El globalismo anticristiano

Gran parte de la población española percibe los ataques izquierdistas al cristianismo como si tuvieran la intención de resucitar la guerra civil y, no termina de entender que, las demoliciones de las instituciones cristianas puestas en marcha, por los gobiernos de Felipe González, las altas jerarquías del clero moderno desde el Concilio Vaticano II, Zapatero, el gobierno de Sánchez, los comunistas, los liberales, etc., se destinan a un fin mucho más inquietante, que consiste en erradicar el cristianismo de la faz de la tierra.

La profanación de la sepultura del cadáver de Franco en el Valle de los Caídos, efectuada por el gobierno Sánchez en octubre de 2019, su exhumación y subsiguiente inhumación en el cementerio del Pardo y, la continua amenaza de derribar la cruz más alta del mundo, ambos atentados vistos conjuntamente, a pesar de estar en línea con sus ansias de dar un giro final al resultado de la guerra del 36-39, van más allá de este propósito.

Esa mal llamada Guerra Civil, fue debida a la resistencia, efectuada por gran parte del pueblo español y parte de su ejército, frente al genocidio causado por el comunismo contra la Iglesia y la población católica.

De hecho, la característica fundamental del general Franco expuesta en cualquier biografía fidedigna, fue su ejemplar cristianismo. Obviamente este dato no se menciona en ninguna de las leyes de memoria histórica ni de memoria democrática.

En EEUU y otros países de América, en el siglo XXI, se derriban estatuas de las figuras más relevantes implicadas en el descubrimiento y la evangelización cristiana de sus poblaciones efectuada por los españoles, y muy especialmente por San Junípero Serra, franciscano español (1713-1784), fundador de nueve misiones en California.

En muchos países en Asia y África se persigue a los cristianos, a nivel muy alto o extremo, a razón de 2 de cada 5 cristianos en Asia y 1 de cada 5 en África, y, en Sudamérica, a razón de 1 de cada 15.[i] En síntesis, el cristianismo está siendo exterminado en pleno siglo XXI.

La cuestión es ¿por qué? ¿Tan importante es ser cristiano?

Cuanto más avanza y más se acelera el complejo cambio radical que se impone sobre las poblaciones de Occidente (y más que en ninguna otra sobre la española), nos vamos percatando de la destrucción metafísica de la realidad, del ser, de la verdad y del bien. Se trata de un ensañamiento contra las creencias reales que cimentaron nuestra cultura, a las que pretenden sustituir por una variedad de irrealidades, tan absurdas,  que están cada vez más cerca de ocasionar una grave psicopatología colectiva por vaciamiento de realidad.

Es tan brutal lo que está ocurriendo que no queda otra opción que cotejar, estas intensas formas de irrealidad, con aquel sistema de creencias que levantó nuestra civilización y que desde el inicio de la era moderna quieren destruir.

El problema que se plantea y que es necesario resolver consiste en analizar, el monto de realidad que portaba el sistema de creencias tradicionales, en comparación con el que nos ofrece el sistema ideológico que tratan de imponernos.

¿Era más real el sistema de ideas y creencias del cristianismo de lo que se nos ha dado a entender desde las revoluciones francesa y americana del siglo XVIII?

¿Era ese sistema más real que el sistema contemporáneo de conocimientos y creencias?

El asunto es tan grave que, de confirmarse que fuera así, que el cristianismo (en su enorme amplitud conceptual, metafísica, sociológica, histórica, religiosa y política), era un sistema de creencias muy superior en términos de verdad a la actual ideología y, también, en sus dimensiones más útiles para las poblaciones constituidas por él, deberíamos revisarlo en toda su extensión y profundidad, lo cual abre un enorme campo de trabajo, desde su dimensión paradigmática hasta los aspectos más propios de salvaguarda de la vida y de la salud mental del ser humano.

No obstante, ya hay multitud de autores que están trabajando en este campo y que están aportando pruebas incuestionables de la vinculación entre cristianismo y realidad. Además, es tan grotesca la comparación, de la modernidad/posmodernidad con el cristianismo, que casi cualquier evidencia, de la enorme cantidad que existen, sitúa a la época en la que estamos viviendo en un grado ínfimo y miserable de realidad, lo cual apunta a la destrucción de la propiedad más significativa del ser humano como “animal de realidad” en términos de Xavier Zubiri.

