El hundimiento del C-5 rojo… mal que le pese a los de siempre

Robles

Nuestro colega en esta web, Bernal Díaz del Castillo, nos instruía y deleitaba hace unos días con el artículo “La Armada ha dejado de ser española”, a raíz del cual se ha levantado no poca polémica en la zona de comentarios. Pues bien, para los que rebuznan sin ofrecer argumentos en contra de lo que dice Bernal en su escrito, aquí va mi modesta aportación histórica sobre el caso, en la que queda, a mi parecer, bien claro, que los nacionales eran “nacionales” y los frentepopulistas “rojos”, mal que le pese a Margarita Robles y a todos los integrantes de la actual Marina que reniegan, porque no los defienden y menos con sus cargos, de los que fueron los mejores en todos los sentidos y de los cuales deberían tomar ejemplo y seguir su estela; claro que parece que para algunos, muchos, es más difícil jugarse el cargo que la vida.

Antecedentes.-

Lo primero que ha de tenerse en cuenta es que, debido a que los nacionales sólo poseerían puertos y bases en Galicia hasta la liberación de San Sebastián el 13 de Septiembre de 1936, todas las actuaciones de sus escasos buques de aguerra tuvieron por base las costas gallegas, y más en concreto El Ferrol, lo que implicó que dichas naves, por demás obsoletas, tuvieran que navegar más de 250 millas de ida y otras tantas de vuelta para cumplir las misiones asignadas, no teniendo desde Ribadeo hasta Francia puerto al que acogerse, con el correspondiente y considerable esfuerzo añadido para tripulaciones y navíos.

Almirante Cervera

La primera acción de la guerra la realizó el destructor Almirante Cervera el 28 de Julio de 1936 cuando puso rumbo a Gijón al objeto de apoyar la defensa de sus asediados cuarteles. El buque partió con 256 hombres cuando su platilla normal era de 629, mandados por quince Oficiales de los treinta que debería llevar. El día 29 sus cañones bombardearon las posiciones frentepopulistas (léase a partir de ahora: «rojas») que asediaban dichos cuarteles. Hasta el 21 de Agosto, fecha en la que cesó la defensa del Simancas, el navío español permaneció regularmente ante Gijón intentando con su artillería aliviar el cerco, acción que sólo se vio interrumpida en los momentos en los que tuvo que regresar a puerto para municionar o surtirse de combustible y víveres, así como cuando se le encomendaron algunas puntuales colaboraciones con las tropas que por tierra ya para esos momentos marchaban sobre San Sebastián; tanto frente a Gijón, como en los desplazamientos citados, no perdió oportunidad de interceptar los mercantes que se cruzaron en su camino, siendo por ello pionero en las misiones de bloqueo marítimo que en breve iban a caracterizar la guerra naval en el Cantábrico.

España

El 12 de Agosto se consiguió por fin hacer a la mar al acorazado España –cuyas calderas llevaban seis años sin encenderse, por lo que pronto dieron averías– y al destructor Velasco. El 15 de Agosto, el España realizaba su primera acción de guerra bombardeando con sus cañones menores de 101,6 mm el castillo de Santa Catalina en San Sebastián con resultados más que óptimos a pesar de la pobre condición de su sistema de tiro más que obsoleto.

El 16 de Agosto, al amanecer, en una acción por sorpresa de gran audacia, el Velasco entraba en el puerto de Bilbao y disparaba a corta distancia contra los depósitos de combustible situados en Santurce que saltaron por los aires provocando un incendio que acabaría consumiendo más de diez millones de litros de combustible. A toda máquina, sin dar tiempo a que las baterías de costa allí dispuestas pudieran reaccionar, el destructor abandonó el lugar dejando tras de sí un maremoto de estupor e impotencia. Durante los siguientes días tanto el España como el Velasco apoyaron con su fuego a las fuerzas nacionales que avanzaban por la costa hacia San Sebastián.

