El día que Nuestro Señor ofició Él mismo la Santa Misa

Santa Gertrudis

Presentamos el hermosísimo texto de la experiencia mística que tubo Santa Gertrudis de la Santa Misa oficiada por Nuestro Señor. Lo que leerás, amigo lector, es la realidad de la gloria y regocijo que hay en el Cielo cuando en la tierra se oficia el Santo Sacrificio. Es la esplendorosa gloria y alabanza que el Hijo, Sumo y Eterno Sacerdote, junto a todos los Santos y Coros angélicos, da al Padre Eterno. La misma gloria y alabanza que Cristo da en la tierra en cada altar del Santo Sacrificio cargando con Su Bendita Cruz.

Mientras en la Santa Misa de la tierra tiene lugar el Santo Sacrificio expiatorio de Nuestro Señor, en el Cielo tiene lugar la Santa Misa de Nuestro Señor glorioso y triunfante.

Nadie puede quedar indiferente a lo que se relata en esta experiencia mística, todo lo contario, es motivo para avivar la fe en el misterio y tesoro más grande que el Salvador ha dejado a Su Iglesia.

Nuestra santa fe católica está sostenida, avivada, alimentada, por el Santo Sacrificio de la Misa. Y cuando éste queda oscurecido, la fe se resiente notablemente. Cuando el Santo Sacrificio no es reconocido en el altar, cuando queda desfigurado, cuando no ultrajado y negado, entonces la fe entra en desconcierto y el alma agoniza en desesperación por no saber dónde está la fe que era su vida y alimento.

No hay ni puede haber mayor mal en la Iglesia y en cada una de las almas, que el Santo Sacrificio de la Misa mal oficiado, mal vivido, mal entendido. No hay ni habrá mayores males en la Iglesia y en las almas que la caricatura de la Santa Misa convertida en “algo” que no sea la vivencia de la amarga pasión de Nuestro Señor Jesucristo. El Calvario y la Misa. Esta es la realidad.

Las miradas han de dirigirse siempre al Santo Sacrificio, pues aquí está la solución a cualquier problema en la Iglesia y en sus miembros. Si la fe se cuestiona es porque ya mucho antes se cuestionó la Santa Misa como Sacrificio. Si los sacerdotes no viven con santidad  su sacerdocio es que porque ya no sienten ni viven  en el altar la agonía de Cristo en el Huerto de los Olivos, los flagelos atado a la columna, las caídas llevando la pesada cruz, los clavos atravesando Su Sacratísima Carne. Ya no se preparan, ante cada Misa, para vivir la Pasión de Nuestro Señor.

Y si los fieles no encuentras pastores que les guíen en la verdad del  Santo Sacrificio de la Misa, serán espectadores de una acción que contemplan sin que en su corazón quede dolorido por los propios pecados, lleno de temor de Dios por no ofenderle más y rebosante de gozo por la Bondad y Misericordia infinita por lo que el mismísimo Dios, Uno Trino, ha hecho por cada uno de nosotros: la Obra redentora en el Verbo Encarnado.

No vivir la Santa Misa como el Sacrificio del Calvario es no entender, ni comprender, ni valorar la presencia de la Santísima Virgen corredentora en ella.

Ave María Purísima

EXHORTACIÓN A OÍR LA MISA CON DEVOCIÓN

«En domingo de Gaudete, cuando Santa Gertrudis se preparaba para comulgar en la primera Misa, que comienza con el Rorate, se quejó a Nuestro Señor de que no podía oír la Misa; pero Nuestro Señor, que se compadece de los afligidos, la consoló, diciéndole: ¿Amada mía, deseas que Yo diga la Misa para ti? Así pues, ella, completamente extasiada, dijo: “Oh, Amado de mi alma, lo deseo verdaderamente, y yo, ardientemente te suplico que me concedas ese favor”. Al instante, el Señor entonó el Gaudete in Dómino semper –Gozaos siempre en el Señor-, con Coro de Santos, para incitar a esta alma a alabar a Dios y alegrarse en el Señor; y cuando Él se sentó en Su Trono Real, Santa Gertrudis se echó a Sus Pies y los abrazó. Luego Él cantó el Kyrie Eléison en voz alta y clara, mientras dos de los príncipes del Coro de los Tronos tomaron su alma y la llevaron delante de Dios Padre, donde permaneció postrada.

