El Papa Francisco y su visión de la guerra

Desde que se inició el conflicto entre Rusia y Ucrania el Papa Francisco viene desarrollando una intensa actividad en pro de la paz. En principio, tal esfuerzo no puede sino merecer el elogio de quienes aspiramos a que la paz vuelva a reinar en esa tierra hoy arrasada por la guerra, el dolor y la muerte. No obstante, no podemos dejar de señalar la perplejidad que nos producen ciertas declaraciones del Santo Padre que revelan, a nuestro juicio, una visión de la guerra (nos referimos a la guerra en general, no a esta guerra en particular) que se aleja visiblemente de la visión católica de este singular fenómeno que acompaña al hombre desde su caída.

En efecto, Francisco ha insistido en varias ocasiones en sostener que toda guerra es injusta y que se trata de un hecho siempre repudiable y condenable. A decir verdad, no es el primero en afirmar esta tesis; como se recordará, Juan Pablo II también, en su momento, habló de “el fenómeno siempre injusto de la guerra”. No obstante, el Catecismo de la Iglesia Católica, aprobado por el propio Juan Pablo II, reconoce y reafirma la doctrina tradicional de la guerra justa en todo de acuerdo con lo que han enseñado siempre los grandes Doctores de la Iglesia (Catecismo de la Iglesia Católica, número 2309).

Pese a ello, Francisco insiste, una y otra vez, en condenar no una guerra sino toda guerra. De hecho, en su conversación con el Patriarca de Moscú. Kiril, afirmó taxativamente: “En el pasado se hablaba también en nuestras Iglesias de guerra santa o de guerra justa. Hoy no se puede hablar así. Se ha desarrollado la conciencia cristiana de la importancia de la paz” (cf. Vatican News, conversación por videollamada, el 16 de marzo de 2022, entre el Papa Francisco y el Patriarca Kiril).

Al igual que lo que hizo con el tema de la pena de muerte (a la que tildó de “anti evangélica”) el Papa parece querer ahora hacer lo mismo con la noción de guerra justa. Pero se trata de un problema moral; por tanto no depende ni de la época ni de una supuesta “conciencia cristiana” hodierna que, según se desprendería de lo dicho, sería más sensible a la paz que la de los cristianos de otro tiempo. Adviértase la gravedad de este razonamiento: si las cuestiones morales dependieran de la conciencia de cada época, entonces todo fundamento moral objetivo caería eo ipso; henos aquí conducidos al terreno del más craso relativismo moral.

Va de suyo que una cosa es sostener que en la actualidad ninguna de las guerras a las que nos enfrentamos cumple con los requisitos morales de una guerra justa (cosa que, de todos modos, habría que examinar cuidadosamente, caso por caso) y otra muy distinta es suprimir, de un plumazo, una noción moral que ha sido sostenida invariablemente a lo largo de los siglos por la Iglesia. Una vez más asoma el espíritu pretendidamente reformador, en el fondo rupturista, de Francisco para confusión de los fieles y debilitamiento doctrinal del catolicismo.

Pero las cosas han ido todavía más lejos. Al término de la oración del Angelus del pasado domingo 27 de marzo, el Papa volvió a cargar sobre el tema. Reproducimos textualmente sus palabras conforme a la versión oficial de la página web de la Santa Sede. Dijo Francisco: “La guerra no puede ser algo inevitable: ¡no debemos acostumbrarnos a la guerra! Más bien debemos convertir la indignación de hoy en el compromiso de mañana. Porque, si de esta situación salimos como antes, de alguna manera todos seremos culpables. Frente al peligro de autodestruirse, la humanidad comprenda que ha llegado el momento de abolir la guerra, de cancelarla de la historia del hombre antes de que sea ella quien cancele al hombre de la historia” (el destacado es nuestro).

