El mejor argumento de Milei para efectuar la dolarización de Argentina: “Ahora somos todos federo-americanos”

ESCUCHAR NOTICIA: Ha habido mucha preocupación en Argentina respecto a la promesa del candidato anti keynesiano Javier Milei de dolarizar la economía una vez que fuese presidente. Tras un siglo de planificación industrial y programas de bienestar sobredimensionados, junto con niveles demenciales de emisión monetaria para financiarlo todo, Argentina pasó de ser una de las naciones más ricas de la Tierra a un país perpetuamente azotado por crisis económicas. A vísperas de la elección de Milei, el cuarenta por ciento de su población vivía en la pobreza y se encontraba atrapado en otro doloroso episodio de hiperinflación. El señor Milei propuso una vía para detener esa locura. Sus oponentes políticos todavía se resisten a la idea, calificándola de imprudente y antipatriótica. Se equivocan en ambos aspectos. Les explico por qué. En su obra maestra, las Notas sobre el Estado de Virginia (1785) —el pilar fundamental de la filosofía política angloamericana— Thomas Jefferson escribió dos ensayos que anticiparon los argumentos de Milei a favor de la dolarización. Por cierto, si somos honestos, estos argumentos se aplican a toda América Latina. En las Cuestiones XXI y XXII, y como hace con otros temas a lo largo del libro, Jefferson ejemplifica el arte de la democracia al analizar la inflación de precios y la devaluación de la moneda. El arte democrático del Prócer estadounidense es siempre un proceso de diálogo que consiste, primero, en admitir el error; luego, en investigar; y, finalmente, en sugerir soluciones. La devaluación monetaria está vinculada a nuestra capacidad para cometer errores, así como a los actos de injusticia que provocan el sufrimiento humano. Jefferson escribía hacia finales de 1784, ocho años después de la Declaración de Independencia de 1776 y un lustro antes de la nueva Constitución de 1789. Le preocupaba qué podría hacer viable a la nueva nación ya terminada la guerra con Inglaterra. Al comienzo de la Cuestión XXI, admite su propia ignorancia sobre las causas que provocaron el caos de tener tantas monedas con diferentes valores extrínsecos o “nominales” en todo el país: “Cómo ha ocurrido que, tanto en este como en los demás estados americanos, el valor nominal de la moneda se hizo diferir del que tenía en el país que habíamos dejado [Inglaterra], y diferir también entre nosotros mismos, no soy capaz de decirlo con certeza”. Al no poder determinar los orígenes precisos del caos monetario en EE. UU., pasa a describir la ansiedad que esto produce en los funcionarios públicos que intentan gestionar las finanzas del Estado. Notemos cómo tanto el liderazgo soberano y del consejo de Inglaterra como los gobiernos locales elegidos en Virginia impusieron tipos de cambio fijos. Con ello, limitaron la capacidad de los ciudadanos para evitar la pérdida de su poder adquisitivo o adoptar otros parámetros de valor. El Rey, el Parlamento y la Asamblea de Virginia compartían el interés propio de mantenerse en la cima de la pirámide monetaria y prohibir el trueque y los tipos de cambio flotantes. No pudieron fijar las tasas de forma demasiado rígida, pero también querían preservar su privilegiado poder de compra como los primeros usuarios del nuevo dinero, así como su capacidad para recaudar impuestos sobre el comercio: Descubro que en 1631 nuestra asamblea de ciudadanos solicitó al consejo privado de Inglaterra una moneda devaluada al veinticinco por ciento; que en 1645 prohibieron el comercio mediante el trueque de tabaco y establecieron el real de a ocho español a seis chelines como el estándar de su moneda; que en 1655 lo cambiaron a cinco chelines esterlinas. En 1680 enviaron una petición al rey, a consecuencia de la cual, por proclama en 1683, éste fijó el valor de las coronas francesas, los táleros y los reales de a ocho en seis chelines, y la moneda de Nueva Inglaterra en un chelín. En 1710, 1714, 1727 y 1762 se hicieron otras regulaciones. Tras este repaso de los intentos pasados de regular la moneda, Jefferson señala los resultados negativos: la inflación de precios, que es la inversa de la devaluación de la moneda. El problema se hace evidente debido a la dependencia de una oferta ampliable de papel moneda: “El primer síntoma de la depreciación de nuestro papel moneda actual fue que los dólares de plata se vendían a seis chelines, cuando antes valían solo cinco chelines y nueve peniques” (NB: doce peniques equivalen a un chelín). Los legisladores se vieron obligados a adaptarse a las nuevas condiciones del mercado: “La asamblea, por lo tanto, los elevó por ley a seis chelines”. Un “primer síntoma” de inflación de poco más del cuatro por ciento no parece mucho, pero era solo un anticipo de lo que estaba por venir. A continuación, Jefferson indica la solución, que no consiste en fijar los tipos de cambio sino en tomar como referencia el valor estable y universalmente aceptado del dólar de plata importado de la América española: Dado que es probable que el dólar se convierta ahora en la unidad monetaria de Estados Unidos, ya que se acepta a esta tasa en algunos de nuestros estados hermanos, y puesto que facilita el cálculo en libras y chelines, y viceversa, esto parece más conveniente que su denominación anterior. Pero como esta moneda en particular se cotiza ahora más alto que otra en la proporción de 133⅓ a 125, o de 16 a 15, será necesario elevar las demás en la misma proporción. Esta prima de casi el siete por ciento sobre el dólar de plata indica su utilidad relativa en aquel momento como medio de cambio y reserva de valor frente a otras monedas nacionales y al papel moneda local. La Cuestión XXI se lee como una reflexión