El desorden del pecado

El que no da a Dios lo que debe, haciendo lo que debe, se lo da sufriendo lo que debe. Y no hay medio entre estas dos cosas; en el instante mismo en que no hace lo que debe, sufre lo que debe, porque la belleza del orden universal no puede sufrir ni un solo instante ser manchada con la fealdad del pecado sin ser reparada por la belleza del castigo –sine decore vindictae-  (San Agustín. El libre albedrío, 3. 44).

Hermoso y profundo texto de san Agustín. La belleza del orden universal no puede ser alterada por la fealdad del pecado, por lo cual, el que no hace lo que debe, porque peca, sufrirá, lo que debe, la “belleza” del castigo. ¿Belleza? ¿Decore? Sólo puede entenderse en el sentido de que el castigo, la reparación, recupera la belleza orden universal manchada. Hay una “belleza” en el sufrimiento reparador del pecado, cuando el alma arrepentida de su ofensa a Dios acepta con amor el sufrimiento que limpiará la ofensa inferida al Redentor.

Los pecados han de repararse, ninguno queda impune. Sino se reparan aquí, se repararán en el Purgatorio, si alma va allí y no al Infierno. El orden  creado por Dios no puede ser alterado por desorden del hombre al pecar. Dios ha creado al hombre libre y no esclavo del pecado. Pues desde el momento en que pongo como fin de mi vida el goce de las criaturas, éstas llegan a ser la necesidad dominante de mi vida; y esta necesidad se me impone como una imperiosa tiranía y termino siendo su esclavo.

Dios nos ha dado la gracia para vivir santamente, dentro del orden de la Creación glorificando al Creador, porque este el fin de la criatura, y no otro, glorificar a Dios.

El desorden pecado está presente en mi espíritu, en mi corazón y en mis acciones. Y de ellos  surgen la mentira, la vanidad y la esclavitud. Cuando pongo las miras en mí mismo apartándome de Dios, mi espíritu miente a su destino, ya que está hecho para conocer a Dios. Y cuando miro a las criaturas deseándolas para mi satisfacción, mi espíritu está en la mentira y el error, porque ha sido creado para considerar a las criaturas un medio para ir a Dios.

Cuando el amor se detiene perezosamente en el goce, sólo abarca la vanidad y el vacío. La vanidad es la criatura vacía de Dios. Toda criatura que amo exclusivamente para mi satisfacción es, para mí, vanidad porque está para mi  vacía de Dios. Todo lo que en mi vida no sirva, no contribuya  de alguna manera al amor de la gloria divina, de nada sirve, es nulo y perdido. Sino vivo para la gloria de Dios soy una completa vanidad.

Cuando en la criatura busco mi placer humano, es decir, el descanso de mi vida, me hago esclavo de ella, naciendo en mí necesidades profundas e insaciables, que crecen sin cesar y sin fin. Pierdo el dominio de mandar sobre mis apetitos y la influencia seductora y dominadora que me rodea me amordaza y me usa como títere sin voluntad. La causa de mi esclavitud es la búsqueda de mi placer. Y soy tanto más esclavo  y más desgraciado cuanto con más afán  busco mis apetencias y con más ansia cifro en ellas  mi felicidad.

Si. Tiene razón san Agustín, sino doy a Dios lo que debo, haciendo lo que debo,  se lo daré sufriendo lo que debo. Lo exige la belleza del orden universal.

Ave María Purísima.


2 respuestas a «El desorden del pecado»

  1. Profunda reflexión sobre la libertad humana y el pecado, y hermosa cita de san Agustín, la cual ofrece la causa a la vez que el remedio de lo que nos acontece en nuestra vida. Hoy día, sin embargo y por desgracia, en Occidente se ha puesto de moda la noción oriental de karma, que no requiere de la presencia de Dios y que como ley natural ofrece a cada uno las consecuencias de sus actos. Esperemos que los simpatizantes del budismo, hinduismo, practicantes de yoga, etc. lean este artículo.

  2. Sí, hay una belleza en el castigo… es lo que vulgarmente se llama «justicia poética», la intuición popular usa el calificativo de poético, que está íntimamente relacionado con la belleza.

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