El infierno es conforme a la justicia de Dios

Dios no es el autor del pecado, pero es el que conserva el orden de lo creado, y por ello castiga la deshonra de la falta con el honor de la justicia. Todo lo que Dios ha hecho, es bueno, lo dice el libro del Génesis, cuando dice que el Creador vio que era bueno lo creado. Dios no ha hecho lo que es malo en el hombre, pues lo malo en el hombre es un desorden, y todo desorden debe ser corregido y enderezado con el castigo. El autor del desorden es el propio hombre, rebelde a Dios; pero el castigo del hombre que se rebela no es un desorden, todo lo contrario es el orden. La pena es el orden del pecado.

“No os engañéis: de Dios nadie se burla”, dice la Carta a los Gálatas (6,7), porque el hombre recogerá lo que siembre. El que siembre en la carne, recogerá carne de corrupción; y el que siembre en el espíritu, recogerá del espíritu la vida eterna. “Pues el que siembre uno, eso mismo cosechará. Porque el que siembra en su propia carne, de la carne cosechará corrupción; y el que siembra en el Espíritu cosechará vida eterna” (Gal. 6,8).

“Con lo que uno peca con eso mismo esto mismo es castigado”, dice  el libro de la Sabiduría (11, 16). Es el pecado lo que constituye el infierno, y no la pena impuesta. El estar separado de Dios, que es la máxima bienaventuranza,  es lo que constituye el infierno; sólo el pecado es el que separa de Dios. Los pecadores obstinados, impenitentes, son los que llevan el infierno dentro de ellos mismos, porque llevan la causa que los precipita la infierno. Dios dejaría de ser Dios, ni no fuese justo; pues da a cada uno según sus obras.

La eterna pregunta: ¿Por qué ha de haber infierno, siendo Dios tan bueno? El infierno es necesario precisamente porque Dios es bueno; porque, ¿dónde estaría su bondad si el desorden mortal quedase impune? Si el juez del tribunal dejase sin castigo el delincuente, ¿qué sería de la justicia y de la sociedad? Si hay un Paraíso para los buenos, ¿por qué no ha de haber un infierno par los malos? Dios es bueno y justo; pero hay muchas virtudes heroicas, como el martirio, que no tienen recompensa en este mundo; y hay también muchos crímenes en este mundo que no son castigados, demostrando la necesidad de un cielo y de un infierno.

Qué bien haríamos para evitar el infierno: a) suplicar al Señor con el salmista: “Señor, que la tempestad de las aguas no me sumerja, qué el abismo no me trague y el pozo no cierre sobre mí el brocal” (Sal. 68, 16).

  1. b) Traer el infierno al pensamiento a lo largo de nuestra existencia, para de esta forma evitarlo al final de nuestros días. Dice sabiamente un santo Padre: descendamos al infierno durante nuestra vida, para no tener que bajar después de nuestra muerte.
  2. c) Tener temor al infierno, temor a una eternidad de sufrimiento, sin esperanza; una eternidad sin descanso, sin alivio, sin pausa; toda una eternidad consciente del pecado cometido, y que ha merecido tal castigo; toda una eternidad de odio, desesperanza, tormentos, gemidos y llantos sin fin; toda una existencia que nunca llegará a terminar, una existencia interminable que nunca acabará. Toda una eternidad con plena consciencia de merecer tal castigo y sin posibilidad de redención.
  3. d) Tener sentimiento de la falta cometida, compunción por la ofensa a Dios, dolor del pecado, arrepentimiento sincero, propósito firme de enmienda. Qué bien haríamos pidiendo la gracia de llorar nuestros pecados con lágrimas abundantes, como abundantes son nuestras infidelidades al amor divino.

Ave María Purísima.


Deja una respuesta

Su dirección de correo nunca será publicada. Si la indica, podremos contestarle en privado en caso de considerarlo oportuno.*

Esta web utiliza cookies propias para su correcto funcionamiento. Contiene enlaces a sitios web de terceros con políticas de privacidad ajenas que podrás aceptar o no cuando accedas a ellos. Al hacer clic en el botón Aceptar, acepta el uso de estas tecnologías y el procesamiento de tus datos para estos propósitos. Más información
Privacidad