serena sobre el pasado, seguida de una sugerencia moderada sobre qué hacer en el futuro. Sin embargo, al pasar la página a la Cuestión XXII, Jefferson revela la dificultad de la situación actual. La guerra contra Inglaterra provocó una crisis combinada de déficit fiscal, deuda e inflación que convirtió en una pesadilla el cálculo de ingresos, gastos y obligaciones. Lo más llamativo aquí es que la crisis complicó las actividades del propio gobierno: ¿Los ingresos y gastos públicos? Al variar el monto nominal de estos de forma constante y rápida, debido a la constante y rápida depreciación de nuestro papel moneda, resulta impracticable decir cuáles son. Nos encontramos estafados en cada intento por la depreciación que interviene entre la declaración del impuesto y su recaudación real. Una y otra vez Jefferson atribuye la dificultad para determinar las cifras financieras actuales al rápido deterioro del poder adquisitivo del papel moneda del Estado. Los números cambian tan rápido que nadie puede llevar una contabilidad adecuada. Al declarar un impuesto, el poder adquisitivo de los propios ingresos del Estado por ese impuesto entra en una pendiente descendente que requiere corrección constante. Por lo tanto, una cifra real de la recaudación fiscal debe esperar a un momento futuro “en que encontremos los medios de recaudar lo que el pueblo pueda prescindir”. Jefferson es incapaz de calcular los gastos “por la misma razón. Se expresan en su mayoría en papel moneda, el cual, al variar perenemente, la legislatura intenta corregir en cada sesión para adaptar las sumas nominales al valor que se desea que tengan”. Por último, señala que las deudas públicas “crecen mientras escribo y, por lo tanto, no pueden fijarse ahora”. Hoy en día, este caos debería resultar dolorosamente familiar para cualquier argentino. Trágicamente, el consenso para solucionar tales problemas no aparece cuando la inflación afecta al sector privado, sino cuando hace fallar al propio aparato del gobierno. El hecho de que, en un país como Argentina con un nivel tan alto de empleo público, un economista liberal serio como Milei haya sido elegido presidente indica que nuestro proverbial “retorno a la razón” siempre requiere de crisis y desesperación. Juan de Mariana —el “monarcómaco de Madrid”— al abordar el mismo problema de la devaluación monetaria, dio un firme consejo a los líderes que buscan buenos gobiernos y sociedades sanas: “no se toquen los fundamentos primarios del comercio: las unidades de peso, de medida y de la moneda. Detrás de la apariencia de una solución rápida se esconde una estafa de múltiples capas” (De la moneta, 1605). Los líderes de España silenciaron a Mariana. Como observó en una ocasión otro reformador frustrado, Juan de Palafox y Mendoza —virrey de la Nueva España y obispo de Tlaxcala y Osma—: “se requieren más circunstancias para acertar que para errar, y por eso las acciones erróneas son más fáciles que las correctas” (La conquista de la China, c.1654). Las circunstancias eran similares poco más de un siglo después de la muerte de Palafox, cuando Jefferson escribía las Notas hacia el final de la Guerra de Independencia de EE. UU. Jefferson —quien incluyó libros de Palafox y de Mariana entre los que le envió en 1785 a su amigo y compañero estadista James Madison— también desconfiaba de la naturaleza seductora de la insensatez humana. Un año después, escribió las siguientes y fatídicas palabras al marqués de Chastellux: “El error es la materia de la que está tejida la vida, y quien vive más tiempo y con mayor sabiduría solo es capaz de destejer una parte más grande de él” (véase la carta “Thoughts on English Prosody”, 1786). Cuando un país toca fondo, justo después de una guerra por la supervivencia, o quizás al enfrentarse a su enésima crisis económica, a veces es posible dar un paso en la dirección correcta. ¿Quién puede saber qué le espera a Argentina? Además, el mismo problema persistirá con un gobierno estadounidense que gasta de forma imprudente y expande la oferta monetaria como respuesta a cada crisis social. Pero eso no importa; el juego es relativo. A la luz de los acontecimientos pasados y actuales, la dolarización en toda Hispanoamérica es la decisión racional. También debemos admitir que, aunque elimine la tentación de la manipulación monetaria, América Latina ha de rechazar el crimen, la corrupción y el comunismo para hacer crecer sus economías y poner el trabajo y la creación de riqueza más al alcance de sus poblaciones. Y el impulso político de dolarizar es bueno no solo por razones económicas. Es patriótico. El dólar fue una institución hispana mucho antes de convertirse en una anglosajona. Más precisamente, Jefferson veía a los hispanoamericanos como italianos, españoles y mediterráneos: los llamó “federo-americanos”, pensando que muchos de ellos acabarían incorporándose a EE. UU. De forma profética, el fundador de Estados Unidos tenía en mente a la Argentina moderna al escribir las Notas. Su admisión de ignorancia respecto al caos monetario insinúa que la insensatez fiscal es inevitable. Lo importante es solucionarla. Y en las Cuestiones XXI y XXII, Jefferson señala al dinero duro como la solución, específicamente el real de a ocho español que se convertiría en la base del dólar estadounidense. También señala que, una vez que termine la crisis actual, el libre comercio tiene las llaves de la paz y la prosperidad del futuro: “Nuestro interés será abrir de par en par las puertas del comercio y romper todas sus cadenas, dando perfecta libertad a todas las personas para dar salida a lo que decidan traer a nuestros puertos, y pidiendo lo mismo en los suyos”. Es difícil imaginar un mejor consejo para los argentinos o, de hecho, para cualquier americano, ya sea anglo, hispano o federo.   