El dogma del infierno como signo de intolerancia  

Explica usted enseguida el sistema que tan en gracia le ha caído y que consiste en considerar el dogma del infierno como una fórmula en que se expresa el pensamiento de intolerancia que preside a las doctrinas y conducta de la Iglesia católica. Permítame usted que transcriba sus propias palabras, que de esta suerte no mediará el peligro de una mala inteligencia: «Ya se ve: se quería sujetar el entendimiento y el corazón del hombre ciñéndolos con un aro de hierro; faltaba en los hu­manos los medios de realizado, y ha sido preciso hacer inter­venir la justicia de Dios. ¿No se podría sospechar que los ministros de la Religión católica, quizá más engañados que engañadores, han apelado al recurso común entre los poetas de desenlazar una situación complicada llamando en su auxi­lio a algún Dios, o hablando en términos literarios, emplean­do la máquina? Mucho me engaño si en la pretendida justicia de un Dios inexorable no se trasluce el sacerdote católico con su terquedad inflexible.» Algo duro se muestra usted, mi esti­mado amigo, en el pasaje que acabo de insertar, y por más sorpresa que le hayan de causar mis palabras me atrevo a decide que lejos de en contra de filosófico como acostumbra, le hallo aquí primero inexacto, y después ligero en demasía. Inexacto, porque supone que el dogma de la eternidad de las penas pertenece exclusivamente a los católicos, cuando le profesan también los protestantes; ligero, porque ha preten­dido convertir en expresión del pensamiento dominante en el cristianismo un hecho creído generalmente por el linaje hu­mano.

El prurito, tan común en nuestra época hasta entre los escritores de primera nota, de señalar una razón filosófica fundada en una observación nueva y picante le ha extraviado a usted de una manera lastimosa, haciéndole perder de vista por un momento 10 que ignoran cuantos saben medianamente la historia. En resumen, quería usted significar que esto era una invención de los sacerdotes cristianos, bien que salvando su buena fe, con suponerlos víctimas de una ilusión; pero, ¿cómo ha podido olvidar que siglos antes de aparecer el cris­tianismo estaba la creencia del infierno generalmente exten­dida y arraigada?

Algo satírico está usted con los «buenos frailes que se com­placen en asustar a niños y mujeres con las horrendas des­cripciones de tormentos fraguados en imaginaciones descom­puestas y groseras, y que difícilmente puede soportar sin reírse o sin fastidiarse un hombre de sana razón y de buen gusto». Bien se conoce que quiere usted hacer pagar caros a los po­bres predicadores los ratos que le llevaba al sermón su buena madre, y que sin duda hubiera empleado de mejor gana en sus juegos y entretenimientos; pero, sea dicho sin ánimo de ofender y únicamente en defensa de la verdad, da usted aquí un solemne tropiezo, en que sólo puede consolarle el tener muchos compañeros de infortunio, entre los que se proponen burlarse con demasiada ligereza de los dogmas y prácticas de nuestra religión.

Usted se ríe de las exageraciones de los frailes en esta materia, que se le hacen insoportables por descabelladas y de mal gusto; pues bien, yo le emplazo a usted a que me cite la descripción entre las que le parezca más descabellada entre las que haya oído de boca de un predicador, y me obligo a presentarle otra sobre el mismo objeto que no le irá en zaga a la primera, ni en lo feo, ni en lo extravagante, ni en lo horri­ble. ¿Y sabe usted de quién serán esas descripciones y ras­gos? Nada menos que de Virgilio, de Dante, de Tasso, de Milton. No advertía usted que a la espalda del buen capuchi­no a quien tan despiadadamente acometía usted tropezaba con una reserva tan respetable en materias de razón y de buen gusto. A veces la precipitación en el juzgar nos es más daño­sa que la misma ignorancia. Sucédenos a menudo que des­preciamos una expresión, en odio o desprecio de la persona que la dice, expresión que nos pareciera admirable si la oyé­semos en boca de otro que nos inspirase más respeto. Por esto decía graciosamente Montaigne que se divertía en sem­brar en sus escritos las sentencias de filósofos graves sin nom­brarlos, con la mira de que sus lectores críticos, creyendo habérselas sólo con Montaigne, injuriasen a Séneca y dieran de narices sobre Plutarco.

No es fácil decir a punto fijo la variedad de horrores del infierno, pero lo cierto es que así cristianos como gentiles han convenido en mostrárnoslo con espantosos colores. Virgilio no era ni fraile, ni predicador, ni cristiano, ni escaseaba de buen gusto, y, sin embargo, difícil es reunir más horrores de los que nos presenta, no sólo en el infierno, sino ya en el camino.


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