El cáncer Feminista
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Es un hecho indiscutible la íntima vinculación entre feminismo y marxismo. Elementos conceptuales independientes que nutren el llamado pensamiento progresista y cuya confluencia ha determinado el magma doctrinario que impulsa la nave deconstructiva actual.
No me detendré en las peculiaridades evolutivas del feminismo a lo largo de los diversos períodos históricos que fueron engendrando y fortaleciendo una teoría victimista y vengativa de las actuales feministas radicales, cristalizada en el odio visceral contra el varón. Existen muchos libros dedicados al estudio crítico y pormenorizado de este asunto generalmente siempre con el mismo criterio analítico esencial: en un principio el feminismo era justo y razonable, pero con el paso del tiempo ha ido degenerando en una absurda e irracional guerra contra la masculinidad y lo que esta representa, considerándola no ya perniciosa sino causa absoluta del mal en el mundo, por tanto digna de ser eliminada, transformando su naturaleza, feminizando la sociedad y creando “nuevas masculinidades” según su inobjetable perspectiva, como método terminante de reconstrucción social.
Llegados aquí es imprescindible mencionar el gran hallazgo metafísico (o parapsicológico), la gran aportación teórica intelectual, conceptual y cosmológica, que se convertirá en la piedra angular sobre la que se sustentará todo el edificio feminista: El patriarcado. “Algo” que las feministas describen como una superestructura tentacular; un camaleón que adopta la apariencia de su entorno para no ser detectado; un monstruo con muchas caras que comparten el núcleo de la dominación y la violencia. “Un Ente” que utilizando muy diversas máscaras, se encuentra en todas partes; en la religión y los mitos, en la moral y los hábitos, en el lenguaje y en las imágenes, en la cultura y en el arte, en las leyes y en las creencias, en la ciencia, en la investigación y en la propia naturaleza. Y que por supuesto ha sido integrado con tanta sutileza como efectividad en el sistema político, que ellas mismas denominan hetero-patriarcal.
Es decir, “Algo” que sería, según su concepción, la ubicuidad absoluta, un impulso determinista esencial de dominación sobre la mujer que se pondría en marcha simplemente con la mera presencia del varón; un predominio sistemático del hombre sobre la mujer mientras este no sea deconstruido y vuelto a construir siguiendo las pautas hegemónicas del discurso ideológico transformador feminista.
Y es precisamente ese (supuesto) poder transformador del feminismo el que induce y posibilita su utilización por la estrategia global de la izquierda neo marxista, cuya orfandad ideológica tras la caída del muro de Berlín era ostensible y peligrosamente disociativa para sus ideas. Desaparecida la clase obrera como la habían concebido sus viejos barbudos maestros y descompuesto el llamado socialismo real y su influencia imperialista en el mundo, la situación era crítica para la cosmovisión izquierdista radical y su antaño prestigio intelectual.
Caído el muro sin que se hubiese disparado un tiro, y comprobada fríamente la realidad de miseria moral y material que había sido aquella sociedad para millones de personas, el mundo izquierdista, que hasta en los más distantes devotos tenía en el bloque socialista su referencia inconsciente, se retiró del debate público refugiándose en sus cuarteles de invierno para lamerse sus heridas.
Desaparecidos los proletarios según la concepción clásica, porque ya habían accedido a la capacidad de consumo de manera masiva, y su poder adquisitivo era homologable o superior en muchos casos al de la clase funcionarial o asalariada, sin que sus preocupaciones fuesen mucho más allá de la mera solución de los problemas coyunturales diarios y desde luego sin ningún interés en la revolución o la destrucción del sistema capitalista que les permitía ese modo de vida, la iglesia neo marxista se quedó sin feligreses convencionales.
Así que tuvo que buscar nuevos elementos de subsistencia para mantener viva la llama doctrinal. Necesitaba encontrar la posibilidad de nuevas reivindicaciones revolucionarias es decir, de nuevas hegemonías (según las directrices de la gran estrategia cultural marxista gramsciana) en movimientos sociales intraepidérmicos que pudieran ser útiles para continuar con su lucha transformadora. Y ahí estaba el feminismo.
