El celibato ha venido para quedarse

Siempre que la fe está debilitada, siempre que no hay una autoridad que nos confirme en ella, cuando la desobediencia, indisciplina y falta de autoridad imperan en la Iglesia, siempre surge el recurrente tema del celibato sacerdotal.

La ley del celibato lleva en la Iglesia diecisiete siglos, desde aquellos cánones del Concilio de Elvira del 305. Durante todos estos siglos ningún Papa, ni los más disolutos, carnales y  mundanos, se ha atrevido a tocarla, menos aún a derogarla. ¿Qué razones podrían haber hoy? El problema, si lo hubiere, no está en el celibato sino en el pecado del hombre, en su debilidad ante la carne.

Siendo la ley del celibato una ley eclesiástica, es una ley inspirada por Dios, es un don valiosísimo y preciosísimo para la Iglesia, para sus sacerdotes.

La Tradición nos ha dejado hermosísimos textos de Papas y de santos y venerables sacerdotes a cerca del celibato. Textos que al leerlos se enciende de amor célibe y casto el corazón sacerdotal.

Pero resta algo muy importante que decir, es que la ley eclesiástica del celibato es antes que una forma de vida del sacerdote, una forma de amar.

El celibato es la manera en que nuestro Señor Jesucristo quiere ser amado por sus sacerdotes. Porque el Señor, Sumo y Eterno Sacerdote nos quiere íntegros para Él, sin un corazón divido entre amores carnales y terrenos. Deus meus et omnia, mi Dios y todas las cosas.

El corazón del sacerdote es únicamente para el Señor, que no quiere compartirlo con otro amor, con otro pobre amor humano. El Señor quiere en sus sacerdotes encender un fuego de amor eterno, que empiece ya aquí en la tierra y continue eternamente en el cielo.

El Señor quiere enseñar a sus sacerdotes, con la ley del celibato, a amar con fuego de amor divino, que no humano. Con la ley del celibato, nos quiere el Señor crucificados al mundo, no dialogantes; cerrados al mundo idólatra, pecador, pervertido y demoníaco. Nos quiere crucificados a la carne débil, timorata y engañosa. Nos quiere crucificados al demonio, a sus engaños de apertura al mundo. Sí, el Señor quiere infundir en el corazón del sacerdote, con la ley del celibato, un fuego de amor eterno.

El Señor no se desdice de lo dice y quiere. El celibato permanecerá unido a sacerdocio hasta la consumación de los siglos. Amén.

Ave María Purísima.


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