Pulse para escuchar el texto Ha habido mucha preocupación en Argentina respecto a la promesa del candidato anti keynesiano Javier Milei de dolarizar la economía una vez que fuese presidente. Tras un siglo de planificación industrial y programas de bienestar sobredimensionados, junto con niveles demenciales de emisión monetaria para financiarlo todo, Argentina pasó de ser una de las naciones más ricas de la Tierra a un país perpetuamente azotado por crisis económicas. A vísperas de la elección de Milei, el cuarenta por ciento de su población vivía en la pobreza y se encontraba atrapado en otro doloroso episodio de hiperinflación. El señor Milei propuso una vía para detener esa locura. Sus oponentes políticos todavía se resisten a la idea, calificándola de imprudente y antipatriótica. Se equivocan en ambos aspectos. Les explico por qué. En su obra maestra, las Notas sobre el Estado de Virginia (1785) —el pilar fundamental de la filosofía política angloamericana— Thomas Jefferson escribió dos ensayos que anticiparon los argumentos de Milei a favor de la dolarización. Por cierto, si somos honestos, estos argumentos se aplican a toda América Latina. En las Cuestiones XXI y XXII, y como hace con otros temas a lo largo del libro, Jefferson ejemplifica el arte de la democracia al analizar la inflación de precios y la devaluación de la moneda. El arte democrático del Prócer estadounidense es siempre un proceso de diálogo que consiste, primero, en admitir el error; luego, en investigar; y, finalmente, en sugerir soluciones. La devaluación monetaria está vinculada a nuestra capacidad para cometer errores, así como a los actos de injusticia que provocan el sufrimiento humano. Jefferson escribía hacia finales de 1784, ocho años después de la Declaración de Independencia de 1776 y un lustro antes de la nueva Constitución de 1789. Le preocupaba qué podría hacer viable a la nueva nación ya terminada la guerra con Inglaterra. Al comienzo de la Cuestión XXI, admite su propia ignorancia sobre las causas que provocaron el caos de tener tantas monedas con diferentes valores extrínsecos o “nominales” en todo el país: “Cómo ha ocurrido que, tanto en este como en los demás estados americanos, el valor nominal de la moneda se hizo diferir del que tenía en el país que habíamos dejado [Inglaterra], y diferir también entre nosotros mismos, no soy capaz de decirlo con certeza”. Al no poder determinar los orígenes precisos del caos monetario en EE. UU., pasa a describir la ansiedad que esto produce en los funcionarios públicos que intentan gestionar las finanzas del Estado. Notemos cómo tanto el liderazgo soberano y del consejo de Inglaterra como los gobiernos locales elegidos en Virginia impusieron tipos de cambio fijos. Con ello, limitaron la capacidad de los ciudadanos para evitar la pérdida de su poder adquisitivo o adoptar otros parámetros de valor. El Rey, el Parlamento y la Asamblea de Virginia compartían el interés propio de mantenerse en la cima de la pirámide monetaria y prohibir el trueque y los tipos de cambio flotantes. No pudieron fijar las tasas de forma demasiado rígida, pero también querían preservar su privilegiado poder de compra como los primeros usuarios del nuevo dinero, así como su capacidad para recaudar impuestos sobre el comercio: Descubro que en 1631 nuestra asamblea de ciudadanos solicitó al consejo privado de Inglaterra una moneda devaluada al veinticinco por ciento; que en 1645 prohibieron el comercio mediante el trueque de tabaco y establecieron el real de a ocho español a seis chelines como el estándar de su moneda; que en 1655 lo cambiaron a cinco chelines esterlinas. En 1680 enviaron una petición al rey, a consecuencia de la cual, por proclama en 1683, éste fijó el valor de las coronas francesas, los táleros y los reales de a ocho en seis chelines, y la moneda de Nueva Inglaterra en un chelín. En 1710, 1714, 1727 y 1762 se hicieron otras regulaciones. Tras este repaso de los intentos pasados de regular la moneda, Jefferson señala los resultados negativos: la inflación de precios, que es la inversa de la devaluación de la moneda. El problema se hace evidente debido a la dependencia de una oferta ampliable de papel moneda: “El primer síntoma de la depreciación de nuestro papel moneda actual fue que los dólares de plata se vendían a seis chelines, cuando antes valían solo cinco chelines y nueve peniques” (NB: doce peniques equivalen a un chelín). Los legisladores se vieron obligados a adaptarse a las nuevas condiciones del mercado: “La asamblea, por lo tanto, los elevó por ley a seis chelines”. Un “primer síntoma” de inflación de poco más del cuatro por ciento no parece mucho, pero era solo un anticipo de lo que estaba por venir. A continuación, Jefferson indica la solución, que no consiste en fijar los tipos de cambio sino en tomar como referencia el valor estable y universalmente aceptado del dólar de plata importado de la América española: Dado que es probable que el dólar se convierta ahora en la unidad monetaria de Estados Unidos, ya que se acepta a esta tasa en algunos de nuestros estados hermanos, y puesto que facilita el cálculo en libras y chelines, y viceversa, esto parece más conveniente que su denominación anterior. Pero como esta moneda en particular se cotiza ahora más alto que otra en la proporción de 133⅓ a 125, o de 16 a 15, será necesario elevar las demás en la misma proporción. Esta prima de casi el siete por ciento sobre el dólar de plata indica su utilidad relativa en aquel momento como medio de cambio y reserva de valor frente a otras monedas nacionales y al papel moneda local. La Cuestión XXI se lee como una reflexión serena sobre el pasado, seguida de una sugerencia