El celibato, Francisco I y Michael Corleone

El funesto y esperpéntico Sínodo de la Amazonia amenazó gravísimamente el celibato sacerdotal. Con la vulgar excusa de que cada vez escasean más y más los sacerdotes –¿por qué será? algo que nadie se pregunta, nadie hace examen de conciencia, nadie se duele de sus pecados, o sea, de sus irresponsabilidades y menos aún hacen propósito de enmienda–, se buscó la solución en quitar el celibato y «ordenar» hombres «bien probados» (?) en su vez; claro, hombres solteros pero que se podrían casar y, cómo no, casados. En realidad dicho sínodo sólo fue una artimaña, un subterfugio para eso, para derruir ese bien tan inmenso, ese don, esa gracia, ese todo que es el celibato sacerdotal.

El documento final del sínodo tiene dos elementos claves: uno lo que dicen los obispos amazónicos, que es que hay que «ordenar» a esos hombres «bien probados» (?) y, para ello, suprimir la obligatoriedad del celibato, pero hétenos aquí que la conclusión del Papa, o sea, de Francisco I, ha sido que no. El documento es todo un galimatías eclesiástico y clerical, un no sé qué, que qué sé yo, una trampa en realidad.

¿Qué ha pasado entonces cuando ya el propio Papa venía anticipando, y no es nuevo, que es partidario de suprimir el celibato?

Pues que el cardenal Sarah publicó muy oportuna e inteligentemente un libro titulado «Desde lo profundo de nuestros corazones» (VER AQUÍ ARTÍCULO) en el que arremetía doctrinalmente y de forma absoluta contra tal posibilidad. Pero mejor aún cuando se supo que el libro lo había escrito junto con Benedicto XVI.

Ante ello se puso en marcha el ventilador vaticano negando tal posibilidad, mentira demolida de inmediato por la publicación de una carta del propio Benedicto dirigida a Sarah cuando estaban elaborando el libro en el que da fe de su coautoría.

Pero como el Demonio no descansa, lo que sabemos muy bien los católicos creyentes, practicantes y que no renegamos de nuestra santa Fe, y como también sabían Benedicto y Sarah, previendo que lo anterior no iba a ser suficiente, se cuidaron muy mucho de prepararse para ello en forma de una carta manuscrita de Benedicto entregada en persona al que fuera su secretario, Mons. Georg Gänswein, la cual éste hizo llegar al ínclito y siniestro Parolin, quien, estupefacto y fastidiado, la enseñó a Francisco I, guardándola después en su propio archivo.

De esta forma, y por ello, el Papa no se ha atrevido, por ahora, a destruir el celibato, pues la autoridad doctrinal de Benedicto sigue incólume.

Eso sí, igual que Michael Corleone (Al Pacino) en el Padrino II ordenaba matar a su hermano Fredo por su traición a la familia sólo después de que muriera su madre, mucho nos tememos que esa dualidad del documento sinodial sea premeditada para que, cuando muera Benedicto XVI, no antes, pues no se atreven, Francico I tenga dónde agarrarse para derogar el celibato; como ven, cosas de mafiosos y de… montoneros, que son la misma Cosa Nostra. Ya veremos.

Se ha ganado una batalla in extremis, y es posible que Benedicto haya prestado su último gran servicio a la Iglesia, pero sigue la guerra porque el enemigo es duro de roer y, peor aún, está dentro, muy dentro y alto, en el propio Vaticano.


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