo fenoménico-físico es, para nosotros, en su oculta esencia, tan ajeno e ignorado como lo es lo fenoménico-anímico. La pertinaz tendencia materialista de nuestras sociedades occidentales actuales también debe revelar una cierta conformación (cuando no deformidad) del alma:

“…la irresistible inclinación a explicarlo todo como fenómeno físico, corresponde a la evolución horizontal de la conciencia durante los últimos cuatro siglos. La tendencia horizontal es consecuencia contra la vertical exclusiva de la época gótica. Es un fenómeno de la psicología de los pueblos que, como tal, siempre permanece más allá de la conciencia individual. Actuamos como primitivos, es decir, al principio, de un modo inconsciente, y sólo después de largo tiempo descubrimos el porqué hemos obrado así […]. Sobrestimamos las causas materiales y creemos que sólo ahora disponemos de la explicación acertada,  porque imaginamos conocer mejor la materia que el espíritu “metafísico”. Pero desconocemos la materia del mismo modo que desconocemos el espíritu. Nada sabemos respecto a su esencia” (La Realidad del Alma, pps. 11-12)[i].

Spengler

La historia de Europa viene marcada por el gran cambio de tendencia: de la verticalidad (desde profundas raíces del alma y la tierra, emergía una elevación hacia los cielos de índole espiritual) propia de la Edad Media gótica hasta la “Modernidad”, es decir, la horizontalidad que consiste en abarcar una extensión enorme de objetos exteriores, pero considerados en su en su sola superficie, en su crasa existencia como fenómenos dados ante una conciencia. Se corresponde esta mutación a un cambio de fase dentro del ciclo cultural de Occidente: la pérdida de la espiritualidad y de todo anhelo de elevación, sustituida por una mera atención a lo dado y presente. Spengler habló de lo mismo: la decadencia del alma gótica, fáustica, y su tránsito hacia la “perspectiva de batracio”.

Elaborar una historia del alma de Europa es tanto como confeccionar una historia de la materia y de lo natural. Alma y materia son dos signos de una misma realidad. Lo espiritual y lo mundano son según Jung, como dos series de fenómenos que brotan de un mismo manantial, y que se identifican punto por punto. La psicología (estudio de la psique) y la filosofía (estudio y reflexión del mundo) tratan de lo mismo, ambas son un idéntico saber:

“Creo que hay tantas psicologías como filosofías, y sucede con éstas lo mismo que con las psicologías: no hay una sola sino muchas. Menciono esta circunstancia porque existe entre la filosofía y la psicología un nexo indisoluble asegurado por el ensamblamiento de sus campos respectivos, brevemente dicho, el objeto de la psicología es el alma, el objeto de la filosofía es el mundo” (p. 13).

En realidad, Jung podría haber añadido que todo eso que, desde W. Wundt, a finales del siglo XIX, pasó a denominarse psicología, en realidad consistió en el estudio empírico de los fenómenos de la conciencia y del comportamiento, tanto en la especie humana como en otras especies. Este estudio se entendió como “experimental”, incluso en los ámbitos más introspectivos, y los psicólogos trabajaron desde entonces –en general- imbuidos en una mentalidad fuertemente positivista. El estudio de lo psíquico, a la manera naturalista y materialista, no dejó de ser el estudio de unos objetos que formaban parte del mundo, una “especialidad” dentro de las ciencias naturales, todas ellas recortadas y desarrolladas de esa manera naturalista y materialista. Pero la visión jungiana es otra: psique y mundo son dos caras de una misma moneda, dos “aspectos” de una sola realidad subyacente, cuya esencia última y oculta nos es por completo desconocida.