Cap. de Corbeta José Lara Dorda

Como respuesta a estas primeras acciones de los buques nacionales en aguas cantábricas, el Gobierno frentepopulista de Giral ordenó el traslado a dichas aguas desde el Mediterráneo de varios submarinos considerando que dicha arma sería suficiente para neutralizar las incipientes acciones enemigas, por lo que el 15 de Agosto partía desde Cartagena con rumbo al Cantábrico el submarino C-6 que, sin embargo, a los pocos días regresaría una vez que su comandante, el Cap. de Corbeta Romero Carnero, fuera destituido y detenido por el comité frentepopulista del buque acusado de traición después de que se cruzaran con el España y el Velasco sin realizar ni el más mínimo intento de torpedearlos. El 22 de Agosto partían desde el mismo puerto con rumbo a Bilbao, a donde llegarían el día 29, los submarinos C-3, C-4 y C-5 –este último al mando ya del Cap. de Corbeta José Lara Dorda firmísimo partidario de la causa nacional–, incorporándoseles a primeros de Septiembre el C-2 y el C-6. Sin embargo, todos ellos se limitarían a permanecer en dicho puerto sin llegar a entrar en acción gracias a los impedimentos técnicos –unos reales, pero la mayoría de las veces ficticios– que de toda clase interponían sus comandantes con riesgo muchas veces de sus vidas caso de ser notada su actitud, y también, todo hay que decirlo, a las pocas ganas de combatir que demostraban sus respectivas tripulaciones.

Verdía Jolí

Como jefe de la flotilla de submarinos se nombró al Cap. de Corbeta Verdía Joli, uno de los pocos oficiales de la Armada que se había puesto de manera entusiasta al servicio de la causa frentepopulista, si bien sólo por su desaforada ambición de mando y promoción personal –sin escrúpulo alguno sobre consideraciones ideológicas o patrióticas–, al considerar que en tal bando, al que daba como seguro vencedor, sus posibilidades de ascenso eran máximas. Dicho jefe moriría en Málaga en Enero de 1937 cuando circulaba por una de sus calles víctima de uno de los bombardeos de la aviación nacional. A pesar de su ánimo y deseos, Verdía no fue capaz de imprimir actividad a sus subordinados, contando siempre con la oposición de los comandantes de los submarinos, por lo que la única acción destacable de tales naves la llevó a cabo el propio Verdía al mando del C-4 en la noche del 31 de Agosto cuando consiguió lanzar un torpedo contra el España –mientras éste hacía fuego sobre el faro de Cabo Mayor–, el cual, sin embargo, y aunque impactó en el buque nacional, fracasó al no explosionar, al parecer porque había sido saboteado su mecanismo de ignición por un tripulante de dicho submarino afecto a la causa nacional. Debido a todo lo dicho a finales de Septiembre de 1936 el mando frentepopulista ordenó el regreso al Mediterráneo del C-3, C-4 y C-6, quedando en el Cantábrico el C-2 y C-5 aquejados por la más completa pasividad.

Surgió entonces de parte de los mandos frentepopulistas destacados en el Norte –así como entre sus dirigentes políticos, especialmente los separatistas– un clamor de quejas contra el Gobierno central por considerar que no les dedicaba la atención debida, que no se hacía nada por impedir la caída de San Sebastián, y aún menos por neutralizar las acciones de los buques nacionales en el Cantábrico.

Madrid estudió entonces las distintas posibilidades de ayuda que podía prestar a dicha zona llegando a la conclusión de que la única posible –dado el agobio que sufría en todos los frentes– era desplazar a sus costas algunas unidades navales desde el Mediterráneo con el doble objetivo, por un lado, de expulsar de tales aguas a las escasas unidades nacionales que por ellas patrullaban, por otro, conseguir con su presencia elevar la moral de sus combatientes en tierra actuando desde el mar en su apoyo.

