El espíritu del cuerpo de la Legión Española

Las unidades militares tienen cuerpo y alma. El espíritu militar de un cuerpo castrense equivale a su moral de victoria o voluntad de vencer, es el alma de la unidad. La orgánica, armamento y equipos forman el cuerpo, que sin alma sería un conjunto inerme. La moral tiene un efecto multiplicador sobre la potencia de combate.

El espíritu militar se sustenta fundamentalmente en los valores de patriotismo, disciplina voluntariamente asumida, valor, abnegación, compañerismo y, en consecuencia, el orgullo de pertenecer a la unidad en la que se sirve.

La doctrina militar española define el espíritu de cuerpo, como «la disposición de una fuerte cohesión interna obtenida por la vida y adiestramiento en común, facilitando la confianza en los jefes, el entendimiento mutuo y la unidad de esfuerzo». Definición válida para una empresa civil, equipo deportivo o una orquesta. Pero, estimamos insuficiente para las unidades militares, por ser exclusivamente materialista y por las razones anteriormente expuestas.

El teniente coronel José Millán-Astray, fundador del Tercio de Extranjeros, le supo insuflar desde el primer momento un peculiar y enardecido espíritu militar. Igualmente, Franco, el que con su manifiesta eficacia táctica lo forjó en el campo de batalla, proporcionando al Tercio prestigio, autoestima y cohesión, por lo que alguna lo considera cofundador.

Es indudable que, si el fundador hubiera sido otro jefe el espíritu de La Legión y su estilo militar de vida hubieran sido diferentes. Más buenos o más malos, pero diferentes. El Ejército español, por eso, siempre ha considerado como fundador al primer jefe militar de una unidad de nueva creación.

La Legión inicialmente se denominó Tercio de Extranjeros. Porque se ideó como fuerza de choque de tropa mayoritariamente extranjera. Por consiguiente, la virtud patriótica no era adecuada para este tipo de recluta, aunque seguía siendo imprescindible para sus mandos, sobre todo en jefes y oficiales.

Millán-Astray tuvo que cambiar el patriotismo, como referencia moral para la tropa, por unos principios éticos, más propios del espíritu guerrero que del militar (espíritus de combate y de acudir al fuego) y con el espíritu de compañerismo fortaleció la cohesión interna.

El espíritu de Cuerpo de La Legión lo potenció con una serie disposiciones y normas, como fueron la promoción interna independiente del resto de las fuerzas armadas, que culminó con la Academia de Formación de Mandos Legionarios, de eficiente y corta vida. También, impulsó la imagen de un cuerpo militar diferente y diferenciado, con el Credo Legionario, singulares canciones, culto a los caídos, demostraciones externas de disciplina, uniformidad, paso de desfile, mantener vivo su historial del que se sienten herederos, etc.

El fracaso de la recluta extranjera, nutrió el Tercio de Extranjeros de españoles, por lo que pasó a llamarse Tercio de Marruecos (1925) y, posteriormente, Legión Española (1937). En consecuencia, se recuperó el patriotismo como uno de sus valores esenciales.

Este cambio de reclutamiento y consecuente nacionalización de los legionarios no requirió cambios en el ideario y espíritu de Cuerpo, que siguieron aferrados a sus tradiciones fundacionales.

La Legión es la única unidad militar española actual que ha mantenido durante más de cien años, su idiosincrasia fundacional.

La Legión estuvo organizada originalmente a base de banderas (unidades tipo batallón), después encuadradas en unidades tipo regimiento (llamadas legiones o tercios) y por último también ha incluido una brigada de Infantería. Además, han estado de guarnición en muchos lugares muy distanciados y nunca han dependido, táctica ni orgánicamente, de un mando único. Sin embargo, han sabido mantener el mismo espíritu de Cuerpo.

El alférez provisional Cavero, en su libro «Con la Segunda Bandera en el frente de Aragón» (Zaragoza 1938), supo reflejar la causa de la singularidad legionaria:

“Cuando se hizo el relevo comparamos nuestras fuerzas con las de la compañía de Infantería a la que relevábamos, ellos eran doscientos y nosotros ciento diez. A nosotros nos daba igual y ellos lo encontraban natural.

– Es que ustedes… – decían.

Y la frase quedaba cortada, flotando en el aire, como un elogio a nuestro valor, que se sobreentendía”

Y al fin y al cabo, nosotros éramos lo mismo que ello: los oficiales y muchísimos quintos entre la tropa. Pero algo inmaterial, tal vez un soplo vivificante de Millán Astray, flotaba en nuestros banderines”

El espíritu de unidad, particularmente de las fuerzas especiales, ha sido muchas veces denostado, por aquellos que desconocen el alma del soldado, en aras de la uniformidad como panacea absoluta. Porque no alcanzan a comprender el valor que tiene como estímulo entre las unidades, especialmente de aquellas que, por sus misiones, deben tener una preparación y unas disponibilidades más exigentes.

Además, tratar de tener todas las unidades militares con el mismo nivel de disponibilidad, equipamiento y adiestramiento va contra los principios de economía de medios y dosificación de esfuerzos.

Es paradójico que muchos de los que recelan del espíritu de cuerpo sean exacerbados defensores del espíritu de su Arma, desde posturas corporativistas, egoístas y disgregadoras.

Para Eldebate


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