El día de los difuntos

En el día de los fieles difuntos lo hemos celebrado este año bajo el signo de fiesta laboral, al haberse trasladado la fiesta de Todos los Santos, sin embargo el día de los difuntos   es un día en el que debemos recordar dimensión exacta a todas las cosas de esta vida, y lo que representa para nosotros mucho e, incluso, muchísimo. Porque es por excelencia el día en el cual debemos rezar rezamos por todos los fieles difuntos y todas las almas que por ventura estén en el Purgatorio. Pero es también el día en que la Iglesia –con aquel tacto que les propio y que tiene cualquier cosa de absolutamente inconfundible‒ nos recuerda la realidad de la muerte.

Ella parece abrir un precipicio bajo nuestros pies y nos hace ver una multitud de almas que se encuentran en estado de pena, de sufrimiento. Y, por otro lado, la miseria de la muerte, la destrucción de la muerte, la aniquilación de la muerte, la miseria del alma cuando ella no va directamente al Cielo.

De vez en cuando debemos meditar sobre la muerte, para que comprendamos lo que hay de profundamente real en aquella advertencia que el sacerdote nos hace a los fieles el Miércoles de Ceniza: “¡Hombre, acuérdate que polvo eres y que al polvo volverás!” (Génesis 3,19) “. No somos otra cosa que polvo y volveremos a ser polvo.   La imposición de las cenizas nos recuerda que nuestra vida en la tierra es pasajera, y que dese que somos concebidos en el vientre de nuestra madre, somos por definición, mortales. Nacer es comenzar a caminar hacia la muerte.

Muchos han salido ya de este mundo, y son millones y millones de hombres de toda clase y condición: Papas, reyes, obispos, príncipes, sabios y plebeyos…, quienes un día partieron en un viaje. Apenas dieron el último suspiro, sus almas dejaron sus cuerpos, pasaron aquellas a la eternidad y estos al polvo.

Profunda enseñanza: Lo propio de toda creatura es el no ser por sí misma. En el momento en que el Creador deja de sostener lo que creó, automáticamente volvemos a la nada.

Pensemos que, dentro de pocos años, quizás dentro de pocos meses o días no seremos sino un cadáver, el despojo de un difunto, polvo que se lleva el viento.

Es importante que recordemos que al principio cuando Dios creo al hombre, la muerte no existía, es decir, que todos los hombres estábamos destinados a vivir para siempre, eternamente en el Paraíso. Después, el hombre usó mal de la libertad que Dios le había regalado, y al desobedecerlo entró la muerte en el mundo.

Desde entonces vivimos normalmente un determinado número de años, sufriendo, como todo el mundo, algunas enfermedades pasajeras. Pero un buen día, descubrimos que una enfermedad terminal se ha adueñado de ese cuerpo tan fiel, tan duradero, tan útil, y empezamos a desmoronarnos irremediablemente. Y después de muchos o pocos cuidados, en un plazo más o menos corto, morimos.

O bien puede suceder que, estando perfectamente sanos, caemos fulminados por un paro cardíaco o perecemos víctimas de un accidente fatal, y nuestra vida es arrebatada.

La realdad es que estamos condenados a morir, porque con el pecado además de perderse la vida sobrenatural, se perdió el verdadero sentido de la existencia humana. Aunque la muerte es un hecho, nuestra inteligencia se da cuenta de que el alma no muere porque es de orden espiritual y no se puede corromper. Pero sin el cuerpo, ¿a dónde va el alma? El máximo enigma de la vida humana es la muerte. Los hombres sufriremos con el dolor y con la disolución progresiva de sus cuerpos. Pero nuestro máximo tormento será el temor por nuestra desaparición perpetua. Juzgamos con instinto certero cuando nos resistimos a aceptar la perspectiva de la ruina total y de un adiós definitivo. La semilla de eternidad que en sí llevamos, por ser irreductible a la sola materia, se levanta contra la muerte. La Iglesia, aleccionada por la Revelación divina, afirma que los hombres hemos sido creados por Dios para un destino feliz situado más allá de las fronteras de la miseria terrestre.

