El Dios de las Batallas

“Hermanando la pluma con la espada, gastando en la escritura y en el estudio los pequeños descansos de un agitado batallar, libramos tanto en los campos como en la prensa nuestras más viriles batallas” (Francisco Franco)

En 1957 se celebró por todo lo alto, como correspondía, el cuarto centenario de la batalla de San Quintín, de tan trascendental importancia no sólo para el entonces gran imperio español y su monarca, Felipe II recién asumida sus responsabilidades tras la abdicación de su padre, el emperador Carlos V, sino también para toda Europa.

La batalla de San Quintín

Los encargados por el Patrimonio Artístico Nacional de organizar los actos decidieron publicar un gran y magnífico libro de arte descriptivo del Escorial, en el que además e las maravillosas ilustraciones y fotografía se incluyeran artículos de reconocidos y renombrados especialistas sobre el tema. El consejero gerente de entonces de Patrimonio, Fuertes de Villavicencio, por indicación de carrero, quien a su vez la había acogido del Marqués de Lozoya, que conocía lo puesto que estaba Franco en dicha batalla, le propuso al Generalísimo que escribiera un estudio sobre ella que, lógicamente, encabezaría el libro. El Caudillo aceptó.

Del magnífico análisis que desde varios puntos de vista contiene dicho estudio, el cual aconsejamos vivamente leer, transcribimos los siguientes párrafos por su trascendencia que rebasa con creces cualquiera de los múltiples conceptos que Franco vuelca en él. Que ustedes lo disfruten.

“Séame permitido, con este motivo, que antes de entrar en el campo de la crítica histórica, (…), hacer una pequeña digresión para recordar, aunque muy someramente, lo que podríamos llamar teología de las batallas. Existe, sí, el Dios de las Batallas. Sobre la intención y la voluntad de los hombres preside siempre la voluntad de Dios, que otorga la victoria y reparte las derrotas. Dios no suele abandonar las causas justas ni a los que de buena fe le sirven. Si con ese espíritu teológico nos adentrásemos a escrutar los acontecimientos guerreros que constituyen hitos en la marcha del mundo, encontraremos fácilmente la justificación de los designios de la voluntad divina. Así lo reconoce el Almirante Coligny en sus memorias al relatar los pormenores de la defensa de la plaza de San Quintín, cuando dice: “La voluntad de Dios, la cual es siempre buena, santa y razonable; que no hace nada sin justa ocasión, de la cual, sin embargo, yo no sé la causa, la cual, si yo indago, es para más pronto humillarme delante de Él, conformándome con su voluntad”. Dignas y cristianas palabras del que fue llamado por los historiadores “el héroe de la mala fortuna”.

Existe tan poco espacio entre la victoria y la derrota, las circunstancias del azar son tan cambiantes…, la batalla mejor dirigida y victoriosa puede torcerse y cambiarse por sucesos sobrevenidos incontrolables que nadie puede restar seguro si la voluntad de Dios no se inclina a su lado.

Aunque muchos no lo crean, la victoria hay que merecerla, y si aplicamos este módulo teológico a la batalla de San Quintín y prescindimos de las características de los capitanes y de las cualidades extraordinarias de las tropas, que es en lo que suelen fundamentarse los críticos, encontramos que también en este orden superior era justa la victoria para las armas de Felipe II y para los ejércitos españoles.

Nos encontramos en el siglo de la plenitud de los servicios de España a la causa de nuestra fe católica. Las tropas españolas pelean en América por la extensión del Evangelio. Su amor a la paz ha sido sancionado por la tregua de Vaucelles, firmada por Carlos V y Francisco I, que había de ser rota por el Convenio secreto que conviene el rey Enrique II, sucesor de Francisco, y Paulo IV. Felipe es todo religiosidad, ponderación y prudencia; Enrique lo contrario: el abandono, la imprudencia y la impetuosidad. España combate por la unidad de la fe; en Francia, bajo Enrique, ésta se pierde y se disgrega. El propio fin de Enrique II invita a meditación: el Condestable Montmorency le saca un ojo con su lanza en un torneo, produciéndole la muerte. Mas descendamos de la altura a la tierra, a examinar los hechos que están a nuestro alcance, el análisis crítico de las personas y de los acontecimientos. Son los principales personajes por parte española, con Felipe II, Filiberto de Saboya y el Conde Egmont, general de su Caballería, con varios generales y jefes expertos y acreditados en la guerra.