El feminismo cumplía todos los requisitos para constituirse en impulso operativo ideológico. Era una fuerza potencialmente poderosa que englobaba teóricamente a la mitad de la población mundial, tenía una gran capacidad de expansión, y era un terreno virgen y fértil desde donde penetrar conciencias y desestabilizar superestructuras. Cumplía también los preceptos ortodoxos de la teoría marxista, con el entorno familiar como microsociedad donde la mujer semejaría la clase proletaria explotada, y el hombre, el patrono explotador, el patriarcado opresor.
Desempeñaba además el importante precepto de ser, la familia, el elemento nuclear de la sociedad capitalista, piedra angular sobre la que descansaba la injusta estructura social objetivo de destrucción.
El feminismo tenía también la ventaja añadida de proceder originalmente de una legítima lucha por la igualdad de las mujeres ante la ley, lo que haría que nadie pudiese oponerse frontalmente sin ser tachado de reaccionario retrogrado. Era, en conclusión, una perita en dulce para la propaganda y el condicionamiento social.
Por tanto, se trataba de politizar el sexo, construir a partir de la diferencia sexual un relato político capaz de interactuar de forma efectiva en la transformación de la sociedad. Y también, por tanto, de identificar el enemigo, cuya destrucción era condición indispensable para la renovación del ser humano: el patriarcado, la masculinidad, el varón, al menos tal como era entendido hasta entonces.
En esencia, se trataba de una impugnación general a toda la historia evolutiva de la humanidad.
Esto queda desarrollado de forma prácticamente definitiva con Shulamith Firestone, en su libro: La dialéctica del sexo: en defensa de la revolución feminista, publicado en 1970 y que se ha convertido en el texto sagrado de toda feminista consciente de su responsabilidad militante, y que podríamos denominar el siguiente escalón en el ascenso al altar de la religión feminista, tras El segundo sexo, la gran biblia existencial de Simone de Beauvoir.
En similar sentido, años después, Heidi Hartmann en 1981, también había afirmado que “el marxismo y el feminismo son uno, y ese uno es el marxismo”.
Pronto el desarrollo discursivo se hizo imparable y se fueron creando las terminologías con que deslumbrar a la plaza pública, acompañadas de los clásicos métodos de análisis interpretativo marxista aunque siempre en equilibrio inestable, en pugna por la evolución del feminismo como ideología independiente y liberada de toda tutela ideológica marxista. Una aparente fantasía que el paso del tiempo ha convertido no solo en realidad, sino en un poder movilizador y transformador hegemónico aún más poderoso que el propio marxismo.
Así surgió el lema que emborrona muchas paredes del mundo y que muchas militantes orgullosas lanzan al viento como un desafío contra sus antiguos valedores ideológicos: “La Revolución será feminista o no será”.
(En el mundo actual las ramificaciones feministas son poliformes y su permeabilización mental ha empapado el pensamiento occidental con diversas radicalizaciones, descolocando enormemente a sus antiguos inductores marxistas, que en muchos casos han pasado a convertirse en unos simples machistas transfobos más para el propio feminismo).
Sin embargo, siguiendo el hilo cronológico de la utilidad del feminismo para los intereses del marxismo cultural o neo marxismo, su unidad de acción se vio fortalecida por la irrupción de las ideas de Antonio Gramsci, que aportó al pensamiento feminista herramientas de análisis útiles para problematizar los distintos territorios de supuesta opresión dentro de la sociedad, y al mismo tiempo darle alas para iniciar un vuelo solitario en el ámbito de las construcciones ideológicas y políticas.
El feminismo pronto comprendió que la metodología marxista podía ser utilizada para formular una estrategia eficaz de penetración y transformación social, de igual manera que el marxismo comprendió el beneficio del feminismo para, en cierta medida, mantenerse sujeto al tren de la historia, tras su inesperada bajada en marcha.
La revolución feminista consistiría, por tanto, en la sustitución no solo política e ideológica, sino cultural, de las ideas de la clase dominante (el hombre) por las de la clase dominada (la mujer), pero una sustitución radical, sin concesiones, terrible y sin miedo al sufrimiento que se pudiera ocasionar.