Cap. de Corbeta Miguel Buiza

Cumpliendo tal orden, el 21 de Septiembre, sobre las 15:00 h., partían de Málaga el acorazado Jaime I –cuya escasa velocidad de 12 nudos ralentizaría la del resto de buques–, los cruceros Libertad y Miguel de Cervantes, y los destructores José Luis Díez, Escaño, Almirante Valdés, Lepanto, Almirante Antequera y Almirante Valdés –así como otros varios navíos auxiliares–, todos al mando del Cap. de Corbeta Miguel Buiza, a la sazón jefe de la Flota frentepopulista, mediocre oficial que contaba en su hoja de servicios con numerosos arrestos por ebriedad y escándalos públicos relacionados casi siempre con su afición a frecuentar burdeles, constando también un grave altercado con un capellán de la Armada e incluso un arresto por haber introducido un burro en un buque la noche anterior a la celebración de una parada naval. El día 25 por la mañana la flota llegaba al puerto del Musel en Gijón.

Cerciorados los nacionales de que buena parte de la flota enemiga se había trasladado al Cantábrico, Franco, de acuerdo con Mola, no dudaron en aprovechar la ocasión ordenando al Almirante Francisco Moreno, efe del Estado Mayor de la Armada nacional, que dos de las cuatro únicas unidades disponibles, los cruceros Almirante Cervera y Canarias, partieran de inmediato hacia el Estrecho a fin de aprovechar el relativo vacío creado en aquella zona; la misión que se les encomendaba era, ante todo, la de escoltar el paso de hombres y material desde África a la Península, cuestión que seguía siendo primordial y prioritaria. En cumplimiento de tales órdenes, ambos navíos zarparon desde El Ferrol en la noche del 27 de Septiembre.

La gran sorpresa fue que, en la oscuridad, los buques nacionales se cruzaron con el Almirante Ferrándiz que patrullaba por dicha zona, logrando apercibirse de su presencia a una distancia de unos 30.000 mts. Sin dudarlo un instante, los buques nacionales se aprestaron al combate y emprendieron la persecución del destructor enemigo que marchaba rumbo a Málaga abriendo fuego contra él a unos 17.000 metros de distancia logrando tocarle, así como también en andanadas siguientes, y hundirlo.

Canarias

Al tiempo que se desarrollaba el combate entre el Canarias y el Almirante Ferrándiz, el Almirante Cervera hacía lo propio con el destructor frentepopulista Gravina. Y es que al mismo tiempo que se divisaba al Ferrándiz, se avistaba también, todavía en la penumbra previa al amanecer y a la altura de Tánger, a dicho navío. Se daba el caso de que en el Gravina figuraban embarcados tres oficiales –Alféreces de Navío Caso Montaner (comandante del buque) y Fernández Segade, así como el jefe de máquinas Clemente Orozco–, forzados por los frentepopulistas a servir en el destructor a pesar de ser firmes partidarios de la causa nacional, los cuales venían procurando en todo instante provocar averías –mantenían desajustada la artillería al haber dejado en tierra elementos esenciales de su telemetría– y entorpecer en lo posible el buen funcionamiento del buque.

A las 05:48 h., cuando el crucero nacional se encontraba a tan sólo unos 6.000 metros de distancia del destructor enemigo, abrió fuego repetidamente contra él alcanzándole de inmediato provocando los consiguientes incendios. Ante ello, el comandante del Gravina convencía al comité frentepopulista del buque para que lo rindiera, llegándose por unos instantes a izar bandera blanca, la cual, sin embargo, fue arriada al poco al reaccionar parte de la marinería que forzó a los del comité a poner proa hacia Tánger. Aunque el Gravina disparó una salva con sus cañones de popa contra el Cervera, el tiro resultó del todo fallido debido a la mala disposición de los elementos necesarios gracias a los sabotajes ya descritos anteriormente. Así las cosas, y visto que les sería imposible entrar en Tánger al interponerse en su camino el Almirante Cervera, el comité ordenó poner rumbo a toda máquina hacia Casablanca. Una vez en dicho puerto, los Alféreces de Navío Caso y Fernández Segade, conseguirían pasarse gracias a la ayuda del cónsul nacional en dicha ciudad, mientras que el jefe de máquinas, al ser descubierto, fue asesinado por la tripulación del destructor.

