El aroma de la Navidad

Estos días de diciembre es muy común encontrarse con las calles y los comercios ambientados para las fiestas navideñas. Y es que hoy en día es casi impensable hallar un espacio de cara al público que no tenga un mínimo toque navideño: luces de colores, árboles decorados, música de villancicos por todos lados…Pero yo echo de menos un aroma personalizado, una fragancia especial que me ayude hoy a crear ese espacio sensorial de antaño, que despierte todos mis sentidos y me haga vivir la experiencia memorable de la Navidad.

¿Os habéis preguntado a qué huele la Navidad?

Hace años, cuando se acercaba la Navidad, subía con mis hermanos mayores a la cámara del alzado de mi casa, para rescatar del olvido los viejos baúles que guardaban los pequeños tesoros que nos servirían para montar el Belén.

El cofre principal me llamaba la atención pues, por el color y material de que estaba hecho, se veía que no era de nuestro tiempo: estaba tan fuera de la moda, que ciertamente ya no se podía utilizar para viajar. Sin embargo, despertaba una cierta simpatía por ser uno de esos objetos cuya solidez y seriedad hacía pensar en esas cosas que le acompañan a uno toda la vida.

Una vez abierto, despertaba mi curiosidad reencontrar entre los papeles del embalaje, las antiguas figuras, que me habían acompañado a lo largo de los años.

Entre pequeños puentes, pozos de agua y casitas, aparecía aquel pastor vestido con sobrios ropajes a la usanza del Oriente, y que, con una dulce austeridad en su semblante, conducía sus ovejas hacia el portal de Belén. Sus barbas parecían casi de verdad.

También aquella pastora o campesina que con delicadeza y suavidad cargaba una cesta llena de frutos para entregarle al Niño Dios. Recuerdo cómo me llamaba la atención ver los frutos que llevaba, manzanas rojas y no sé cuántas cosas más.

Después se iban sumando las ovejas, algunas de ellas ya con una pata quebrada, que había que intentar componer como se pudiese.

En fin, una gran familia de figuras cuyo redescubrimiento me llenaba de alegría y entre las cuales siempre encontraba algún viejo pastor con el que me unía una mayor “amistad” y del que, por así decir, hacia mi emblema.

Curiosamente a los pequeños, es verdad, casi no nos dejaban tocar las figuras y teníamos que conformarnos a penas con mirar.

Cuando los Reyes Magos hacían su aparición, era uno de los momentos más emocionantes: inmediatamente pensaba en los regalos que los Reyes me habían dejado el año anterior, si me había portado bien y lo que pasaría ese año. Miraba mucho a los Reyes Magos, sus presentes y sus camellos.

Era un fugaz examen de conciencia en la presencia de la majestad de aquellas figuras. Es verdad que cada uno de nosotros teníamos nuestro Rey preferido, al que le pedíamos sus mercedes de modo más especial.

La aparición de la Sagrada Familia era también muy impresionante. El Niño Jesús era cuidadosamente guardado y nadie lo vería hasta el día de Navidad. Los fieles acompañantes, el buey y la mula, también hacían su aparición y como eran un poco grandes imponían un poco de respeto, el buey casi miedo.

Junto con ello, comenzaba poco a poco el festival de los olores tan característicos de esa época del año. Olores de paja, de cortezas de alcornoque, de musgos secos o frescos, de una especie de arena que se conseguía para hacer los caminos y de otras muchas cosas.

Infelizmente el montaje del Belén estaba reservado a mis hermanos mayores. Yo, que era el más pequeño, solía ser apenas espectador.

El belén era colocado en el salón de la casa que tenía una mayor solemnidad: sólo ya el crujido de las maderas del entarimado del suelo, a uno le hacían moverse con más cuidado.

Recuerdo, que, no sé de dónde, aparecía una puerta que se colocaba en posición horizontal sobre unas borriquetas para servir de base a todo el pequeño belén. Allí poco a poco se iba configurando el Nacimiento.

Una vez montado todos esperábamos ansiosos la llegada de la Navidad.