Hemos de confesar que estas palabras nos han azorado. ¿Ha llegado el tiempo en que la guerra ha de ser abolida? ¿Cómo puede ser esto? Al leer estas curiosas declaraciones del Papa nos vino a la memoria el célebre texto de Isaías, capítulo 2, versículo 4, donde el Profeta advierte que llegará un tiempo en que los hombres no se adiestrarán más para la guerra y harán de su espadas arados y de sus lanzas podaderas, esto es, instrumentos de labranza y de agricultura imagen perfecta de la verdaera paz. Si nos atenemos a la Escritura podemos pensar que el Santo Padre está anunciando la inminente llegada de ese tiempo venturoso. Pero, por desgracia, no es así.

Veamos el pasaje de Isaías en el contexto de los versículos que lo preceden: He aquí lo que vio Isaías, hijo de Amos, acerca de Judá y Jerusalén: Acontecerá en los últimos tiempos que el monte de la Casa de Yahvé será establecido en la cumbre de los montes, y se elevará sobre los collados; y acudirán a él todas las naciones. Y llegarán muchos pueblos y dirán: “¡Venid, subamos al monte de Yahvé, a la Casa del Dios de Jacob! Él nos enseñará sus caminos, e iremos por sus sendas”; pues de Sión saldrá la ley, y de Jerusalén la palabra de Yahvé. El será árbitro entre las naciones, y juzgará a muchos pueblos; y de sus espadas forjarán rejas de arado, y de sus lanzas hoces. No alzará ya espada pueblo contra pueblo, ni aprenderán más la guerra (Isaías, 2, 1-4; citamos según la versión española de Monseñor Straubinger).

Está claro que el Profeta anuncia un tiempo de paz duradera. Pero la pregunta que debemos hacernos es ¿cuál es ese tiempo? No presumimos ni de biblistas ni de exégetas. ¡Nos libre Dios de tamaña pretensión! Apenas si nos acompaña el sensus fidei de cualquier bautizado de a pie. Por eso acudimos, humildemente, a los que saben, a los doctos. En primer lugar, las notas que al pie de este texto trae la misma versión de Straubinger. Leemos allí: “En los últimos tiempos, o, en los días postrimeros (Bover-Cantera). Cf. Miqueas 4, 1-3; I Corintios 10, 11 y nota. En el lenguaje de los profetas se refiere este término a los tiempos mesiánicos y escatológicos en que el monte de la Casa del Señor, el Sión, resplandecerá con sueva luz. «La elevación aquí predicha, figura la gloria futura de Sión en los últimos tiempos, cuando el Dios allí adorado, fuere reconocido como Dios de toda la tierra» (Crampón). De Sión saldrá la Ley: Cf. la palabra de Jesucristo: la salvación procede de los judíos (Juan 4, 22)”.

Más abajo continúa: “No se han cumplido todavía estos vaticinios sobre la paz perfecta. «La realización completa no tendrá lugar, sino en la consumación de los tiempos, porque en esta tierra, donde el mal subsistirá siempre al lado del bien, no se puede buscar un cumplimiento perfecto» (Fillion). Cf. Mateo 13, 24-43. Entretanto tenemos que esperar hasta que se cumpla el deseo del salmista: «Dispersa, oh Dios, a los pueblos que se gozan en las guerras» (Salmo 67, 31). La actual búsqueda excesiva de la paz entre las naciones y los continuos pactos de seguridad son una señal de que no hay paz, pues la tan deseada paz mundial no podrá realizarse sin la sumisión y obediencia a la ley divina”.