moderada sobre qué hacer en el futuro. Sin embargo, al pasar la página a la Cuestión XXII, Jefferson revela la dificultad de la situación actual. La guerra contra Inglaterra provocó una crisis combinada de déficit fiscal, deuda e inflación que convirtió en una pesadilla el cálculo de ingresos, gastos y obligaciones. Lo más llamativo aquí es que la crisis complicó las actividades del propio gobierno: ¿Los ingresos y gastos públicos? Al variar el monto nominal de estos de forma constante y rápida, debido a la constante y rápida depreciación de nuestro papel moneda, resulta impracticable decir cuáles son. Nos encontramos estafados en cada intento por la depreciación que interviene entre la declaración del impuesto y su recaudación real. Una y otra vez Jefferson atribuye la dificultad para determinar las cifras financieras actuales al rápido deterioro del poder adquisitivo del papel moneda del Estado. Los números cambian tan rápido que nadie puede llevar una contabilidad adecuada. Al declarar un impuesto, el poder adquisitivo de los propios ingresos del Estado por ese impuesto entra en una pendiente descendente que requiere corrección constante. Por lo tanto, una cifra real de la recaudación fiscal debe esperar a un momento futuro “en que encontremos los medios de recaudar lo que el pueblo pueda prescindir”. Jefferson es incapaz de calcular los gastos “por la misma razón. Se expresan en su mayoría en papel moneda, el cual, al variar perenemente, la legislatura intenta corregir en cada sesión para adaptar las sumas nominales al valor que se desea que tengan”. Por último, señala que las deudas públicas “crecen mientras escribo y, por lo tanto, no pueden fijarse ahora”. Hoy en día, este caos debería resultar dolorosamente familiar para cualquier argentino. Trágicamente, el consenso para solucionar tales problemas no aparece cuando la inflación afecta al sector privado, sino cuando hace fallar al propio aparato del gobierno. El hecho de que, en un país como Argentina con un nivel tan alto de empleo público, un economista liberal serio como Milei haya sido elegido presidente indica que nuestro proverbial “retorno a la razón” siempre requiere de crisis y desesperación. Juan de Mariana —el “monarcómaco de Madrid”— al abordar el mismo problema de la devaluación monetaria, dio un firme consejo a los líderes que buscan buenos gobiernos y sociedades sanas: “no se toquen los fundamentos primarios del comercio: las unidades de peso, de medida y de la moneda. Detrás de la apariencia de una solución rápida se esconde una estafa de múltiples capas” (De la moneta, 1605). Los líderes de España silenciaron a Mariana. Como observó en una ocasión otro reformador frustrado, Juan de Palafox y Mendoza —virrey de la Nueva España y obispo de Tlaxcala y Osma—: “se requieren más circunstancias para acertar que para errar, y por eso las acciones erróneas son más fáciles que las correctas” (La conquista de la China, c.1654). Las circunstancias eran similares poco más de un siglo después de la muerte de Palafox, cuando Jefferson escribía las Notas hacia el final de la Guerra de Independencia de EE. UU. Jefferson —quien incluyó libros de Palafox y de Mariana entre los que le envió en 1785 a su amigo y compañero estadista James Madison— también desconfiaba de la naturaleza seductora de la insensatez humana. Un año después, escribió las siguientes y fatídicas palabras al marqués de Chastellux: “El error es la materia de la que está tejida la vida, y quien vive más tiempo y con mayor sabiduría solo es capaz de destejer una parte más grande de él” (véase la carta “Thoughts on English Prosody”, 1786). Cuando un país toca fondo, justo después de una guerra por la supervivencia, o quizás al enfrentarse a su enésima crisis económica, a veces es posible dar un paso en la dirección correcta. ¿Quién puede saber qué le espera a Argentina? Además, el mismo problema persistirá con un gobierno estadounidense que gasta de forma imprudente y expande la oferta monetaria como respuesta a cada crisis social. Pero eso no importa; el juego es relativo. A la luz de los acontecimientos pasados y actuales, la dolarización en toda Hispanoamérica es la decisión racional. También debemos admitir que, aunque elimine la tentación de la manipulación monetaria, América Latina ha de rechazar el crimen, la corrupción y el comunismo para hacer crecer sus economías y poner el trabajo y la creación de riqueza más al alcance de sus poblaciones. Y el impulso político de dolarizar es bueno no solo por razones económicas. Es patriótico. El dólar fue una institución hispana mucho antes de convertirse en una anglosajona. Más precisamente, Jefferson veía a los hispanoamericanos como italianos, españoles y mediterráneos: los llamó “federo-americanos”, pensando que muchos de ellos acabarían incorporándose a EE. UU. De forma profética, el fundador de Estados Unidos tenía en mente a la Argentina moderna al escribir las Notas. Su admisión de ignorancia respecto al caos monetario insinúa que la insensatez fiscal es inevitable. Lo importante es solucionarla. Y en las Cuestiones XXI y XXII, Jefferson señala al dinero duro como la solución, específicamente el real de a ocho español que se convertiría en la base del dólar estadounidense. También señala que, una vez que termine la crisis actual, el libre comercio tiene las llaves de la paz y la prosperidad del futuro: “Nuestro interés será abrir de par en par las puertas del comercio y romper todas sus cadenas, dando perfecta libertad a todas las personas para dar salida a lo que decidan traer a nuestros puertos, y pidiendo lo mismo en los suyos”. Es difícil imaginar un mejor consejo para los argentinos o, de hecho, para cualquier americano, ya sea anglo, hispano o federo.

