El divorcio, verdadero trauma que azota a la familia

Suáarez felicitado tras la aprobación de la ley de divorcio

En 1981 Suárez bajo la norma de “No podemos impedir que los matrimonios se rompan, pero sí podemos impedir el sufrimiento de los matrimonios rotos”, se enfrentó a la Iglesia Católica y al rechazo descomunal de los democristianos de la UCD y promovió la Ley del divorcio en España, y a pesar de ser una de las más progresistas de Europa, Rodríguez Zapatero la modernizó en el 2005, suprimiendo las causas legales, dejando como único requisito exigido para pedir el divorcio el que hubiesen transcurrido al menos tres meses desde la separación efectiva. Y con esta nueva ley si se produce de mutuo acuerdo entre los cónyuges, una vez redactado un convenio regulador para regir el divorcio que se le conoce como divorcio exprés, en el que ya no se necesita una separación de hecho judicial para llevar a cabo el divorcio.

¿Qué consecuencias ha dejado esta ley durante estos casi cuatro lustros? Que los matrimonios se han roto y no se ha impedido su sufrimiento, sino que se ha agravado, al ser, no solo ellos sus propias víctimas del divorcio, sino sobre todo sus hijos, las víctimas de la más digna de lástima por ser la más inocente. Entre el hijo y el divorcio hay un antagonismo íntimo. Y nada demuestra tan evidentemente el carácter antinatural del divorcio cuanto esta incompatibilidad absoluta con la razón de ser primordial de la familia.

El primer efecto del divorcio es la tendencia a eliminar la prole. La prole que en el orden natural es el fin del matrimonio, en el régimen divorcista es siempre un riesgo, mañana tal vez un obstáculo, más tarde un remordimiento.

Efectivamente, tenemos en España una grave crisis de natalidad que, verdaderamente, es anterior a la reintroducción del divorcio, y cuya etiología resulta muy compleja, pero que la práctica del divorcio coadyuva, sin duda, agrava. No es ilógico suponer que los cónyuges que no están convencidos de la estabilidad de su matrimonio eliminen, o reduzcan, la prole.

Este efecto desastroso el divorcio afecta a todas las familias, desarticulándolas; se extiende a toda la institución, que hiere de muerte, haciéndola incapaz de cumplir su suprema razón de ser. La esterilidad no resulta sólo del divorcio en acto, sino de su simple posibilidad. Cuanto más fácil se hace el divorcio, tanto mayor se hace la esterilidad del matrimonio.

El divorcio por su propia naturaleza tiende a multiplicar los hogares sin hijos. Hogares sin hijos tienden más fácilmente al divorcio. Los hijos generados, son las víctimas dolorosas del divorcio. Para ellos, es la ruptura irreparable del propio hogar. Las piedras fundamentales del edificio que era su casa, son dislocadas por el divorcio para entrar en la construcción de nuevas casas donde ellos serán extraños, y en donde echaran de menos la pérdida de uno de los padres, participaran del enfrentamiento de los padres y la disminución de sus funciones de paternidad.

Es conveniente recordar que la educación de los hijos requiere la presencia constante de ambos padres, aunque, en razón a la edad y al sexo de aquéllos, el menor precise unas veces la compañía de su padre y otras la de su madre; ambos debieran estar disponibles en todo momento para su hijo, sin que tal disponibilidad pueda suplirse con unas reguladas y periódicas visitas, cada vez más distanciadas, ni por la posibilidad de localizarlo telefónicamente. Amén de que por anomalías en su desarrollo los resultados escolares de los niños y adultos de padres divorciados son de inferior y de mas baja puntuación que la de los similares en familias intactas.

Y en ello tiene gran influencia cuando el divorcio de los padres ocurre siendo los hijos menores, sus primeras reacciones son de temor y de una profunda sensación de tristeza y de pérdida, conmoción e infelicidad, particularmente en el período de la ruptura y en el inmediatamente posterior. La mayor parte de ellos sienten una gran soledad, desconcierto e ira hacia sus padres, sentimientos que siguen siendo muy poderosos décadas después.

No hemos de olvidad que los dos polos en torno de los cuales gira toda la obra educativa en la familia, son la autoridad paterna y la piedad filial, sentimientos naturales y correlativos, convergentes para la unidad del mismo resultado.