El cristiano era y sigue siendo (para aquellas minorías que todavía tienen esa constitución antropológica) un ser extremadamente formado en términos de su realismo constituyente y de su existencia verdadera.

El subjetivismo, el racionalismo, el empirismo, el materialismo, el hedonismo, el liberalismo, el escepticismo, el positivismo, el marxismo, el capitalismo y tantas otras invenciones originadas en los variados protestantismos o derivadas de ellos, surgieron, en gran medida, como  modalidades de ataque “intelectual” con una finalidad común que fue la destrucción del cristianismo.

De hecho, cuando uno se ve a sí mismo siendo subjetivo, racionalista, empirista, materialista, hedonista, liberal al estilo de John Locke o David Hume, escéptico, positivista, marxista, capitalista, etc., lo más probable es que su autoestima se vea hecha añicos ya que caerá en la cuenta de que se encuentra diluido en la más absoluta irrealidad. Es decir, nada.

Ahora bien, como expuse en el artículo publicado en este mismo blog, ¿En qué época estamos viviendo? las cuatro eras de nuestra civilización occidental, estarían más claras de ordenarse en los siguientes términos: 1. Pre-cristiana; 2. Cristiana; 3. Anti-cristiana y 4. Atea. Esta última, en una forma de ateísmo tan violento, que hay autores que la denominan como “Anti-Dios”.

Son, sin duda, más esclarecedoras que las que se emplean habitualmente: 1. Antigua; 2. Media;  3. Moderna;  y 4. Contemporánea. (Clasificación debida al historiador alemán Cellarius en la era moderna).

No obstante, también se debería considerar, como una mejor ordenación de las diferentes eras, la propuesta por Pío Moa[ii], denominadas: Edad de formación; Edad de supervivencia; Edad de estabilización; Edad de expansión; Edad de apogeo y Edad de decadencia.

El problema es que muy pocas personas cristianas católicas conocían suficientemente el cristianismo. Tal vez sus enemigos más encarnizados lo conocieran y lo conozcan mucho mejor.

Ni los que fuimos educados en él lo descubrimos más allá de sus rituales, costumbres o catecismos infantiles. Ahora bien, la atmósfera en la que nos formamos nos aportó una mentalidad que evidencia nuestra procedencia. Hay muchos cristianos que no saben que lo son.

Con esa minúscula formación, la mayoría no hemos tenido casi ninguna defensa intelectual frente a la leyenda negra contra la religión y cultura, católicas, que es todavía más intensa y peligrosa que la leyenda negra[iii] contra España.

A este respecto debemos decir que, si la leyenda negra se cebó y sigue cebándose contra España con una intensidad desconocida e incomparable a cualquier otra, en gran medida se ha debido a su constitución como nación cristiana por excelencia.

La era cristiana absorbió, una parte considerable del judaísmo, lo mejor de la cultura griega, lo bueno de la romana y, obviamente los evangelios cristianos. Todo lo cual, organizado, unido y depurado de posibles incoherencias, cristalizó en un enorme sistema de referencia de sabiduría, teórica y práctica, que fue exportado desde Roma  a gran parte del resto del mundo, con el esfuerzo titánico y enorme sacrificio de monjes misioneros.

Los misioneros, partiendo de Egipto, en unos ocho siglos cristianizaron Irlanda, Inglaterra, Flandes, Holanda, Baviera, Frisia, Hesse, Turingia, Germania, Sajonia, Escandinavia, Bulgaria, Rusia, Hungría, Bohemia, Polonia, las regiones del Báltico, etc., y, desde el comienzo del Imperio Español, llegaron a los territorios de ultramar expandiendo el cristianismo prácticamente por todo el mundo. Tal vez se pueda decir que la primera globalización fue la cristiana, si bien, con los pocos medios de comunicación, transporte y difusión con los que contaban, la enorme energía empleada en ese empeño denota una fortaleza de sus creencias que, a día de hoy, es difícil de imaginar.

Tales creencias les impulsaron a transmitir el espíritu cristiano de paz y amor universal, no solo mediante catequesis sino, sobre todo, con el buen ejemplo, la entrega de comida a los hambrientos, la cura de los enfermos, el refugio a quienes lo solicitaban, el rescate de los secuestrados (sobre todo por el Islam), etc. Todo esto y mucho más fue la era cristiana.

