El pecado destruye el alma, pero también la salud del cuerpo, por el P. Augusto Marín

P. Augusto Marín

El P. Augusto Marín, sacerdote nicaragüense, es una vocación tardía. Psicólogo de profesión, dejó la consulta para abrazar la vida sacerdotal. Sus conocimientos de psicología le ayudan en la dirección de almas. En esta entrevista aborda la relación entre el pecado, la enfermedad y la muerte.

Usted es sacerdote y psicólogo. ¿Por qué le interesa tanto la relación entre el pecado, la enfermedad y la muerte?

Porque es evidente que la raíz de la enfermedad y la muerte está en el pecado. Nuestro Buen Dios nos creó para la vida. Sin embargo el pecado introdujo la enfermedad y la muerte. Cuando perdemos la perspectiva espiritual del hombre, su creación y su fin, perdemos también la posibilidad de un diagnóstico acertado sobre la condición humana y a la vez, hacemos imposible la terapia integral adecuada para tratar los problemas derivados de esta condición humana herida por el pecado.

¿Cómo desarrolla el Catecismo la idea de que por la muerte entró el pecado en el mundo?

El Catecismo, siguiendo la Sagrada Escritura y la Tradición Oral, que constituyen el depósito de la fe católica, enseña que la paga del pecado es la muerte, y que por un hombre entró el pecado en el mundo. Este pecado original nos priva de la gracia santificante y produce heridas en el intelecto (ignorancia), la afectividad (pasiones desordenadas) y la voluntad (debilidad para hacer el bien). El pecado original se borra con el Sacramento del Bautismo, que nos confiere la gracia santificante haciéndonos partícipes de la vida divina.

El pecado produce la enfermedad y la muerte. No se puede comprender plenamente la enfermedad, el sufrimiento y la muerte si se expulsa a Dios de las ciencias de la salud. La raíz de todos nuestros males radica en que desde Adán y Eva, hasta ahora, se da la espalda al plan de Dios para el hombre. Esto sólo puede producir más consecuencias del pecado. Entre esas consecuencias podemos distinguir la enfermedad y la muerte. De manera especial, ese misterio del mal se constata si el que sufre es un niño.

¿Por qué es importante por tanto una sanación interior profunda para tener una vida equilibrada?

Porque la paz que viene de Dios afecta todo nuestro ser. Si el pecado ha producido tantos efectos negativos en nuestra vida, podemos también liberarnos de esos efectos atendiendo su causa principal: el pecado. La reconciliación con Dios produce armonía espiritual, psíquica y biológica. Sanar interiormente es llenarse de la paz que sólo Dios puede dar. Algunos buscan esta paz en prácticas de meditación con origen en religiones orientales. Los cristianos tenemos una Iglesia Católica milenaria, que, habiendo recorrido los caminos espirituales, es una autoridad para enseñarnos a encontrarnos con Dios y con esa paz interior anhelada. La sanación interior es posible si estamos disponibles a esforzarnos en lo que nos corresponde: ordenar nuestra vida según el Amor Divino. Una vida ordenada está capacitada para enfrentarse con cualquier obstáculo.

¿Por qué para eso es importante ir a la raíz de nuestras heridas?

Porque todo diagnóstico busca las causas del problema. Atendiendo a las causas podemos establecer la terapia adecuada. Si nos conformamos con incidir sólo en las consecuencias, tendremos una visión parcial y por tanto deformada de la realidad.

¿Cómo ayudan la fe y la razón a tener equilibrio interior evitando una vida desordenada más propensa a enfermar?

La fe y la razón son las dos alas con las que alcanzamos a Dios. Por la razón orientamos nuestra vida a la correcta comprensión de la realidad según criterio de verdad. La razón iluminada por la fe, nos eleva de las realidades inmediatas a las realidades sobrenaturales. Por la fe y la razón el hombre puede vivir de acuerdo con el fin para el que ha sido creado. Al contemplar la verdad, el hombre es capaz de descubrir en sí la grandeza a la cual está llamado. Por este motivo ordena su vida y equilibra todo su ser. Las cosas ordenadas descansan enseña San Agustín.

Los filósofos clásicos vieron que gran parte de la sabiduría estaba en el conocimiento de uno mismo…

La interioridad da como resultado el adecuado encuentro con nosotros mismos que nos permitirá relaciones basadas en la verdad. Sólo la verdad libera. Este conocimiento de uno mismo es obstaculizado por tanta dispersión y estimulación consumista del mundo actual, que ha convertido al mismo hombre en producto de consumo, con el vacío existencial y todos los desórdenes que de ello se generan. Hay que volver hacia nuestro interior para encontrarnos con Dios, para encontrarnos con nosotros mismos, y así, encontrarnos con los demás.

Los Padres de la Iglesia y los monjes del desierto son maestros de la sanación del alma y trabajaban mucho en combatir ascéticamente la inclinación al pecado y derrotar los vicios y pasiones desordenadas…

Tanto los Padres del desierto como los Padres de la Iglesia encontraron la raíz de los males que aquejan al mundo y se dieron a la enorme tarea de poner en orden sus vidas. La salud espiritual, psíquica y física que de ello se deriva es constatable en la vida de estos grandes héroes de la fe. En ellos podemos encontrar un camino de sanación hecho vida. Su seguimiento del Evangelio nos ha legado además de una Escuela de Espiritualidad, una Escuela de Terapia para nuestra salud integral. Hoy nadie puede negar que la oración, el ayuno, el retiro en soledad tienen impactos positivos en nuestra salud. Santo Tomás de Aquino recoge toda esta enseñanza y la sintetiza, poniendo de relieve esa armonía entre fe y razón para comprender y vivir la verdad.

¿Por qué el hombre de hoy, tan enemigo de la vida interior y tan disperso y caprichoso, es más proclive a sufrir todo tipo de enfermedades por el desorden de su vida?

El pecado lleva en sí mismo su castigo, porque es una rebelión contra el orden de Dios. No se puede alterar el orden divino sin sufrir consecuencias. No se puede alterar las leyes naturales sin provocar daños. Aunque la ciencia ha progresado, el hombre sigue contrayendo enfermedades espirituales, psíquicas y físicas. Y ante esto, muchos viven en un mundo de evasiones, tratando de ser felices sin Dios, y a la vez, sufriendo el fracaso de semejante osadía. El Evangelio libera de toda esclavitud y es capaz de mejorar significativamente nuestra calidad de vida. No se trata de eliminar del todo la enfermedad, el sufrimiento y la muerte en este mundo, sino de llevar la vida de tal forma que disminuyamos todo lo posible los riesgos innecesarios de muchas enfermedades y sufrimientos. Y las que vengan por motivos naturales sobrellevarlas con una actitud cristiana.

¿Cómo ayuda usted a sus dirigidos a sanar sus heridas y combatir malos hábitos?

Todo proceso de sanación se inicia con una mirada a la propia interioridad para poder contemplar cómo estamos viviendo y qué factores de riesgo deben ser cambiados. De esta etapa del proceso se avanza a orientar la atención en cada área de la vida: espiritual, psíquica y física. Enseñar sobre el crecimiento espiritual y las leyes divinas es parte de la sanación y adquisición de virtudes.


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