El perfecto idiota ya no necesita cruzar el Atlántico

ESCUCHAR NOTICIA: Treinta años después de Mendoza, Montaner y Vargas Llosa, algunas de sus criaturas parecen haberse instalado en la política española. En 1996, Plinio Apuleyo Mendoza, Carlos Alberto Montaner y Álvaro Vargas Llosa publicaron Manual del perfecto idiota latinoamericano… y español. La edición española de Plaza & Janés incorporaba precisamente esa última palabra: español. Tras los años pasados desde su publicación, hay que reconocer que los autores fueron demasiado prudentes. Porque el perfecto idiota no desapareció. Se modernizó. Ya no necesita cantar La Internacional, admirar al Che Guevara o militar en una célula comunista. Puede hablar de «progreso», «derechos», «privilegios», «justicia social» o «soberanía». Y tampoco tiene por qué ser de izquierdas. El perfecto idiota, en realidad, es quien antepone su ideología a la realidad. Los autores lo resumían con una frase demoledora: «lo malo no es haber sido idiota, sino continuar siéndolo». El culpable siempre es otro El personaje del libro necesitaba explicar la pobreza recurriendo a los ricos, al imperialismo, a las multinacionales, al Fondo Monetario Internacional o al «neoliberalismo». En España hemos perfeccionado el mecanismo. Si la vivienda es cara, el culpable es el especulador, el fondo de inversión, el casero o el turista. Si los alquileres siguen subiendo después de nuevas regulaciones, se reclama otra regulación. El Gobierno puede equivocarse, pero la solución suele ser más Gobierno. El problema no es que el Estado intervenga. El problema aparece cuando nadie está dispuesto a admitir que una intervención puede fracasar. La palabra mágica sigue siendo «social». Todo lo que se presenta como social parece quedar automáticamente fuera de discusión. Pero una política no es buena porque tenga buenas intenciones:  Es buena si funciona. El perfecto idiota también puede ser de derechas Sería demasiado fácil convertir el libro en un arma contra la izquierda. Porque la derecha también tiene su perfecto idiota. España tiene problemas migratorios reales: fronteras que controlar, inmigración irregular, integración, presión sobre determinados servicios y una situación especialmente delicada en Ceuta, como ha vuelto a demostrar la crisis de estos últimos días. Pero precisamente Ceuta debería servirnos para algo más que para intercambiar acusaciones. El Gobierno tiene que explicar qué sabía, cuándo lo sabía y si actuó correctamente. La oposición tiene derecho a exigir responsabilidades. Y quienes reclaman una política migratoria más firme tienen derecho a defenderla. Lo que no deberíamos hacer es convertir una crisis compleja en una explicación universal. Porque si la izquierda encuentra al culpable de todos los males en «los ricos», «los especuladores» o «la extrema derecha», la derecha puede cometer exactamente el mismo error. Cuando una explicación sirve para absolutamente todo, normalmente no explica nada. Cambia el enemigo. No cambia el mecanismo mental. El idiota necesita una tribu Ahí está quizá la gran actualidad del libro. El perfecto idiota de izquierdas cree que más Estado es siempre la respuesta. El de derechas cree que todo impuesto es un robo, toda regulación es socialismo y todo problema de seguridad tiene un único culpable. El nacionalista culpa al centralismo. El centralista culpa al nacionalismo. El Gobierno culpa a la oposición. La oposición culpa al Gobierno. Y todos encuentran argumentos para demostrar que los suyos tienen razón. La realidad, mientras tanto, continúa molestando. La vivienda sigue siendo cara. La productividad española sigue siendo insuficiente. La deuda pesa. La enseñanza necesita mejorar. La sanidad afronta problemas. La inmigración exige una política seria. Ninguno de esos problemas admite una explicación de una sola palabra. Pero las palabras sencillas dan votos: ricos», fascistas», progres, globalistas, comunista, cambio climático, etc.. Un enemigo: una consigna, un aplauso. Y mañana, otra vez. El verdadero perfecto idiota Quizá la lección más interesante de Mendoza, Montaner y Vargas Llosa no sea que la izquierda se equivoca. Ni que la derecha tenga razón. Es otra. El perfecto idiota es quien deja de revisar sus ideas cuando los hechos las contradicen. Puede