A todos los hombres nos costará morir, a todos, incluso a quienes tenemos fe; porque la muerte implica un desgarramiento substancial, un cambio más profundo a nivel natural de la persona como es la separación del alma y del cuerpo. Costará porque el alma apetece vivir en el cuerpo, en su propio cuerpo, porque ha sido hecha para vivir con él. Pero junto a ese dolor a la hora de la muerte, puede haber otro rasgo añadido, el temor. Pero ¿quién es sujeto de temor?, ciertamente no lo tendrán los esforzados por vivir según la voluntad de Dios,  sino quienes saben, sospechan o deben algo por el mal que ha hecho, porque sabiendo cual es la voluntad de Dios  no quieren vivirla sino que ponen su corazón en lo terreno, buscando fama dinero, poder, placer…Lo más curioso es que, sabiendo que todo acabará el día  en que mueran, se empecinan en amar la vida de este mundo y poco la del otro, razón por lo que temen a la muerte.

Pero no es solamente esa la razón de su temor, sino que también temen a la muerte porque saben que, habiendo nacido para vivir según la vida de gracia, al cometer un pecado o llevar una vida al margen de Dios, sospechan que están malogrado sus vidas, y consiguientemente que la muerte será como un aborto de la vida que deberían vivir para siempre. En cambio, quienes han puesto su confianza en Dios, saben que la muerte precisamente es el principio de la vida eterna y que nada han de temer. Para ellos es el fin: para nosotros, el principio. Lo definitivo es morir en estado de gracia y, para eso, vivir habitualmente en esa situación, porque sólo se muere una vez y el premio o castigo eterno depende de ese momento.

Se ha dicho repetidas veces que la muerte es maestra la vida; paradójicamente muchos aprenden a vivir justamente cuando termina la vida, es entonces cuando se dan cuenta que su permanencia en la tierra era única y exclusivamente para obedecer a Dios y ganar el cielo. La principal lección de la muerte es que enseña a vivir. ¡Cuántos al ver la muerte de cerca, bien sea de un familiar o bien de un amigo, descubren el sentido de sus vidas!

Algunos que no viven como Dios quiere, esperan un suceso extraordinario, como por ejemplo que resucite un muerto para cambiar de vida, pero ni aun así cambiarían de vida, porque el que no quiere creer, no cree (aunque mienta). Acordémonos de la  parábola del rico Epulón y del pobre Lázaro, además de mostrarnos la existencia del Cielo y del infierno como lugares absolutamente distintos y distantes, nos instruye de cómo Epulón, viendo que él se había equivocado y que ya no tenía remedio, intenta que Lázaro vaya a advertir a sus hermanos para que aprendan a vivir, porque si alguno de los muertos va a ellos, harán penitencia, pero la respuesta que escucha es: “Si no escuchan a Moisés y a los Profetas, tampoco se convencerán aunque uno de los muertos resucite” (Lucas 16, 27-31).

La muerte, situación límite e inicial, provoca en los familiares y la comunidad cristiana un clima muy complejo. El cuerpo del muerto genera preguntas, cuestiones insoportables. Nos enfrenta ante el sentido de la vida, como acabamos de ver, al tiempo que causa un dolor agudo ante la separación y el aniquilamiento. Todo el que haya contemplado la dramática inmovilidad de un cadáver no necesita definiciones de diccionario para constatar que la muerte es algo terrible y paradojamente de gozo, según se haya vivido y preparado para morir.

Ese ser querido, del que tantos recuerdos tenemos, que entrelazó su vida con la nuestra, es ahora un objeto, una cosa que hay que quitar de en medio, porque a la muerte sigue la descomposición. Hay que enterrarlo. Y después del funeral, al retirarse de la tumba, muchos piensan como Gustavo Adolfo Bécquer: “¡Qué solos y tristes se quedan los muertos!”, en tanto que otros recordamos las palabras pronunciadas en la misa de difuntos: “La vida de los que en ti creemos, Señor, no termina, se transforma; y al deshacerse nuestra morada terrenal, adquirimos una mansión eterna en el Cielo”.

La muerte no es el fin de la vida, sino el comienzo de la Verdadera Vida. Para los que mueren en Dios, la muerte es un paso a un sitio mejor, mucho mejor que aquí. Muchos tienen miedo a ese momento, pero, como hemos apuntado antes, no hay que pensar en la muerte con temor. La muerte no es tropezarnos con un paredón donde se acabó todo. Es más bien el paso a través de esa pared para vislumbrar, ver y vivir algo inimaginable.

