El nacimiento de la «memoria histórica»

Las elecciones de 1993 rompieron el acuerdo.

Las actitudes españolas durante la Transición no fueron en modo alguno un modelo puro de lo que denominamos «objetividad científica» –imposible en el estudio histórico–, pero los líderes político estuvieron por lo general unidos en un acuerdo para que los argumentos históricos no fueran empleados con fines partidistas. Convivían muchos puntos de vista contradictorios y antagónicos, pero el entendimiento general era que la historia quedase en manos de los historiadores y no se empleara en la competencia política del momento. Dos décadas después, sin embargo, esto comenzaría a cambiar progresivamente.

El consenso que rechazó la politización de la historia española de la guerra civil y la «dictadura» se mantuvo en general hasta 1993, con las importantes excepciones de Cataluña y el país Vasco. En ese momento, los socialistas de Felipe González, que habían gobernado ininterrumpidamente once años, corrían peligro de perder las elecciones generales. Y así, en su campaña electoral, González comenzó por primera vez a subrayar que un voto al más conservador Partido Popular equivaldría a regresar al franquismo. Esto quizás pudo ayudar a los socialistas a ganar aún esas elecciones, pero no les sirvió en 1996, cuando las perdieron, y menos aún en el 2000, cuando el Partido Popular alcanzó la mayoría absoluta en el Parlamento. El entonces presidente del Gobierno, José María Aznar, declaró en 2002 que el uso del pasado con fines partidistas por fin había sido enterrado. Lamentablemente se equivocó.

Una vez escapado el genio fuera de la botella, esta apelación se convirtió en una táctica cada vez más común de la izquierda y también de los separatistas regionales. La España democrática había construido un «Estado de las Autonomías» que posiblemente otorgaba un grado descentralización y autogobierno regional mayor al de cualquier otro lugar de Europa, pero esta libertad se transformó rápidamente en licencia en Cataluña y el País Vasco, donde fueron celosamente propagados los fantásticos mitos históricos del micronacionalismo por medio de los sistemas educativos autónomos. Estos enseñaron que la Guerra Civil de 1936-39 había sido una guerra de agresión de «España» contra ambas regiones, enterrando así la realidad de que en el País Vasco, sobre todo,  además había sido claramente una guerra civil de vascos contra vascos.

El nacimiento de la «memoria histórica»

Decisivo en este cambio de actitud fue la tendencia general en el progresismo occidental, particularmente en sus formas más radicales, para utilizar las distinta versiones de la interpretación histórica como un arma política. Esta táctica está escasamente avalada por el campo de estudio profesional conocido por los historiadores como «memoria histórica» o «memoria colectiva».

Maurice Halbwachs

Durante las décadas de mitad y finales del pasado siglo, los historiadores desarrollaron una metodología sobre lo que se denominó «memoria colectiva», que investigaba actitudes, conceptos u opiniones respecto del pasado comparativamente reciente. Dicha actitudes y opiniones las habían establecido de diversas maneras activistas, políticos, artistas, escritores y, en cierta medida, la sociedad en general. Los especialistas académicos han llegado a la conclusión, sin embargo, de que en la mayoría de los casos no se trata de verdaderas «memorias» colectivas, en el sentido de que la mayoría de quienes las sostienen no han participado o experimentado los acontecimientos a los que se refieren, sino que éstas son producto de minorías políticas, sociales o culturales que de diversas maneras han propagado, difundido o impuesto sus puntos de vista con mayor o menor éxito. Los teóricos e investigadores fundadores de este campo, Maurice Halbwachs y Pierre Nora, enseguida reconocieron esto, al tiempo que han argumentado que dicho estudio de la «memoria colectiva» es importante como uno de los artefactos humanos que constituyen el registro histórico más amplio, capaz de influir en la política, la sociedad y la cultura, y, como tal, forma parte de los datos que deben ser examinados por los estudios históricos. Por tanto, esta memoria no revela los hechos de la historia en sí de una manera empírica confiable, sino que simplemente es una parte de las nuevas pruebas en curso que los historiadores deben investigar para comprender el desarrollo posterior de las actitudes hacia la historia.

