El “Magno Ideal” de Eladio Mansilla Cascallana

ESCUCHAR NOTICIA: Quizás haya sido la Semana Santa, con su vinculo hacia la trascendencia espiritual, quizás un simple suceso de naturaleza doméstica, o quizás la pura casualidad de la vida. El hecho es que ha llegado a mis manos y sobre todo a mi conocimiento, el manuscrito de una persona a la que solo conocía por su nombre y por la mención de algunas entrañables anécdotas familiares. Siento profundamente no haber podido conocerla personalmente. Afortunadamente conozco muy bien a su hija, con la que estoy felizmente casado. Eladio Mansilla Esa persona, que murió antes de tiempo, y que dejó una huella imborrable en el corazón de su hija, se llamaba Eladio Mansilla Cascallana. Pero Eladio también dejó memoria de su vida, escrita con su puño y letra. Se trata de un mosaico de reflexiones tan racionalmente lúcidas como poéticas. Tan íntimas como universales, tan profundas como brillantes. Creo que deben salir a la luz pública, porque significan una aportación al núcleo del sincero y puro amor a la patria española. Algo que desgraciadamente escasea cada  vez más, y sin el que es imposible construir el futuro. Las palabras que siguen fueron escritas por su mano el 7 de marzo de 1951. Juzgue el lector por si mismo. “¡Poesía, poesía! Yo quiero vivir en esa región de la poesía y quiero sumergirme, por decirlo así, en el espíritu nacional de mi patria; siento que soy una gota de una onda de ese río, siento la solidaridad no solo con los que son, sino con los que fueron, y por eso lo siento con los que vendrán. Por eso amo a mi patria y la evoco en mis sueños y deseo vivir en una atmósfera que no se parezca a la atmósfera que me rodea en la vida presente ¡Cuantas veces al apartar la vista de la realidad actual, me dirijo hacia la historia pasada, y, la evoco y la busco en aquel período de intersección entre una España que termina y otra que comienza! Entonces veo aquella reconquista que se va formando con hilos de sangre, que salen de las montañas y de las grutas de las ermitas, que van creciendo hasta formar arroyos y remansos, y veo nacer y crecer en sus margenes los concejos y las behetrías, y los gremios, y los señoríos, las clases, los reinos y las cortes, y distingo a los monjes, a los religioso, a los cruzados, a los  pecheros, a los payeses, a los solariegos, a los infanzones, enlazados por los Fueros, los códigos, los poemas y los romanceros descendiendo hacia la vega de Granada en un ocaso de gloria, para ver allí el alborear de una nueva época y de un nuevo mundo con la conquista de América y del Pacifico. Y entonces pasan ante mi fantasía Colón y Elcano, Magallanes y Cortés: los conquistadores, navegantes y aventureros; y a medida que el sol se levanta, mi alma arrebatada quiere vivir, sentir y admirar a políticos como Cisneros y como Felipe II; a estadistas Caudillos como Carlos V y como D. Juan de Austria; y por impulso de la sangre, deseo ser soldado de los tercios del Duque de Alba de Requesens y de Farnesio, y quiero que recreen mis oídos los periodos solemnes de Fray Luis de Granada y las estrofas que brotan de la lira de Lope y Calderón, y que me traiga relatos de Lepanto, aquel manco a quien quedó una mano todavía para cincelar sobre la naturaleza humana a Don Quijote, y quiero ver pasara ante mis ojos los embajadores de los parlamentos de Sicilia y de Munster, que se llaman Quevedo y Saavedra Fajardo; y ver la caída de Flandes a través de las lanzas de Velázquez, y quiero sentarme en la cátedra de Victoria y observar como el pensamiento teológico de mi raza brilla en aquella frente soberana, y quiero verle llamear en la mente de Vives, sembrador de sistemas, y en la de Suárez, ascendiendo hasta las cumbres de la metafísica; y quiero más: quiero que infundan aliento en mi corazón los penitentes varoniles y desgarrados en los cuadros de Rivera, y se caldeen las llamas místicas que brotan en lo mas excelso del espíritu español en Santa Teresa y San Juan de la Cruz, y quiero, por fin, embriagarme de gloria española, sentir en mi alma el alma de la madre España. Hay una unidad histórica y en aras de ella colaboraron todas las regiones y todos los reinos. A la tragedia de Alarcos sucedió el día resplandeciente de Las Navas, para demostrar que la patria se siente no solo en las horas de triunfo y en los días de gloria, sino también en las horas de desventura. Hay catástrofes tan gloriosas como las mayores victorias, y las dos cosas, catástrofes y victorias, ligan las almas nobles. Y nosotros, que hicimos de la Reconquista la mitad de nuestra historia, emprendimos a continuación la conquista de América, epopeya sin rival  y que todavía no ha sido escrita como se merece, ni adecuadamente relatada. Descubrimos el Pacífico, que es otra proeza que no tiene  semejante. Y después de