Estas dos notas esclarecen el texto sagrado. Pero nos ha parecido oportuno consultar al Doctor Angélico. En su comentario del Libro de Isaías, dice el Aquinate que lo que el Profeta ha oído de Dios es que se trata de los días novísimos, esto es, del tiempo de gracia que se llama el tiempo de los novísimos o tiempos postreros (cf. Super Isaiam, caput II, v 1-4). Más adelante distingue entre los efectos de la paz, el signo de la paz y el fruto de la paz. Los efectos corresponden al juicio del Rey que juzgará a muchos pueblos a los que dará su ley corrigiendo los pecados . El signo de la paz viene representado en la conversión de los instrumentos de la guerra en los instrumentos del cultivo del agro. Finalmente, el fruto de la paz es la remoción o abolición de las guerras, allí donde dice: No alzará ya espada pueblo contra pueblo, ni aprenderán más la guerra (cf. ibídem). El Santo Doctor pone todavía una objeción, a saber, que después de este anuncio hubo muchas guerras; a lo que responde con estas palabras sencillas y cargadas de enorme significado: “se ha de decir que se refiere a la paz hecha por Cristo que se cumplirá en el tiempo futuro” (cf. ibídem).

No resulta difícil advertir que no es este tiempo nuestro el que anuncia el Profeta ni, menos aún el que parece estar en la mente del Papa. No hay en sus palabras ni el menor atisbo de un sentido mesiánico ni esjatológico, ni un llamado a la conversión, ni una urgente convocatoria a reconocer a Cristo como el Rey de las naciones. Por el contrario, el Papa se vuelve a los responsables políticos a los que llama a detener las armas.

Pero, ¿pueden, acaso, estos responsables políticos en su inmensa mayoría apartados de Dios cuando no expresamente enemigos de Cristo, lograr la paz sin siquiera el menor asomo de una conversión? Es a esta conversión, a este retorno a Cristo, y no a una paz utópica, a lo que debiera dirigirse con toda su fuerza la palabra del Vicario de Cristo. Su voz tiene que ser la voz de Cristo, firme, clara, sí, sí, no, no. De lo contrario no será otra cosa que una voz más en el concierto de la vacua vocinglería del mundo.


4 respuestas a «El Papa Francisco y su visión de la guerra»

  1. Escucho frecuentemente RADIO MARÍA.
    Rezo Completas con ellos, de 20,30 a 23 de la noche, aproximadamente, y Rezo en Santo Rosario en latín, todos los días, en una grabación con el Papa San Juan Pablo II, a las 6,30 de la mañana.
    Pero, cuando salen grabaciones con mensajes, comentarios del Evangelio, etc., de este impostor, y que Dios me perdone, si me equivoco, apago RADIO MARÍA.
    ¡No quiero contaminarme ni extraviarme!

    1. Ramiro no te equivocas cuando dejas de seguir a este impostor de Bergoglio.
      Pero voy a ampliar la actuación de Bergoglio con los que le siguen la “ola”. Para ello voy a poner un recordatorio de algún Papa y obispos en su actuación en defensa de SU “REBAÑO”. Voy a exponer un hecho de hace tiempo en el siglo XVIII –en este caso de los Jesuitas que eran, prácticamente, los más destacados defensores de la FE y de los derechos naturales en aquella época de una sociedad supuestamente cristiana en aquel entonces, en definitiva hombres valientes dando ejemplo de entrega a DIOS y al prójimo.
      La expulsión de los jesuitas de España de 1767 fue ordenada por el rey Carlos III, bajo la acusación oficial de haber sido los instigadores de los motines populares del año anterior, conocidos con el nombre de “motín de Esquilache”. Seis años después, el monarca español consiguió que el papa Clemente XIV suprimiera la orden de los jesuitas. Fue restablecida en 1814 por Pío VII, pero los jesuitas serían expulsados de España dos veces más; en 1835, durante la Regencia de María Cristina de Borbón, y en 1932 en la Segunda República.
      El llamado motín de Esquilache de 1766 se inició en Madrid y el desencadenante fue un decreto impulsado por el secretario de Hacienda, el “extranjero” marqués de Esquilache (Leopoldo de Gregorio era italiano), que pretendía reducir la criminalidad y que formaba parte de un conjunto de actuaciones de renovación urbana de la capital — limpieza de calles, alumbrado público nocturno, alcantarillado—. En concreto, la norma objeto de la protesta exigía el abandono de las capas largas y los sombreros de grandes alas (chambergo), ya que estas prendas ocultaban rostros, armas y productos de contrabando, imponiéndose el tricornio a la francesa.