Resulta inadmisible que a esa Edad Media se la haya tildado de Edad de la Oscuridad por sus enemigos modernos.

Se entiende fácilmente que los protestantes de cualquier índole subjetiva odiaran el cristianismo tradicional que ahora se denomina catolicismo, tras la explosión de las sectas protestantes, que también se denominan, en mi opinión, erróneamente, “cristianas”.

También se puede comprender que el liberalismo al que accedió el protestantismo calvinista también odiara al cristianismo.

Además, también se entiende a la perfección el odio de las burguesías de la Revolución Francesa y posteriores hacia el cristianismo.

Y, por último, en esta cadena de odios, también se entiende que el comunismo (ya esbozado por Graco Babeuf en el primer manifiesto comunista[iv] publicado en plena Revolución Francesa y, también, por el giro dado hacia el comunismo por el clérigo insumergible Fouché[v]), el socialismo, el anarquismo y demás izquierdas de todo pelaje, odien el cristianismo.

Tanto odio, fundó los antecedentes de la destrucción de la Iglesia de Roma, sobre todo por medio de su infiltración[vi] y el posterior acceso al papado de los progresistas, Juan XXIII, Pablo VI y el actual Francisco.

Lo que no se entiende tan claramente o no se puede explicar de un modo tan inmediato es que, en plena actualidad, el cristianismo sea mayoritariamente despreciado por la población occidental.

Hasta tal punto se desprecia, que a muy pocos parece interesarle esa enorme cultura, compleja, exhaustiva y penetrante en la formación humana, que precedió a todo lo que vivimos desde la implantación del régimen progresista en Occidente.

Es obvio que, precisamente por ese desprecio, a casi nadie le interese conocer aquella cultura religiosa que dio lugar al mundo actual, desde el mismo momento en que se empezó a fabricar artificialmente mediante la inversión de todos los principios cristianos.

No obstante, el progreso y el progresismo no se refieren a una misma realidad. Mientras el progreso es la mejora en todos los ámbitos a los que se refiera, el progresismo es un término que se encuentra estrechamente vinculado a la modernidad. El cristianismo fue progreso, la modernidad progresismo, y el actual globalismo el fondo de la absoluta decadencia de nuestra civilización.

Carlos Valverde define la modernidad del siguiente modo:

«Se entiende por Modernidad… el proceso de secularización o laicización, es decir, la ruptura y el progresivo distanciamiento entre lo divino y lo humano, entre la revelación y la razón, o, si se prefiere, la lenta y sucesiva sustitución de los principios y valores cristianos, que habían dado unidad y sentido a los pueblos europeos durante al menos diez siglos, por los valores pretendidos por la razón pura.» (p. XIII)[vii]

De ahí se desprende que dicho cambio implica una era en la que prevalezca una concepción atea del mundo, y por lo tanto, se piensa equivocadamente que cuanto más ateos seamos, más habremos progresado, o viceversa.

Por otro lado, la razón pura es un concepto vacío de contenido, ya que todo razonamiento discurre a partir (y dentro) de un sistema de creencias, muchas de ellas indemostrables o no sujetas a esa misma razón. Debido a esto, hay muchos modos de razonar en dependencia directa del sistema de creencias en el que discurre.

La clave para distinguir tradición y modernidad no radica, por tanto en el peso de la razón (supuestamente menor en la tradición) frente al peso de las creencias, sino en que, en aquella, mayoritariamente se creía en Dios, y en ésta se destruye o intenta destruir dicha creencia.

El cristianismo filosófico, en su dimensión teórica, es uno de los enfoques sistemáticos menos conocido. Por regla general, solo los grandes teólogos de la historia cristiana y algunos filósofos católicos profundizaron en él y desentrañaron su intrínseca complejidad.

No obstante, su contenido fundamental, nunca formó parte de la predicación religiosa del cristianismo tradicional. Cuanto más se trataba de extender a grandes poblaciones, más superficialmente debía predicarse, lo cual implicaba, para la inmensa mayoría de cristianos, el reconocimiento del principio de autoridad de las jerarquías doctrinales.

Desde su principio fundamental, que es la admisión de un único Dios verdadero, el cual incluye la transmisión de la idea de Dios —que quizá sea la más difícil de aclarar de todas cuantas existen—, y, también, el término “verdadero” que se refiere a que dicha idea se refiere a una realidad, conexión necesaria para que el potencial creyente pueda creer efectivamente.