En Jung hay una metafísica subyacente, la cual nuestro autor no quiere sistematizar. Médico de formación, psiquiatra formado inicialmente en esos métodos naturalistas, y pionero en ciertas técnicas experimentales de la psicología positivista de su tiempo, el suizo era muy consciente de la presión de su época: no quería ser tildado de metafísico (pues, ciertamente, no era filósofo profesional) sino simplemente como médico y hombre de ciencia: un estudioso “empírico” de los hechos del alma. Decimos empírico no en el sentido estrecho de reducir todos los fenómenos posibles a hechos experimentales, manipulables en un laboratorio y mensurables, sino en el sentido más amplio: fenómenos cuya presencia no se pueden negar y cuya descripción, ya que no explicación, es imprescindible. Hay espíritu, por más que no sepamos en qué consiste ese espíritu. Lo psíquico existe:

“…pues la hipótesis del espíritu no es más fantástica que la de la materia. Como no tenemos ni la más remota idea de cómo lo psíquico puede derivarse de los físico, y lo psíquico, sin embargo, existe, estamos en libertad de suponer también como verdadero el proceso inverso, o sea que la psiquis esté generada por un principio espiritual tan inaccesible como la materia” (p. 15).

Nótese que en este pasaje Jung no apoya directamente una suerte de panpsiquismo dogmático, ni una teoría spinozista del “doble aspecto” (la existencia de una única y sola sustancia accesible desde dos atributos, el pensamiento y la extensión). Lo que más bien defiende es un punto de vista metodológicamente agnóstico, el cual afirma que hay tantas razones para sostener el materialismo (en el fondo, ninguna) como para mantener su extremo diametralmente opuesto, el panpsiquismo (ninguna razón, tampoco). Ambas metafísicas se encuentran en el mismo nivel: no están fundamentadas, carecen de justificación y son equiparables en cuanto a su poder de sustentar o envolver los mismos hechos desnudos. En este siglo de idolatría hacia la ciencia y confianza prometeica en la tecnología, tan “mágico” es experimentar el paso de una micropartícula física por la pantalla de un laboratorio, como la impresión psíquica de un impulso interno incontrolable. Spengler afirmaba exactamente lo mismo.

Así pues, el psiquismo es para Jung una colección de hechos innegables, y la “experiencia” que de los mismos se tenga no se reduce a una mera experiencia consciente. Su captación es posible gracias a otras funciones del psiquismo que, antes de Freud, no habían sido debidamente exploradas. La psicología occidental propendió, más y más, a constituirse a la manera de una imposible psicología sin alma. Esto fue debido, principalmente, al triunfo del mecanicismo y del atomismo, un triunfo que se consolidó en el siglo XVII. Ya sea partiendo del racionalismo cartesiano, ya del empirismo inglés de Locke y Hume, el pensamiento moderno dejó muy atrás la antiquísima concepción vitalista del alma y del cosmos que la mayoría de los filósofos griegos y, en la Edad Media, escolásticos, compartieron. La psique ya no fue una “fuerza”, un principio vital que anima a todos los seres y al cosmos mismo. La psique moderna fue entendida como un “sector” dentro un mundo extenso o montado simplemente sobre agrupaciones de átomos. De ahí, a su reducción a mero epifenómeno o realidad residual de la materia, ella misma entendida de forma material, solo había un paso. Sin embargo, es en la concepción que nosotros llamaríamos “primitiva”, en donde reside la intuición más profunda y, a su modo, cabal, del psiquismo:

“El hombre primitivo siente la fuente de la vida en la profundidad de su alma, está profundamente impresionado por la actividad creadora de vida de su espíritu y por eso cree en todo lo que actúa sobre el alma, es decir, en toda clase de hábitos mágicos. Por eso el alma es para él la vida misma, (…)” (p. 18).

En efecto, el hombre primitivo se sitúa a una distancia mucho más cercana de lo inconsciente. No lo “comprende” racionalmente, antes al contrario, se funde con ello, es ello mismo. Lo consciente ocupa en el primitivo una franja mucho más pequeña del psiquismo que la correspondiente al hombre civilizado. Éste, adiestrado por una sociedad racionalista –aunque poco racional en muchos y terribles aspectos- ha inflado, por así decir, su sector consciente a expensas de una negación y ceguera de aquello que, sin embargo, constituye lo más ancho y natural de su ser, lo inconsciente. El primitivo siente que hay en él fuerzas que pertenecen al cosmos entero, poderes que no domina y que habitan tanto en el interior de su cuerpo como en la naturaleza envolvente. No distingue tan rígidamente como nosotros un “dentro” y un “afuera”. Él es parte de esos vectores desconocidos de fuerza, y se siente dominado las más de las veces por ellos. Incluso en aquellos siglos en los que la filosofía griega y la educación cristiana de la voluntad, como determinación endógena que disciplina el yo, habían ya tenido fuerte impacto sobre la población (la Baja Edad Media y la Modernidad), los poderes “extraños” que dominan al hombre seguían reclamando sus derechos, haciéndose notar y sojuzgando a individuos. A tales poderes se les llamó “demoníacos”. La guerra contra el diablo, que se recrudeció en los siglos XVI y XVII, fue un acontecimiento decisivo en el ciclo espiritual de Occidente. Aun cuando los historiadores la documenten bien, pues hay abundantes registros de la Inquisición y de otras autoridades seculares o eclesiásticas, queda sin hacer la adecuada interpretación ciclológica de la misma. Decimos ciclológica remitiéndonos a la filosofía de la historia de Oswald Spengler, el pensador más próximo a las reflexiones jungianas relativas a este asunto.

