El enterramiento de Pedro Maldonado

Escudo de los Maldonado. Capilla talavera. Catedral antigua de Salamanca

La represión que siguió al fin de la Guerra de las Comunidades fue verdaderamente cruel con los líderes del movimiento comunero. Alcanzó, no ya a sus, familias, que también, sino a los bienes, distinciones, cargos y otras prebendas, las tuvieran o no, llegando a ser humillante con la sepultura y lugar de enterramiento de sus principales líderes. En mi anterior artículo me referí a Juan de Padilla, muy probablemente, enterrado, conforme a acuerdos pactados,  en el monasterio jerónimo de la localidad vallisoletana de La Mejorada. Sin embargo, el paso del tiempo, las desamortizaciones y las nuevas explotaciones vitivinícolas borraron, de manera lamentable, el lugar donde rendirle recuerdo. Es ciertamente muy triste.

Sentencia y condena de Pedro Maldonado

El único del que se tiene absoluta certeza de la localización de su sepultura es Pedro Maldonado Pimentel, primo de Francisco, señor de Babilafuente. Su suerte, como la de los demás, quedó certificada por el Edicto de Worms (17 de diciembre de 1520), pero no fue ajusticiado en Villalar, lo sería más tarde, probablemente el 14 de agosto de 1522, cuando el Consejo Real lo juzgaba y condenaba a la pena capital, en juicio celebrado en la ciudad de Palencia en agosto del mismo año. Se encontraba preso en la fortaleza de Simancas. Sus delitos de Lesa Majestad –los más graves que se pudieran cometer- ya habían sido reconocidos en el edicto del emperador, en él se le reconocía como regidor y capitán de las milicias salmantinas. En aquella jornada, de infausto recuerdo para la familia Maldonado, salió de la fortaleza vallisoletana, montado en una mula y encadenado, precedido del pregonero que cantaba a viva voz sus notorios delitos, como ya había ocurrido en Villalar, siendo conducido a la Plaza Mayor de Simancas para proceder a su degüello. La herramienta utilizada, según cuentan las fuentes al respecto, fue un afilado cuchillo.

Pendón de las milicias salmantinas en la batalla de Villalar

En un primer momento, su cuerpo se enterró en la iglesia de El Salvador, en la misma localidad del ajusticiamiento. Con posterioridad, Juana Pimentel –su madre- consiguió la autorización real para trasladar sus restos a la Catedral Vieja de Salamanca. Corría el mes de marzo de 1526. Allí tendría el definitivo descanso en el panteón familiar, en la capilla de Talavera que, en sus inicios, sería llamada de El Salvador y que ejercía, previamente, como sala capitular para la reunión de los canónigos del Cabildo de la Catedral. Su construcción data, aproximadamente, de 1180. Con posterioridad, sería comprada por Rodrigo Arias Maldonado, un hombre eminente y de notable distinción social. Era el abuelo de Francisco y Pedro, regidor de Salamanca, catedrático de Vísperas de la universidad charra y miembro del Consejo de los Reyes Católicos, entre otras innumerables distinciones y labores diplomáticas. Era señor de Babilafuente, Ayedidllo y Bezuela. Un hombre notabilísimo pues y de probada lealtad a la corona de Castilla.

Escudo de los Maldonado en la Casa de las Conchas

En la capilla, convertida en panteón familiar, ondea el pendón que las milicias salmantinas portaban en la batalla de Villalar y que, hoy, puede contemplarse en la magnífica exposición que se viene celebrando con motivo del V Centenario de la Guerra de las Comunidades en Valladolid. Una magnífica muestra que, bajo el título “Comuneros: quinientos años”, se exhibe en el vestíbulo de la sede de las actuales Cortes Regionales de Castilla y León.

Armas de los Maldonado y Pimentel

Pedro Maldonado Pimentel (1490-1522) salvó inicialmente su vida tras ser capturado en Villalar. Su condición de sobrino del conde- II duque de Benavente, IV conde de Mayorga, señor de Allariz, Milmanda y Arroyo del Puerco, adelantado mayor de León y comendador de Castrotorafe  de la Orden de Santiago, Alonso de Pimentel y Pacheco, consiguió convencer a los cortesanos, virreyes y regente de Castilla, Adriano de Utrecht, de que le respetaran la vida, señalando su personal condición e incuestionable lealtad a Carlos I. Sin embargo, los notables del reino exigirían a cambio, de manera inexcusable, que su lugar en el patíbulo fuese ocupado por su primo, Francisco, también capitán salmantino. De esta manera, quien subiría al cadalso el 24 de abril de 1521, no sería Pedro. ¿Qué hubiese ocurrido de ser salvado Francisco? Pues sencillamente lo mismo. Uno y otro estaban sentenciados, solo faltaba poner fecha a su condena. Nada habría cambiado un destino ya puesto por escrito.

Casa de los Maldonado

El conde-duque de Benavente siempre pensó en que la clemencia y el perdón del emperador alcanzasen a su sobrino, y por esta inocente convicción, no quiso atreverse a participar en una posible huida durante el traslado del reo a Simancas. Hizo lo humanamente imposible para lograrlo de una manera legítima, solicitándolo con reiteración al rey. Pero el monarca no estaba dispuesto a dar señales de debilidad a su regreso a España, tenía claro que el escarmiento y la mano dura era la mejor medicina para los culpables y, de manera evidente, para intimidar a futuribles vasallos llamados a un levantamiento contra su todopoderoso soberano.

En 1523, todavía la represalia pesaba sobre él y sobre los suyos, pese a estar muerto. La villa de Babilafuente, que le perteneció en vida, sería vendida por el fisco real sin miramientos. Su jurisdicción, la renta de pan y maravedís y otras cosas, sus vasallos y la martiniega –el impuesto más antiguo cobrado el día de san Martín en los territorios de la Corona de Castilla- fueron parte del lote expropiado.

Las palabras de Manuel Giménez Fernández (1896-1968),  político y catedrático de Derecho Canónico de la Universidad de Sevilla, fueron explícitas al respecto de Pedro Maldonado Pimentel: “(…) por haberse sentido más nieto de letrado que sobrino de caballero (…)”, en clara referencia a su irrenunciable condición comunera.


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