Ante dicha dificultad, el cristianismo trató de fundar la expansión de dicha creencia al situarla como el principio explicativo de las acciones excelentes de santos, beatos, mártires, predicadores, etc.

Personas cuyo heroísmo, firmeza, convicción, bondad y capacidad de sacrificio por la humanidad, eran grandes ejemplos de que dicha creencia era, necesariamente, verdadera, a la vista de la materialización de sus efectos en quienes se constituían, vivían y morían por ella.

Sin embargo esa dimensión personal no hubiera sido suficiente para la promoción de dicha creencia principal ya que, además, esas personas virtuosas, seguían una doctrina concreta, moral y ética, que, vista dentro de la historia, era una auténtica revolución frente al barbarismo precedente. De ahí que el cristianismo fundara una civilización nueva y un salto en el progreso de la humanidad.

Así, Dios creador del universo, había transmitido un logos por medio de Jesucristo que era congruente con su voluntad creadora, consistente en promover la armonía, la paz, la hermandad y el amor entre los hombres, siendo, además, todos iguales ante sus ojos, todo lo cual era una novedad imprevista e imprevisible.

De este sistema, perfectamente congruente, filosófico, sociológico, político y, sobre todo, metafísico, se podía inferir, sin grandes dificultades, su auténtica dimensión religiosa y, por tanto, la existencia de ese único Dios verdadero y, por supuesto, infinitamente bueno.

Por lo tanto, de la construcción del sistema de pensamiento cristiano, se derivaba una religión práctica que emanaba desde una dimensión divina y que incluía modos de trascendencia, no solo temporales sino entre todos los estratos de la realidad. Dios, la naturaleza, el hombre, el alma, el ser, la verdad, la vida, la sociedad, la conciencia, la política, etc. Sin ser perfecto, como todo lo humano, no estaba nada mal.

El cristianismo, por lo tanto, incluía la erradicación de múltiples errores pasados, presentes y futuros, siendo una doctrina completa para el ser humano, que ya no tenía que preocuparse ni por su vida ni por su muerte. Sentaba un optimismo insuperable, era puro progreso, formaba a las personas del mejor modo posible, unía a la humanidad sin distinciones de ningún tipo, etc., y, sobre todo procuraba situar a psicópatas y sociópatas, caciques y gerifaltes, abusadores y criminales, tiranos y estafadores, etc., en una posición muy inferior a la que previamente habían tenido.

El ser humano se liberaba de la esclavitud y el sometimiento, al que había sido sacrificado por todos aquellos que disfrutaban del poder, siempre conferido por la debilidad de sus propios súbditos. Dios estaba muy por encima de los tiranos. Creer en Él era la libertad.

No deja de ser curioso que la revolución más relevante que dio lugar al mundo contemporáneo, la Revolución Francesa, adoptara el lema de “igualdad, fraternidad y libertad”. Exactamente lo que estaba destruyendo al demoler el cristianismo. No se debe olvidar que el genocidio practicado por los revolucionarios burgueses o liberales se efectuó con el fin de destruir el cristianismo y las instituciones cristianas, políticas, religiosas y sociales, todo ello tachado como contrarrevolucionario.

Además, vale la pena que se eche una mirada al globalismo bajo la perspectiva de ese falso lema: se trata de su inversión manifiesta.

No obstante, si repasamos la historia, de Occidente, parte de Oriente Próximo y parte de América, siempre encontramos el mismo objetivo a destruir por quienes ambicionan el poder, que es el cristianismo, ya sean los revolucionarios internos o los enemigos externos.

El islamismo, el judaísmo, los herejes, los revolucionarios protestantes, los ilustrados, el liberalismo, el comunismo, el anarquismo, el socialismo, el nazismo, diversos nacionalismos, el progresismo, el globalismo, los Papas traidores (como Juan XXIII,  Pablo VI y  Francisco) etc.

De ahí que la cristiandad haya tenido que defenderse de tantísimos enemigos a lo largo de su historia[viii]. De hecho el poder parte de una condición irracional del sujeto que aspira a él, lo cual elimina toda racionalidad en su ejercicio y tiende a ser demoledor.

