El impío

El impío, dice san Buenaventura, es una caña. La caña crece en el barro, cede a los vientos, nada produce y es inconstante; hace ruido, es ligera, vil, débil, se rompe y sólo sirve para el fuego. Así es el impío. Este es el impenitente, el que se goza en su pecado y en la ofensa a Dios, para quien no existe el temor de Dios, ni el remordimiento de conciencia; el que no hace más que justificarse, el que no reconoce otra autoridad moral que a él mismo y sus pervertidos deseos. Este es el impenitente, el impío, falso entre los falsos, miserable entre los miserables, ruin entre los viles, corrompido hasta lo inimaginable.

El hombre que vive como un impío ya no es hombre, porque el que vive sin razón, sin principios, sin regla, sin creencia, sin costumbres, que abusa de su propia alma, de sus facultades, de su cuerpo y de los dones de Dios, no es un hombre, es una piltrafa humana, es un ser desfigurado en lo moral y espiritual, es un ser temible y destructor. El impío es “como estiércol para el suelo” (Sal. 82, 11).

Los que se alejan de Dios, dice el profeta Jeremías, estarán escritos en el polvo, porque han abandonado el manantial de las aguas vivas que es el Señor (17,13). Sus nombres están escritos en la tierra, en la arena, es decir, son los que no viven más que para la tierra, y sólo de la tierra son conocidos. Los justos, por el contrario están inscritos en el cielo. Además, los que están inscritos en la tierra quedan en el olvido, se ha perdido su memoria, su nombre, su reputación, porque lo que está escrito en el polvo fácilmente lo destruye el viento o el pie que pisotea la tierra. Los impíos serán escritos en la tierra, es decir, en el infierno, a donde se le espera. Porque el impenitente, cerrado con obstinación a la acción de la gracia, a la misericordia infinita de Dios, a los medios de salvación que la Iglesia le propone, que conserva en su corazón sus propias iniquidades grabadas a fuego, merece ser borrado del libro de la vida y ser inscrito el de la reprobación eterna.

El Señor borra el nombre del impío para siempre y por la eternidad (Sal. 9, 5). La mirada de Dios cae sobre el impío, y borra de la tierra su recuerdo (Sal. 33, 17). La prole de impíos será borrada (Sal. 36,28). He visto al impío potentísimo, y expandiéndose como cedro frondoso. Más de nuevo pasé  y he aquí que ya no era (Sal. 36, 35).

En verdad, la vida del impío es un “infierno”, su lujuria e impenitencia lo mantienen en estado constante de deseo, porque los deseos lo dominan, lo gobiernan, lo dirigen, no tiene descanso, no tiene paz. Siempre turbado, pues desconoce la paz del alma y la alegría en el Espíritu Santo. Si, el fruto de la impiedad es la turbación, el trastorno del alma, la angustia de un deseo nunca satisfecho y siempre más crecido. Está agitado interiormente como mar embravecido cuyas olas no dejan de arrojar fango y espuma.

Su esperanza es vana al carecer de la gracia santificante, que rechaza. Yerra su vida, la desperdicia, la dilapida, la malgasta, porque desconoce la luz resplandeciente de la justicia divina en su inteligencia. Quizá el impío brille en su entorno, y sea alabado por sus falsas y frágiles cualidades, pero el día del juicio, del cual se ha burlado,  palidecerá su “brillo”, y, como lo que es, “caña”, será arrojado al fuego eterno para arder sin descanso.

Ave María Purísima.


Una respuesta a «El impío»

  1. Nada será como imaginamos, pero lo que nos contó Jesús es lo más parecido que podemos entender…, seguramente será bastante peor, para los malos y bastante mejor para los buenos de lo que somos capaces de suponer. Y no será venganza, sino justicia para el progreso del Reino.

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