Para San Juan Crisóstomo la muerte era como la llegada al sitio de destino de un viajero, esto es, “la muerte es el viaje a la eternidad”, y también hablaba de la muerte como el cambio de una mala posada, un mal cuarto de hotel (esta vida terrena) a una bellísima morada. “Morada” es la palabra que usa el Señor para describirnos nuestro sitio en el Cielo. “En la Casa de mi Padre hay muchas moradas; y si no, os lo habría dicho, puesto que voy a preparar lugar para vosotros. Y cuando me haya ido y os haya preparado el lugar, vendré otra vez y os tomaré junto a Mí, a fin de que donde Yo estoy, estéis vosotros también” (Juan 14, 2-3).

Por eso, para los católicos, la muerte no tiene que ser vista como algo desagradable. ¡Es el encuentro definitivo con Dios! Los Santos, todos aquellos que han hecho la voluntad de Dios aun cuando no estén reconocidos como tales oficialmente, han esperado la muerte con alegría y la deseaban no como una forma de huir de esta vida, que sería un pecado en vez de una virtud, sino como el momento en que por fin se encontrarían con Dios. “Muero sin vivir en mí y de tal manera espero, que muero porque no muero” cantaba Santa Teresa de Jesús.

El problema no es la muerte en sí misma, sino la forma como vivamos esta vida. Por eso no importa el tipo de muerte o el momento de la muerte, sino el estado del alma en el momento de la muerte.

Es de suma importancia el estado en el que se encuentra el alma, Dios nos ha dado la vida, nos ha redimido y hechos cristianos, cuida de nosotros providencialmente y nos regala un tiempo para que merezcamos realizando nuestra vida terrena y decidamos libremente nuestro último destino, o sea a que elijamos dónde ir para siempre después de la muerte.

No es Dios quien nos manda al cielo, al purgatorio o al infierno, somos nosotros mismos quienes libremente y de acuerdo a como nos hayamos comportado en esta vida, decidamos a cuál de esos lugares queremos ir tras la muerte.

Cada día hemos de vivirlo como si fuese el último, preparándonos a bien morir, porque teniendo la certeza de la muerte, desconocemos el día ni la hora. Hemos de actuar siempre de acuerdo a vivir con Dios, y no dejar nuestra preparación a bien morir y salvarnos para el último minuto de vida.

¿Cuánto arriesga la salvación eterna el que demora prepararse para la muerte? Se trata de la eternidad y como dice el Eclesiastés 11,3: “si un árbol cae hacia el mediodía o hacia el norte, en el lugar donde cayere, allí quedará”. Si al llegar nuestra hora de la muerte, ésta encuentra el alma preparada y en gracia ¿Cuál no será su alegría viendo que tiene asegurada la vida eterna? Más si sorprende al alma en pecado, porque se has dejado de lado o apartada la preparación de bien morir, ¿cuál no será su desesperación al verse engañado por él mismo y sin remedio?

De nada sirve pensar en vida que, en el trance de la muerte, en medio de aquella confusión, se encontrará remedio y arreglo a las cuentas con Dios, porque ¿quién nos asegura que el pecador que busca a Dios en la muerte ha de hallarle? Y es que cuando, tales insensatos, se ven cerca de la eternidad y con las angustias de la muerte, no pueden ordenar y menos huir del tormento de su mala conciencia, ni hallar la paz buscada, porque cuando su imaginación se vea agitada de espantosos fantasmas y sumergida en tan mortales congojas, su espíritu perturbado del temor a la justicia de Dios y a la vista de sus iniquidades, abrumado de culpas, del próximo juicio, del infierno y de la eternidad, es posible que entre en una desesperanza insólita que les impida encontrar al Señor.

Bien dice un autor que las súplicas, llanto y promesas del pecador moribundo son como los de quien estuviere asaltado por un enemigo que le hubiere puesto un puñal al pecho para arrebatarle la vida. ¡Desdichado del que sin estar en gracia de Dios pasa del lecho a la eternidad!

En la hora de la muerte las angustias del moribundo se incrementarán al ser atormentado por los demonios, y aunque se afane en libarse de tales enemigos, teniendo el corazón oprimido por la propia maldad y lleno de tinieblas se dará cuenta, aun cuando no quiera reconocerlo, que “quien tiene el corazón endurecido lo pasará mal al fin; y que quién ama el peligro, en él perece” (Eclesiástico 3,27). Y es que el corazón empedernido desprecia las riquezas de la bondad de Dios. “Conforme a tu dureza y tu corazón impenitente, te atesoras ira para el día de la cólera y la revelación del justo juicio de Dios” (Romanos 2,5).