Ahora bien, es muy importante la distinción entre una religión y una ideología. Mientras el cristianismo es religión, la inmensa mayor parte de sus enemigos se apoyan en ideologías, la mayoría de las veces mutantes, con múltiples incoherencias, a lo largo de su devenir.

El poder, como en el caso paradigmático del marxismo, esgrime una ideología que parece sólida pero hemos visto como la cambia cuando le conviene a ese mismo poder.

Algo parecido se está haciendo en el Vaticano que revolucionó toda la dogmática cristiana de muchos siglos en el Concilio Vaticano II, emprendido con el Papa Juan XXIII y concluido en el papado de Pablo VI. Es obvio que dicho cambio se justificó como una adaptación a la modernidad, lo cual, en sí mismo, equivalía a la destrucción de la religión cristiana y su sustitución por otra cosa completamente opuesta, superficial, hipócrita, nauseabunda y mera ideología integrada en el globalismo.

La característica más relevante de las ideologías consiste en que se construyen contra algo. Son belicistas, no defensivas, sino agresivas. Contienen actitudes de odio hacia uno o más objetivos, ciertos o figurados, que son producto de juicios o prejuicios de valor que impregnan a esos objetivos de una malignidad muy intensa.

Primero, el poder declara que algo o alguien, es maligno. Luego esa malignidad activa actitudes de odio hacia el objeto de la misma. A continuación, se establece que esa entidad maligna es responsable de un enorme daño a la humanidad que no forma parte de ella, por lo cual se convierte en víctima, y, por último se pone en pie de guerra a esa parte de la humanidad, cuya condición de víctima legitima la utilización de cualquier medio para defenderse del agresor.

A dicho esquema se agrega una praxis revolucionaria proactiva para acceder a una nueva construcción sociológica ideal que sustituya al estado de cosas previo debido al sujeto malignado. La lógica que se aplica para llevar a cabo esa novedad sociológica conlleva, al menos, dos aplicaciones: la negación de cualquier validez de aquello que se quiere cambiar, y la inversión completa de todos los componentes que contuviera el sistema precedente.

De ahí se desprende que, lo que se quiere cambiar, es el mal absoluto y, lo que se quiere implantar es el absoluto bien.

Una vez fijado ese dualismo judicativo, la disposición revolucionaria elige los medios materiales para llevarlo a cabo.

En esa fase se produce la materialización de la revolución que consiste, ni más ni menos, en que todo vale para conseguir el objetivo revolucionario.

Se trata de la norma maquiavélica por la que «el fin justifica los medios», lo cual benigna cualquier acción que se haga fundada en el indiferentismo moral absoluto, lo que equivale a la supresión del bien y del mal. Cualquier acción es válida si con ella se sirve a la revolución y la consecución de sus últimos objetivos.

Es tan grande ese supuesto bien que se persigue y el supuesto mal que se destruye que cualquier medio que se emplee para conseguirlo, por atroz que sea, siempre será “mejor” que el supuesto mal que se destruye y el supuesto bien que se consigue al destruirlo.

De ese modo, las acciones revolucionarias sacrifican cualquier principio real, empezando por el principio de la verdad, y eliminando las nociones de bien y de mal al hacerlas depender de la subjetividad revolucionaria y por tanto, privándolas de su natural universalidad.

Los papeles que cumple una ideología como herramienta al servicio del poder son:

La justificación aparente de sus acciones y operaciones.

La eliminación del adversario.

El proselitismo político y la demagogia.

El control social.

La crítica destructiva de sistemas de creencias reales.

La privación social de realidad y la reproducción y ampliación de la irrealidad social.

El desarrollo y control de la tecnología en su mayor parte al servicio del poder.

La apropiación indebida de recursos económicos.

La demolición, mediante revoluciones, de culturas desarrolladas con fundamento real.

Su propia trascendencia y conservación intergeneracional.

Por lo tanto cualquier sistema de creencias y determinantes ideológicos es: 1) anti-real y 2) adversario de otros sistemas que organizan la misma población a la que quieren controlar.

Si analizáramos la construcción, aparte las ideologías evidentes, de algunas de las supuestas religiones y sectas más relevantes, seguramente llegaríamos a la conclusión de que, lejos de ser religiones, se trata de ideologías encubiertas envueltas en un halo de espiritualidad.