La obra fundadora fue Les cadres sociaux de la memoire de Halbwachs, publicada en 1925, pero la memoria colectiva sólo emergió plenamente como campo significativo en la parte final del siglo. Este fue un aspecto de la ampliación y diversificación del estudio histórico que se desarrolló a partir de la década de 1970, aunque los especialistas también han señalado los problemas y abusos particulares a los que puede dar lugar. Así, Enrique Gavilán ha llamado la atención sobre lo que él define como «la imposibilidad y la necesidad de la memoria histórica», señalando en su obra final La memoire collective (1950) lo siguiente:

«Halbwachs llamó la atención sobre el exceso verbal implícito en la expresión memoria histórica. La memoria colectiva no es histórica, sino de hecho antihistórica. Entender algo en términos históricos es ser consciente de su complejidad, permanecer a la distancia suficiente como para poder ver diferentes perspectivas, captar las ambigüedades en el comportamiento de los diferentes actores, incluida su ambigüedad moral. Por el contrario, la memoria colectiva simplifica, niega el paso del tiempo, se externaliza y esencializa. Lo característico de la memoria colectiva es que pretende expresar una verdad eterna o esencial sobre un proceso colectivo.

Es más, Halbwachs sostuvo que la memoria colectiva funciona de manera opuesta a lo que puede suponerse por el sentido común, ya que la memoria colectiva no es tanto el resultado de la acción del pasado sobre el presente, como podríamos tender a pensar, sino del presente en el pasado. En otras palabras, la memoria colectiva es menos un descubrimiento que una creación.

Por lo tanto, si uno acepta las ideas de Halbwachs, la expresión memoria histórica debe ser utilizada con cuidado. Tampoco es defendible la idea de la recuperación de la memoria colectiva o histórica, ya que se debería hablar más bien de la construcción de la memoria… El presente juega un papel mucho mayor en la configuración de la memoria del pasado de los que generalmente se reconoce.»

Wulf Kansteiner

De igual modo, en un ensayo publicado en la revista History and Theory, Wulf Kansteiner habla de la diferencia entre aquellos a los que él llama los «fabricantes de la memoria» y los «consumidores de la memoria», y de la «abundancia de iniciativas de memoria colectiva fallida, por un lado, y de los pocos casos de la construcción con éxito de la memoria colectiva, por el otro». Y concluye en que hay un estudio inadecuado de lo que denomina «el problema de la recepción» de la memoria colectiva, puesto que «la memoria colectiva no es historia», sino que «es tanto el resultado de la manipulación consciente y de la absorción inconsciente, y siempre está mediada». Kansteiner señala que los eruditos israelíes Noa Gedi y Yigal Elam han llegado a la conclusión de que la memoria colectiva o histórica consiste en lo que ambos especialistas señalan como «mitos».

Esto no es lo mismo que el estudio de la «historia oral», que llegó a ser una subdisciplina de estudio histórico a finales del siglo XX. Gavilán subraya que en este campo particular «el trabajo de los historiadores no presupone la exactitud de la memoria. Por el contrario, es plenamente consciente de las inevitables deficiencias de la memoria. Los historiadores saben que la memoria no sólo deforma la comprensión de lo que ha ocurrido, sino que de hecho lo hace inevitablemente. No puede haber otra posibilidad… El objetivo no es el pasado, sino el presente».

Así, la expresión «memoria histórica» empleada por la izquierda española desde finales del siglo XX constituye un oxímoron, una contradicción en sus términos, algo que en estricta lógica no puede existir. La memoria genuina es estrictamente individual y subjetiva y con mucha frecuencia falaz. Incluso las personas de buena fe recuerdan constantemente detalles bastantes distintos a lo que en realidad sucedió. La memoria no puede definir ni explicar completamente los eventos pasdos, sino que simplemente proporciona una versión o interpretación del pasado. La historia investigada por los estudiosos, por otra parte, no es individual ni subjetiva, sino que requiere del estudio objetivo y profesionalmente empírico de documentos y otros datos y objetos. Es un proceso supraindividual de los historiadores profesionales, quienes debaten y contrastan sus resultados en los que se esfuerzan por ser lo más impersonales y objetivos posibles.

De La «memoria histórica» y la ruptura de la democracia española, publicado en Razón Española Nº 227. Revista en físico sólo para subscriptores. Bimestral. 65e/año. Telf.- 617.326.123 ó fundacionbalmes@yahoo.es

3 respuestas a «El nacimiento de la «memoria histórica»»

  1. Este asunto de la «memoria» que, durante su imbecilato, impuso como ley «el Imbécil» (ahora mamporrero de asesinos internacionales y narcotraficantes y al parecer, dicen, dueño de una mina de oro), y que el putero de Dubai firmó como cosa simple y qué más da, cuando estaba en realidad firmando su propia deslegitimación, puesto que él la corona se la debía por entero y exclusivamente al general Franco, lo explica perfectamente el profesor Payne, que nos advierte de la burda patraña en que puede acabar convertida una construcción sobre el pasado que, inspirada ideológicamente, se hace desde un presente que manipula a su antojo los hechos de antaño, susceptible de convertirse en ley por cualquier comunista comemierda, nuestro caso, para mejor manipular, dominar y mantenerse en el poder que es de lo que se trata.