Una desnaturalización completa de la sensibilidad, de las costumbres y del pensamiento de la sociedad actual. Una expiación de determinados comportamientos que deberían ser erradicados para hacer surgir el hombre nuevo liberado de su ceniza ancestral. Los llamados micromachismos, la gestualidad, la subjetividad, todo debería ser sometido al poder de la hegemonía de la nueva educación y de la nueva regulación feminista… Había nacido, por tanto, la nueva hegemonía feminista: la Ideología de Género, que por capilaridad política, educativa y mediática debería permear toda la sociedad.
Conviene comprender que el movimiento feminista actual es una cosmovisión totalitaria, capaz de englobar todos los fenómenos sociales e históricos dentro de su concepción ideológica particular, aspirando a reestructurarlos mediante la acción política efectuada a modo comensalista por los partidos políticos ya existentes, sean del signo que sean, y por las más diversas instituciones culturales, sociales, religiosas, deportivas, etc.. En realidad su comportamiento es similar al del agente patógeno que parasita un huésped utilizando su actividad vital para sus propios fines de supervivencia y proliferación. Más aún, se trata de un proceso tumoral cancerígeno que degrada toda la naturaleza social, hasta convertirla en un cuerpo anémico y sin vitalidad.
Así pues, gran parte de las instituciones políticas acaban siendo sus prisioneras, de modo que su acción no pueda ser disociada de la perspectiva feminista, sin la cual quedan marginadas y convertidas en fuerza extremista residual.
Piense el lector lo que quiera, pero si es hombre sepa que su pecado original solo desaparecerá con la transformación o la evaporación de su masculinidad. En ese proceso, si quiere vivir tranquilo y no quiere ser importunado, mejor le irá siendo sumiso y complaciente con la nueva verdad revelada.
Porque en ese proceso, el feminismo ya ha determinado el objetivo para cuya destrucción se ha radicalizado hasta el estadio actual: el patriarcado, y su único responsable, la masculinidad. En realidad el único elemento cuya eliminación es el fin de su existencia.
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Es un hecho indiscutible la íntima vinculación entre feminismo y marxismo. Elementos conceptuales independientes que nutren el llamado pensamiento progresista y cuya confluencia ha determinado el magma doctrinario que impulsa la nave deconstructiva actual.
No me detendré en las peculiaridades evolutivas del feminismo a lo largo de los diversos períodos históricos que fueron engendrando y fortaleciendo una teoría victimista y vengativa de las actuales feministas radicales, cristalizada en el odio visceral contra el varón. Existen muchos libros dedicados al estudio crítico y pormenorizado de este asunto generalmente siempre con el mismo criterio analítico esencial: en un principio el feminismo era justo y razonable, pero con el paso del tiempo ha ido degenerando en una absurda e irracional guerra contra la masculinidad y lo que esta representa, considerándola no ya perniciosa sino causa absoluta del mal en el mundo, por tanto digna de ser eliminada, transformando su naturaleza, feminizando la sociedad y creando “nuevas masculinidades” según su inobjetable perspectiva, como método terminante de reconstrucción social.
Llegados aquí es imprescindible mencionar el gran hallazgo metafísico (o parapsicológico), la gran aportación teórica intelectual, conceptual y cosmológica, que se convertirá en la piedra angular sobre la que se sustentará todo el edificio feminista: El patriarcado. “Algo” que las feministas describen como una superestructura tentacular; un camaleón que adopta la apariencia de su entorno para no ser detectado; un monstruo con muchas caras que comparten el núcleo de la dominación y la violencia. “Un Ente” que utilizando muy diversas máscaras, se encuentra en todas partes; en la religión y los mitos, en la moral y los hábitos, en el lenguaje y en las imágenes, en la cultura y en el arte, en las leyes y en las creencias, en la ciencia, en la investigación y en la propia naturaleza. Y que por supuesto ha sido integrado con tanta sutileza como efectividad en el sistema político, que ellas mismas denominan hetero-patriarcal.
Es decir, “Algo” que sería, según su concepción, la ubicuidad absoluta, un impulso determinista esencial de dominación sobre la mujer que se pondría en marcha simplemente con la mera presencia del varón; un predominio sistemático del hombre sobre la mujer mientras este no sea deconstruido y vuelto a construir siguiendo las pautas hegemónicas del discurso ideológico transformador feminista.