haber hecho todas esas cosas, vino la guerra de la Independencia, de tal manera que allí se manifestó el sentimiento regional juntamente enlazado con el de unidad tan intima que pocas veces se ha manifestado de igual manera, y precisamente en el momento en que la ausencia del poder público era más manifiesta. Nosotros queremos una unidad social porque no queremos que la propiedad se funde exclusivamente en una derivación de derechos innatos, como el de la vida, sino también en el reconocimiento de limites morales, que en los pueblos cristianos la costumbre hace jurídicos, y que impone como legítimos de los necesitados, que suprime hasta la sombra del “Ius Abutendi” pagano. Nosotros creemos que deben existir dos formas de propiedad, la individual y la corporativa y deseamos que una red de sindicatos agrícolas y obreros, formando federaciones y extendiéndose por las villas y los caseríos de las montañas, puedan, no solo emancipar los municipios, sino mejorar la condición de los trabajadores. Ya están lejanos los días de las carabelas de los grandes descubridores y de los audaces navegantes; pero salieron de nuestra raza, y, como también tenían un ideal que les encendía el alma, por eso fue grande nuestro pueblo en aquella época. Si  nosotros sintiéramos, pensáramos y amaramos ese ideal como lo sintieron y amaron nuestros antepasados, la España de ahora sería tan grande como la España que fue. Es preciso un poco de poesía que alumbre la vida, que ella es demasiado sombría. Creemos que nos absolvemos a nosotros mismos de la decadencia de la hora presente, disminuyendo las grandezas pasadas. Pero mientras exista América, la sombra de Hernán Cortés, de Vasco Núñez de Balboa, de Almagro, de Pizarro y Orellana, brillarán como una constelación sobre el continente del que España hizo un altar; y mientras haya memoria en los hombres, la raza que que cubrió de laureles los pantanos de Flandes, y escaló las cimas del pensamiento y del arte, esa raza será grande en la Historia. Y si sus herederos quieren conservar el recuerdo para que les sirva de estímulo al corazón, no les importe que hombres positivistas incapaces de sentir el ideal digan que es mucho mejor imitar a Sancho que a Don Quijote. Prefiramos siempre a la bota henchida de Sancho Panza que refresca su boca llena de refranes, la escuálida figura de Don Quijote alzando sobre la fatigada cabalgadura la lanza que parece el índice de España.”   Pulse para escuchar el texto Quizás haya sido la Semana Santa, con su vinculo hacia la trascendencia espiritual, quizás un simple suceso de naturaleza doméstica, o quizás la pura casualidad de la vida. El hecho es que ha llegado a mis manos y sobre todo a mi conocimiento, el manuscrito de una persona a la que solo conocía por su nombre y por la mención de algunas entrañables anécdotas familiares. Siento profundamente no haber podido conocerla personalmente. Afortunadamente conozco muy bien a su hija, con la que estoy felizmente casado. Eladio Mansilla Esa persona, que murió antes de tiempo, y que dejó una huella imborrable en el corazón de su hija, se llamaba Eladio Mansilla Cascallana. Pero Eladio también dejó memoria de su vida, escrita con su puño y letra. Se trata de un mosaico de reflexiones tan racionalmente lúcidas como poéticas. Tan íntimas como universales, tan profundas como brillantes. Creo que deben salir a la luz pública, porque significan una aportación al núcleo del sincero y puro amor a la patria española. Algo que desgraciadamente escasea cada  vez más, y sin el que es imposible construir el futuro. Las palabras que siguen fueron escritas por su mano el 7 de marzo de 1951. Juzgue el lector por si mismo. “¡Poesía, poesía! Yo quiero vivir en esa región de la poesía y quiero sumergirme, por decirlo así, en el espíritu nacional de mi patria; siento que soy una gota de una onda de ese río, siento la solidaridad no solo con los que son, sino con los que fueron, y por eso lo siento con los que vendrán. Por eso amo a mi patria y la evoco en mis sueños y deseo vivir en una atmósfera que no se parezca a la atmósfera que me rodea en la vida presente ¡Cuantas veces al apartar la vista de la realidad actual, me dirijo hacia la historia pasada, y, la evoco y la busco en aquel período de intersección entre una España que termina y otra que comienza! Entonces veo aquella reconquista que se va formando con hilos de sangre, que salen de las montañas y de las grutas de las ermitas, que van creciendo hasta formar arroyos y remansos, y veo nacer y crecer en sus margenes los concejos y las behetrías, y los gremios, y los señoríos, las clases, los reinos y las cortes, y distingo a los monjes, a los religioso, a los cruzados, a los  pecheros, a los payeses, a los solariegos, a los infanzones, enlazados por los Fueros, los códigos, los poemas y los romanceros