Y es que el pecador, abusando de la paciencia de Dios se atesora ira, ¡qué ironía!, para el día del juicio justo, día de la ira, en el cual se habrá acabado el tiempo de la misericordia y escucharan de la boca de Dios: “Jamás os conocí. ¡Alejaos de Mí, obradores de iniquidad!” (Mateo 7,23). Terrible advertencia para los que se glorían de ser cristianos y no viven la doctrina de Jesucristo, y aún más terrible para los hombres del altar que hayan abusado del nombre del Señor. San Agustín dice que quien no ha sido capaz de abandonar el pecado antes que el pecado le abandone a él, difícilmente podrá en la hora de la muerte detestarle como es debido, pues todo lo que hiciere entonces, lo hará a la fuerza.

Sabido es que el pecador puede arrepentirse siempre que quiera, en cualquier momento se puede convertir y que Dios ha prometido que lo perdonará. Pero no ha dicho que en el trance la muerte se convertirá quienes obstinados han vivido en pecado, porque quien vivir sin Dios quiere, sin Dios vive y sin Dios muere.

Además ¿qué clase de arrepentimiento puede esperarse en la hora de la muerte de quienes han vivido amando el pecado, hasta la insensatez de olvidarse del que es el Amor? Aquellos que viven en pecado, en pecado morirán, porque precisamente el pecado por excelencia consiste precisamente en no creer que Jesús puede perdonarles y Él mismo ha dejado dicho: “Si no creéis que soy el Cristo, moriréis en vuestros pecados” (Juan 8,24).  Justo castigo del pecador será morir olvidado de sí mismo cuando en vida se olvidó de Dios.

No os engañéis: Dios no se deja burlar; pues lo que el hombre sembrare, eso cosechará” (Gálatas 6,7). Y así, el que en su carne siembra vedados placeres segará corrupción, miseria y muerte eterna. Porque de Dios nadie puede burlase, viviendo despreciando sus leyes y después en el último instante pretender alcanzar en recompensa la vida eterna.

¿Cuántos agonizantes pecadores en el momento de la muerte desearían una prórroga, un período extra de vida para arreglar lo que no han querido arreglar cuando estaban a tiempo? Pensemos detenidamente, ahora que estamos en el tiempo de merecer, en prepararnos adecuadamente con una buena confesión para estar en gracia cuando la muerte llegue, porque entonces ya no habrá tiempo de remediarlo.

Debemos, pues, prepararnos para sufrir la muerte, cumpliendo cada día con sencillez y sobre todo con amor lo que creemos es la voluntad de Dios.

¿Y cuál es la voluntad de Dios? Muchos creyentes se hacen esta pregunta y muchas también son sus especulaciones. Esa curiosidad, por lo general, es normal, pues en el servicio cristiano la aprobación o la desaprobación por parte de Dios depende del conocimiento y cumplimiento de su voluntad, efectivamente “aquel servidor que, conociendo la voluntad de su amo, no se preparó, ni obró conforme a la voluntad de éste, recibirá muchos azotes. En cambio, aquel que, no habiéndola conocido, haya hecho cosas dignas de azotes, recibirá pocos. A todo aquel a quien se haya dado mucho, mucho le será demandado; y más aún le exigirán a aquel a quien se le haya confiado mucho” (Lucas 12:47-48).   Dios ha puesto a cada uno de nosotros en un lugar diferente, y en su infinita generosidad nos ha regalado un tiempo determinado junto a un  estado de vida diferente, pudiendo ser padres, madres, sacerdotes, hijos, campesinos, obreros, empresarios, gobernantes, gozar de buena salud o estar enfermos, tener una buena posición o ser indigentes…, pero en cualquier caso cada uno  de nosotros debemos de tratar  de aprovechar lo que Dios nos ha dado, portándonos lo mejor posible, trabajando y cumpliendo bien, además de los mandamientos, la misión que Dios nos haya encomendado particularmente a cada uno de nosotros, aceptándola de buen grado.

Cuando la voluntad de Dios llega clara a nuestro conocimiento, todo intento de sustituirla por criterios humanos aparentemente más acertados es insensatez y rebeldía cuyas consecuencias habremos de deplorar el resto de nuestros días.