Al primer Kyrie Eléison, Él le concedió la remisión de todos los pecados que ella había cometido por causa de su fragilidad humana, después de lo cual, lo Ángeles la levantaron quedando ella arrodillada. Al segundo Kyrie Eléison, Él le perdonó sus pecados de ignorancia, y fue alzada por estos príncipes, de modo que quedó de pie delante de Dios. A continuación dos Ángeles del Coro de los Querubines la llevaron al Hijo de Dios, quien la recibió con extraordinaria ternura. Al primer Christe Eléison, los Santos ofrecieron a Nuestro Señor todas las dulzuras de los afectos humanos, devolviéndoselos a Él, por ser Él su fuente; y hubo un maravilloso influjo de Dios dentro del alma de Santa Gertrudis, y del alma de ella dentro de Dios, de modo que durante las notas descendentes, las inefables delicias del Corazón Divino fluyeron dentro de ella, y durante las notas ascendentes, las alegrías del alma de ella fluyeron de vuelta hacia Dios. Al segundo Christe Eléison, el Hijo de Dios extendió Sus Manos y le otorgó a ella todos los frutos de la Santísima Vida y de las enseñanzas de Nuestro Señor.

Después de esto, dos Ángeles del Coro de los Serafines le presentaron al Espíritu Santo, quien penetró las tres potencias del alma. Al primer Kyrie Eléison, Él iluminó el entendimiento de ella con la gloriosa Luz de la Sabiduría Divina, para que pudiera conocer siempre Su Divina Voluntad con perfección. Al segundo Kyrie Eléison, Él fortaleció la parte irascible del alma de ella, para resistir todas las maquinaciones de sus enemigos y para vencer todo mal. Al último Kyrie Eléison, Él inflamó el amor de ella para que pudiera amar a Dios con todo su corazón, con toda su alma y con todas sus fuerzas. Fue por esta razón por lo que el Coro de los Serafines, que es el orden más elevado de las huestes celestiales, la presentó al Espíritu Santo, que es la tercera Persona de la Santísima Trinidad; y por lo que los Tronos la presentaron a Dios Padre, manifestando que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo don un solo Dios, iguales en Gloria, coetáneos en Majestad, Trinidad perfecta, que vive y reina por los siglos de los siglos.

 Posteriormente, el Hijo de Dios se levantó de Su Trono Real, y, volviéndose a Dios Padre, entonó el Gloria in excelsis Deo- Gloria a Dios en las alturas- con una voz sonora y clara. A la palabra Gloria, Él ensalzó la inmensa e incomprensible Omnipotencia de Dios Padre; a las palabras in excelsis, alabó Su profunda Sabiduría; a la palabra Deo, honró la inestimable e indescriptible dulzura del Espíritu Santo. Inmediatamente toda la Corte Celestial continuó con voz armoniosísima: Et in terra pax homníbus bonæ voluntatis – Y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad-. Santa Gertrudis, meditando sobre su propia bajeza, se sentó a los Pies de Nuestro Señor que había vuelto a sentarse en Su Trono, y Él se inclinó amorosamente hacia ella; ella se levantó y se quedó de pie delante de Él mientras el Divino Esplendor le iluminaba en todo su ser. Y dos Ángeles del Coro de los Tronos trajeron un trono magníficamente adornado, que colocaron delante de Nuestro Señor; dos príncipes del Coro de los Serafines instalaron en él a Santa Gertrudis, y la sostuvieron desde ambos lados, mientras dos del Coro de los Querubines estaban de pie delante de ella sosteniendo antorchas luminosas.; y así permaneció ella delante de su Amado, ataviada con vestiduras reales de púrpura. Cuando las Huestes Celestiales llegaron a las palabras Dómine Deus, Rex Cælestis – Señor Dios, Rey celestial-, se detuvieron, y el Hijo de Dios continuó solo cantando para el Honor y Gloria de Su Padre.

A la conclusión del Gloria in excelsis, el Señor Jesús, que es nuestro verdadero Sumo Sacerdote y Pontífice, se volvió hacia Santa Gertrudis diciéndole: Dominus vobiscum, dilecta –que el Señor esté contigo, amada; y ella respondió: Et spíritus meus Tecum, prædilecte – Y queda mi espíritu Contigo, oh mi Amado. En ese momento ella se inclinó hacia el Señor para darle las gracias por Su Amor, al haber unido el espíritu d ella a la Divinidad de Él, que tiene sus delicias en los hijos de los hombres. El Señor, entonces, leyó la oración Collecta, Deus qui hanc sacratíssimam noctem – Dios que en esta sacratísima noche-, que Él concluyó con las palabras: Per Iesum Christum Filium Tuum –Por Jesucristo Hijo Tuyo-; como si estuviera dando gracias a Dios Padre por haber iluminado el alma de Santa Gertrudis, cuya insignificancia estaba indicadas por la palabra noctem –noche-, que fue llamada sacratíssima porque ella había sido maravillosamente ennoblecida por el conocimiento de su propia bajeza.