Y es precisamente ese (supuesto) poder transformador del feminismo el que induce y posibilita su utilización por la estrategia global de la izquierda neo marxista, cuya orfandad ideológica tras la caída del muro de Berlín era ostensible y peligrosamente disociativa para sus ideas. Desaparecida la clase obrera como la habían concebido sus viejos barbudos maestros y descompuesto el llamado socialismo real y su influencia imperialista en el mundo, la situación era crítica para la cosmovisión izquierdista radical y su antaño prestigio intelectual.
Caído el muro sin que se hubiese disparado un tiro, y comprobada fríamente la realidad de miseria moral y material que había sido aquella sociedad para millones de personas, el mundo izquierdista, que hasta en los más distantes devotos tenía en el bloque socialista su referencia inconsciente, se retiró del debate público refugiándose en sus cuarteles de invierno para lamerse sus heridas.
Desaparecidos los proletarios según la concepción clásica, porque ya habían accedido a la capacidad de consumo de manera masiva, y su poder adquisitivo era homologable o superior en muchos casos al de la clase funcionarial o asalariada, sin que sus preocupaciones fuesen mucho más allá de la mera solución de los problemas coyunturales diarios y desde luego sin ningún interés en la revolución o la destrucción del sistema capitalista que les permitía ese modo de vida, la iglesia neo marxista se quedó sin feligreses convencionales.
Así que tuvo que buscar nuevos elementos de subsistencia para mantener viva la llama doctrinal. Necesitaba encontrar la posibilidad de nuevas reivindicaciones revolucionarias es decir, de nuevas hegemonías (según las directrices de la gran estrategia cultural marxista gramsciana) en movimientos sociales intraepidérmicos que pudieran ser útiles para continuar con su lucha transformadora. Y ahí estaba el feminismo.
El feminismo cumplía todos los requisitos para constituirse en impulso operativo ideológico. Era una fuerza potencialmente poderosa que englobaba teóricamente a la mitad de la población mundial, tenía una gran capacidad de expansión, y era un terreno virgen y fértil desde donde penetrar conciencias y desestabilizar superestructuras. Cumplía también los preceptos ortodoxos de la teoría marxista, con el entorno familiar como microsociedad donde la mujer semejaría la clase proletaria explotada, y el hombre, el patrono explotador, el patriarcado opresor.
Desempeñaba además el importante precepto de ser, la familia, el elemento nuclear de la sociedad capitalista, piedra angular sobre la que descansaba la injusta estructura social objetivo de destrucción.
El feminismo tenía también la ventaja añadida de proceder originalmente de una legítima lucha por la igualdad de las mujeres ante la ley, lo que haría que nadie pudiese oponerse frontalmente sin ser tachado de reaccionario retrogrado. Era, en conclusión, una perita en dulce para la propaganda y el condicionamiento social.
Por tanto, se trataba de politizar el sexo, construir a partir de la diferencia sexual un relato político capaz de interactuar de forma efectiva en la transformación de la sociedad. Y también, por tanto, de identificar el enemigo, cuya destrucción era condición indispensable para la renovación del ser humano: el patriarcado, la masculinidad, el varón, al menos tal como era entendido hasta entonces.
En esencia, se trataba de una impugnación general a toda la historia evolutiva de la humanidad.
Esto queda desarrollado de forma prácticamente definitiva con Shulamith Firestone, en su libro: La dialéctica del sexo: en defensa de la revolución feminista, publicado en 1970 y que se ha convertido en el texto sagrado de toda feminista consciente de su responsabilidad militante, y que podríamos denominar el siguiente escalón en el ascenso al altar de la religión feminista, tras El segundo sexo, la gran biblia existencial de Simone de Beauvoir.
En similar sentido, años después, Heidi Hartmann en 1981, también había afirmado que “el marxismo y el feminismo son uno, y ese uno es el marxismo”.
Pronto el desarrollo discursivo se hizo imparable y se fueron creando las terminologías con que deslumbrar a la plaza pública, acompañadas de los clásicos métodos de análisis interpretativo marxista aunque siempre en equilibrio inestable, en pugna por la evolución del feminismo como ideología independiente y liberada de toda tutela ideológica marxista. Una aparente fantasía que el paso del tiempo ha convertido no solo en realidad, sino en un poder movilizador y transformador hegemónico aún más poderoso que el propio marxismo.
