El hombre mediocre

En mi anterior artículo titulado “La otra pandemia: la de los mediócratas” definía el adjetivo mediocre procedente del latín “mediocris” (mediano, común, vulgar, ordinario…), que por muchos es considerado por un compuesto de “medius” (medio, intermedio, central) y “ocris” (montaña), así “mediocris” significaría en su origen el que queda a mitad de la montaña, es decir el que no está a la altura. Si bien es verdad la palabra mediocre se ha vulgarizado en tono despectivo y su significado según la Real Academia Española en su segunda acepción es la “de poco merito, tirado a malo”.

En este sentido mediocre indica algo o alguien que no presenta la calidad ni el valor que sea mínimamente aceptable para su entorno. Esto es, llana y sencillamente utilizar la palabra mediocre como sinónimo de: mezquino, mediano, vulgar y común… Por ejemplo, una persona mediocre en su trabajo es aquella que no cumple bien sus obligaciones, porque su mediocridad se debe más a la dedicación que le dedica a la tarea que a su capacidad intelectual.

La característica principal del mediocre es su apetencia de vivir en un mundo de negativismo autodestructivo proponiéndose conscientemente, contaminar la vida de los demás. Razón por la que actúa en la vida tomando decisiones ambiguas con el propósito de enturbiar al resto, por temor a perder el estatus que él mismo se rodea ante las personas de su entorno.

Por tanto, tener una mentalidad mediocre inexorablemente aboca a la mediocridad.

Y cabe preguntar: ¿Qué es peor ser mediocre o malo? Teniendo en cuenta que lo mediocre es peor que lo bueno, hay que atestiguar que también es peor que lo malo, porque la mediocridad no es un grado que pueda mejorar o empeorar, es una actitud insubstancial, sin chispa, lineal.

Lo más curioso es que al mediocre le parece ridículo todo lo que está encima de él, porque teme las cosas superiores. Al activista de la mediocridad le queda al actuar una preocupación: el miedo a comprometerse. El mediocre, en su temor de las cosas superiores, afirma amar ante todo el sentido común; sin embargo, no sabe qué es el sentido común. Pues por esas palabras entiende la negación de todo cuanto es grande.

Para los mediocres, la mediocridad es un arte. Un arte cuyo único objetivo es la supervivencia. Ya sea esta laboral, emocional o social.

Y es que, en el país de los ciegos, el tuerto es el rey. Una frase que hemos escuchado toda la vida y que representa el máximo exponente de la mediocridad. Porque en esta filosofía, el éxito reside en la habilidad de deshacerte de las personas que puedan delatar tus carencias, rodeándote, en cambio, de esas otras que las encubren.

Una de las características que identifica al mediocre es su facilidad para alegrarse ante la desgracia ajena. Esa es la razón por la que ese tipo de personas pasan más tiempo mirando hacia afuera que hacia adentro. Y también, del enorme éxito de muchas noticias sensacionalistas en las que se celebran los fracasos de los demás porque sirven para acallar los propios.

Al mediocre le agradan los escritores que no dicen ni sí ni no, sino todo lo contrario, esto es, que nada afirman y que tratan con respeto todas las opiniones contradictorias. Al tiempo que toda afirmación les parece insolente, pues excluye la proposición contraria. Pero si alguien es un poco amigo de los que le gusta y un poco enemigo de lo que disgusta, el mediocre lo considerará sabio y reservado, admirará su delicadeza de pensamiento y elogiará el talento de las transiciones y de los matices, siempre y cuando él escape a su censura.

Para ello y escapar de una censura intolerante, expulsará de su entorno a todos cuanto piensen sólidamente, refugiándose en su duda absoluta; y aún en tal caso, sería preciso no llamar a la duda por su nombre. Siempre que habla en público, el hombre mediocre dice que hay algo de bueno y de malo en todas las cosas, pero nunca mirando su interior, ya que es preciso no ser absoluto en su juicio, reservando los derechos de la opinión opuesta, con tintes de superponderancia tomando aires de decir alguna cosa y sin embargo no decir nada. añadiendo a cada frase una perífrasis azucarada de simple camaleón.

Si alguien afirma categóricamente la verdad, el mediocre lo acusará de exceso de confianza en sí mismo. Él, que tiene tanto orgullo, no sabe qué es el orgullo. Es modesto, orgulloso y dócil frente a Marx y rebelde contra la Iglesia. Su lema es el grito del capitán de David, Joab: “Soy audaz solamente contra Dios”.

¿Qué es lo que mejor se le da a una persona mediocre? Sencillamente, reconocer a otra persona mediocre. Juntas se organizarán para rascarse la espalda (o la chepa), se asegurarán de devolverse los favores e irán cimentando el poder de un clan que seguirá creciendo, ya que enseguida darán con la manera de atraer a sus semejantes. Lo que de verdad importa no es evitar la estupidez, sino adornarla con la apariencia del poder. Si la estupidez no se asemejase perfectamente al progreso nadie querría ser estúpido.

El gobierno progresista gestiona mediocridad y consiguientemente lo que obtiene no tiene por que ser menos mediocre, y ahí están los resultados que no pueden ir de mal en peor, porque quien dirige hoy en Estaña este cotarro es un mediocre medio inferior, que cumple a rajatabla la definición de lo que es la mediocridad, y lo refleja en sus continuos actos y fracasos. Y es que un “líder mediocre”, no solo no aportará nada a España, sino que nos llevará a algo peor.

El hombre mediocre, desgraciadamente, es así. Persona sin talento que ha adquirido un puesto de poder por un golpe de suerte o por estar arropado por gente de la misma catadura e igual de mediocres (ver el cuadro de honor de los ministros). Las personas mediocres se alían entre ellas, porque son de la misma calaña, y nunca dejarán que alguien no mediocre sea reconocido, y mucho menos aliarse con él, ya que su supuesta valía podría quedar en entredicho.

