El «caso Mindszenty» se repite en China (2/2)

Oposición teológica y práctica al comunismo

Como demuestran sus memorias, el cardenal József Mindszenty siempre tuvo claro el peligro del comunismo y que, con él, entablar un diálogo conciliador no es posible. Dialogar con el comunismo sería como dialogar con el diablo. Cuando János Mikes, el obispo que le ordenó sacerdote y que sería asesinado por los rusos, le aconsejó que marchara ala Este para huir de los nazis, Mindszenty se negó diciendo: «Un obispo no puede unirse al comunismo si no es a expensas de una renuncia». En los momento en que muchos vacilaban, por desconocimiento y como reacción a la invasión alemana, sobre si el comunismo no era ya una amenaza para el pueblo y la Iglesia, el cardenal no dudó.

Las razones de esta firmeza y seguridad ante el comunismo traslucen el conocimiento profundo que tenía el cardenal sobre esta ideología atea y, por tanto, anticristiana. Dicho conocimiento se debía a que, tras su primer cautiverio, se dedicó al estudio de las encíclicas y cartas pastorales pontificias sobre la cuestión. Así, el anticomunismo de Mindszenty no era sólo consecuencia del rechazo que producen las cifras de inocentes asesinados y las innumerables atrocidades perpetradas por los defensores de esta ideología, sino, también, del conocimiento de los presupuesto filosóficos de la ideología marxista. Los atroces crímenes no eran más que una consecuencia de la aplicación de dichos presupuestos,  viciados desde el principio.

Su punto de partida lo encontraba en la frase «todo concepto de Dios es una indecible indignidad, un despreciable auto vómito», que dirigió Lenin a Gorki. De ahí parte el cardenal cuando describe qué es el comunismo. Por considerar que la materia es la única realidad de la que todo parte, se niega la existencia de Dios y del alma. El orden que encontramos en el mundo y en la naturaleza no provendría de una mente que lo ha concebido previamente sino de la evolución dialéctica de la materia. Así, los diferentes grados de vida, serían consecuencia de que un cambio cuantitativo se volviese cualitativo. Ante esto, Mindszenty declaraba: «Al preguntar de qué manera tratan de fundamentar los comunistas su materialismo dialéctico, no tardará en aparecer la respuesta de que consideran muchas de sus afirmaciones como dogmas que no necesitan prueba alguna». Además, añade que el comunismo sólo podría ser aceptado allá donde «se hayan resquebrajado los fundamentos religiosos de un pueblo». En ese caso, el comunismo pasaría a ocupar el lugar de la religión. Así lo han descrito hombres de Iglesia como el arzobispo Marcel Lefebvre al decir que los católicos ponemos nuestras facultades en las manos de Dios y los comunistas en las manos del partido, en las manos de otros hombres. Por tanto, en sociedades que hayan mantenido la religiosidad, el comunismo se recubre con piel de cordero y se presentan de la manera que cree más conveniente para ser aceptado. Sin embargo, su sueño siempre ha sido y será la ciudad sin Dios, en la que los que no esté prohibido sea obligatorio.

En China se repite el «caso Mindszenty»

Esa cercanía y disensión de la Iglesia con el comunismo, es decir, de sumisión ante la más atroz de las ideologías modernas no ha terminado, ni se avista siquiera su fin. En septiembre de 2018, la Santa Sede anunció que había llegado a un acuerdo (que no se ha hecho público) con el régimen comunista chino sobre el nombramiento de obispos. Fruto de este acuerdo, Francisco levantó la excomunión a los ocho obispos ordenados sin mandato pontificio y adictos al gobierno comunista. Sin embargo, lo que desde entonces ha ocurrido es que la Iglesia fiel a Roma, clandestina y perseguida por el gobierno durante décadas, ha pasado a formar parte de la llamada «Iglesia Patriótica», obediente al gobierno comunista. Éste declaró mediante un comunicado al día siguiente del acuerdo entre Roma y Pekín que la «Iglesia Patriótica» seguirá «el camino de adaptarse a la sociedad socialista, y bajo el liderazgo del Partido Comunista de China, colaborar con todas las nacionalidades del país para lograr la grandeza de la nación China». Situación similar a la del cardenal Mindszenty se vivió cuando la Santa Sede solicitó en 2017 a monseñor Zhuang, obispo de la diócesis de Shantou y fiel a la Iglesia, que renunciase a su cátedra de obispo, a lo que se negó. El cardenal Zen, obispo emérito de Hong Kong, presentó al Papa una carta en la que afirmaba que no quería «otro caso Mindszenty». lamentablemente, monseñor Zhuang fue destituido poco después del acuerdo y la Santa Sede reconoció como como obispo de Shantou a monseñor Huang, funcionario del Partido Comunista chino, excomulgado hasta el acuerdo. El pasado mes de mayo, el gobierno comunista detuvo al cardenal Zen acusado de colaboración con fuerzas extranjeras, es decir, por alzar la voz ante los atropellos del gobierno chino con su persecución a los católicos. El inefable Bergoglio, despachó el encarcelamiento y el inminente juicio del cardenal Zen afirmando que éste había dicho «lo que sentía2, mientras que él, en oposición, «intentaba apoyar la vía del diálogo».