Así surgió el lema que emborrona muchas paredes del mundo y que muchas militantes orgullosas lanzan al viento como un desafío contra sus antiguos valedores ideológicos: “La Revolución será feminista o no será”.
(En el mundo actual las ramificaciones feministas son poliformes y su permeabilización mental ha empapado el pensamiento occidental con diversas radicalizaciones, descolocando enormemente a sus antiguos inductores marxistas, que en muchos casos han pasado a convertirse en unos simples machistas transfobos más para el propio feminismo).
Sin embargo, siguiendo el hilo cronológico de la utilidad del feminismo para los intereses del marxismo cultural o neo marxismo, su unidad de acción se vio fortalecida por la irrupción de las ideas de Antonio Gramsci, que aportó al pensamiento feminista herramientas de análisis útiles para problematizar los distintos territorios de supuesta opresión dentro de la sociedad, y al mismo tiempo darle alas para iniciar un vuelo solitario en el ámbito de las construcciones ideológicas y políticas.
El feminismo pronto comprendió que la metodología marxista podía ser utilizada para formular una estrategia eficaz de penetración y transformación social, de igual manera que el marxismo comprendió el beneficio del feminismo para, en cierta medida, mantenerse sujeto al tren de la historia, tras su inesperada bajada en marcha.
La revolución feminista consistiría, por tanto, en la sustitución no solo política e ideológica, sino cultural, de las ideas de la clase dominante (el hombre) por las de la clase dominada (la mujer), pero una sustitución radical, sin concesiones, terrible y sin miedo al sufrimiento que se pudiera ocasionar.
Una desnaturalización completa de la sensibilidad, de las costumbres y del pensamiento de la sociedad actual. Una expiación de determinados comportamientos que deberían ser erradicados para hacer surgir el hombre nuevo liberado de su ceniza ancestral. Los llamados micromachismos, la gestualidad, la subjetividad, todo debería ser sometido al poder de la hegemonía de la nueva educación y de la nueva regulación feminista… Había nacido, por tanto, la nueva hegemonía feminista: la Ideología de Género, que por capilaridad política, educativa y mediática debería permear toda la sociedad.
Conviene comprender que el movimiento feminista actual es una cosmovisión totalitaria, capaz de englobar todos los fenómenos sociales e históricos dentro de su concepción ideológica particular, aspirando a reestructurarlos mediante la acción política efectuada a modo comensalista por los partidos políticos ya existentes, sean del signo que sean, y por las más diversas instituciones culturales, sociales, religiosas, deportivas, etc.. En realidad su comportamiento es similar al del agente patógeno que parasita un huésped utilizando su actividad vital para sus propios fines de supervivencia y proliferación. Más aún, se trata de un proceso tumoral cancerígeno que degrada toda la naturaleza social, hasta convertirla en un cuerpo anémico y sin vitalidad.
Así pues, gran parte de las instituciones políticas acaban siendo sus prisioneras, de modo que su acción no pueda ser disociada de la perspectiva feminista, sin la cual quedan marginadas y convertidas en fuerza extremista residual.
Piense el lector lo que quiera, pero si es hombre sepa que su pecado original solo desaparecerá con la transformación o la evaporación de su masculinidad. En ese proceso, si quiere vivir tranquilo y no quiere ser importunado, mejor le irá siendo sumiso y complaciente con la nueva verdad revelada.
Porque en ese proceso, el feminismo ya ha determinado el objetivo para cuya destrucción se ha radicalizado hasta el estadio actual: el patriarcado, y su único responsable, la masculinidad. En realidad el único elemento cuya eliminación es el fin de su existencia.
Es un hecho indiscutible la íntima vinculación entre feminismo y marxismo. Elementos conceptuales independientes que nutren el llamado pensamiento progresista y cuya confluencia ha determinado el magma doctrinario que impulsa la nave deconstructiva actual.