Es tan sumamente obtuso e incoherente que se siente cómodo ocultando sus defectos tras una actitud intencionada de aparente normalidad, que no permita entrever ni su incapacidad ni su incompetencia.

El hombre mediocre es un escollo para la sociedad. Realmente es una persona que intenta frenar el desarrollo del talento de los otros, rodeándose de personas peores que él, por eso es de vital importancia que no lidere un Gobierno, porque una nación liderada por un mediocre, que cumple a la perfección la definición de lo que es la mediocridad, reflejándola continuamente es sus acciones va camino del abismo, de la bancarrota, de la catástrofe, del desastre y de la hecatombe.

Una nación no fracasa y se va a pique por casualidad, sino porque está dirigida y gobernada por gente sin talento que eligen a gente más mediocre que ellos para sus equipos. En España la inteligencia y la virtud han quedado desalojadas de los centros de poder político, donde ahora impera la mediocridad, la vulgaridad, el egoísmo, la mentira y el odio. Y es que desengañémonos, desde que los mediocres nos dominan, los hombres y mujeres bien preparados no son admitidos en el poder porque su simple presencia ridiculizaría a las bandadas de mediocres e idiotas que nos gobiernan.

Estos mandamases anteponen siempre su mediocridad y su pueril endiosamiento a la interpretación de los deseos de los votantes, y el lugar de aceptar y ejercer lo prometido en las urnas, las interpretan en su exclusivo beneficio, confundiendo con descaro el interés general con su particular ambición.

La regla narcisista del círculo del hombre mediocre consiste en organizar su propia adulación, ya que cuanto más mediocre es más lisonja necesita, atrayéndose nuevas subespecies al gremio de aduladores y en demostrar adhesión por la vía del tráfico e intercambio de favores. De la adulación a la delación hay un paso milimétrico. También se provee de un jefe de “clá” para animar a sus palmeros. Otro instrumento de los que gustan gozar es las redes sociales, donde la memez cabe en una fotografía de Instagram, vaporeada por cientos de “me gusta” tan bastardos como insinceros y siempre patéticos. Y es que la mediocridad es un verdadero régimen que se promueve en la comunidad de mediocres, y lejos de ser contrarrestada, es vitoreada, porque la mediocridad es lo excelente para los mediocres.

Otro rasgo significativo del hombre mediocre es su parafernalia verborrea, es la voz parlera que utiliza programas prefabricados y que, tras estudios y tanteos frente al espejo, profieren como loro parlante con expresiones del tipo de altos estándares de gobernanza corporativa y valores de excelencia acomodaticia, ¿No han escuchado las homilías de los últimos sábados, hablando de la pandemia, de los brotes y muertes con un protagonismo de historias para no dormir? Eso sí, tomando aires de decir alguna cosa y no decir nada, porque está vacío, al tiempo que gesticula y mueve las manos con un postureo superpreparado para cada momento oportuno, destacando una mueca de sonrisa cada vez que miente.

Incido un poco más en lo mismo. Toda afirmación les parece insolente, pues excluye la proposición contraria. Y es que al mediocre le agradan los “no es no” y lo inverso. El jamás negociare con fulano por la mañana, pero si por la tarde. Perengano me quita el sueño excepto si me presta su almohada. La solución es el plan “A” para hoy, el “B” para mañana o el “C” para pasado (Y si esto dura, todo el abecedario). La disyuntiva es, se dice a sí mismo y a los demás, o coalición progresista o coalición progresista. La suma elevada de diputados es tan heterogénea que solamente pueden compartir mi “no”. Comprendo vuestra frustración, pero solamente gobernaré con una coalición progresista. La emergencia sanitaria y social generada por el coronavirus crea situaciones extraordinarias que necesitan recursos extraordinarios (Ahí están los 40.000 muertos) …

Estamos insertados en una encrucijada histórica, que es a la que nos ha conducido la mediocridad y de la que solo podremos salir superando el conformismo e inspirándonos en el grupo social y familiar que nos motiven a aventurarnos en el bien. Y sobre todo, jamás nos detengamos hasta cumplir nuestros objetivos. No nos conformemos con la mediocridad, con las migajas, vivamos con esfuerzo, para una superación personal hasta conseguir una autoestima fuerte. No nos conformemos con la medianía como lo hace el hombre mediocre. Aspiremos a algo excelente. Atrevámonos a tomar el camino menos transitado a pesar de los contratiempos y los riesgos que habremos de afrontar aprovechando cada instante que podamos para hacer algo nuevo y mejor. Y sobre todo evitemos escapar a cada situación que pueda salirse de nuestro control. Aprovechando cada instante que podamos para hacer algo superior. Y recordar que cuando sigamos los pasos de la mayoría no podremos esperar resultados distintos, porque la mediocridad engendra mediocridad.


2 respuestas a «El hombre mediocre»

  1. Excelente artículo de don José Luís Díez Jiménez…, como todos los suyos.
    Yo añadiría al justo calificativo de mediocres (mucas en realidad son bordilines, es decir, están e los límites de la subnormalidad), EL DE MALAS PERSONAS, GENOCIDAS, CORRUPTOS Y TRAIDORES.
    Rezo todos los dias para que reciban en este mundo la justicia humana, que luego ya les llegará la Dívina, de la que nada ni nadie puede sustraerse, cuándo les llegue su hora…

    1. Corrección de errores:
      * Donde dice mucas en realidad son bordilines, debe decir:
      MUCHOS EN REALIDAD SON BORDELINES, ES DECIR, ESTÁN EN LOS LÍMITES DE LA SUBNORMALIDAD.
      Pido disculpas por el fallo.

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