El Desfile de la Victoria

Sin entrar a valorar la ideología que cada uno tenga, la verdad irreversible es que tras la lectura del último parte oficial de guerra leído el 1º de abril de 1939, no solo se anunció el final de la Guerra Civil 1936-1939, sino que marcó el comienzo de una nueva etapa que hizo a nuestra Patria resurgir de sus escombros para llenare, poco a poco, bajo la paz lograda por Franco, de planes de desarrollo y bienestar social. Realidad objetiva y sin paliativos que no han sabido digerir los mismos que hoy quieren tergiversar la Historia.

Trascurrido más de un mes y en la noche del 18 mayo 39, Madrid se engalanó de fiesta con afluencia de símbolos del Movimiento Nacional, resaltando los retratos de Franco y Jose Antonio. Los balcones adornados con la bandera nacional, y en lo alto de la Telefónica un escudo gigante del Jugo y las flechas pleno de luz, que competía radiante con la multitud de luces encendidas por los fuegos de artificio.  Era el anuncio del último acontecimiento militar de la Guerra, el gran desfile militar de la Victoria en Madrid por el Ejército del centro ante su excelencia el Jefe del Estado y Generalísimo de los ejércitos nacionales.

En la madrugada del día 19 de mayo se anunció con la puesta en libertad de miles de palomas y el repique de campanas en todos los templos de España anunciando el gran desfile de la Victoria, que fue concebido como la gran entrada de Franco en Madrid. El objetivo de las Guerra conseguido al cabo de tres años triunfales. Este fue el gran acto de exaltación del Caudillo.

El Caudillo en compañía del General Saliquet y escoltado por la Guardia Mora atravesaba Madrid entre las aclamaciones de una multitud que desde la madrugada invadía las calles de la capital. Mientras Fernando Fernández de Córdoba, la voz de la Victoria, declamaba por Radio Nacional de España el poema “Ya viene el cortejo” de Rubén Dario.

A su llegada a la tribuna presidencial situada en la Castellana, era una magnifica construcción que representaba un arco bajo el que se encontraba un tapiz con el Águila de San Juan, coronado por la palabra VICTORIA, y en cuyos laterales estaba escrito por seis veces la palabra FRANCO. Bajo el arco y en un palco sobresaliente en el que estaba colocado un Victor. A los acordes del himno Nacional se colocó el Generalísimo, vestido con uniforme militar, camisa azul y boina roja con las insignias de Capitán General, en compañía del General Gómez Jordana, Vicepresidente del Gobierno, que dio lectura al Decreto por el cual se concedía al Caudillo la Gran Cruz Laureada de San Fernando, la mayor condecoración militar de España. Tras la lectura, el bilaureado General José Enrique Varela Iglesias, después de unas palabras, impuso a Franco la máxima condecoración al valor militar que le había concedido el Gobierno.

Más de doscientos periodistas extranjeros estaban allí acreditados para presenciar el desfile, ocupando una tribuna frente a la del Generalísimo.

Comenzó el gran desfile, que duro cerca de seis horas. A la cabeza del Ejército del Centro va su General en Jefe, Don Andrés Saliquet junto a su Estado Mayor, seguido por el Cuartel General y Unidades a pie y motorizadas con el General Gambara; y tras ellos los Viriatos portugueses con su Capitán Nunes de Oliveira. A continuación los representantes de la Marina, Carros de Combate, Batallones de Esquiadores, Escuadrones de Caballería, Banderas de Falange y Requeté, Enlaces Motorizados, Escuadrones de Policía e Ingenieros, la Legión Condor, Baterías de Artillería y Aéreas, Cañones Antitanques, la Infantería mejor del mundo, Compañías de ametralladoras, motocicletas, coches y camiones, todos los Servicios de la guerra, todos los Cuerpos y Armas debidamente representados; También desfiló el Jefe de las Brigadas de Navarra, General Solchaga, engalanado de banderas españoles, seguido del General García Valiño, los Tabores de Regulares, y volando sobre ellos, nuestros aparatos , vencedores en tantos combates, escriben en el cielo con letras de aviones el grito que se escapa de todas las gargantas. Franco, Franco, Franco.

Toda la Capital de España fue un orgullo y homenaje a Franco y un recuerdo a cuantos cayeron por Dios y por España.

Terminado el solemne acto, el Generalísimo recorrió en coche abierto las avenidas y las plazas, recibiendo las incesantes ovaciones de un pueblo agradecido. Momentos después el Caudillo decía a todos los españoles, cuando aún se oía el paso firme de los soldados. “Los laureles de la Victoria no se marchitarán jamás”.

El Desfile de la Victoria de 1939 no fue una celebración por que sí, ni un acto vacío y carente de sentido, sino el reflejo de la España poderosa que renacía. Los Nacionales acababan de ganar la guerra, sí, había motivos para celebrarlo, sí, y todo apuntaba a un significado mayor y más profundo, porque el triunfo sobre el comunismo indicaba el camino, en comunión de entusiasmo, de lo que sería la Patria si cada español se hacía digno en su vida profesional y social de su consagración a la España eterna.

Para Siempre P´lante

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