Ha habido mucha preocupación en Argentina respecto a la promesa del candidato anti keynesiano Javier Milei de dolarizar la economía una vez que fuese presidente. Tras un siglo de planificación industrial y programas de bienestar sobredimensionados, junto con niveles demenciales de emisión monetaria para financiarlo todo, Argentina pasó de ser una de las naciones más ricas de la Tierra a un país perpetuamente azotado por crisis económicas. A vísperas de la elección de Milei, el cuarenta por ciento de su población vivía en la pobreza y se encontraba atrapado en otro doloroso episodio de hiperinflación. El señor Milei propuso una vía para detener esa locura. Sus oponentes políticos todavía se resisten a la idea, calificándola de imprudente y antipatriótica. Se equivocan en ambos aspectos. Les explico por qué.

En su obra maestra, las Notas sobre el Estado de Virginia (1785) —el pilar fundamental de la filosofía política angloamericana— Thomas Jefferson escribió dos ensayos que anticiparon los argumentos de Milei a favor de la dolarización. Por cierto, si somos honestos, estos argumentos se aplican a toda América Latina. En las Cuestiones XXI y XXII, y como hace con otros temas a lo largo del libro, Jefferson ejemplifica el arte de la democracia al analizar la inflación de precios y la devaluación de la moneda. El arte democrático del Prócer estadounidense es siempre un proceso de diálogo que consiste, primero, en admitir el error; luego, en investigar; y, finalmente, en sugerir soluciones.