Acto seguido, el evangelista San Juan se levantó y se quedó de pies entre Dios y el alma de ella. Estaba adornado con un ornamento amarillo cubierto con águilas doradas. Comenzó con la Epístola, Haec est sponsa – Esta es la esposa-, y la Corte Celestial concluyó: Ipsi Gloria in sæcula – A Él la gloria por siempre-. Luego todos cantaron el Gradual Specie tua –Con tu gracia-, añadiendo el versículo Audi fília et vide- -Escucha hija y mira-. Acto seguido comenzaron el Alleluya. San Pablo, el gran Doctor de la Iglesia, señaló a Santa Gertrudis, diciendo: Æmulor enim vos –Yo estoy celosos de ti (2 Co 11, 2); y el Coro Celestial cantó el himno: Filæ Sion exultent – Que se alegre el Monte Sion. A las palabras, Dum non consentiret -Mientras no seas del mismo parecer-Santa Gertrudis que ella había sido un poco negligente en resistir las tentaciones, y se cubrió el rostro avergonzada; pero el Señor, que no podía soportar el ver la confusión de su casta reina, cubrió su negligencia con un  collar de oro, por lo que ella apareció como si hubiera ganado una gloriosa victoria sobre todos los enemigos.

Enseguida otro Evangelista comenzó el Evangelio, Exultavit Dóminus Iesus, y estas palabras conmovieron el Corazón de Jesús tan profundamente que Él se levantó, y extendiendo Sus Manos, exclamó en voz alta: Confiteor tibi, Pater, manifestando la misma acción de gracias y gratitud hacia Su Padre, que cuando Él pronunció estas mismas palabras en la tierra, dando gracias especialmente por las gracias derramadas sobre esta alma. Después del Evangelio el Señor quiso que Santa Gertrudis hiciera una pública confesión de fe recitando el Credo en nombre de toda la Iglesia. Cuando terminó, el Coro cantó el Ofertorio, Dómine Deus, in simplicitate – Dios y Señor, con sencillez de corazón- añadiendo Sanctificavit Moyses. Al momento, el Corazón de Jesús apareció como un altar dorado que brillaba con resplandor maravilloso, sobre el cual, los  Ángeles Custodios ofrecieron las buenas obras y oraciones de sus custodiados. Y los Santos se acercaron y cada uno ofreció sus méritos para la eterna alabanza de Dios y para la salvación de Santa Gertrudis. Los príncipes angélicos que estaban encargados de la Santa, se acercaron a continuación y ofrecieron un cáliz de oro, que contenía todas las pruebas y aflicciones que ella había soportado, tanto en el cuerpo como en el alma desde su infancia; y el Señor bendijo el cáliz con el Signo de la Cruz, como el sacerdote lo bendice antes de la Consagración.

Ahora Él entonó las palabras, Sursum Corda, y todos los Santos fueron llamados hacia delante, y ofrecieron sus corazones en forma de pepitas de oro en el dorado altar del Divino Corazón; y de lo que rebosaba del  cáliz que Nuestro Señor había consagrado por medio de su bendición, recibieron algunas gotas para incrementar sus méritos, gloria y eterna bienaventuranza.

El Hijo de Dios, entonces, cantó el Gratias agamus, para la gloria y honor de Su Eterno Padre. En el Prefacio, Él permaneció en silencio durante una hora tras las palabras Per Iesum Christum, mientras que la huestes celestiales cantaban el Dóminum nostrum con inefable júbilo, declarando que Él era Su  Creador, Redentor, y el Re-compensador de todas las buenas obras de ellos; y que sólo Él merecía el honor, la gloria, la alabanza y la exaltación, el poder y el dominio de todas y sobre todas las criaturas. A las palabras Laudant Angeli, todos los espíritus angélicos corrieron de acá para allá excitando a los habitantes del Cielo a cantar las Divinas alabanzas. A las palabras Adórant Dominatiónes, el Coro de las Dominaciones se arrodilló para dorar a Nuestro Señor, declarando que sólo ante Él debía doblarse toda rodilla, tanto en el Cielo, como en la tierra y bajo de la tierra. A las palabras Tremunt Potestátes, las Potestades de postraron ante Él para declarar que sólo Él debería ser adorado; y a las palabras Caæli cælorúnque, ellos alabaron a Dios junto con todos los coros Angélicos.