Felipe II da, al enfrentarse con esta primera de sus batallas, un magnífico ejemplo de su amor a la paz, de su sabiduría y de su prudencia. Era la época de los Reyes Caudillos, de la nobleza de las armas (…) nada más natural que el hijo de Carlos V y biznieto de Fernando el Católico se hubiese dejado arrastrar por la emulación y tomar el mando directo de los ejércitos; (…) pero pudo más en su ánimo la responsabilidad y el deber, que la noble emulación de la ambición y la fama. Comprendió que su empresa era de mucho mayor alcance y envergadura que la de jugarse su prestigio y el de la nación en un encuentro con los franceses, y dejó la responsabilidad de la batalla a quienes correspondía: a sus generales.

Hermoso ejemplo para aquellos políticos que en los tiempos contemporáneos sacrificaron sus naciones a la vanidad y ambición de dirigir personalmente sus ejércitos. Su modestia era tanta, que cuentan los cronistas de la época, que cuando el Duque de Saboya se acercó al Rey Felipe a darle cuenta de la gran victoria e intentó besarle la mano, éste le tendió los brazos y le dijo: “Más bien me toca a mí besar la vuestras, que han ganado una victoria tan gloriosa y que tan poca sangre ha costado”.

Era el Duque de Saboya (…) Amante de la responsabilidad, ducho en fortificación y muy experto en maquinaria de guerra, quien va a ejercer el mando directo de las tropas. En el Conde de Egmont se dan aquellas cualidades ideales (…) A su vista de águila y corazón de león une aquella otra cualidad de saber discurrir y resolver en lo álgido de la batalla. (…).

Por parte francesa se nos presenta a la cabeza el Condestable de Montmorency, que aunque diestro y valeroso, los historiadores le acusan de vanidoso, poseído de sí mismo, sordo al consejo, desdeñoso de la opinión ajena, imprudente y sin reflexión. Graves defectos para un conductor. (…).

(…) La mayoría de los críticos de la batalla encarecen la maestría con que el de Saboya utiliza los reconocimientos y la sorpresa, y la inocencia con que el francés prescinde de estos indispensables medios. Destaca de la batalla la sensibilidad que el Duque de saboya acusa al tomar la decisión de su maniobra de envolvimiento para consumar la derrota de su adversario. (…) El que envuelve se coloca en situación de envuelto. La maniobra no admite vacilación; la operación no tiene vuelta. (…) Son tantas, a pesar de todo las circunstancias que pueden ponerla en peligro, que es necesario la seguridad y la confianza plenas y, como antes decíamos, sobre ellas la protección de Dios, en el que siempre queda la decisión de la victoria.

Algunos críticos lamentan que al tener abierto el camino hacia París, no se hubiera explotado la victoria hasta conquistar la capital. (…) La prudencia mandaba no llevar la explotación fuera del campo táctico; por eso la ocupación de Chatelet, Ham, Noyon, que se rematan con la nueva victoria de Gravelinas, (…) que lleva a la conclusión del Tratado de Cateau-Cambrésis, que nos dio la paz que necesitábamos y que duró todo el reinado de Felipe II.

La moderación en la explotación de su victoria acredita a Felipe II como buen gobernante; su objetivo es la paz y así, cuando da la noticia al Duque de Alba de su gran victoria, le encomienda aprovecharla para hacer las paces con el Papa en la forma más conveniente para ambos, implorando en su nombre su perdón, dando fin de este modo al problema de su conciencia, de haberse visto enfrentado, contra su voluntad, con el Pontífice. (…)”.

Y ahora una pregunta: ¿no ven en este relato del propio Franco un compendio de su forma de hacer la guerra y de cómo gobernó en la paz?


2 respuestas a «El Dios de las Batallas»

  1. EL CAUDILLO fue un gran gobernante, un gran estadista, y un gran escritor.
    No fue, en cambio, un politicastro al uso, de esos que tanto abundan en la Ex España actual, y que sólo piensan en lo que sus electores quieren oír…

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