      El trasfondo del motín era una crisis de subsistencia a consecuencia de un alza muy pronunciada del precio del pan, motivada no solo por una serie de malas cosechas sino por la aplicación de un decreto de 1765 que liberalizaba el mercado de grano y eliminaba los precios máximos —los precios tasados—. Durante el motín, la casa de Esquilache fue asaltada —al grito de “¡Viva el rey, muera Esquilache!”— y a continuación la multitud se dirigió hacia el Palacio Real donde la Guardia Real tuvo que intervenir para restablecer el orden —hubo muchos heridos y cuarenta muertos—. Finalmente Carlos III apaciguó la revuelta prometiendo la anulación del decreto, la destitución de Esquilache y el abaratamiento del precio del pan. Sin embargo, el motín se extendió a otras ciudades y alcanzó gran virulencia en Zaragoza. En algunos lugares, como Elche o Crevillente, los motines de subsistencias se convirtieron en revueltas anti señoriales. En Guipúzcoa, la revuelta fue llamada “machinada”. Todas estos motines fueron muy duramente reprimidos y el orden restablecido. Los nobles y eclesiásticos, en especial los jesuitas, afectados por las reformas, habían hecho causa común con el pueblo llano.
      El fiscal del Consejo de Castilla, Pedro Rodríguez de Campomanes, furibundo antijesuita, ayudado por una sala reducidísima y previamente seleccionada de consejeros, el 29 de enero de 1767 fue encargado de abrir una “Pesquisa Reservada” para averiguar quién o quiénes habían sido los instigadores de los motines fundamentalmente entre gran parte de los obispos españoles: No hubo filtraciones sobre su contenido, ni de la ratificación real de dicho decreto el 20 de febrero siguiente. Es curioso que no se filtrase ni un solo rumor de las altas jerarquías al pueblo. Tampoco trascendió el contenido de un pliego cerrado (impreso en la Imprenta Real, perfectamente incomunicada, ya que las autoridades pusieron centinelas armados donde se imprimía) que el conde de Aranda (Pedro Pablo Abarca de Bolea) remitió a los jueces ordinarios y tribunales superiores de todas las poblaciones en las que había establecimientos jesuitas (más de 120), en el que se hallaban las instrucciones reservadas para la expulsión, y que no podía ser abierto hasta la misma noche del primero de abril. El secreto estaba motivado por la intención de paralizar cualquier maniobra de protesta por parte de los numerosos simpatizantes de la Compañía, sobre todo, dentro del estamento nobiliario y de las clases populares. También se quería evitar que los jesuitas pudiesen huir, enajenar sus bienes, deshacerse de sus archivos y de sus papeles comprometedores, puesto que las órdenes reales incluían la confiscación de los bienes, lo que se conoce como las “temporalidades” de la Compañía.
      Con la documentación acumulada —según Domínguez Ortiz, “de tan sospechoso origen y tan escasa fuerza probatoria, que a lo sumo podía acusar a individuos aislados”— Campomanes elaboró su “Dictamen” que presentó ante el Consejo de Castilla en enero de 1767 y en el que acusó a los jesuitas de ser los responsables de los motines con los que pretendían cambiar la forma de gobierno. En sus argumentos inculpatorios, continúa Domínguez Ortiz, recurrió también a “todo el arsenal anti jesuítico elaborado en dos siglos”, como “la doctrina del tiranicidio, su relajada moral, su afán de poder y riquezas, su manejos en América (en referencia a las misiones jesuíticas guaraníes) y las querellas doctrinales”. Incluso se afirmó que se quería atentar contra la vida del rey (la doctrina del tiranicidio). Se aseveró que los jesuitas habían preparado el ambiente, escribiendo sátiras contra el gobierno. Se decía que uno de los motivos era la pérdida del confesionario real y se indicaba que ridiculizaban al rey, al señalar que estaba amancebado con la mujer de Esquilache.

