El ocaso de Occidente

Para quienes saben leer con cierta lucidez los signos de los tiempos, es evidente que estamos viviendo el fin de la cultura que, para abreviar, podríamos llamar Occidente. Sin necesidad de recurrir a profetas como Spengler que lo anunciaron hace ya más de un siglo, también un historiador inteligente como Emanuel Todd, a través de un análisis detallado del declive demográfico, de las estructuras familiares, de la desaparición de la religión y del triunfo del nihilismo en todos los aspectos de la vida social, nos obliga en un libro reciente a enfrentarnos a lo que él llama la derrota y la autodestrucción de la cultura occidental. Sin embargo, como cualquier diagnóstico apocalíptico, este tampoco sirve de nada si no somos capaces de comprender lo que significa vivir el fin de una cultura. El fin de una cultura, en efecto, no es un acontecimiento puntual que pueda fijarse como un hecho cronológico. Es más bien un proceso continuo que, en un momento dado, llega a una crisis, término al que conviene devolver su significado original de «juicio». ‘Krisis’ –palabra procedente de la medicina griega, en la que designaba el momento en que el médico debe decidir si el paciente morirá o sobrevivirá– significa a la vez «juicio» y «separación» y vivir el fin de Occidente significa que también nosotros estamos hoy llamados a juzgar y separar –como en realidad deberíamos haber hecho en cada instante– lo que está muerto y lo que está vivo, lo verdadero y lo falso que hay en nosotros y a nuestro alrededor.

Como comprendieron los teólogos, los primeros en abordar el problema del fin de un mundo, anticipando en el plano de la filosofía de la historia las tesis que Freud traduciría en términos psicológicos, toda cultura contiene en sí misma, desde el principio, dos elementos opuestos, uno que conduce a la disolución y la muerte y otro que nutre y mantiene la vida. Y, sin embargo, mientras estén históricamente vinculados, los dos elementos se condicionan mutuamente y dependen necesariamente el uno del otro. Así, San Agustín, retomando las tesis de un brillante teólogo, Ticonio, que inspiró decisivamente el pontificado de Benedicto XVI, concibe la historia de Occidente como resultado del cruce de dos ciudades, la ciudad de Dios y la ciudad terrena, que siguen estando estrechamente unidas (el santo de Hipona escribe ‘perplexae’, densamente entrelazadas) hasta el momento final de la gran separación, en el que los buenos y los malvados, la vida y la muerte, se dividirán. «De esto se deduce» –escribió Ratzinger cuando aún no era Benedicto XVI– que el Anticristo pertenece a la Iglesia, crece en ella y con ella hasta la gran separación, que será introducida por la revelación definitiva«.

La desintegración de Occidente es, literalmente, la disolución progresiva e imparable del nudo que mantenía unidas la vida y la muerte, la verdad y la mentira, la libertad y la esclavitud, lo legítimo y lo ilegítimo, la guerra y la paz, el dialecto y la lengua gramatical, que de esta manera se volverán indiscernibles. Porque en el momento de la disolución los dos elementos, que ya nada mantiene unidos, lejos de separarse, tienden a fusionarse y caer el uno en el otro. No debemos dejar escapar este momento, que coincide con el presente, porque solo en él puede ocurrir la ‘krisis’, el juicio sobre el propio tiempo, que interviene para separar de nuevo lo que pretendía haber hecho indistinguible. Para quien pronuncia este juicio, cada día es el último día, cada instante es el decisivo. De hecho, en el momento de la disolución, precisamente lo que está muerto se disfraza de vivo, mientras que el elemento vital es rechazado en el pasado como si ya no estuviera vivo y es a este pasado al que el juicio histórico debe mantener abierto el acceso.

Lo que ha ocurrido en los últimos tres años es que este juicio no ha sido ejercido o lo ha sido solo de forma marginal y por unos pocos, mientras los medios de comunicación repetían en masa e irresponsablemente las consignas de la confusión y de la mentira. Así, el estado de excepción se ha confundido con la ley, la mentira con la verdad, la tecnología con la naturaleza, la medicina con la religión, situación tanto más peligrosa cuanto que, si la sustitución de lo verdadero con lo falso se vuelve integral, quien miente ya no sabe que miente y lo verdadero y lo falso, la buena fe y la mala fe se confunden en su mente hasta el punto de hacerle perder todo sentido de la realidad. Esto significa que la mentira escapa a su control y puede volverse en primer lugar contra él, obligándole a actuar en contra de sus propios intereses hasta el punto de conducirle, como ocurrió con las vacunas y como está sucediendo según todas las pruebas con la guerra de Ucrania, a la autodestrucción.