No me detendré en las peculiaridades evolutivas del feminismo a lo largo de los diversos períodos históricos que fueron engendrando y fortaleciendo una teoría victimista y vengativa de las actuales feministas radicales, cristalizada en el odio visceral contra el varón. Existen muchos libros dedicados al estudio crítico y pormenorizado de este asunto generalmente siempre con el mismo criterio analítico esencial: en un principio el feminismo era justo y razonable, pero con el paso del tiempo ha ido degenerando en una absurda e irracional guerra contra la masculinidad y lo que esta representa, considerándola no ya perniciosa sino causa absoluta del mal en el mundo, por tanto digna de ser eliminada, transformando su naturaleza, feminizando la sociedad y creando “nuevas masculinidades” según su inobjetable perspectiva, como método terminante de reconstrucción social.
Llegados aquí es imprescindible mencionar el gran hallazgo metafísico (o parapsicológico), la gran aportación teórica intelectual, conceptual y cosmológica, que se convertirá en la piedra angular sobre la que se sustentará todo el edificio feminista: El patriarcado. “Algo” que las feministas describen como una superestructura tentacular; un camaleón que adopta la apariencia de su entorno para no ser detectado; un monstruo con muchas caras que comparten el núcleo de la dominación y la violencia. “Un Ente” que utilizando muy diversas máscaras, se encuentra en todas partes; en la religión y los mitos, en la moral y los hábitos, en el lenguaje y en las imágenes, en la cultura y en el arte, en las leyes y en las creencias, en la ciencia, en la investigación y en la propia naturaleza. Y que por supuesto ha sido integrado con tanta sutileza como efectividad en el sistema político, que ellas mismas denominan hetero-patriarcal.
Es decir, “Algo” que sería, según su concepción, la ubicuidad absoluta, un impulso determinista esencial de dominación sobre la mujer que se pondría en marcha simplemente con la mera presencia del varón; un predominio sistemático del hombre sobre la mujer mientras este no sea deconstruido y vuelto a construir siguiendo las pautas hegemónicas del discurso ideológico transformador feminista.
Y es precisamente ese (supuesto) poder transformador del feminismo el que induce y posibilita su utilización por la estrategia global de la izquierda neo marxista, cuya orfandad ideológica tras la caída del muro de Berlín era ostensible y peligrosamente disociativa para sus ideas. Desaparecida la clase obrera como la habían concebido sus viejos barbudos maestros y descompuesto el llamado socialismo real y su influencia imperialista en el mundo, la situación era crítica para la cosmovisión izquierdista radical y su antaño prestigio intelectual.
Caído el muro sin que se hubiese disparado un tiro, y comprobada fríamente la realidad de miseria moral y material que había sido aquella sociedad para millones de personas, el mundo izquierdista, que hasta en los más distantes devotos tenía en el bloque socialista su referencia inconsciente, se retiró del debate público refugiándose en sus cuarteles de invierno para lamerse sus heridas.
Desaparecidos los proletarios según la concepción clásica, porque ya habían accedido a la capacidad de consumo de manera masiva, y su poder adquisitivo era homologable o superior en muchos casos al de la clase funcionarial o asalariada, sin que sus preocupaciones fuesen mucho más allá de la mera solución de los problemas coyunturales diarios y desde luego sin ningún interés en la revolución o la destrucción del sistema capitalista que les permitía ese modo de vida, la iglesia neo marxista se quedó sin feligreses convencionales.
Así que tuvo que buscar nuevos elementos de subsistencia para mantener viva la llama doctrinal. Necesitaba encontrar la posibilidad de nuevas reivindicaciones revolucionarias es decir, de nuevas hegemonías (según las directrices de la gran estrategia cultural marxista gramsciana) en movimientos sociales intraepidérmicos que pudieran ser útiles para continuar con su lucha transformadora. Y ahí estaba el feminismo.
El feminismo cumplía todos los requisitos para constituirse en impulso operativo ideológico. Era una fuerza potencialmente poderosa que englobaba teóricamente a la mitad de la población mundial, tenía una gran capacidad de expansión, y era un terreno virgen y fértil desde donde penetrar conciencias y desestabilizar superestructuras. Cumplía también los preceptos ortodoxos de la teoría marxista, con el entorno familiar como microsociedad donde la mujer semejaría la clase proletaria explotada, y el hombre, el patrono explotador, el patriarcado opresor.
