El libertinaje, la antesala del puritanismo

Recuerdo que quienes me tachaban de moralista, cuando tenía quince años, por querer prohibir la prostitución, son los que, ahora, consideran delito mirar a una mujer, y aquellos que se curvan ante la desmesura del feminismo radical.

Recuerdo que quienes me observaban como un cíclope del pleistoceno, cuando tenía quince años, por plantear restricciones al consumo desaforado de alcohol, son los que, ahora, te miran como un malote antidietético por trasegar vinos y cervezas en el jolgorio de una boda.

Recuerdo que quienes me tildaban de chupacirios y tragasantos, cuando tenía quince años, por criticar la hipersexualización de las series de televisión, son los que, ahora, ponen el estigma, el sambenito y el marchamo al que osa departir con sus amigos sobre la exuberante delantera de una mujer despampanante.

Recuerdo que quienes se cachondeaban de mí, cuando tenía quince años, por predicar la castidad y la adquisición de la virtud de la santa pureza, son los que, ahora, ponen el grito en el cielo ante las fechorías, correrías y andanzas de los donjuanes más pichabravas.

Mi baúl de los recuerdos rebosa de episodios de esta índole. Y esto es así, lisa y llanamente, porque los relativistas de ayer son los moralistas de hoy.

Quien rompe con la moral natural, se abandona al libertinaje, pero ese talante libertino no permanece estático en el tiempo, sino que termina desembocando en puritanismo. Así, ocurre en la mayoría de los casos, con escasas salvedades.

Esto último explica que un progre juzgue, reprenda y se escandalice más ante las laxitudes ajenas que un católico piadoso como yo. ¿Acaso no tienes la sensación de que te sermonean y dan más la tabarra que alguien de gracia, oración y devoción?

De hecho, que el catolicismo llegue a ser la antítesis del puritanismo tiene un precedente histórico en Inglaterra, país en el que los denominados «puritanos» fueron enemigos acérrimos de los católicos, a los cuales persiguieron con ahínco, a machamartillo y con brutalidad expeditiva.

Abjurar de la moral natural trae consigo relativismo, pero dicha relatividad no es eterna, y acaba mutando en moralismo. El libertinaje es la antesala del puritanismo, salvo en contadas excepciones.

Esto se debe a que quien sustituye la moral natural por el relativismo y el libertinaje, queda huérfano de moral, y cubre ese vacío de moralidad con una nueva ética, que suele ser de corte moralista, dogmática y puritana.

Un ejemplo esclarecedor de ello es el de los regímenes más totalitarios de la historia, que son los que han renunciado a Dios, padre de la moral natural, para convertir al estado en deidad. Pasaron del libertinaje y el relativismo al moralismo, puritanismo y dogmatismo. Ya lo advirtió el genio y genial G.K. Chesterton en los siguientes términos: “Once abolish The God, and The Government becomes The God”.

La Isla de los Juegos, de la película de Pinocho, es un ejemplo verdaderamente ilustrativo del tránsito del libertinaje al puritanismo. El citado paraje representa el falso paraíso de los jóvenes díscolos, donde éstos hacen todo aquello que les viene en gana, con libertad absoluta y sin responder ante nadie. ¿Qué les acaba ocurriendo a estos descarrilados jovenzuelos? Que se transforman en burros y así pues, en animales de carga de sus nuevos tutores. El edén libertino les termina arrastrando hacia el averno puritano.

La isla de Utopía, de la célebre novela de Santo Tomás Moro, también, es un ejemplo de lo más legible y rescatable. Un paraíso en el que nadie tiene nada, pero todo el mundo es rico.

En consecuencia, quienes invocaban el aumento de derechos opuestos a la moral natural, han transformado dichos “derechos” en obligaciones, porque han pasado del libertinaje al puritanismo, del relativismo al moralismo.

Quienes, verbigracia, vociferaron a favor del “derecho” a abortar, contrario a la moral natural, ahora, en ocasiones, presionan para no tener hijos a los que quieren tenerlos en condiciones sacrificadas, hasta el punto de transformar el “derecho” a abortar (el cual no debería existir) en una obligación si no te opones a ellos con arrojo, denuedo y contundencia.

Un ejemplo fidedigno de esto es el caso de Alfie Evans, niño con una severa enfermedad, a cuyos padres la “justicia” británica les obligó a desenchufar de una máquina, contraviniendo la voluntad de los mismos. El ficticio «derecho» se convirtió en una obligación, pasando del libertinaje al puritanismo, del relativismo al moralismo.

Algo muy similar ocurre con el “derecho” al asesinato de la eutanasia: si te encuentras en una estado moribundo y careces de una familia que te defienda con diligencia aguerrida, no es, ni por asomo, descartable que algunos se tomen la licencia de suministrarte menos oxígeno y allanar el terreno para desenchufarte de una máquina con cierta premura (conozco un caso de primera mano, en cuya defensa de la vida me tocó intervenir). De este modo, terminan transformando un “derecho” (el cual no debería existir) en una obligación, pasando del libertinaje al puritanismo, del relativismo al moralismo.

El egregio Adam Zagajewski, erudito de pro, en su obra Solidaridad y soledad, llegó a una conclusión, a mi juicio, más o menos similar a la del eje vertebrador de este artículo.

El susodicho indicó que la “espiritualidad negativa”, esa que “dirige su sarcasmo contra cualquier pietismo, sea éste religioso, patriótico o incluso estético”, a menudo, “ha desempeñado el papel de un curso preparatorio que da acceso a una espiritualidad demasiado positiva”.

Expresado de manera más concisa: la «espiritualidad negativa» de renunciar al orden natural de las cosas conduce a una «espiritualidad demasiado positiva».

A esto, Adam Zagajewski agregó, con una mezcla de erudición y donaire, de sabiduría y comicidad, lo siguiente: “Nietzsche impartía clases en primero; luego tocaba elegir la especialidad, y muchos escogían al doctor Hegel”.

Para El Diario de Colón


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