Creo que muchos se han preguntado por qué Occidente, y en particular los países europeos, cambiando radicalmente la política que habían seguido en las últimas décadas, de repente decidieron hacer de Rusia su enemigo mortal. En realidad, existe una respuesta perfectamente posible. La historia muestra que cuando, por alguna razón, fallan los principios que aseguran la propia identidad, la invención de un enemigo es el dispositivo que permite –aunque sea de manera precaria y en última instancia ruinosa– hacerle frente. Esto es precisamente lo que está sucediendo ante nuestros ojos. Está claro que Europa ha abandonado todo aquello en lo que creyó durante siglos, o, al menos, creía creer: su Dios, la libertad, la igualdad, la democracia y la justicia. Si ya ni siquiera los sacerdotes creen en la religión, con la que Europa se identificaba, también la política hace tiempo que perdió su capacidad de guiar la vida de las personas y de los pueblos. La economía y la ciencia, que han ocupado su lugar, no son en modo alguno capaces de garantizar una identidad que no tenga la forma de un algoritmo. La invención de un enemigo contra el que luchar con cualquier medio es, a estas alturas, la única manera de colmar la creciente angustia ante todo aquello en lo que ya no se cree. Y, ciertamente, no demuestra mucha imaginación el haber elegido como enemigo a quien, durante cuarenta años, desde la fundación de la OTAN (1949) hasta la caída del Muro de Berlín (1989), hizo posible librar en todo el mundo la llamada Guerra Fría, que parecía, al menos en Europa, definitivamente desaparecida.

Contra aquellos que estúpidamente intentan encontrar de esta manera algo en que creer, hay que recordar que el nihilismo es el más inquietante de los invitados, pues no solo no se deja domesticar con mentiras, sino que únicamente puede llevar a la destrucción de quien lo ha acogido en su casa.

Para ABC


2 respuestas a «El ocaso de Occidente»

  1. Lo que ha ocurrido en las naciones que forman el «mundo occidental» es que la disolvente ideología del liberalismo ha socavado los principios éticos y morales que eran propios de los pueblos occidentales, y la única forma de que Occidente recupere la cordura es que surjan líderes políticos que propongan un «retorno al orden», es decir el patriotismo, la responsabilidad individual, la ética del trabajo y del esfuerzo, el respeto a las leyes a los padres y a los maestros, la familia tradicional, la existencia de los dos sexos que vienen determinados por la biología, el rechazo al aborto voluntario, etc.
    Con respecto a la supuesta «búsqueda de un enemigo común» por parte de los Gobiernos de los paises europeos como método para recuperar sus identidades debilitadas mi opinión es que desde la disolución de la Unión Soviética, en 1.991, los europeos dejaron de ver a Rusia como un enemigo sino como un país con el que era posible establecer provechosas relaciones comerciales, por el contrario los sucesivos Gobiernos de Estados Unidos seguieron considerando a Rusia como el mismo adversario militar que había sido la Unión Soviética deurante los 40 años de la Guerr< Fría y se propusieron cercar a Rusia con bases militares; de esa estrategia procede la actual guerra en Ucrania pero los paises europeos han sido presionados por Estados Unidos para que vuelvan a considerar a Rusia como una amenaza lo cual es un error que puede tener gravísimas consecuencias.

  2. Unos y otros son actores, marionetas masonas representando una función. Se trata de justificar una abrupta pérdida de derechos e imposición de obligaciones de golpe y para toda la humanidad; y que parezca inevitable y obligado, dados los acontecimientos… no es la primera vez que pasa, ya esta bien de farsa. Tan solo es la consecución de una fase terminal del NOS. Se teme que bastante sangrienta e injusta, tal y como se está preparando la cosa.
    La corrupción del cristianismo ha sido paulatina; ahora el sistema liberaloide que lo hizo posible, se auto destruye, para dar paso a la eficiente dictadura protocolaria, no parcialmente como tantas veces ya, sino global, con modelo chino. Ambos bloques, antítesis; se mueven al compás de los amos. La sumisión derivada del Plan Kalergi y todo lo demás, va en función de abolir las libertades que acompañaron al Cristianismo como cultura, en torno a la fe. No solo van a por las creencias, van también a por el sistema u orden a que dio lugar. El fruto del humanismo neoclásico des-ilustrado, ha dado lugar al desarrollo de la despótica republica platónica global anti cristiana: una granja esclavista donde ni el alma hallará refugio.
    Están asustando, confundiendo, acorralando a la humanidad, intencionadamente; preparándola para que trague con todo lo que les plazca.

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