    Ejemplos de lo que dice el profesor los tiene todo el mundo a su alcance, en mi caso, cuando le decía a mi padre q.e.p.d., que vivió la guerra siendo un mocito de 13 años, trabajando en la casa de labranza donde mi abuelo Patricio era el criado de confianza, y que vio con sus propios ojos que aquello de broma no tenía nada: «circulen, aquí no hay nada que mirar, sigan», recordaba cómo les conminó a seguir su camino el guardia civil que custodiaba el cadáver de un hombre que yacía al borde del camino por el que, en el burrico, pasaba con su padre un día del verano de 1936. Mi padre recordaba el romance que el señor Marcelino, el dueño del café, leyó en el cementerio glosando la muerte de un joven del pueblo caído en Robledo de Chavela; recordaba con nombres y apellidos, además de su edad y a lo que se dedicaban, a muchos de los que en nuestro pueblo dejaron la mancera para echar mano al fusil e irse camino del Guadarrama, o de Navalperal de Pinares, a escribir una gesta que dio nombre al Alto de los Leones ¡los leones de Castilla! (de que no fueron pocos los que así hicieron da idea la lápida miserablemente arrancada de la cerca de la iglesia por la gentuza que ahora manda, y me da igual psoez que peperros, en la que figuraban doce nombres de jóvenesd, el primero Santos Madrigal con apenas 18 años, que en la flor de la vida la ofrendaron por Dios y por España, lo que para un pueblo de escasos mil habitantes entonces no está nada mal). Mi padre, sin embargo, siempre estuvo convencido de que el Alzamiento, en su pueblo, se había producido un 18 de julio que era domingo, porque recordaba que cuando entraron en el pueblo por la calle Larga los alzados, -jóvenes falangistas que, en la caja de un camión, venían de la cabeza de partido-, y llegaron a la plaza dando voces y vivas y mueras fusil en mano, cesó la música y acabó el baile. Y en efecto, el movimiento iniciado por el general Saliquet en el gobierno militar de Valladolid frente a San Pablo, deteniendo a punta de pistola al general Molero, había ocurrido en la noche del sábado al domingo y no fue hasta ese día, 19 domingo, que se produjo la sublevación en la Tierra de Campos, pero eso era un detalle que mi padre no tenía ni debía tener en cuenta, el tenía 13 años justos entonces y vio lo que vio y vivió lo que vivió y gracias a Dios siempre conservó su memoria impecable. Memoria no historia que es algo distinto. Al final ya cercano al fin de sus días en este mundo, a los 83 años, le mostré a mi padre un facsímil de un periódico de entonces para convencerle de que había baile en el pueblo porque era 19 y domingo. Nos reíamos pero yo creo que no llegué a convencerlo de verdad nunca. Y es que es así, como dice el profesor, se construye desde hoy lo que en todo caso vivimos ayer, y eso con la historia tiene poco que ver, los recuerdos para que sean parte de una investigación histórica hay que contrastarlos obligatoriamente con documentos, porque de otro modo quedarán en recuerdos y de ahí no pasarán. Que pueden ser argumento para una novela, claro, y para un cuento, también, pero no para la historia.
    Total, que como aquí de lo que se trata es de lo que «el Imbécil» promovió y aprobó como ley que pasó a llamarse de «Memoria Histórica», un cuento con propósito de dominación política y control social, (para pergeñarla, dado que los cenutrios gerifaltes de la izquierda española, que apenas saben leer, brillan en Europa con luz propia por su burricie, su garrulismo, así como por su estupidez, y es que por algo tienen esa inclinación morbosa a hozar en los huesos, tuvieron que echar mano de la «inspiración» ajena, que les llegó, como casi todo en la UE, desde la Alemania posterior a la «hora 0», y es que al PSOE todo lo que venga de Alemania le viene de perlas, dinero con que financiarse, leyes-patraña de control social como esta de «memoria» -y si no fíjense como enseguida no falta el mamarracho progre que suelta como papagayo un: «en Alemania sería inconcebible una estatua de Hitler»-, o como la del famoso «odio» que no es otra cosa que el «hetzen» alemán que en sus diversas variantes tan buenos resultados les viene dando a los gerifaltes alemanes desde los 50′, y que, dicho sea de paso, el idiota sobre chulo arrogante del nieto del Tebib Arrumí coló en el CP español como si fuera novedad cuando en realidad actuaba al dictado, en fin, ese es otro cantar) ; pero sigamos con la ley del Imbécil, que un cobarde mamarracho medio alcoholizado como «Marrano», hoy tan celebrado por Castrado el del máster en Harvard por Torrelodones, se negó a derogar pese a contar con mayoría absoluta; ley que, como se sabe, había entrado en vigor firmada por un putero que, agarrado por el Imbécil de los perendengues en sus correrías comisionadas, pensando con el «cetro» rubricó su propia deslegitimación.
    Pues bien, ¿con qué nos encontramos ahora sobre el particular? pues con un degenerado en chulo, al fin y al cabo se trata del consorte de una dinastía de macarras chaperiles, que nos va a imponer, de acuerdo con los mamporreros de los asesinos del País Asco, con los golpistas separatistas catalufos y con la piara comunista de la que como gerifalte del PSOE forma parte el chulo vividor, una ley que, si la otra de «Memoria Histórica» era un oxímoron, es es directa y democráticamente un mojón como la copa de un pino, sin otro fin que el de destruir las pruebas documentales que demuestran los crímenes de socialistas del PSOE, comunistas del PCE, anarquistas de la CNT-FAI y separatistas, del Frente Popular en suma, que esta gentuza de ahora, proclamándose orgullosos sucesores de aquellos, pretende hacer pasar por, hay qué risa tía Felisa, «demócratas y luchadores por la libertad».
    Que no van en broma ya se encargó el Imbécil de ponerlo en claro, desmembrando y regalando a los catalufos todo lo que quisieran arramblar del Archivo de la Guerra de Liberación, conocido como archivo de Salamanca, y yendo ahora, ni más ni menos que por el procedimiento de declarar nulos los juicios «del franquismo», como dicen estos tipejos, a por los legajos de las causas que instruidas por las Auditorías de Guerra demuestran, con nombres y apellidos de víctimas y victimarios, el destino a la fosa de aquellas y la vesania y hasta el regocijo de estos; documentación que custodia, todavía, el Ejército. En segundo lugar, esta gentuza hoy al mando, pretende consolidar la supuesta legitimidad del Frente Popular, para pasar sin solución de continuidad a una República que enlazando con aquellos, por este orden: asesinos, ladrones e hijos de puta, les de a ellos la ocasión de segregar hoy, tal como pretendieron hacer entonces aquellos criminales, a la mitad por lo menos de la nación de toda acción política de gobierno; para, cómodamente, convertir de facto y de derecho en pocilga, los restos en el arroyo de lo que fue, si no la que más, una de las naciones más admirables del mundo, pero que destruida y en sus manos servirá para que se partan la caja todos aquellos que en el mundo lo único que siempre nos han tenido es miedo y envidia.
    p.s- (o post mortem como se quiera) el rey haría bien en hacerse un estoril o un ginebra como hicieron sus antepasados. Es más, si enseña la rosca esa de colorines de la agenda 2030 que lleva tan ufano en la solapa, a lo mejor le hacen hasta descuento en alguna buena urbanización que tenga colegios con charlas lgtbesetc. y tal, para que así la niña no extrañe el colegio del país de los hijos de la gran etc., en el que ahora se «educa» con desfiles de lencería, festivales inclusivos y tal.