Desempeñaba además el importante precepto de ser, la familia, el elemento nuclear de la sociedad capitalista, piedra angular sobre la que descansaba la injusta estructura social objetivo de destrucción.
El feminismo tenía también la ventaja añadida de proceder originalmente de una legítima lucha por la igualdad de las mujeres ante la ley, lo que haría que nadie pudiese oponerse frontalmente sin ser tachado de reaccionario retrogrado. Era, en conclusión, una perita en dulce para la propaganda y el condicionamiento social.
Por tanto, se trataba de politizar el sexo, construir a partir de la diferencia sexual un relato político capaz de interactuar de forma efectiva en la transformación de la sociedad. Y también, por tanto, de identificar el enemigo, cuya destrucción era condición indispensable para la renovación del ser humano: el patriarcado, la masculinidad, el varón, al menos tal como era entendido hasta entonces.
En esencia, se trataba de una impugnación general a toda la historia evolutiva de la humanidad.
Esto queda desarrollado de forma prácticamente definitiva con Shulamith Firestone, en su libro: La dialéctica del sexo: en defensa de la revolución feminista, publicado en 1970 y que se ha convertido en el texto sagrado de toda feminista consciente de su responsabilidad militante, y que podríamos denominar el siguiente escalón en el ascenso al altar de la religión feminista, tras El segundo sexo, la gran biblia existencial de Simone de Beauvoir.
En similar sentido, años después, Heidi Hartmann en 1981, también había afirmado que “el marxismo y el feminismo son uno, y ese uno es el marxismo”.
Pronto el desarrollo discursivo se hizo imparable y se fueron creando las terminologías con que deslumbrar a la plaza pública, acompañadas de los clásicos métodos de análisis interpretativo marxista aunque siempre en equilibrio inestable, en pugna por la evolución del feminismo como ideología independiente y liberada de toda tutela ideológica marxista. Una aparente fantasía que el paso del tiempo ha convertido no solo en realidad, sino en un poder movilizador y transformador hegemónico aún más poderoso que el propio marxismo.
Así surgió el lema que emborrona muchas paredes del mundo y que muchas militantes orgullosas lanzan al viento como un desafío contra sus antiguos valedores ideológicos: “La Revolución será feminista o no será”.
(En el mundo actual las ramificaciones feministas son poliformes y su permeabilización mental ha empapado el pensamiento occidental con diversas radicalizaciones, descolocando enormemente a sus antiguos inductores marxistas, que en muchos casos han pasado a convertirse en unos simples machistas transfobos más para el propio feminismo).
Sin embargo, siguiendo el hilo cronológico de la utilidad del feminismo para los intereses del marxismo cultural o neo marxismo, su unidad de acción se vio fortalecida por la irrupción de las ideas de Antonio Gramsci, que aportó al pensamiento feminista herramientas de análisis útiles para problematizar los distintos territorios de supuesta opresión dentro de la sociedad, y al mismo tiempo darle alas para iniciar un vuelo solitario en el ámbito de las construcciones ideológicas y políticas.
El feminismo pronto comprendió que la metodología marxista podía ser utilizada para formular una estrategia eficaz de penetración y transformación social, de igual manera que el marxismo comprendió el beneficio del feminismo para, en cierta medida, mantenerse sujeto al tren de la historia, tras su inesperada bajada en marcha.
La revolución feminista consistiría, por tanto, en la sustitución no solo política e ideológica, sino cultural, de las ideas de la clase dominante (el hombre) por las de la clase dominada (la mujer), pero una sustitución radical, sin concesiones, terrible y sin miedo al sufrimiento que se pudiera ocasionar.
Una desnaturalización completa de la sensibilidad, de las costumbres y del pensamiento de la sociedad actual. Una expiación de determinados comportamientos que deberían ser erradicados para hacer surgir el hombre nuevo liberado de su ceniza ancestral. Los llamados micromachismos, la gestualidad, la subjetividad, todo debería ser sometido al poder de la hegemonía de la nueva educación y de la nueva regulación feminista… Había nacido, por tanto, la nueva hegemonía feminista: la Ideología de Género, que por capilaridad política, educativa y mediática debería permear toda la sociedad.