Hemos de tomar siempre ejemplo de Nuestro Señor Jesucristo, para quien la sumisión a la voluntad del Padre era tan vital como el alimento para el cuerpo, “porque yo tengo un manjar para comer, que vosotros no conocéis, dice Jesús y mi alimento, es hacer la voluntad de Aquel que me envió y dar cumplimiento a su obra” (Juan 4,32-34).

Hacer la voluntad de Dios es corresponder en cada momento del día a lo que Él nos pide: una muestra de cariño, un sacrificio, un esfuerzo extra, un perdón que cuesta tanto darlo, una ayuda al más necesitado. Hemos de abrir bien los ojos para ver lo que Dios quiere de nosotros cada día. Quienes se esfuerzan por vivir según la voluntad de Dios tienen ganado, a la hora de la muerte, que a ésta no la verán con una guadaña exterminadora en sus manos, sino la llave de oro que les abrirá las puertas de la vida eterna.

Eso nos hace dar una dimensión exacta a todas las cosas de esta vida. Todos nosotros, en este momento, podemos estar movidos por deseos muy diversos. ¿Pero que son esos los verdaderos deseos, cuando uno calcula lo que uno es? ¡Es una cosa tremenda!

La muerte puede sobrevenirnos en cualquier momento.

Si soy algo tan inconsistente; si un coágulo que parte de mi talón puede acabar con todos mis deseos, todas mis aspiraciones, todos los movimientos que tengo en relación a las cosas de esta vida; si soy tan, tan débil que, en último análisis, sé que moriré; cuando paso por un cementerio, veo que allí mi destino está fijado: es volverme polvo.

La meditación sobre la muerte es benéfica para crear desapegos, humillar orgullos y hacer comprender que podemos ir de un momento a otro ante el juicio de Dios.

Cuantas y cuan saludables son las ventajas de la meditación sobre la muerte, teniendo en cuenta que lo único e inexorablemente cierto y seguro es que tenemos que morir.

Pregunto: ¿no es buena esta meditación para refrigerar muchos ardores, para crear muchos desapegos, para humillar mucho orgullo y hacer comprender que nosotros podemos comparecer de un momento a otro ante el juicio de Dios vivo? ¡De un momento a otro! Porque, ¿quién de nosotros sabe llegará a casa hoy? ¿Quién de nosotros sabe si dentro de una hora no estará siendo juzgado por Dios? ¿Y que no estará siendo quemado por las llamas del Purgatorio?

Ahora, sin esas incertidumbres la vida no tiene ninguna grandeza. Nada es bello, nada en la vida es atractivo, a no ser con un paño mortuorio como fondo. Porque es sólo por el contraste que el hombre conoce el valor de las cosas esta vida. Y es sólo por el contraste en con esta miseria fundamental, que uno comprende como todo cuanto queremos aquí, en esta vida, es poco, y que la grandeza de otro destino nos espera.

La “civilización” moderna tiene pavor al luto porque en el fondo, tiene miedo de morir. Y por eso no quiere el luto.

Nosotros debemos encarar la muerte con serenidad, con grandeza, inclusive en lo que ella tiene de aflictivo y de tremendo.

Existe una miseria grandiosa de la muerte, por donde uno podría decir lo siguiente: el ser inteligente, capaz de morir, capaz de pasar por tan gran catástrofe, tiene una tal capacidad de grandeza, que ciertamente otra vida y otro destino lo esperan. Y en eso entonces, comprender bien toda nuestra grandeza.

Es el momento de rezar por los difuntos y de meditar unos instantes sobre la muerte.  Rezar por las almas del purgatorio por las cuales debemos incluirlas en nuestras oraciones.

Esta es la lección que los muertos nos dan y que la muerte nos da. Es una lección de profundidad, una lección de fuerza de alma, una lección de coraje, una lección de grandeza, que es incomparable.

Antiguamente había reportajes que describían la muerte de alguna persona, y decían: “por fin, expiró y la majestad de la muerte revistió sus trazos”. Era una idea muy bonita.

Recemos por las almas del Purgatorio que más estén más abandonadas y olvidadas, por las cuales nadie reza; almas que tal vez tengan mil años que cumplir todavía, en el fuego, etc. y que nadie reza por ellas. Recemos por ellas y pidámosles que nos obtengan la comprensión, el amor y el entusiasmo por todas las sombras con que la muerte enriquece la estética del Universo y los panoramas verdaderos de la vida humana.


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