El alma del sacerdote esposa de Jesucristo

san Lorenzo Justiniano

O anima mea, quomodo sustinere potes amplexum Sponsi amantis te? Quomodo prae amore adhuc vivis, o anima mea? et quare non deficis, cum tibi datum fuerit vesci carne  et Sanguine  Sponsi tibi? Nequidem meruisti eius esse ancilla; et ecce nunc facta es sponsa  charisima in deliciis. (S. Laurenti Justiniani)[1].

Oh alma mía, ¿cómo puedes soportar el abrazo del Esposo que te ama? ¿Cómo vives aún ante el amor, oh alma mía? y ¿por qué no desfalleces, cuando te han dado a comer la carne y la sangre del Esposo? De hecho, merecías ser su sierva; y he aquí, ahora te has convertido en una novia muy querida en sus delicias. (San Lorenzo Justiniani).

san Agustín

Nullam amplius in hac vita consolationem admitto, sed diu noctuque lugeo, charissime Sponse! Prae nimio desidero videndi pulchritudinem tuam. Non cessabo hic lugere donec in coelesti patria merear videre te, dilectum et pulcherrimum Sponsum meum, Deum et Dominum meum: ut tibi videns gloriosam et admirabilem faciem tuam, omni dulcedine plenam, cum iis,  quos elegisti, adorem  divinam maiestatem tuam. Amen. (S. Agustín)[2].

No admito más consuelo en esta vida, pero lloro día y noche, ¡querido Esposo! Extraño mucho ver tu belleza. No cesaré de llorar aquí hasta que merezca verte en la patria celestial, mi amado y hermosísimo Esposo, mi Dios y Señor: de modo que, viendo tu rostro glorioso y admirable, lleno de toda dulzura, con aquellos a los que has elegido, adoraré tu divina majestad. Amén. (San Agustín).

El texto, abreviado, del primer Patriarca de Venecia, san Lorenzo Justiniano, y el de san Agustín, nos llevan a meditar, una vez más, y nunca suficiente, en la santidad sacerdotal, y en el misterio del sacerdocio.

El sacerdote está llamado a una grandísima misión, la de hacer presente en la tierra el sacerdocio de Jesucristo. Qué estrecha es la unión que ha de tener con quien ha de ser su único y gran deseo: amar a nuestro Señor Jesucristo por encima de todo en su vida.

A pesar de la realidad de nuestra fragilidad, de nuestras caídas, de la traición de algunos, de la frivolidad de otros, de la vida oculta y pecaminosa de unos y de la vida transparente y de santidad de otros, a pesar de todo, el sacerdocio es de una grandeza sublime y de un misterio que ha de ocupar el constate pensamiento del sacerdote; para que de esta forma no deje de meditar en la elección de la que ha sido objeto por parte de Dios.

No hemos sido elegidos para ser uno como los demás. No, hemos de distinguirnos de los “otros”. Somos sacerdotes de Jesucristo, y estamos obligados a responder de ello con nuestra vida de santidad. A responder ante la comunidad, y sobre todo ante el juicio rectísimo y santísimo de Dios.

Los textos de estos santos sacerdotes, modelos que la tradición nos presenta, y donde hemos de mirarnos encarecidamente, nos hablan de un amor esponsal del alma sacerdotal con su divino Esposo. No es un tema común del que se hable, y mucho menos en estos tiempos nefastos para la vida de fe y santidad en la Iglesia, y en particular para la vida de santidad sacerdotal.

¡El alma del sacerdote esposa de Jesucristo! ¿Puede haber algo que estremezca más al sacerdote, que le abrume, y, quien sabe, hasta le paralice, por lo que le exige su sacerdocio? Sí, el Señor nos lo pide “todo”, nuestro cuerpo y nuestra alma. Y si nuestro cuerpo ha de ser casto y puro, así nuestra alma; pero, aún más: esposa de Cristo. ¡Cuánta ha de ser la intimidad del sacerdote con Jesucristo! ¡Cómo ha de conversar con Él, lo ha de hacer como dialoga el alma enamorada de su Amado!

Diálogo de amor del alma del sacerdote con su Amado. Diálogo constante. Diálogo ardoroso. Diálogo íntimo y confiado. Diálogo perseverante. Diálogo cuyas palabras quedan reservadas exclusivamente para el único amor del Sacerdote en la tierra.

Diálogo que ha de anticipar al que tendrá en la gloria eterna con Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote.

Ave María Purísima.

[1] Liber Sacerdotalis seu Scutum Fidei. Pars prima. Feria VI. Intra Hebd. Advent.  Bruxellis. 1855.
[2] Ibíd.

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