La repercusión que los combates navales del 29 de Septiembre tuvieron en ambos bandos, así como a nivel internacional, fue extraordinaria como puede imaginarse, bien que en sentidos opuestos. Tras el hundimiento del Almirante Ferrándiz el mismo Prieto ordenaba la vuelta urgente desde el Cantábrico al Mediterráneo de los submarinos C-6, C-3 y C-4.

El hundimiento del C-5.-

Submarinos clase «C» en Málaga

La presencia de parte de la flota frentepopulista en el Cantábrico, como hemos visto, sí influyó, todo hay que decirlo, para que durante algunos días y ante su manifiesta inferioridad, tanto el acorazado España, como el destructor Velasco y los bous (pesqueros armados), no tuvieran más remedio que amarrar en puerto, haciéndolo los primeros en el de El Ferrol.

Como ha quedado reflejado, la sorprendente y audaz incursión de los dos buques nacionales en el Mediterráneo, así como su notable e inesperado éxito, causó honda preocupación en el bando frentepopulista, especialmente en sus mandos navales, pero también en el Gobierno. El 7 de Octubre, en una reunión al más alto nivel celebrada en Madrid –curiosamente sin presencia de mandos de la flota–, Indalecio Prieto, ministro de la Guerra, decidió el regreso inmediato de los buques del Cantábrico al Mediterráneo dejando en aquellas aguas sólo al destructor José Luis Díez, al torpedero Nº3 y a los submarinos C-2 y C-5.

Hay que señalar que la vuelta de la flota frentepopulista al Mediterráneo se hizo buscando más su propia seguridad que perseguir a la enemiga para destruirla, y ello a pesar de contar con amplísima superioridad. Sorprendentemente, y en contra de lo que debía ser su único y primordial objetivo, el mando naval frentepopulista adoptaría de inmediato una estrategia pasiva y cobarde. Lo anterior no puede decirse de otra forma pues, en vez de buscar a los navíos nacionales, huirían de Málaga –ciudad que durante el otoño comenzó a sentir la presión de las tropas nacionales– para refugiarse en Cartagena. A partir de entonces no saldrán de tal puerto sino para escoltar en su último tramo de navegación a los buques soviéticos que, cargados de material de guerra, arribaban a los puertos mediterráneos de Cartagena, Valencia y Barcelona.

Mientras, y como era de esperar, al abandonar la flota frentepopulista el Cantábrico, los nacionales reanudaron sin demora sus labores de bloqueo de los puertos enemigos en tales aguas. Varios fueron los factores que colaboraron a ello:

  • Quedar como únicos adversarios el destructor José Luís Díez y los submarinos C-5 y C-2; pues a pesar de contar a partir de Noviembre de 1936 con el refuerzo de los bous separatistas —Guipúzkoa, Nabarra, Bizkaia y Araba, Donosita, Iruña, Gaztei y Santa Eulalia–, no por ello cambiaría su premeditada pasividad.
  • El nombramiento como jefe de Estado Mayor de dicha flotilla de persona tan poco profesional y recomendable como era el oficial 3º radiotelegrafista Emilio Alcedo Aranzasti, comunista acérrimo pero carente por completo de conocimientos para ejercer tal cargo. Esta persona había sido detenida durante los sucesos revolucionarios de Octubre de 1934, era un sectario obsesivo y a su labor se debía cierto intento por torpedear el crucero alemán Könisberg –algo que se impidió casi in extremis— buscando provocar un conflicto internacional; también numerosas detenciones y fusilamientos indiscriminados en la retaguardia.
  • José Mª Lara Dorda

    El hecho de que el comandante del C-5, Cap. de Corbeta José Lara Dorda, que lo era desde Noviembre, evitará una y otra vez con múltiples excusas hacerse a la mar, obligando al José Luis Díez a navegar en solitario, sin protección y pegado a la costa –entre Bilbao, Santander y Gijón–, sin más ánimo que el de justificar su existencia. Lara Dorda era firme partidario de la causa nacional. Al comienzo de la guerra había intentado pasarse o refugiarse en una embajada, con el pretexto de ir a un especialista en Madrid para que le diagnosticara sobre el estado de su brazo izquierdo, pero no lo consiguió. Asimismo, pudo haberse pasado en otras dos ocasiones, una frente a Tánger al quedar el C-5 sospechosamente varado en una playa cercana a tal ciudad –el rumbo y demás datos habían sido obra de Lara– y otra en Bilbao, pero al no poder hacerlo llevándose consigo el submarino, lo que fue siempre su intención, prefirió esperar a mejores ocasiones.