descendiendo hacia la vega de Granada en un ocaso de gloria, para ver allí el alborear de una nueva época y de un nuevo mundo con la conquista de América y del Pacifico. Y entonces pasan ante mi fantasía Colón y Elcano, Magallanes y Cortés: los conquistadores, navegantes y aventureros; y a medida que el sol se levanta, mi alma arrebatada quiere vivir, sentir y admirar a políticos como Cisneros y como Felipe II; a estadistas Caudillos como Carlos V y como D. Juan de Austria; y por impulso de la sangre, deseo ser soldado de los tercios del Duque de Alba de Requesens y de Farnesio, y quiero que recreen mis oídos los periodos solemnes de Fray Luis de Granada y las estrofas que brotan de la lira de Lope y Calderón, y que me traiga relatos de Lepanto, aquel manco a quien quedó una mano todavía para cincelar sobre la naturaleza humana a Don Quijote, y quiero ver pasara ante mis ojos los embajadores de los parlamentos de Sicilia y de Munster, que se llaman Quevedo y Saavedra Fajardo; y ver la caída de Flandes a través de las lanzas de Velázquez, y quiero sentarme en la cátedra de Victoria y observar como el pensamiento teológico de mi raza brilla en aquella frente soberana, y quiero verle llamear en la mente de Vives, sembrador de sistemas, y en la de Suárez, ascendiendo hasta las cumbres de la metafísica; y quiero más: quiero que infundan aliento en mi corazón los penitentes varoniles y desgarrados en los cuadros de Rivera, y se caldeen las llamas místicas que brotan en lo mas excelso del espíritu español en Santa Teresa y San Juan de la Cruz, y quiero, por fin, embriagarme de gloria española, sentir en mi alma el alma de la madre España. Hay una unidad histórica y en aras de ella colaboraron todas las regiones y todos los reinos. A la tragedia de Alarcos sucedió el día resplandeciente de Las Navas, para demostrar que la patria se siente no solo en las horas de triunfo y en los días de gloria, sino también en las horas de desventura. Hay catástrofes tan gloriosas como las mayores victorias, y las dos cosas, catástrofes y victorias, ligan las almas nobles. Y nosotros, que hicimos de la Reconquista la mitad de nuestra historia, emprendimos a continuación la conquista de América, epopeya sin rival  y que todavía no ha sido escrita como se merece, ni adecuadamente relatada. Descubrimos el Pacífico, que es otra proeza que no tiene  semejante. Y después de haber hecho todas esas cosas, vino la guerra de la Independencia, de tal manera que allí se manifestó el sentimiento regional juntamente enlazado con el de unidad tan intima que pocas veces se ha manifestado de igual manera, y precisamente en el momento en que la ausencia del poder público era más manifiesta. Nosotros queremos una unidad social porque no queremos que la propiedad se funde exclusivamente en una derivación de derechos innatos, como el de la vida, sino también en el reconocimiento de limites morales, que en los pueblos cristianos la costumbre hace jurídicos, y que impone como legítimos de los necesitados, que suprime hasta la sombra del “Ius Abutendi” pagano. Nosotros creemos que deben existir dos formas de propiedad, la individual y la corporativa y deseamos que una red de sindicatos agrícolas y obreros, formando federaciones y extendiéndose por las villas y los caseríos de las montañas, puedan, no solo emancipar los municipios, sino mejorar la condición de los trabajadores. Ya están lejanos los días de las carabelas de los grandes descubridores y de los audaces navegantes; pero salieron de nuestra raza, y, como también tenían un ideal que les encendía el alma, por eso fue grande nuestro pueblo en aquella época. Si  nosotros sintiéramos, pensáramos y amaramos ese ideal como lo sintieron y amaron nuestros antepasados, la España de ahora sería tan grande como la España que fue. Es preciso un poco de poesía que alumbre la vida, que ella es demasiado sombría. Creemos que nos absolvemos a nosotros mismos de la decadencia de la hora presente, disminuyendo las grandezas pasadas. Pero mientras exista América, la sombra de Hernán Cortés, de Vasco Núñez de Balboa, de Almagro, de Pizarro y Orellana, brillarán como una constelación sobre el continente del que España hizo un altar; y mientras haya memoria en los hombres, la raza que que cubrió de laureles los pantanos de Flandes, y escaló las cimas del pensamiento y del arte, esa raza será grande en la Historia. Y si sus herederos quieren conservar el recuerdo para que les sirva de estímulo al corazón, no les importe que hombres positivistas incapaces de sentir el ideal digan que es mucho mejor imitar a Sancho que a Don Quijote. Prefiramos siempre a la bota henchida de Sancho Panza que refresca su boca llena de refranes, la escuálida figura de Don Quijote alzando sobre la fatigada cabalgadura la lanza que parece el índice de España.”