La devaluación monetaria está vinculada a nuestra capacidad para cometer errores, así como a los actos de injusticia que provocan el sufrimiento humano. Jefferson escribía hacia finales de 1784, ocho años después de la Declaración de Independencia de 1776 y un lustro antes de la nueva Constitución de 1789. Le preocupaba qué podría hacer viable a la nueva nación ya terminada la guerra con Inglaterra. Al comienzo de la Cuestión XXI, admite su propia ignorancia sobre las causas que provocaron el caos de tener tantas monedas con diferentes valores extrínsecos o “nominales” en todo el país: “Cómo ha ocurrido que, tanto en este como en los demás estados americanos, el valor nominal de la moneda se hizo diferir del que tenía en el país que habíamos dejado [Inglaterra], y diferir también entre nosotros mismos, no soy capaz de decirlo con certeza”.

Al no poder determinar los orígenes precisos del caos monetario en EE. UU., pasa a describir la ansiedad que esto produce en los funcionarios públicos que intentan gestionar las finanzas del Estado. Notemos cómo tanto el liderazgo soberano y del consejo de Inglaterra como los gobiernos locales elegidos en Virginia impusieron tipos de cambio fijos. Con ello, limitaron la capacidad de los ciudadanos para evitar la pérdida de su poder adquisitivo o adoptar otros parámetros de valor. El Rey, el Parlamento y la Asamblea de Virginia compartían el interés propio de mantenerse en la cima de la pirámide monetaria y prohibir el trueque y los tipos de cambio flotantes. No pudieron fijar las tasas de forma demasiado rígida, pero también querían preservar su privilegiado poder de compra como los primeros usuarios del nuevo dinero, así como su capacidad para recaudar impuestos sobre el comercio:

Descubro que en 1631 nuestra asamblea de ciudadanos solicitó al consejo privado de Inglaterra una moneda devaluada al veinticinco por ciento; que en 1645 prohibieron el comercio mediante el trueque de tabaco y establecieron el real de a ocho español a seis chelines como el estándar de su moneda; que en 1655 lo cambiaron a cinco chelines esterlinas. En 1680 enviaron una petición al rey, a consecuencia de la cual, por proclama en 1683, éste fijó el valor de las coronas francesas, los táleros y los reales de a ocho en seis chelines, y la moneda de Nueva Inglaterra en un chelín. En 1710, 1714, 1727 y 1762 se hicieron otras regulaciones.