Hay multitud de movimientos históricos de extrema relevancia que se ciñen, en gran medida, a dicha noción de ideología: Las revoluciones protestantes, especialmente, el luteranismo y el calvinismo, el liberalismo, el comunismo, el nazismo, el anarquismo, los segregacionismos, el islamismo, etc.

Entre los hechos destacados, no debemos olvidar las revoluciones modernas, inglesa, americana y francesa, la bolchevique, la china de Mao, la independencia de las colonias británicas en Norteamérica, y de las provincias españolas de Centro y Sudamérica. Las guerras napoleónicas, y su invasión de España, etc. La lista resulta interminable.

Sustituir una religión por una ideología es una estafa descomunal que se le hace a una población creyente y, si esto se efectúa a nivel global, se trata de provocar una enorme decadencia, degeneración y debilitamiento de la humanidad en la medida en que sea engañada, corrompida, sobornada, esclavizada, chantajeada o destruida.

Su único freno es la defensa a ultranza de la realidad y, para quienes sean más o menos creyentes, la defensa a ultranza del cristianismo previo al año 1962. Tal vez deberíamos pensar en volver a llenar las iglesias y las catedrales antes de que sean voladas legalmente por alguna otra ampliación de las leyes de memoria histórica y democrática.

O tal vez esa voladura la tengan pensada, a modo de fuegos artificiales,  para el festejo de la ascensión al trono (emulando el circo que montó Robespierre)  el día del estreno del primer reinado plutocrático sobre lo que quede de humanidad.

Por último he de decir que la apología del cristianismo efectuada en el presente artículo no pretende encubrir, en absoluto, ninguna de las irregularidades, errores o pecados que hayan sido efectuados, por cualesquiera de las gentes y personas, que se hayan comportado mal dentro de la cristiandad, de muchos de los cuales somos conscientes. Esas, se trata de maldades dentro de un buen sistema, igual que hay bondades dentro de un sistema pésimo como es el que rige a día de hoy.

Para Carlo J. García Blog

[i] Datos de puertasabiertas.org
[ii] MOA, PÍO; Europa. Una introducción a su historia; La esfera de los libros; Madrid, 2016
[iii]  Al respecto, ver JUDERÍAS, JULIAN; La leyenda negra y la verdad histórica; Madrid, 1914
[iv] BABEUF, GRACCHUS; El manifiesto de los plebeyos y otros escritos; trad. Victoria Pujolar; Ediciones Godot; Buenos Aires, 2014
[v] ZWEIG, STEFAN; Fouché. Retrato de un hombre político; trad. Carlos Fortea; Random House Mondadori, S.A., Barcelona, 2003
[vi] DE LA CIERVA, RICARDO; La infiltración. La infiltración marxista y masónica en la Iglesia española y Universal del siglo XX; Editorial FENIX; Madrid, 2008
[vii] VALVERDE, CARLOS; Génesis, estructura y crisis de la modernidad; Biblioteca de Autores Cristianos; Madrid, 2011 (Seg. Ed.)
[viii] Como dijo Ramiro de Maeztu, “Ser es defenderse”.

5 respuestas a «El globalismo anticristiano»

  1. Brillante artículo, port cuya redacción felicito al autor, y a ustedes por su publicación.
    De lo mejor que he leído en los últimos tiempos.
    Ya vale de poner la otra mejilla. Los cristianos tenemos que rebelarnos contra este globalismo, que tiende a aniquilarnos, suprimir las religiones, «crear» o inventar una especie de religión universal, dónde el gran arquitecto, es decir, el jefe de la Masonería, diija la «nueva religión»…
    ¿Y que papel tendrá en ese engendro el OKUPA DEL VATICANO…?

  2. Excelente artículo. Y no solamente “el cristianismo es religión…”, sino que el cristianismo ES la religión verdadera, por ser la única revelada por el mismo Dios, la cual de forma completa y precisa se encuentra instituida en el catolicismo. Sin duda que en otras religiones hay parte de la Verdad, pero en ninguna de ellas se encuentra la explicación en forma coherente, consistente y congruente de todas y cada una de las preguntas esenciales de la vida. Y más aún, no solamente está la teoría, sino que además están los medios para alcanzar la salvación. Todo ello demuestra que se trata de la única religión verdadera.

  3. Brillantísimo y sumamente certero y atinado
    Enhorabuena al autor por el despliegue intelectual que nos proporciona armas para lucharen medio de este mundo hostil y borreguil

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