Durante las fiestas, el Belén experimentaba una discreta evolución: algunos pastores avanzaban, otros retrocedían, cruzaban el puente, subían la montaña, otros más allá llegaban al Portal. Mis ojos ponían una muy particular atención en la senda seguida por los Magos del Oriente, a quienes no habría permitido que perdieran el camino. Los miraba mucho, a ellos, a sus presentes, a sus camellos. Ciertamente me dejaban encantado. A eso del cambio del año venían las primeras nieves, con lo que corría a la cocina para coger un poco de harina y empezar a esparcirla por montes y collados y por supuesto también por encima de los pastores.

En la cena de Nochebuena cuando tocaban las doce, mi madre – que era el alma de los festejos – hacía que la cena se detuviera y desenvolviendo cuidadosamente al Niño Jesús, nos lo presentaba para que lo adoráramos.

Luego se colocaba en el Portal donde más tarde cantábamos los villancicos al Niño Dios. Mi madre iniciaba el canto, los demás hacíamos lo que podíamos. Recuerdo especialmente un curioso Villancico que ella cantaba y que nunca volví a escuchar en ningún otro lugar: “Suene el pandero, suene el rabel, que ya ha nacido el Dios de Israel. En venturoso día nació y un sol hermoso resplandeció.

Es cierto que en la actualidad todos esos perfumes de la Navidad tradicional han sido reemplazados por otros modos de encarar los festejos.

Recuerdo, por ejemplo, que ya mi madre debía cohibir las risas burlonas de algunos de mis hermanos mayores, cuando los más pequeños cantábamos villancicos ante el pesebre iluminado en la oscuridad.

Ellos más imbuidos por la mentalidad moderna, pasado el tiempo de los villancicos, comenzaron a poner músicas ligeras en un viejo tocadiscos, y al cabo de un rato ya eran fácilmente los propios Beatles que sonaban por los altavoces.

Cuando a fin de año íbamos a casa de mis tíos, encontrábamos allí un Nacimiento casi simbólico. Sus figuras eran unos auténticos muñecos sin ninguna personalidad, hechos de alambre y de trapo, cuya vista por así decir me dejaba casi paralizado.

La televisión siempre estaba encendida siguiendo los programas especiales de las noches de Año Viejo que incluían canciones, bailes, humor, etc., y donde ya iba entrando la inmoralidad. Pero sobre todo lo que más electrizaba era el humor: reír y reír mucho, pero en realidad sin mucha razón de reír.

En casa de estos tíos se tomaban las doce uvas, cuyo significado se me escapaba, aunque se sentía que era una especie de ceremonia-juego que traería una cierta prosperidad medio supersticiosa para el año siguiente. Llegaba alguno de los primos mayores con su coche deportivo, y cuyo “look” era el símbolo del éxito y del goce de la vida despreocupado. Tradición cero.

Han pasado los años y los coches deportivos que hipnotizaban; ese humor ordinario que consiste en reír por reír y a todo momento, dando más lugar a la materia que al espíritu; ese goce despreocupado de la vida que olvida las graves responsabilidades que todos tenemos; esa “prosperidad” pagana cuyo advenimiento se nos prometía a cambio del desprecio de las tradiciones; todo eso hoy la realidad de la vida nos lo muestra como lo que es: un espejismo o mejor dicho una mentira.

Sin embargo, cuando todavía hoy llega la Navidad y desembalo las nuevas figuras del Belén – ¡tan inferiores en calidad a las de otrora! -, me viene el alegre recuerdo de aquellos olores, de aquellos baúles, de aquellos inocentes villancicos, y comprendo entonces bien aquello de que lo más maravilloso que nos puede dar un hogar es aquel cúmulo de provisiones de dulzura que nos hacen soñar y que nos acompañarán siempre.

Es imposible que cualquier católico medite sobre la Navidad, sin que le vengan a la mente, y casi diríamos a los oídos, los aromas navideños y las palabras armoniosas e iluminadas con que los Ángeles, cantando, anunciaron a los hombres la gran nueva del advenimiento del Salvador. Así es que, a propósito de esas palabras hagamos, junto al Belén, a los pies del Niño Dios, y bien unidos a María Santísima, nuestra meditación de Navidad.


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