Después todas las huestes celestiales cantaron al unísono en harmonioso concierto  el Cum quibus et nostras voces, y la Virgen María, la esplendorosa  Rosa del Cielo, que es la más santa sobre todas las criaturas, cantó el  Sanctus, sanctus, sanctus, ensalzando con la más grande gratitud, por medio de estas tres palabras, la incomprensible Omnipotencia, la inescrutable Sabiduría y la inefable Bondad de la Santísima Trinidad, incitando a todos los coros celestiales a alabar a Dios por haberla hecho a Ella[Virgen María] la más poderosa después del Padre, la más sabia después del Hijo y la más buena después del Espíritu Santo. Los Santos, después, continuaron con el Dóminus Deus Sabaoth. Cuando todo esto terminó, Santa Gertrudis vio a Nuestro Señor levantarse de Su real  trono y presentar Su Sagrado Corazón a Su Padre, elevándolo con Sus propias Manos, e inmolándolo de forma inefable por toda la Iglesia. En ese preciso momento, la campana sonó en la iglesia para la Elevación de la Hostia, pareciendo como si Nuestro Señor hiciera en el Cielo los que los sacerdotes hacen en la tierra; pero la Santa  ignoraba completamente lo que estaba pasando en la iglesia o qué hora era.

Como ella continuaba extasiada por tantas maravillas, Nuestro Señor le dijo que recitara el Pater Noster. Cuando concluyó, Él lo aceptó recibiéndolo de ella concediendo a todos los Santos y Ángeles, por consideración a ella, completar lo que nunca llevaron a cabo por la salvación de la Iglesia y de las Almas del Purgatorio. Después Él  le sugirió a ella rezar por la Iglesia, por todos en general y por cada uno en particular, lo que ella hizo con gran fervor; y el Señor unió su oración a las que Él mismo ofreció cuando estaba en carne mortal, para que fueran aplicadas a la Iglesia Universal.

En esto ella exclamó: Pero, Señor, ¿cuando comulgaré? Y Nuestro Señor, Él Mismo, se dio en Comunión  a ella con un amor y ternura que ningún ser humano podría describir, de modo que ella recibió el fruto perfecto de Su preciosísimo Cuerpo y Sangre.  Después de esto, Él cantó un canto de amor para ella, declarándole que si esta unión con Él hubiera sido el único fruto de Sus penas, sufrimientos y Pasión, se hubiera sentido plenamente satisfecho. ¡Oh inestimable dulzura de la Divina condescendencia, que se regocija de tal modo con los corazones humanos, hasta el punto de considerar Su unión con ellos suficiente compensación por todas las amarguras de su Pasión! Y más aún, ¡qué es lo que no le deberíamos a Él aunque sólo hubiera derramado por nosotros una sola gota de Su preciosa Sangre!

Posteriormente Nuestro señor cantó Gaudete justi, y todos los Santos se regocijaron con Santa Gertrudis. Luego Nuestro Señor dijo en nombre de la Iglesia militante: Refecti sibo, etc…Por último, saludó amorosamente a todos los Santos, diciendo, Dóminus vobiscum, y en ese instante se incrementó la gloria y el gozo de todos los Santos. Entonces los Santos y Ángeles cantaron el Ite Missa est, el Te decet laus et honor, Dómine, para la gloria y alabanza para la resplandeciente y siempre apacible Trinidad. El Hijo de Dios extendió Su Real Mano y bendijo a la Santa, diciendo: “Yo te bendigo, oh hija de la luz eterna, con esta bendición especial, concediéndote este favor, que siempre que desees hacer el bien a cualquiera de tu especial aprecio, ellas serán tan beneficiadas con respecto a otras como lo fue Jacob respecto a Esaú cuando recibió la bendición de su padre”

Querido lector, si Nuestro Señor te hubiera favorecido, aunque sólo hubiera sido una vez, con esta visión, ¡cuán extraordinaria no sería tu devoción al oír la Misa! ¡Ha!, querido lector, nuestra visión debe ser nuestra fe; la fe es la mejor de todas las visiones porque no está sujeta a ninguna ilusión. A la luz de una fe viva verás en cada Misa las maravillas de la Divina Omnipotencia, Sabiduría y Bondad que Santa Gertrudis vio». (Fr. Michael Muller, CSSR, The Blessed Eucharist: Our greatest treasure. Veritatis splendor publications. 2013).


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