El laicismo y la audiencia de Dios

El laicismo es la corriente ideológica que defiende la independencia del hombre o de la sociedad, y especialmente la del Estado, de toda influencia religiosa o eclesiástica.

Consiguientemente el laicismo defiende el derecho de las personas a ser educadas en un espacio de libertad, sin dogmas de fe. Y como hemos apuntado la independencia del ser humano y el Estado de cualquier influencia religiosa o eclesiástica.

Se considera laicista a la persona que prescinde de la religión y vive ajeno al dogma y a la fe, en tanto que laico o secular es la persona creyente que no forma parte del clero.

Ahora bien, en virtud del bautismo y de la confirmación, los laicos, como todos los demás fieles, están destinados por Dios al apostolado, tienen la obligación general y gozan del derecho tanto personal como asociadamente, de trabajar para que el mensaje divino de salvación sea conocido y recibido por todos los hombres… También existen laicos que se consagran a Dios en el estado laical asumiendo los votos de castidad, pobreza y obediencia.

No podemos olvidarnos lo recuerda Pablo a los cristianos de Corinto: “En un solo Espíritu hemos sido todos bautizados, para no formar más que un cuerpo” (1 Co 12, 13); de modo tal que el apóstol puede decir a los fieles laicos: “Ahora bien, vosotros sois el Cuerpo de Cristo y sus miembros, cada uno por su parte» (1 Co 12, 27).

La dignidad de los fieles laicos se nos revela en plenitud cuando consideramos esa primera y fundamental vocación, que el Padre dirige a todos ellos en Jesucristo por medio del Espíritu: la vocación a la santidad, o sea a la perfección de la caridad. El santo es el testimonio más esplendido de la dignidad conferida al discípulo de Cristo.

Siguiendo la ideología del laicismo, en cuento a la enseñanza se denomina educación laica a la educación formal que carece de contenido de índole religiosa.

Se establece que la laicidad “es la condición de la educación nacional de ser independiente de cualquier organización, confesión, asociación o creencia religiosa”

Antes de entrar en materia, hemos de subrayar la diferencia existente ente laicidad y laicismo.  La palabra «laicidad» va siempre acompañada de adjetivos como «sana», «justa», «positiva», mientras que la palabra «laicismo» es siempre adjetivada con «excluyente», «radical», «fundamentalista», o similares.

El laicismo es la corriente de pensamiento, ideología, movimiento político, legislación o política de gobierno que defiende o favorece la existencia de una sociedad organizada laicamente, es decir, de forma independiente, o en su caso ajena a cualquier confesión religiosa.

El laicismo es obra de acciones políticas con el propósito de reducir la influencia de la iglesia en la sociedad y las instituciones. El momento fundador de la laicización tiene su origen en la Revolución Francesa. La Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789 recoge en su articulado la libertad e igualdad, la soberanía de la Nación, la libertad de opinión, incluso las ideas religiosas, la libertad de pensamiento y expresión.

Las bases o principios que sustentan el laicismo son la libertad de conciencia, la defensa del ámbito público y el interés general, la autonomía ética y racional, la neutralidad del Estado y la separación de éste y la Iglesia.

Siendo el Estado quien debe establecer las condiciones políticas, jurídicas y sociales para el pleno desarrollo de la libertad de conciencia. Debiendo cumplir tres condiciones:

1.- Se trata de un derecho de los individuos.

2.- Todas las convicciones religiosas o no, de libre elección deben tratarse en un plano de

igualdad.

3.- Los poderes públicos no pueden discriminar en función de las convicciones que se tengan.

Consiguientemente el estado laico debe tener claro:

a.- La separación de los ámbitos normativos (pecado-delito).

b.- Delimitación de la influencia religiosa a sus fieles, no al conjunto de la ciudadanía.

c.- Sometimiento de las religiones a las leyes comunes del Estado.

d.- Diferenciación de las fuentes de legitimidad, esto es, las leyes se aprueban para todos los

ciudadanos, las normas de fe solamente afectan a sus creyentes. Es caso contrario

tendíamos un comunitarismo.

El término Estado laico se utiliza para denominar al Estado (y, por extensión, a una nación o país) que funciona de manera independiente de cualquier organización o confesión religiosa o de toda religión y en el cual las autoridades políticas no se adhieren públicamente a ninguna religión determinada y en el cual las creencias religiosas no influyen sobre la política nacional.

En un sentido estricto, la condición de Estado laico supone la nula injerencia de cualquier organización o confesión religiosa en el gobierno territorio, ya sea el poder legislativo, el ejecutivo o el judicial. En un sentido laxo un Estado laico es aquel que es neutral en materia de religión por lo que no ejerce apoyo ni oposición explícita o implícita a ninguna organización o confesión religiosa. Es importante señalar que no todos los Estados que se declaran laicos lo son en la práctica.