Cardenal Zen

Las principales consecuencias de esta política de acercamiento al comunismo son dos. En primer lugar, la legitimización de la ideología comunista entre los fieles católicos. Así, se aboga por un comunismo y socialismo «bien entendido». Sin embargo, comunismo y socialismo «bien entendido», «católicos progresistas» o «sacerdotes de la paz» no son más que rancios eufemismos que utiliza siempre el comunismo para engañar. Engaño al que tantos han sucumbido o siguen sucumbiendo por ignorancia o comodidad. Esto no quiere decir que todos los católicos hagan suyas esta mezcla de lo que por naturaleza se repele, sino que muchos la consideran como una opción lícita más. Quizá no concuerden en algunos puntos, pero entienden que esa actitud católico-progresista es conciliable con la Fe católica.

La segunda consecuencia, se observa también en la primera. La actitud de acercamiento al comunismo demuestra la pérdida del sentido sobrenatural en la Iglesia. Todo queda reducido al aspecto material de las cosas. Lo importante ya no es que las almas alcancen la salvación eterna y que Dios sea glorificado, sino que no haya guerras y que la gente no pase hambre (aunque con estas premisas la violencia y la miseria no hace más que aumentar). Se hace del medio un fin. La frase de Santa Teresa de Jesús Jornet de «cuidar los cuerpos para salvar las alma», no inspira ya la acciones de los hombres de la Iglesia. La renuncia de la Iglesia a lo sobrenatural la ha conducido a depositar todas sus esperanzas en el hombre. El triunfo del antropocentrismo ha hecho creer al hombre que puede determinar lo que está bien y lo que está mal, lo que es verdadero y lo que es falso, lo que es bello y lo que es feo. Se niega que el hombre deba aceptar una realidad de la que no es dueño y vivir conforme a una ley dictada por amor por un Dios que no trasciende.

Sólo cuando el hombre vuelva a su esencia, es decir, a la de un ser creado a imagen y semejanza de Dios, limitado y dependiente, la Iglesia cumplirá con la misión que Cristo le confió. El sometimiento sistemático ante los dictados de un mundo construido en el rechazo a Cristo ha hecho que la Iglesia deje de ser maestra de sabiduría y de verdad, y se haya convertido en propagadora de errores que confunden y dañan al pueblo fiel. Viene al caso las palabras del padre Carlos de la Inmaculada, Pasionista y biógrafo de San Pío X, a modo de conclusión: «¡Transigir! ¡Tolerar!. Es el eterno reducto de quienes, cobardes en la práctica de su religión, prefieren contemporizar con los enemigos de la Fe, a cambio de no verse turbados ellos en su vida de comodidades. Son católicos facilitones, acomodaticios. Los católicos que han olvidado que el que no está con Cristo está contra Él».

Parte 1/2

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2 respuestas a «El «caso Mindszenty» se repite en China (2/2)»

  1. Muy pocos, salvando, acaso, algunos de los que por aquí pasan, se dan cuenta de la tremenda apostasía de la «iglesia» actual. Apocalípitica apostasía (al estar profetizada con rasgos que retratan el tiempo actual), que anuncia la verdadera dimensión de la lucha de la Humanidad, y más en nuestra época: la batalla, final en nuestro caso, entre la Ciudad de Dios y el Diablo o Satanás.

    1. La fe viva en el Dios vivo produce temor de ofenderlo y el deseo apasionado de defenderlo a voces, como tú mismo haces, Juan, mientras que la masa enorme de falsos católicos es un solo perro mudo.

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