Como es sabido, Spengler describe la vida de las culturas en términos de ciclo vital. Cada cultura es un individuo viviente que nace, crece, a veces se reproduce y, finalmente, envejece y muere. La cultura de Occidente no es excepción a ello. Hoy en día, quizás desde los tiempos napoleónicos, el llamado Occidente es una cultura vieja, vale decir, una civilización. Lo que caracteriza a las civilizaciones es su falta de vitalidad y creatividad, su esterilidad en obras y pensamiento, pero también su esterilidad estrictamente biológica. La civilización se vuelve una estructura cadavérica, cuyos inertes restos de lo periclitado impiden o, al menos, dificultan el surgir de vida nueva. Los manantiales de savia de la nueva cultura por nacer, a veces, deben luchar contra esta maraña de escombros y ruinas de lo muriente.

Pues bien, la lucha contra el demonio, recrudecida justamente a las puertas del triunfo de una nueva religión sin Dios, la religión ilustrada, racionalista y progresista, no fue señal de una “lucha contra la superstición”. Lejos de eso, fue la persistencia del alma primitiva de millones de individuos europeos que por aquel entonces, siglos XVI y XVII, aún sentían la presencia de fuerzas suprahumanas, preternaturales, que el psicólogo Jung califica de inconscientes. El inconsciente colectivo reclamaba su derecho a aparecer y dominar a los hombres. El demonio fue sustituido, después, por otros monstruos y agentes: los extraterrestres, los comunistas, el “enemigo” ideológico, racial, religioso, etc. Tanto da: las masas nunca dejarán de entregarse a tales poderes maléficos. Es condición de todo individuo poco diferenciado el vivir sometido a tales poderes de lo inconsciente. En los momentos del ciclo vital en los cuales el hombre vive en una profunda y desgarradora crisis (equivalente al término médico “enfermedad”), es difícil ser consciente de los signos de renovación, de los brotes verdes y vivos que asoman entre un campo de cadáveres, ruinas y espectros. Jung lo destaca respecto a la crisis del Imperio Romano: al menos en su parte occidental, primero en catacumbas y después en círculos discretos y privados, la nueva alma cristiana brotaba sobre formas de paganismo y de sincretismo orientalizante cada vez más vacías, cuando no alienantes.

Ningún romano inteligente y despierto que captara por entonces la crisis, ningún cristiano de aquellos primeros siglos que advirtiera en su interior la luz y la esperanza de una conversión, nadie era capaz de poner en palabras y razones el poder del cambio psíquico colectivo. De la misma manera que hoy el europeo occidental se desliza por las calles de su urbe gris, metálica y dura, y en los rostros exóticos y variopintos, en vestimentas mestizas y en luminosos fríos y anodinos, no encuentra ya las raíces de su alma. Todo ha cambiado, él mismo se percibe rebajado, sometido a la condición aplastante de cosa o bestia, y siente escasez de fuerza para resistirse a ello.

Lo inconsciente, por definición, se resiste a entrar por las ranuras de las categorías de pensamiento racional. Como la vieja teología negativa del Medievo, que se limitaba a enunciar “lo que Dios no es”, pero absteniéndose de hacer algún enunciado positivo sobre un Ente tan inefable, también lo inconsciente se muestra en la obra jungiana como una realidad que desborda desde el inicio todas las posibilidades de comprensión humana, capacidades que son limitadas. La desproporción entre lo inconsciente y lo consciente es análoga a la que toda Teología cristiana coherente debe hallar en las relaciones entre Dios y la criatura.