  2. Es indiferente y no importa nada el nombre: memoria histórica, memoria democrática…
    El primer pilar fundamental del ser humano es la verdad y su aspiración principal y final es la VERDAD: si falta la verdad sobra lo demás.
    Amor sin verdad no es amor es teatro. Justicia sin verdad es injusticia. Vida sin verdad es pura farsa. Memoria sin verdad es cuento. Libertad sin verdad es falsa libertad. Y así hasta completar todos los términos que quieran.
    Un ejemplo de memoria democrática. Un sujeto que era presentado como «historiador honesto» afirmó que «decir que la Guerra Civil comenzó en 1934 era una tontería». Pues bien, le citaré de memoria dos pruebas de octubre de 1934:
    1ª. «Este movimiento tiene todos los caracteres de una guerra civil»: el socialista Francisco Largo Caballero máximo responsable de preparar y lanzar la Guerra Civil española.
    2ª. El Gobierno de España «declara el Estado de Guerra»: Gaceta de Madrid: Diario Oficial de la República, 7 octubre 1934. Núm. 280, p. 194.
    De la citada revista Razón Española, recuerdo con aprecio la conversación en su despacho y el comentario que escribió Ángel Maestro Martínez a mi libro el año 2006, y para no olvidarlo es una de las pocas cosas que conservo.

Deja una respuesta

Su dirección de correo nunca será publicada. Si la indica, podremos contestarle en privado en caso de considerarlo oportuno.*

Esta web utiliza cookies propias para su correcto funcionamiento. Al hacer clic en el botón Aceptar, acepta el uso de estas tecnologías y el procesamiento de tus datos para estos propósitos. Más información
Privacidad