Aquí en España, a pesar de su aconfesionalidad, vemos como el Estado se entromete en la conciencia personal y colectiva, sin garantizar, como mandata la Constitución, los derechos vinculados al libre desarrollo de la personalidad, como son la libertad ideológica, religiosa y de culto. Conocemos como el Estado se entromete, desde un punto de vista religioso, en el derecho a decidir de las mujeres, reformando la ley de interrupción voluntaria del embarazo. Conocemos como el Estado se entromete en las conciencias, al establecer protocolos religiosos católicos en los actos de Estado. Conocemos como el Estado incumple la Constitución contra la igualdad de los ciudadanos ante la ley y el respeto a su libertad de conciencia.

Todo ello olvidando que su valor fundamental es el respeto a las creencias de toda la ciudadanía, al derecho de cada persona a pensar según sus propios criterios, a que todo posicionamiento religioso o espiritual no vulnere los derechos ajenos. No es imponer ideas a nadie, es aspirar a que la religiosidad no vulnere la neutralidad ideológica a la que están obligadas las instituciones, y a que todos, profesemos la religión que profesemos o no profesemos ninguna, tengamos cabida, en igualdad de condiciones, en la sociedad plural y tolerante y por tanto democrática.

Fijemos bien en nuestros políticos, en su radicalidad e ignorancia en saber que el verdadero Estado laico defiende la separación entre el Estado y la Iglesia u otras organizaciones religiosas; garantizando garantiza la libertad de conciencia, y contemplada la correcta interpretación de la Constitución, avalando el cumplimiento del respeto a la libertad de pensamiento y a la libre elección de la moral privada. Por lo tanto, se olvidan de que el verdadero estado laico no impone, sino que defiende los derechos ciudadanos ante la imposición. Que el laicismo es tolerancia, el laicismo garantiza la hermandad y la concordia. Que el laicismo nada tendría que ver con el ateísmo y el anticlericalismo, sino todo lo contrario, y que el laicismo no sólo no conduce al fin de ninguna democracia, sino que, justamente, ninguna democracia es tal si no respeta la libertad de creencias de la ciudadanía.

Sin embargo, y a pesar de esos principios y dada la aconfesionalidad del Estado español, los políticos que nos gobiernan, pretenden terminar, como si fuese un Estado laicista radical, con la influencia católica del pueblo español, así como la simbología religiosa en las instituciones del Estado, prohibiendo que los cargos públicos, como tales acudan, representando al Estado, a los actos religiosos. Eliminando la educación religiosa. Desvinculando los actos de Estado a las ceremonias de la iglesia e intentando poner fin a la financiación pública de la Iglesia católica. Teniendo como meta el establecimiento de un Estado auténticamente laicista radical, con la obligación de romper con la iglesia católica, ya que, según sus bases, está alejada del principio de igualdad real y efectiva entre hombres y mujeres. Haciéndonos creer que, si no rompemos con esa institución, que oprime conciencias y controla gobiernos, jamás entraremos en la era de modernidad que necesitamos para el mayor bienestar de verdadero laicismo.

Bien sabemos que una sociedad laica fundamentalista en general es oficialmente una sociedad pública sin Dios, depurada de todas las referencias a una realidad más allá de nuestro mundo natural y materialista. Algo tan insólito que crea una confusión permanente acerca de lo que constituye el sentido de la vida.

Lo que quieren nuestros gobernantes actuales es una curiosa forma de ateísmo, afirmando que es imposible tener certeza de la existencia de Dios y, en consecuencia, que el hombre debe actuar en el ámbito temporal como si Dios no existiera. En otros términos, que debe actuar como una persona que ha destronado a Dios.

Es como vemos una sociedad secular “liberadora” que deja inevitablemente un vacío profundo en el alma de los ciudadanos que causa una gran frustración y desolación, instaurando lo que muchos han llamado un desierto espiritual.

Esta actitud recuerda el estado de acedia y que podemos definir como el cansancio de las cosas santas y espirituales, y la consiguiente tristeza de vivir.

Como ser espiritual, el hombre aquejado de acedia niega sus apetitos espirituales y no quiere ser lo que Dios quiere que sea, y esto significa que él no quiere ser lo que en realidad, y en última instancia, debe ser.

Este rechazo solamente puede traer tristeza, desconsuelo, abatimiento, angustia y hasta desesperación.

Es la conciencia alejándose de las cosas santas y espirituales, así como de un régimen cultural donde existan metas sublimes o ideales religiosos. Estos son vistos con desconfianza y simplemente no se les considera parte importante de nuestras vidas.

La febril e intensiva actividad del sistema gobernantes es a menudo una tentativa de ocultar los efectos de languidez de la acedia, el desánimo y la falta de alegría.


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