No obstante, hay grandes diferencias. Ese inefable y oscuro inconsciente jungiano no deja de ser “naturaleza”.

“Lo inconsciente es muy distinto, no es concentrado ni intenso, sino nebuloso y aun oscuro. Es en extremo extenso, y capaz de coordinar del modo más paradójico los elementos más heterogéneos. Aparte de una cantidad indefinible de percepciones internas dispone del tesoro enorme de lo que se ha ido sedimentando de todas las vidas de sus antepasados, que, con su simple existencia, han cooperado en la diferenciación de las especies. Si se pudiera personificar lo inconsciente tendríamos un ente colectivo colocado más allá de las particularidades genéricas, más allá de la juventud y de la vejez, del nacimiento y de la muerte y que dispondría de la experiencia prácticamente inmortal de uno o dos millones de años. Ese ente estaría sencillamente por encima de las limitaciones del tiempo. El presente significaría para él lo mismo que cualquier momento cien mil años antes de J.C.” (pps. 21-22).

Si bien existe la tentación de identificar el Dios inefable de la teología judeocristiana con el Inconsciente colectivo, el carácter natural (incluyendo su evolución a lo largo de las generaciones) de éste, “natural” que incluye lo histórico, tal y como Carl G. Jung lo remarca, lo impide. De otro lado, cabe pensar tanto en un Inconsciente colectivo de la humanidad misma, de toda la especie, como postular la existencia de depósitos específicos de cada civilización. Son estos los que se inquietan ante los periodos de grave crisis y exigencias, anhelos y pulsiones hacia la renovación. Tal fue la crisis romana, tal es la crisis de Europa hoy: la imposible asfixia y extinción de dichos depósitos antiquísimos y de viejos vectores de fuerza y su posible reorientación hacia la cristalización de una nueva alma. El Inconsciente colectivo específico del europeo está sufriendo hoy lo indecible. No sabemos si esa forma específica de alma colectiva será como el ave Fénix. De su muerte e incineración ¿brotará un nuevo pueblo?

[i] Carl G. Jung: Realidad del alma. Aplicación y progreso de la nueva psicología. Traducción de Fernando Vela y Felipe Jiménez de Asúa. Editorial Losada, Buenos Aires, 2002 (original de la traducción en la misma casa, 1940). Título original Wirklichkeit der Seele. Las citas están todas tomadas de esta traducción.

Una respuesta a «El alma de Europa. Una aproximación entre Jung y Spengler»

  1. Una fuerza es vectorial, consta de una magnitud, como un potencial; y de una dirección y sentido. Puede seguir la forma de una arquivolta, cambiando en el tiempo. Así otras muchas variables. Todo ser humano parte con unos talentos/genética, y, a lo largo de la trayectoria de su vida define una función, con valores positivos o negativos, al relacionarse don otros seres en esta vida. Si integramos en este símil, podríamos conocer los que somos en un momento dado, lo que fuimos finalmente. Y si, finalmente, terminamos por encima o por debajo del eje de abcisas( con valor positivo o negativo ).
    Pero, todo está escrito( para el Padre; ajeno al espacio y al tiempo ); y por tanto, todas las infinitas variables y constantes de todo, está prevista; incluso cuando el potencial no se pudo desarrollar. Es decir, la diferencia entre lo que somos o fuimos; y lo que pudimos haber sido, de aprovechar todo lo que se puso a nuestra disposición.
    Yo definiría el alma como la consciencia acumulada a lo largo de un periodo vital; básicamente encerrada en el cerebro, mientras el cuerpo/la carne; la alberga. Claramente no es tangible en esta vida/mundo, sino como conjunto de impulsos/cargas bio-eléctrónicos/as.
    Durante la Transfiguración, en aquel monte; aparentemente en un mismo espacio-tiempo, se solaparon dos realidades, normalmente, excluyentes.
    Pero bueno, todo esto son elucubraciones para considerar la trascendencia de la voluntad( buena o mala )en la vida.

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