Marinería frentepopulista, o sea, roja

Botón de muestra de la situación que se vivía en la Marina frentepopulista en estas aguas por aquel entonces –y en realidad en todas–, así como sobre las preferencias apuntadas sobre el comandante Lara Dorda, su valor y serenidad, es el siguiente hecho ocurrido el 30 de Octubre de 1936 cuando el España se encontraba frente a Santander.

Marinería frentepopulista, o sea, roja

Tal día había atracado en ese mismo puerto el C-5. Nada más hacerlo, el presidente del comité del submarino, el comunista 2º radiotelegrafista José Porto Vigo, desembarcó junto con el vicepresidente del mismo ordenando que la nave estuviera lista pues pensaban regresar en breve. Sobre las 23,00 h. se recibía en el submarino un telegrama informando de la presencia del España en las proximidades de Cabo Mayor, y por ello muy cerca del puerto. Ante tal hecho, parte de la tripulación urgió al comandante Lara Dorda a zarpar con el fin de intentar el torpedeamiento de pieza tan deseada. Sin embargo, el citado oficial puso pegas al opinar que sin los jefes del comité no sería oportuno salir a la mar a misión tan potencialmente brillante, intentando con ello impedir o, al menos retrasar, la salida.

El C-5

Se decidió entonces ir a buscar a los dos personajes a los que se encontró en un tugurio completamente ebrios. A duras penas se les pudo traer a bordo entre varios, asegurando los testigos que hacerles pasar la estrecha pasarela que unía la nave con el dique del puerto fue toda una odisea dado su lamentable estado. Una vez en el submarino, Porto, borracho por completo, se empeñó en dirigir las maniobras necesarias y, además, hacerlo desde la sala de motores, algo imposible; cuando varios intentaron hacerle razonar el personaje la emprendió a tiros siendo milagroso que no matara a alguien, lo que provocó que se le encerrara en su camarote. Ya con la nave en la mar, se avistó al España, el cual permanecía en completa oscuridad, logrando el C-5 acercarse a distancia muy corta sin ser advertido.

Lanzadores de torpedos de un submarino clase «C»

Como se pudo, se trajo al puente de mando al tal Porto, aún bajo los efectos del alcohol, quien tomó el mando, ordenó cargar dos torpedos y hacer fuego, todo ello entre la tensión, el miedo y, cómo no, la ilusión de la tripulación, pues sentimientos los había para todos los gustos. El comandante Lara, mientras permanecía especialmente sereno y tranquilo; hay que tener en cuenta que el comité del submarino, dado que no se fiaba de Lara, cuyo nombramiento ya había sido muy discutido por los miembros de dicho comité, habían decidido ejercer un estricto control sobre él, negándole incluso el acceso de las ordenes que se recibían y no permitiéndole utilizar el periscopio cuando existía enemigo a la vista. El hecho fue que tras salir los dos torpedos de sus tubos y dirigirse hacia el España, uno llegó a rozar su casco, pero no explosionó; el otro, aún de forma más sorprendente y extraña, de improviso giró en redondo dirigiéndose contra el propio submarino cuyo casco también rozó, algo que todos pudieron sentir al oír llenos de pánico el chirrido metálico que causó. Como se puede imaginar la bronca que se montó fue monumental, expresándose a voz en grito opiniones para todos los gustos. Unos decían que si los torpedos habían sido manipulados; otros, que el estado de los mismos, y en especial de sus giróscopos, era tan lamentable que lo ocurrido no debía extrañar.