Por otra parte, las consecuencias del divorcio también afectan seriamente el desarrollo social de los hijos, ya que se fracturan las redes de apoyo social con las que contaban hasta entonces. debiendo los niños reubicarse en un barrio nuevo y en una escuela distinta, con la consiguiente pérdida de sus relaciones con sus iguales y con las actividades hasta entonces habituales, viéndose obligados a realizar un muy costoso esfuerzo adaptativo a esos nuevos contextos. Junto a estas circunstancias, en el hogar se encuentran con unas funciones paternales seriamente disminuidas, justo en el momento en el que necesitan más que nunca de un entorno estable y sensible, para desarrollar su personalidad tanto fuera como dentro de la «familia». Con frecuencia, los cambios consecuentes a la separación obligan a algunos de los hijos a asumir una serie de responsabilidades dentro del hogar, como, por ejemplo, hacer de cuidadores de los hermanos más pequeños, o, incluso, a tener que proteger a un padre o a una madre emocionalmente necesitados. Esta eventualidad puede ser motivo de orgullo para el niño e incluso favorecer el desarrollo del sentimiento de compasión y de responsabilidad moral, pero, si la situación es prolongada, el precio que han de pagar es muy alto, pues pierden la ocasión de disfrutar de los privilegios de la infancia y de la adolescencia, así como de importantes aspectos de su desarrollo social.

En discordancia con sus pares de «familias» unidas, los hijos de divorciados, juegan menos, participan poco en actividades extraescolares y no se implican mucho en programas de enriquecimiento escolar o vacacional. Estas diferencias se deben, además de a la generalizada situación de precariedad económica que suelen tener estas «familias», a la menor disponibilidad de los padres para llevar a los hijos a estos tipos de acontecimientos, y, más frecuentemente, al cambio de vecindario y escuela habituales, así como a causa de las interrupciones a que obliga el cumplimiento del régimen de visitas del padre no custodio

Por todo lo comentado hasta ahora, se puede afirmar que la gran mayoría de los hijos de padres divorciados no tienen una infancia feliz. Pero, es más, la añoranza de los jóvenes después de haber perdido esas oportunidades de disfrutar de su infancia, continúa décadas después, como es de sobra conocido.

¿Qué hace el divorcio de la autoridad paterna? Para afirmar la propia estima en el alma del hijo cada uno de los que otrora se amaron y hoy se odian, se esforzará por convencerlos de la propia inocencia, o sea, de la culpabilidad del otro. El padre disminuirá insensiblemente en el corazón del pequeño la veneración a su madre; ésta irá demoliendo progresivamente el respeto al padre. Y he aquí arruinada la insustituible acción formadora de la autoridad paterna.

A estas decadencias graduales de la autoridad doméstica corresponde en el alma del niño la atrofia progresiva del sentimiento más poderoso en la obra educadora: la piedad filial. El hijo va comprendiendo que él no bastó al corazón de sus padres. Después de haber fracasado en una primera tentativa de felicidad conyugal, ellos quisieron recomenzar sus ensayos amorosos. A esta reconstrucción se oponían los derechos de la nueva existencia por ellos creada: el padre y la madre, egoístas, pasaron por encima de estos derechos, que inmolaron sin piedad a su individualismo.

El divorcio produce en el niño un daño psicológico y moral gravísimo, porque efectivamente cuando en estos niños, que son el futuro de un pueblo. todavía está presente el lógico desequilibrio emocional del padre o de la madre tras el divorcio, puede exacerbar los problemas entre ellos en lugar de servir de apoyo mutuo.

Por cualquier aspecto que se encare la cuestión, físico, económico, moral, el hijo será siempre una víctima del egoísmo de sus padres.

Por ello mismo nos preguntamos: ¿Cuáles son las consecuencias sociales que produce la pérdida de la piedad filial? Privando a los hijos del tesoro de los afectos domésticos, indispensables a su formación, el divorcio no prepara a los hombres a la vida de familia. A su vez, individuos criados en un ambiente de odios y egoísmos, serán mañana inadaptados para la construcción de nuevos hogares. De este modo, de generación en generación, la familia va perdiendo su estabilidad, su grandeza, el valor insustituible de su eficacia moral y educativa.

Un último apunte, y aunque carezco de datos exactos sobre el número de menores afectados en instituciones del Estado que han sido objeto de manipulación sexual, creo que es también de gravísima consideración preguntarse, en el momento actual sobre la desnaturalización gubernamental de esta prole y su daño psicológico.

El mal está hecho y consumado. Valoren ustedes la situación de los cónyuges, de los hijos sin olvidar los efectos económicos y sobre todo los psicológicos causados por esta ruptura, que es el verdadero trauma que azota a la familia y que avanza sin atisbo de solución.


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