Tras este repaso de los intentos pasados de regular la moneda, Jefferson señala los resultados negativos: la inflación de precios, que es la inversa de la devaluación de la moneda. El problema se hace evidente debido a la dependencia de una oferta ampliable de papel moneda: “El primer síntoma de la depreciación de nuestro papel moneda actual fue que los dólares de plata se vendían a seis chelines, cuando antes valían solo cinco chelines y nueve peniques” (NB: doce peniques equivalen a un chelín). Los legisladores se vieron obligados a adaptarse a las nuevas condiciones del mercado: “La asamblea, por lo tanto, los elevó por ley a seis chelines”. Un “primer síntoma” de inflación de poco más del cuatro por ciento no parece mucho, pero era solo un anticipo de lo que estaba por venir.

A continuación, Jefferson indica la solución, que no consiste en fijar los tipos de cambio sino en tomar como referencia el valor estable y universalmente aceptado del dólar de plata importado de la América española:

Dado que es probable que el dólar se convierta ahora en la unidad monetaria de Estados Unidos, ya que se acepta a esta tasa en algunos de nuestros estados hermanos, y puesto que facilita el cálculo en libras y chelines, y viceversa, esto parece más conveniente que su denominación anterior. Pero como esta moneda en particular se cotiza ahora más alto que otra en la proporción de 133⅓ a 125, o de 16 a 15, será necesario elevar las demás en la misma proporción.

Esta prima de casi el siete por ciento sobre el dólar de plata indica su utilidad relativa en aquel momento como medio de cambio y reserva de valor frente a otras monedas nacionales y al papel moneda local.

La Cuestión XXI se lee como una reflexión serena sobre el pasado, seguida de una sugerencia moderada sobre qué hacer en el futuro. Sin embargo, al pasar la página a la Cuestión XXII, Jefferson revela la dificultad de la situación actual. La guerra contra Inglaterra provocó una crisis combinada de déficit fiscal, deuda e inflación que convirtió en una pesadilla el cálculo de ingresos, gastos y obligaciones. Lo más llamativo aquí es que la crisis complicó las actividades del propio gobierno:

¿Los ingresos y gastos públicos? Al variar el monto nominal de estos de forma constante y rápida, debido a la constante y rápida depreciación de nuestro papel moneda, resulta impracticable decir cuáles son. Nos encontramos estafados en cada intento por la depreciación que interviene entre la declaración del impuesto y su recaudación real.

Una y otra vez Jefferson atribuye la dificultad para determinar las cifras financieras actuales al rápido deterioro del poder adquisitivo del papel moneda del Estado. Los números cambian tan rápido que nadie puede llevar una contabilidad adecuada. Al declarar un impuesto, el poder adquisitivo de los propios ingresos del Estado por ese impuesto entra en una pendiente descendente que requiere corrección constante. Por lo tanto, una cifra real de la recaudación fiscal debe esperar a un momento futuro “en que encontremos los medios de recaudar lo que el pueblo pueda prescindir”. Jefferson es incapaz de calcular los gastos “por la misma razón. Se expresan en su mayoría en papel moneda, el cual, al variar perenemente, la legislatura intenta corregir en cada sesión para adaptar las sumas nominales al valor que se desea que tengan”. Por último, señala que las deudas públicas “crecen mientras escribo y, por lo tanto, no pueden fijarse ahora”.

Hoy en día, este caos debería resultar dolorosamente familiar para cualquier argentino. Trágicamente, el consenso para solucionar tales problemas no aparece cuando la inflación afecta al sector privado, sino cuando hace fallar al propio aparato del gobierno. El hecho de que, en un país como Argentina con un nivel tan alto de empleo público, un economista liberal serio como Milei haya sido elegido presidente indica que nuestro proverbial “retorno a la razón” siempre requiere de crisis y desesperación. Juan de Mariana —el “monarcómaco de Madrid”— al abordar el mismo problema de la devaluación monetaria, dio un firme consejo a los líderes que buscan buenos gobiernos y sociedades sanas: “no se toquen los fundamentos primarios del comercio: las unidades de peso, de medida y de la moneda. Detrás de la apariencia de una solución rápida se esconde una estafa de múltiples capas” (De la moneta, 1605). Los líderes de España silenciaron a Mariana. Como observó en una ocasión otro reformador frustrado, Juan de Palafox y Mendoza —virrey de la Nueva España y obispo de Tlaxcala y Osma—: “se requieren más circunstancias para acertar que para errar, y por eso las acciones erróneas son más fáciles que las correctas” (La conquista de la China, c.1654).