Marineros en el C-5

Por su parte, Porto, en la excitación del momento, mandó cargar otros dos torpedos y amenazó al comandante Lara con que de no hacer blanco esta vez –pues la posición del submarino era ideal–, lo mataría, a lo que el oficial le replicó con gran sangre fría “…dado que no lo sé hacer mejor, hágalo usted…”. Así es que dicho y hecho. Porto dio las órdenes oportunas y se hizo de nuevo fuego, ordenándose al tiempo virar y salir a escape del lugar. Pero el caso es que, igualmente, esta segunda vez los torpedos también erraron el blanco, impactando uno en tierra y no sabiéndose más del otro. El asunto, como es de suponer, motivó otra nueva bronca, así como acusaciones de traición contra el comandante Lara cuya serenidad era más que sospechosa. Sin embargo, nada se hizo, entre otras cosas porque de haber puesto los hechos en conocimiento del mando superior, habría también que haber comunicado la borrachera y lamentable estado del presidente del comité, lo que le hubiera costado muy posiblemente su fusilamiento. Varios testigos apuntan a que el comandante Lara poseía entre la tripulación a más de un “compañero” adicto como él a la causa nacional encargado de manipular los torpedos provocando así su inutilidad.

Como colofón diremos que el 31 de Diciembre de 1936 el C-5 se hizo a la mar. El 1 de Enero ya de 1937, ante la persistencia de falta de noticias sobre el submarino que no contestaba a las múltiples llamadas por radio, se inició su búsqueda sin resultado alguno, dándose por desaparecido junto con toda su tripulación, 40 hombres. Aunque no se saben las causas concretas de lo que ocurrió, dados los antecedentes descritos: la constatada firme decisión de Lara de pasar el submarino a los nacionales; la existencia de una declaración en la que se cuenta como el comandante Lara dijo que si no conseguía hacerse con la nave la hundiría y moriría con toda la tripulación, y a que en su última carta a su esposa Lara le manifestaba que en breve iba a poder visitar a su cuñada, sabiendo el marino que tal persona vivía en El Ferrol, es decir, en zona nacional, todo apunta a que Lara Dorda pudo ser descubierto en su intento de pasar la nave a los nacionales, consiguiendo, ante su fracaso, de alguna forma, hundir el navío.

Cap. de Corbeta José Lara Dorda

Ahora, los de siempre, quieren incluso poner en duda tal posibilidad y achacar el hundimiento a averías del submarino, entre otras cosas diciendo que es imposible que dicho comandante hubiera sido capaz de condenar a morir a toda su tripulación, olvidando que excepto tal vez alguno que pudiera tener los mismos sentimientos que él, los demás no eran “su tripulación”, sino enemigos, por lo que su sublime acto de heroísmo encierra un doble valor: haber impedido que el C-5 operara contra España, así como haber eliminado a 40 enemigos de un golpe.

Hoy, como hemos visto, recordar a José Mª Lara Dorda y a su inmenso gesto patriótico es causa de escarnio para la propia Armada cuyos jefes, del AJEMA incluido hacia abajo, todos, han secundado el vil cese de su compañero sin decir nada, sin arroparle y sin, emulando, con las lógicas distancias, a aquel gran héroe, ni siquiera haber sido capaces de arriesgar sus puestos en defensa tanto del cesado como del héroe cuya memoria debe ser imperecedera. Así estamos.


2 respuestas a «El hundimiento del C-5 rojo… mal que le pese a los de siempre»

  1. Todo un héroe el capitán Lara, y un héroe anónimo. Bravo por él. Como decían mis abuelos gracias a estos héroes estamos nosotros aquí, gracias a su sacrificio máximo. Muchos mártires se necesitaron en la guerra civil, pues el enemigo diabólico era muy numeroso y con demasiado poder, así como las ideologías demoniacas antihumanas.

    Hoy estamos al borde del precipicio, de nuevo. Serán necesarios nuevos héroes y nuevos mártires, para que con la ayuda de Dios España se pueda volver a salvar… no nos lo merecemos, pero si se lo pedimos con fe creo que nos lo concederá. ¡Viva Cristo Rey!, ¡Viva España!.

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