      Aquí viene lo gordo:
      Tras la expulsión, el rey pidió la aprobación de las autoridades eclesiásticas en una carta que se envió a los 56 obispos españoles, de los que en su respuesta sólo 6 se atrevieron a desaprobar la decisión y 5 no contestaron. El resto -45-, la gran mayoría, aprobó con más o menos entusiasmo el decreto de expulsión.

      Voy a dejarlo aquí y tener muy presente las últimas líneas: Que -de 56 obispos- 6 obispos desaprobaron, 5 no contestaron y 45 aprobaron ese decreto de expulsión de los Jesuitas, los cuales eran la punta de lanza de la defensa de los valores Cristianos ante los valores de La Ilustración. Con respecto a Clemente XIV: claudicó ante la petición de Carlos III (conjuntamente con la monarquía francesa) de apoyar la expulsión de los jesuitas a cambio de devolución de unos territorios usurpados con anterioridad. Este chantaje no había sido aceptado por Clemente XIII (su antecesor).

      Con todo lo anterior, quiero decir que el apego a la poltrona por los obispos es mayúsculo. Conviene recordar que el católico de a píe tiene limitados conocimientos teológicos a lo que hay que añadir que sus obligaciones diarias dejan poco tiempo y energías además, en muchos casos, medios adecuados para formarse. Adonde quiero llegar es que corresponde al clero (empezando por el Papa y obispos y terminando por los sacerdotes) VELAR por la pureza de la DOCTRINA CATÓLICA, velar por sus fieles y llevar la PALABRA DE DIOS hasta el último rincón de la Tierra, ellos han sido preparados para ello y su dedicación es total y, si hace falta, dar testimonio con su propia vida.
      Es de obligado cumplimiento por los cristianos ofrecer todo HONOR y GLORIA a DIOS.
      Son muchos los llamados y pocos los elegidos, pero es que en estos últimos tiempos la apostasía es generalizada.
      Bergoglio, destacado seguidor de La Gran Ramera y de la Serpiente Antigua, no actúa solo pues prácticamente todos los obispos y gran parte de los sacerdotes lo secundan. Es nuestra obligación expresar nuestro total rechazo a estos satánicos.
      Me llama la atención que algunos consideran a Ratzinger auténtico Papa y no a Bergoglio. Pero sí SON TAL PARA CUAL. Hace falta ser cortito para defender semejante disparate y no voy a entrar en detalles.
      Así pues, amplío un poco más el círculo a los fieles de a píe: Aquellos que se consideren cristianos y ante los hechos manifiestamente satánicos realizados por gran parte del clero, no queda otra que dar la cara contra los actos de estos demoledores, sino podríamos correr el mismo destino eterno. Lavarse las manos como Poncio Pilato no cuela. En el Día del Juicio se expone la nota completa de nuestras actuaciones no perdonadas, no existen traspapeles, ni errores, ni privilegios.
      ¡Qué DIOS nos perdone de seguir y callar ante estos satánicos!

      1. Gracias por hablar claro, Eugenio, y gracias a El español digital por publicarlo. Con las palabras de Cristo en el corazón cualquier cristiano puede declarar sin temor a equivocarse que Bergoglio es un siervo de Satanás. Blasfema como un demonio, claro que es de Satanás.

  2. Muy acertado Mario Caponnetto en poner la lupa en otra trascendente desviación de Bergoglio.
    La verdad es que son tantas que esta se me había escapado. A pesar de su importancia.
    Una más a apuntar y considerar a la hora de interpretar las acciones de este papado.
    Suerte para España que aún quedan gran parte de las «Españas» americanas para mantener su espíritu.
    Gracias, D. Mario

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