Quizás haya sido la Semana Santa, con su vinculo hacia la trascendencia espiritual, quizás un simple suceso de naturaleza doméstica, o quizás la pura casualidad de la vida. El hecho es que ha llegado a mis manos y sobre todo a mi conocimiento, el manuscrito de una persona a la que solo conocía por su nombre y por la mención de algunas entrañables anécdotas familiares. Siento profundamente no haber podido conocerla personalmente. Afortunadamente conozco muy bien a su hija, con la que estoy felizmente casado.

Eladio Mansilla

Esa persona, que murió antes de tiempo, y que dejó una huella imborrable en el corazón de su hija, se llamaba Eladio Mansilla Cascallana.

Pero Eladio también dejó memoria de su vida, escrita con su puño y letra. Se trata de un mosaico de reflexiones tan racionalmente lúcidas como poéticas. Tan íntimas como universales, tan profundas como brillantes. Creo que deben salir a la luz pública, porque significan una aportación al núcleo del sincero y puro amor a la patria española. Algo que desgraciadamente escasea cada  vez más, y sin el que es imposible construir el futuro.

Las palabras que siguen fueron escritas por su mano el 7 de marzo de 1951. Juzgue el lector por si mismo.

“¡Poesía, poesía! Yo quiero vivir en esa región de la poesía y quiero sumergirme, por decirlo así, en el espíritu nacional de mi patria; siento que soy una gota de una onda de ese río, siento la solidaridad no solo con los que son, sino con los que fueron, y por eso lo siento con los que vendrán.

Por eso amo a mi patria y la evoco en mis sueños y deseo vivir en una atmósfera que no se parezca a la atmósfera que me rodea en la vida presente ¡Cuantas veces al apartar la vista de la realidad actual, me dirijo hacia la historia pasada, y, la evoco y la busco en aquel período de intersección entre una España que termina y otra que comienza! Entonces veo aquella reconquista que se va formando con hilos de sangre, que salen de las montañas y de las grutas de las ermitas, que van creciendo hasta formar arroyos y remansos, y veo nacer y crecer en sus margenes los concejos y las behetrías, y los gremios, y los señoríos, las clases, los reinos y las cortes, y distingo a los monjes, a los religioso, a los cruzados, a los  pecheros, a los payeses, a los solariegos, a los infanzones, enlazados por los Fueros, los códigos, los poemas y los romanceros descendiendo hacia la vega de Granada en un ocaso de gloria, para ver allí el alborear de una nueva época y de un nuevo mundo con la conquista de América y del Pacifico.

