El arrepentimiento y propósito de enmienda

Nuestra penosa condición, cuya base es nuestra soberbia, lleva consigo nuestra incapacidad para arrepentirnos; arrepentirnos de verdad.

Cuando pecamos, y si lo hacemos es porque antes hemos fracasado voluntariamente en un proceso largo o corto de tentación, una vez caídos, sobre todo si es en el fallo de siempre, ese que se repite más que el ajo, nos llega el arrepentimiento, pero… ¿es verdadero, profundo, serio, cierto, sincero?

Y es que nuestra vida de pecadores nos pone no pocas veces en la duda y, aunque nos confesamos, no pocas veces también nos queda un reconcome, una mosca detrás de la oreja, que nos hace pensar que sí, que nos hemos arrepentido, pero que… ¿hasta la próxima vez? Y así, vuelta a comenzar, vuelta a girar esa noria maldita que nos recuerda varios pasajes del Evangelio como son el de aquel de «anda, mujer, vete, y no peques más».

Por eso, y a pesar de que seguro que nos hemos arrepentido –¿por enésima vez?– y de que hemos obtenido de la infinita, sí, infinita misericordia de Nuestro Señor su perdón… hasta la próxima vez que Él ya tiene delante y que también va o mejor aún ya ha perdonado, es esencial que no nos despistemos, no confiemos en nosotros nunca y pidamos al Señor constantemente una gracia especial como es… sí, la gracia del arrepentimiento verdadero, sincero, total, profundo, de forma que con ella sea la última vez que caigamos en ese pecado repetido mil veces.

Todo es Gracia y todo es don, porque sin Él, sin Su Gracia, nada podemos, pero con Su Gracia todo lo alcanzamos, nada se nos resiste. Así pues, pidamos al Señor la Gracia del arrepentimiento, para que no dependa de nosotros sólo, porque puede que no sea verdadero, total, sincero, profundo o que incluso algún día ya ni sea.

Gracia maravillosa es la del arrepentimiento y con ella la del propósito de enmienda que le es consustancial, esa otra que hará que no volvamos a pecar más… al menos en ese pecado que nos es tan habitual, de forma que eliminándolos uno a uno, no nos quede hábito o pecado alguno y alcancemos, sino la santidad, que es mucho más que no pecar, sí la seguridad de caminar en estado de Gracia… que ya es bastante.


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