Las circunstancias eran similares poco más de un siglo después de la muerte de Palafox, cuando Jefferson escribía las Notas hacia el final de la Guerra de Independencia de EE. UU. Jefferson —quien incluyó libros de Palafox y de Mariana entre los que le envió en 1785 a su amigo y compañero estadista James Madison— también desconfiaba de la naturaleza seductora de la insensatez humana. Un año después, escribió las siguientes y fatídicas palabras al marqués de Chastellux: “El error es la materia de la que está tejida la vida, y quien vive más tiempo y con mayor sabiduría solo es capaz de destejer una parte más grande de él” (véase la carta “Thoughts on English Prosody”, 1786).

Cuando un país toca fondo, justo después de una guerra por la supervivencia, o quizás al enfrentarse a su enésima crisis económica, a veces es posible dar un paso en la dirección correcta. ¿Quién puede saber qué le espera a Argentina? Además, el mismo problema persistirá con un gobierno estadounidense que gasta de forma imprudente y expande la oferta monetaria como respuesta a cada crisis social. Pero eso no importa; el juego es relativo. A la luz de los acontecimientos pasados y actuales, la dolarización en toda Hispanoamérica es la decisión racional. También debemos admitir que, aunque elimine la tentación de la manipulación monetaria, América Latina ha de rechazar el crimen, la corrupción y el comunismo para hacer crecer sus economías y poner el trabajo y la creación de riqueza más al alcance de sus poblaciones.

Y el impulso político de dolarizar es bueno no solo por razones económicas. Es patriótico. El dólar fue una institución hispana mucho antes de convertirse en una anglosajona. Más precisamente, Jefferson veía a los hispanoamericanos como italianos, españoles y mediterráneos: los llamó “federo-americanos”, pensando que muchos de ellos acabarían incorporándose a EE. UU. De forma profética, el fundador de Estados Unidos tenía en mente a la Argentina moderna al escribir las Notas. Su admisión de ignorancia respecto al caos monetario insinúa que la insensatez fiscal es inevitable. Lo importante es solucionarla. Y en las Cuestiones XXI y XXII, Jefferson señala al dinero duro como la solución, específicamente el real de a ocho español que se convertiría en la base del dólar estadounidense. También señala que, una vez que termine la crisis actual, el libre comercio tiene las llaves de la paz y la prosperidad del futuro: “Nuestro interés será abrir de par en par las puertas del comercio y romper todas sus cadenas, dando perfecta libertad a todas las personas para dar salida a lo que decidan traer a nuestros puertos, y pidiendo lo mismo en los suyos”. Es difícil imaginar un mejor consejo para los argentinos o, de hecho, para cualquier americano, ya sea anglo, hispano o federo.


3 respuestas a «El mejor argumento de Milei para efectuar la dolarización de Argentina: “Ahora somos todos federo-americanos”»

  1. Desde el Liberalismo recalcitrante del artIculista trayendo a Jefferson, uno de los masones padres constitucionales de los EE. UU. para justificar la dolarización es una prueba de que el autor desconoce los mecanismos de la creación de dinero.
    La dolarización es un error grave excepto para los EE. UU.
    Cinco logias en esos masónicos EE. UU. llevan el nombre de Jefferson.
    Milei, su entorno, su hermana son unos corruptos sin duda alguna
    El mismo al convertirse al judaismo ortodoxo extremo de la JABAD, ha vendido su alma al sionismo y a sus siervos los EE/UU/
    El autor se encuentra cerca de los PePeros

    1. Este I Caballero es un Zurdo y antisionista argumentando luego de haber llevado al país al 50% de pobres e hiperinflación . Un homínido mononeuronal que jamás estudió el tema monetario y que no sabe distinguir un activo de un pasivo .

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