Y entonces pasan ante mi fantasía Colón y Elcano, Magallanes y Cortés: los conquistadores, navegantes y aventureros; y a medida que el sol se levanta, mi alma arrebatada quiere vivir, sentir y admirar a políticos como Cisneros y como Felipe II; a estadistas Caudillos como Carlos V y como D. Juan de Austria; y por impulso de la sangre, deseo ser soldado de los tercios del Duque de Alba de Requesens y de Farnesio, y quiero que recreen mis oídos los periodos solemnes de Fray Luis de Granada y las estrofas que brotan de la lira de Lope y Calderón, y que me traiga relatos de Lepanto, aquel manco a quien quedó una mano todavía para cincelar sobre la naturaleza humana a Don Quijote, y quiero ver pasara ante mis ojos los embajadores de los parlamentos de Sicilia y de Munster, que se llaman Quevedo y Saavedra Fajardo; y ver la caída de Flandes a través de las lanzas de Velázquez, y quiero sentarme en la cátedra de Victoria y observar como el pensamiento teológico de mi raza brilla en aquella frente soberana, y quiero verle llamear en la mente de Vives, sembrador de sistemas, y en la de Suárez, ascendiendo hasta las cumbres de la metafísica; y quiero más: quiero que infundan aliento en mi corazón los penitentes varoniles y desgarrados en los cuadros de Rivera, y se caldeen las llamas místicas que brotan en lo mas excelso del espíritu español en Santa Teresa y San Juan de la Cruz, y quiero, por fin, embriagarme de gloria española, sentir en mi alma el alma de la madre España.

Hay una unidad histórica y en aras de ella colaboraron todas las regiones y todos los reinos. A la tragedia de Alarcos sucedió el día resplandeciente de Las Navas, para demostrar que la patria se siente no solo en las horas de triunfo y en los días de gloria, sino también en las horas de desventura. Hay catástrofes tan gloriosas como las mayores victorias, y las dos cosas, catástrofes y victorias, ligan las almas nobles. Y nosotros, que hicimos de la Reconquista la mitad de nuestra historia, emprendimos a continuación la conquista de América, epopeya sin rival  y que todavía no ha sido escrita como se merece, ni adecuadamente relatada. Descubrimos el Pacífico, que es otra proeza que no tiene  semejante. Y después de haber hecho todas esas cosas, vino la guerra de la Independencia, de tal manera que allí se manifestó el sentimiento regional juntamente enlazado con el de unidad tan intima que pocas veces se ha manifestado de igual manera, y precisamente en el momento en que la ausencia del poder público era más manifiesta.

Nosotros queremos una unidad social porque no queremos que la propiedad se funde exclusivamente en una derivación de derechos innatos, como el de la vida, sino también en el reconocimiento de limites morales, que en los pueblos cristianos la costumbre hace jurídicos, y que impone como legítimos de los necesitados, que suprime hasta la sombra del “Ius Abutendi” pagano. Nosotros creemos que deben existir dos formas de propiedad, la individual y la corporativa y deseamos que una red de sindicatos agrícolas y obreros, formando federaciones y extendiéndose por las villas y los caseríos de las montañas, puedan, no solo emancipar los municipios, sino mejorar la condición de los trabajadores.

Ya están lejanos los días de las carabelas de los grandes descubridores y de los audaces navegantes; pero salieron de nuestra raza, y, como también tenían un ideal que les encendía el alma, por eso fue grande nuestro pueblo en aquella época. Si  nosotros sintiéramos, pensáramos y amaramos ese ideal como lo sintieron y amaron nuestros antepasados, la España de ahora sería tan grande como la España que fue. Es preciso un poco de poesía que alumbre la vida, que ella es demasiado sombría.

Creemos que nos absolvemos a nosotros mismos de la decadencia de la hora presente, disminuyendo las grandezas pasadas. Pero mientras exista América, la sombra de Hernán Cortés, de Vasco Núñez de Balboa, de Almagro, de Pizarro y Orellana, brillarán como una constelación sobre el continente del que España hizo un altar; y mientras haya memoria en los hombres, la raza que que cubrió de laureles los pantanos de Flandes, y escaló las cimas del pensamiento y del arte, esa raza será grande en la Historia. Y si sus herederos quieren conservar el recuerdo para que les sirva de estímulo al corazón, no les importe que hombres positivistas incapaces de sentir el ideal digan que es mucho mejor imitar a Sancho que a Don Quijote. Prefiramos siempre a la bota henchida de Sancho Panza que refresca su boca llena de refranes, la escuálida figura de Don Quijote alzando sobre la fatigada cabalgadura la lanza que parece el índice de España.”


3 respuestas a «El “Magno Ideal” de Eladio Mansilla Cascallana»

  1. Todo español de bien, podría y debería firmar esas entrañables palabras.
    Mi felicitación por rescatarle del olvido, y a EL ESPAÑOL DIGITAL, por divulgar el texto.
    Su esposa, y usted mismo, pueden estar orgullosos de don Eladio Mansilla Casacallana.

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