El Brexit de la reina Victoria

Cuando Darwin elaboró su teoría de la evolución puso patas arriba todo el pensamiento tradicional. Su teoría dividió a la comunidad científica entre creacionistas y evolucionistas, entre quienes creían en la capacidad única de Dios de crear a las especies y quienes creían en la evolución de las especies desde tiempos remotos. La tesis de Darwin dejó tal huella en el pensamiento moderno que incluso los más fervientes defensores del creacionismo han estudiado la posibilidad de que el Hombre viva en una constante transformación, y que la mejor manera de medir su grado de evolución sea reconocer la forma en que se enfrenta a los acontecimientos que le toca vivir.

Uno de esos acontecimientos que nos toca vivir en nuestros días es el Brexit, un suceso que ejemplifica sobremanera que, por mucho que evolucione el ser humano, siguen existiendo quienes se anquilosan en épocas pasadas y quienes aceptan la realidad de su tiempo. De los personajes que mejor representa a los primeros es Boris Johnson, líder típicamente británico, que con sus planteamientos ha recordado al mundo que la relación del Reino Unido con el resto de la Unión Europea siempre fue especial, que el jugar a dos bandas con el continente siempre fue tradición en las islas británicas.

El Reino Unido se unió a la UE a pesar del cúmulo incongruencias que solo podían ser superadas por la milagrosa intervención del poderoso caballero que habita en la City londinense. A la Gran Bretaña siempre le ha ayudado ser el satélite del tío Sam a este lado del Atlántico, por ello, en las islas creen que aún se pueden permitir que en su seno nazca el británico rancio que cree vivir en la época de la reina Victoria, que confía en la prevalencia sobre todas las cosas de la Commonwealth, el británico de la diplomacia aplastante, del Britannia cantado a capela allende los mares, de la conquista de la India y de la Union Jack ondeando desde Sidney hasta Nueva Escocia.

El rancio es una realidad especialmente palpable en el Reino Unido del Siglo XXI, un personaje que sobrevive, en distinto grado, en los países que han sido alguna vez algo en la política mundial y ya no lo son tanto. Así encontramos que en Francia sigue habiendo nostálgicos de Napoleón y que, nosotros, los españoles, también tengamos personajes rancios a toda vena, si no que alguien se atreva a negar que los Johnsons de turno no existen en España, especialmente en Sevilla, la ciudad, cierto es, más importante del mundo en el Siglo XVII, imponente Nueva York de la época de esplendor hispánica y, también, lugar donde florece el mayor número de personas desfasadas por metro cuadrado del suelo patrio en nuestros días.

El británico victoriano es a la Gran Bretaña lo que el sevillano nostálgico del Siglo XVII a España. Los dos confunden el significado de patriotismo. Ambos entienden la tradición como algo inmóvil, no como algo que, respetando su esencia, se va renovando constantemente por mor de los acontecimientos. Ahora bien, la fatuidad del británico victoriano le ha hecho llegar al paroxismo de la mano del Brexit. El rancio británico es especialmente rancio. El británico victoriano no comprende que el mundo que vive es el de la cooperación intra-continental obligatoria, más aún, en una Europa en que sus potencias tradicionales no tienen colonias ni provincias de ultramar, donde ya no existen imperios depredadores británicos ni integradores hispánicos, donde lo nuestro es el know-how y poco más, donde las materias primas ya no está en manos ni de España, ni de Francia, ni tampoco, por mucho que el británico victoriano lo crea, de la Gran Bretaña.

El ser pendiente de evolucionar de las islas británicas no quiere entender que el problema que ha motivado el Brexit es una cuestión que tiene que atajar el continente al completo, sin ambages ni complejos. Europa entera tiene que reconocer que la causa del Brexit es la inmigración, la cuestión demográfica, una realidad que la pléyade de políticos cobardes que habitan en las democracias contemporáneas, no se atreve a abordar por ser políticamente incorrecto. A cambio, esos políticos nos ofrecen discursos populistas para así evitar hablar de lo que los europeos piden, cada vez con mayor rotundidad: que sus países preserven sus tradiciones, soberanía y demografía a la par que se adaptan a los avances del presente.

A la vista está que la sumisión a lo políticamente correcto tenía que traer consecuencias abyectas, gracias a que todos los políticos han asumido esos nuevos dogmas ideológicos que por cobardía o conveniencia no han sabido combatir. Lo políticamente incorrecto ha hecho que el europeo vuelva a pensar en clave nacional chovinista porque sus líderes no han sabido mostrarle un camino alternativo. El miedo a pecar contra la doctrina de lo políticamente incorrecto ha provocado que el occidental vuelva a pensar en la clave ideológica que les ha enfrentado en numerosas ocasiones en el pasado y que, desgraciadamente, puede hacer repetir los sucesos más oscuros de un viejo continente que, respetando las soberanías nacionales de cada uno de sus Estados, tiene que aprender a renovarse como uno solo, para así poder sobrevivir en un mundo inexorablemente tendente a la globalización.


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