El Chichi, el torero con un par

En la vida la valentía y la hombría tienen muchas caras, pero la única verdadera es aquella que casi nadie sabe apreciar ni reconocer.

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El Chichi fue en su juventud un ¡viva la vida! Simpático, andante de caminos y disfrutador de placeres…

EL Chichi… ambos

Amante del buen comer y más aún del buen beber, tanto que un día le pilló un tren, sí, un tren, como lo leen, un tren con máquina y vagones, de esos que se llevan por delante y dejan hecho trizas lo que sea… menos a El Chichi, que sobrevivió; del «incidente» él conserva una heroica cicatriz, lo que no sabemos, ni él tampoco, es cómo quedó el tren. Cuando lo cuenta dice muy serio «Así iría yo ese día», mientras su mujer, desde la diminuta cocina del bareto, en Puzol, Valencia, España, que les ha dado de comer, le mira con cara de circunstancias como diciendo «¿Con qué botarate me fui a casar yo?».

El Chichi fue novillero, llegando a conseguir, tras años de arrastrar sus miserias por media España y parte de la otra –y por su simpatía, claro–, que le dieran una oportunidad de oro: debutar en las Ventas, en «la catedral», nada más y nada menos.

Y así se anunció a bombo y platillo: EL Chichi ¡Hoy debuta una gran promesa del toreo!

Imagínense la escena: las Ventas llena… bueno, no tanto, porque el cartel no era para eso, pero gente, lo que se dice gente, había y no poca; la emoción, los toros… los toros, toros de verdad; las banderas en lo alto y al viento, los acomodadores y ese público madrileño compuesto todo él por «catedráticos» de la tauromaquia, huesos duros de roer, más que aficionados, entendidos que no se casan con nadie.

Las cinco de la tarde. Tensión y expectación van siempre de la mano en los toros, más aún en las Ventas. Capilla para los matadores. El Chichi reza con piedad y se arrepiente mil veces de todos sus desastres prometiendo, si sale con vida y triunfante, no volver a repetirlos; aunque sabe que no lo cumplirá.

Banda de música. Gran pasodoble. Paseíllo. El Chichi atrae las miradas por su novedad. Luce de sangre y oro. Cabeza alta, mirada chula y desafiante, montera, capote… la fiesta en todo lo alto. El Chichi se ve en las nubes, corre por sus venas la adrenalina desbocada, galopante. Saludo a la presidencia y cada cual a su lugar.

A El Chichi le toca el primero.

Clarines. Se abre el portón. El Chichi, desde el burladero, mira tranquilo, seguro de sí mismo, valiente, es su día, su oportunidad, la fama a las puertas, el dinero, la gloria.

Sale el toro… o sea, un toro de verdad, un toro toro, un morlaco de 650 kilos con unos pitones como machetes, que da una vuelta al ruedo en dos segundos y no para de bufar.

El público observa… silencio, silencio, nervios, ¿qué pasa? ¿pero qué pasa?…

Lo que pasaba lo cuenta el propio El Chichi con un par: «Me acojoné, joder, me acojoné»

Y El Chichi, el torero que iba a debutar, no lo hizo. Petrificado en el burladero, mirando con los ojos como platos a un animal que no parecía de este mundo, no salió, no debutó.

Por eso en la carta de su bareto, con un par, ha escrito «El Chichi. El torero que nunca debutó».

¡Sí señor! ¡Con un par! ¡Con un par! ¡Torero! ¡Torero! Torero donde los haya y los vaya a haber, porque hay que ser más valiente y tener más bemoles para reconocer los miedos, que para salir a torear.

El Chichi se jubila. El bareto se cerrará. Su especialidad, los chipirones, que nadie los sabe hacer como él, no volverán.

Pero a partir de ahora, por las calles de Puzol, podremos ver pasear a un torero de verdad, que siempre que uno se lo pida le contará que él es El Chichi, el torero que nunca debutó porque se acojonó… con un par.

 

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