El llanto del P. Bowman
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El P. Brent Bowman, sacerdote norteamericano, irrumpió a llorar desconsoladamente en el momento de la Consagración.
No fue, como algún zumbado dijo enseguida –y no pocos creyeron de inmediato sin más–, que había tenido una visión. No. Él mismo dijo que fue un momento de profunda toma de conciencia del amor de Dios por la Humanidad, al ofrecerse por nosotros en cada Consagración, en cada Misa, a pesar de la inmensidad de nuestros pecados.
Así pues, fue uno de esos momentos que hemos tenido todos en que por unos segundos hemos sido conscientes de nuestros pecados, de nuestra desvariada vida, de que no somos nada, pero de que a pesar de todo Dios nunca nos ha abandonado. ¿Quién no ha sentido alguna vez aunque fuera por un segundo tal cosa?
Lo que nos hubiera gustado ver en el vídeo es el otro lado de la cámara. Ver cómo estaban los fieles. Unos recogidos, de rodillas y conscientes, claro, pero otros seguro que como si nada especial, ni mucho menos sublime, estuviera pasando delante de ellos.
Lo impactante del llanto del P. Brent Bowman es que nos obliga, o debería obligarnos, a curas y fieles católicos, a asistir a Misa –no a la «Eucaristía»–, sino a lo que realmente es, o sea, el Santo Sacrificio de la Misa, con lágrimas inconsolables en los ojos al ser conscientes del inmenso, e inmerecido, privilegio de asistir al instante en que Nuestro Señor se hace presente, verdadero, real, substancial, en la Sagrada Forma y, además, nos permite comer Su carne y beber Su sangre y ser partícipes de Su alma y divinidad.
Mientras la Iglesia, clero y fieles, no volvamos a tomar conciencia de tan inmenso privilegio, don y gracia, en nada cambiaremos y no seremos capaces de cambiar nada.
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El P. Brent Bowman, sacerdote norteamericano, irrumpió a llorar desconsoladamente en el momento de la Consagración.
No fue, como algún zumbado dijo enseguida –y no pocos creyeron de inmediato sin más–, que había tenido una visión. No. Él mismo dijo que fue un momento de profunda toma de conciencia del amor de Dios por la Humanidad, al ofrecerse por nosotros en cada Consagración, en cada Misa, a pesar de la inmensidad de nuestros pecados.
Así pues, fue uno de esos momentos que hemos tenido todos en que por unos segundos hemos sido conscientes de nuestros pecados, de nuestra desvariada vida, de que no somos nada, pero de que a pesar de todo Dios nunca nos ha abandonado. ¿Quién no ha sentido alguna vez aunque fuera por un segundo tal cosa?
Lo que nos hubiera gustado ver en el vídeo es el otro lado de la cámara. Ver cómo estaban los fieles. Unos recogidos, de rodillas y conscientes, claro, pero otros seguro que como si nada especial, ni mucho menos sublime, estuviera pasando delante de ellos.
Lo impactante del llanto del P. Brent Bowman es que nos obliga, o debería obligarnos, a curas y fieles católicos, a asistir a Misa –no a la «Eucaristía»–, sino a lo que realmente es, o sea, el Santo Sacrificio de la Misa, con lágrimas inconsolables en los ojos al ser conscientes del inmenso, e inmerecido, privilegio de asistir al instante en que Nuestro Señor se hace presente, verdadero, real, substancial, en la Sagrada Forma y, además, nos permite comer Su carne y beber Su sangre y ser partícipes de Su alma y divinidad.
Mientras la Iglesia, clero y fieles, no volvamos a tomar conciencia de tan inmenso privilegio, don y gracia, en nada cambiaremos y no seremos capaces de cambiar nada.
El P. Brent Bowman, sacerdote norteamericano, irrumpió a llorar desconsoladamente en el momento de la Consagración.
No fue, como algún zumbado dijo enseguida –y no pocos creyeron de inmediato sin más–, que había tenido una visión. No. Él mismo dijo que fue un momento de profunda toma de conciencia del amor de Dios por la Humanidad, al ofrecerse por nosotros en cada Consagración, en cada Misa, a pesar de la inmensidad de nuestros pecados.
Así pues, fue uno de esos momentos que hemos tenido todos en que por unos segundos hemos sido conscientes de nuestros pecados, de nuestra desvariada vida, de que no somos nada, pero de que a pesar de todo Dios nunca nos ha abandonado. ¿Quién no ha sentido alguna vez aunque fuera por un segundo tal cosa?

Lo que nos hubiera gustado ver en el vídeo es el otro lado de la cámara. Ver cómo estaban los fieles. Unos recogidos, de rodillas y conscientes, claro, pero otros seguro que como si nada especial, ni mucho menos sublime, estuviera pasando delante de ellos.
Lo impactante del llanto del P. Brent Bowman es que nos obliga, o debería obligarnos, a curas y fieles católicos, a asistir a Misa –no a la «Eucaristía»–, sino a lo que realmente es, o sea, el Santo Sacrificio de la Misa, con lágrimas inconsolables en los ojos al ser conscientes del inmenso, e inmerecido, privilegio de asistir al instante en que Nuestro Señor se hace presente, verdadero, real, substancial, en la Sagrada Forma y, además, nos permite comer Su carne y beber Su sangre y ser partícipes de Su alma y divinidad.
Mientras la Iglesia, clero y fieles, no volvamos a tomar conciencia de tan inmenso privilegio, don y gracia, en nada cambiaremos y no seremos capaces de cambiar nada.
En efecto, no es desacertado el pensar que en la mayoría de los casos los fieles que asistimos a la Santa Misa, ya sea en latín o en lengua vernácula, tenemos una muy pobre comprensión intelectual de su auténtico y profundo significado, y, a la vez, una vivencia espiritual muy insuficiente. En este sentido, los videos del Padre Loring y del Padre Charles Murr son muy aconsejables.
No hay peor engaño que ese catolicismo sensiblero de llorones/as, cuando lo que en esta vida cuesta es levantarse a las cinco para ir al andamio.
Lo que en realidad nos debe impactar es la cantidad de eventos espirituales que nos rodean y nosotros, tan envueltos en las muchas distracciones de nuestros días, no podemos valorizar en nuestro caminar hacia here Dios que tanto nos ama y nunca nos abandona. El asunto no es el fenómeno en sí, es más como nos puede ayudar en nuestro caminar, este éxodo, al pasar por esta vida. Cristo RESUSITO, hay vida eterna. ¿Estamos conscientes de lo que esto significa o vivimos de día en día sin el objetivo real en mente?
Paz y Bien, Dios si nos ama…
Si, bien, pero no se «irrumpe» a llorar, sino que se rompe a llorar o, según el caso, se estalla en llanto o se le saltan a uno las lágrimas. Pero de irrumpir, lo que se dice irrumpir, aquí los únicos que irrumpen son los moros por la frontera descuidada a intención.
Dicho sea todo esto, como es natural, sin la menor «acritú».