Conviene comprender que el movimiento feminista actual es una cosmovisión totalitaria, capaz de englobar todos los fenómenos sociales e históricos dentro de su concepción ideológica particular,
aspirando a reestructurarlos mediante la acción política efectuada a modo comensalista por los partidos políticos ya existentes, sean del signo que sean, y por las más diversas instituciones culturales, sociales, religiosas, deportivas, etc.. En realidad su comportamiento es similar al del agente patógeno que parasita un huésped utilizando su actividad vital para sus propios fines de supervivencia y proliferación. Más aún, se trata de un proceso tumoral cancerígeno que degrada toda la naturaleza social, hasta convertirla en un cuerpo anémico y sin vitalidad.
Así pues, gran parte de las instituciones políticas acaban siendo sus prisioneras, de modo que su acción no pueda ser disociada de la perspectiva feminista, sin la cual quedan marginadas y convertidas en fuerza extremista residual.
Piense el lector lo que quiera, pero si es hombre sepa que su pecado original solo desaparecerá con la transformación o la evaporación de su masculinidad. En ese proceso, si quiere vivir tranquilo y no quiere ser importunado, mejor le irá siendo sumiso y complaciente con la nueva verdad revelada.
Porque en ese proceso, el feminismo ya ha determinado el objetivo para cuya destrucción se ha radicalizado hasta el estadio actual: el patriarcado, y su único responsable, la masculinidad. En realidad el único elemento cuya eliminación es el fin de su existencia.
¿Se han dado cuenta de que son gordas y feas…, por no hablar de que la mayoría son lesbianas, o bisexuales…?
ODÍAN LOS PENES, pero les gusta mucho comer almejas.
Muy recomendable el libro de su colaborador don Ramiro GRAU MORANCHO,
EL FEMINISMO Y OTRAS MENTIRAS,
disponible en Amazon, y a precio reducido.
Las «desnuda», metafóricamente, claro.
De acuerdo en todo, ¿pero no lenparece al autor que el péndulo social está cambiando, y una gran parte de la población ya ha dado de lado estos postulados, o incluso perdido el miedo a contestarlos públicamente (algo impensable hace cinco años)? No hay más que ver la raquítica asistencia al 8M de este año, o la miriada de enciestas atestiguando la posición de los jóvenes, quienes afirman percibir el feminismo actual como una herramienta de control político, más que como una reivindicación legítima? Todo esto habría sido absolutamente impensable en 2018.
El procedimiento de inclusión de estos postulados en el ámbito social es de carácter jurídico y legal. La población no es que los de de lado, simplemente se vuelve indolente y conformista. Una vez normalizada conceptualmente, la ideología de género, ha pasado a ser integrada en la enseñanza, en la judicatura, en la empresa y en la función pública. El cambio se produce en la conciencia social por pura decantación, falta de respuesta argumental y asimilación cultural. El aborte se convertirá en un derecho humano, las políticas de genero y discriminación «positiva», en una lógica funcional, y las nuevas sexualidades en la norma explicativa
El feminismo, que no es tal, es el cebo que utiliza la progresía para manipular a las feas de cuerpo y alma, y que hagan lo que conviene a algun chepa con coleta de turno o un chulo de sauna.
Las mujeres más poco inteligentes del mundo se pasan la vida con pelos morados o colorados soltando soflamas idiotas mientras trabajan como mulas.
Creen que ser una mujer «plena» es abortar, costarse con el primer capullo con el que se topan y pegar gritos tras un sonoro tambor., mientras las mandamases «feministas» se pegan la gran vida a costa de la historia colectiva de las de los pelos de colores.
Parecerse a un hombre no es ningún triunfo y mas si el parecido es a costa de perder la feminidad, base de la belleza femenina.
Ser una mula llena de musculos y mala leche no ayuda a nadie y por muy tonta que se sea, mirándose al espejo se comprueba que si se parecen a un Aizcolari no se estan ayudando para nada.
O si se parece a una guarra de puticlub desmadrada.
Ser mujer es algo mucho mas bello y serio
O el arte de programar masas. Ahí, toda la escoria odiadora con puño alzado Rothschild/Baal en ristre/amenazando. Y el Disraeli que lo vea desde el infierno.