El cardenal Sarah y… Osoro, ese otro…

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El cardenal Sarah, sin duda hoy por hoy el más importante de los pocos prelados que defienden la Fe en toda su esencia, integridad y sin tapujos, pasó por Madrid para dar una conferencia en el CEU. Luego tuvo la delicadeza e inteligencia –para ganar la indulgencia plenaria- de visitar y rezar en el emblemático Cerro de los Ángeles con motivo del primer centenario de la consagración de España al Sagrado Corazón de Jesús; el mismo que fusilaron y dinamitaron los «demócratas» frentepopulistas del PSOE y del PCE, cuyos herederos actuales siguen en sus trece deseando hacer lo mismo con la cruz del Valle de los Caídos, porque de mala casta le viene también al galgo.

Pues bien, Sarah no decepcionó y, sin decir nada nuevo, porque lo que dijo ya lo dijo Nuestro Señor hace dos mil años, dicho por él en los momentos de desolación que vivimos pareció ser novísimo.

Mucho se podría destacar, pero nos quedamos con algunas ideas como la de que la «cacofonía que emite hoy la Iglesia» es causa principal de la confusión, confusión y más confusión que nos ahoga, causando la dispersión de las ovejas y consiguiente perdición de ellas… y de los pastores, de los malos pastores que hoy abundan.

También que es peor la persecución que se lleva a cabo contra los católicos en Occidente, que la que se realiza en países del Oriente Medio por los mahometanos. Y la explicación de tan radical y aparentemente exagerada afirmación es muy simple: porque éstos pueden cortar cabezas, literalmente hablando, lo cual sin duda es un horror, pero con ello lo que hacen es abreviar el paso por este valle de lágrimas y meter en el cielo por la vía del martirio a muchos, muchos católicos. Es decir, que matan el cuerpo pero salvan el alma.

Sin embargo, la persecución en Occidente tiene formas ladinas, suaves, engañosas, relativistas, amables incluso, de manera que lo que mata no es el cuerpo, pero sí el alma y, con ello, lo que hace no son mártires, sino pecadores que caen en el infierno. Sarah, como vemos, no dio puntada sin hilo, ni tuvo pelos en la lengua.

Fue impresionante ver, además, a un predicador nato del Evangelio, de formas suaves, humilde, voz fina y amable, un hombre que irradia paz y que se le nota que es de Iglesia… de la Iglesia secular, de la leal a Dios antes que a los hombres… cualquier hombre, incluso al que se vista de… ¿Papa?

Y se preguntarán ustedes cómo es posible que a este «respondón» de los tiempos actuales se le mantenga en su puesto en la curia vaticana y no lo hayan defenestrado ya. Pues porque, al parecer, la Iglesia africana, o sea, sus pastores grandes y pequeños, no mueven un dedo sin consultar a Sarah, así es que la mafia vaticana, que haberla la hay y vaya si es poderosa, no se atreve, por ahora, a cortarle la cabeza.

Por último, se preguntarán ustedes que por qué hemos mentado al infame Osoro (a) «el profanador por colaboración», pues muy sencillo: porque tan indigno cardenal, subordinado que es de Sarah por razón del cargo de éste, no tuvo la delicadeza, para qué hablar de educación, de asistir a la conferencia, de presentar sus respetos a su superior, de mostrarle la debida hospitalidad. Pero es que claro, para el «caritativo» amigo de los tan «caritativos» P. Ángel y  Carmena, Sarah es una piedra en el zapato o incluso en el riñón que no consiguen expulsar, así es que menos admiten escuchar lo que dice. Y es que el Evangelio es muy duro, tanto que Nuetro Señor acabó en la cruz por revelarlo.

Sí estuvieron Rouco y Cañizares. Puede que porque por fin se dedican a hacer oración y penitencia a fin de lavar sus culpas que son muchas, también porque seguro que se acuerdan de la sentencia de San Juan Crisóstomo que dijo que pocos obispos se salvan o puede que sólo porque a la vejez viruelas. En cualquier caso esperemos que las palabras de Sarah, o sea, del Evangelio, ese que ambos se pasaron por el arco en tantas ocasiones con los daños que son evidentes, les sirvan para reconvertirse o simplemente convertirse y por ello para salvarse, porque ni a Osoro, de verdad, le deseamos que se pierda en ese Infierno que existe, vaya que si existe, y del que sabemos más, mucho más, que del Cielo que esperamos, porque un alma perdida es una victoria del Diablo que nosotros no deseamos ni en pintura y porque Dios quiere que todos nos salvemos.

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