llevar una bandera roja. O una bandera española. Puede hablar de lucha de clases, o de inmigración. Puede defender al Estado, o al mercado. Da igual. La idiotez política no consiste en tener una ideología. Consiste en convertirla en una religión. Por eso conviene volver a aquel libro treinta años después. No para buscar idiotas en el partido de enfrente, sino para preguntarnos si alguna vez nosotros mismos hemos hecho lo que ellos describían. Porque España tiene problemas demasiado serios para que los resolvamos a golpe de consignas. Necesitamos menos explicaciones prefabricadas y más realidad. Menos enemigos universales y más responsabilidad. Menos políticos convencidos de que siempre tienen razón y más políticos capaces de decir: «me he equivocado». Esa frase, hoy, sería casi revolucionaria. Y quizá esa sea la verdadera lección de aquel viejo Manual del perfecto idiota: el perfecto idiota siempre estará convencido de que el perfecto idiota es el otro.   Pulse para escuchar el texto Treinta años después de Mendoza, Montaner y Vargas Llosa, algunas de sus criaturas parecen haberse instalado en la política española. En 1996, Plinio Apuleyo Mendoza, Carlos Alberto Montaner y Álvaro Vargas Llosa publicaron Manual del perfecto idiota latinoamericano… y español. La edición española de Plaza & Janés incorporaba precisamente esa última palabra: español. Tras los años pasados desde su publicación, hay que reconocer que los autores fueron demasiado prudentes. Porque el perfecto idiota no desapareció. Se modernizó. Ya no necesita cantar La Internacional, admirar al Che Guevara o militar en una célula comunista. Puede hablar de «progreso», «derechos», «privilegios», «justicia social» o «soberanía». Y tampoco tiene por qué ser de izquierdas. El perfecto idiota, en realidad, es quien antepone su ideología a la realidad. Los autores lo resumían con una frase demoledora: «lo malo no es haber sido idiota, sino continuar siéndolo». El culpable siempre es otro El personaje del libro necesitaba explicar la pobreza recurriendo a los ricos, al imperialismo, a las multinacionales, al Fondo Monetario Internacional o al «neoliberalismo». En España hemos perfeccionado el mecanismo. Si la vivienda es cara, el culpable es el especulador, el fondo de inversión, el casero o el turista. Si los alquileres siguen subiendo después de nuevas regulaciones, se reclama otra regulación. El Gobierno puede equivocarse, pero la solución suele ser más Gobierno. El problema no es que el Estado intervenga. El problema aparece cuando nadie está dispuesto a admitir que una intervención puede fracasar. La palabra mágica sigue siendo «social». Todo lo que se presenta como social parece quedar automáticamente fuera de discusión. Pero una política no es buena porque tenga buenas intenciones:  Es buena si funciona. El perfecto idiota también puede ser de derechas Sería demasiado fácil convertir el libro en un arma contra la izquierda. Porque la derecha también tiene su perfecto idiota. España tiene problemas migratorios reales: fronteras que controlar, inmigración irregular, integración, presión sobre determinados servicios y una situación especialmente delicada en Ceuta, como ha vuelto a demostrar la crisis de estos últimos días. Pero precisamente Ceuta debería servirnos para algo más que para intercambiar acusaciones. El Gobierno tiene que explicar qué sabía, cuándo lo sabía y si actuó correctamente. La oposición tiene derecho a exigir responsabilidades. Y quienes reclaman una política migratoria más firme tienen derecho a defenderla. Lo que no deberíamos hacer es convertir una crisis compleja en una explicación universal. Porque si la izquierda encuentra al culpable de todos los males en «los ricos», «los especuladores» o «la extrema derecha», la derecha puede cometer exactamente el mismo error. Cuando una explicación sirve para absolutamente todo, normalmente no explica nada. Cambia el enemigo. No cambia el mecanismo mental. El idiota necesita una tribu Ahí está quizá la gran actualidad del libro. El perfecto idiota de izquierdas cree que más Estado es siempre la respuesta. El de derechas cree que todo impuesto es un robo, toda regulación es socialismo y todo problema de seguridad tiene un único culpable. El nacionalista culpa al centralismo. El centralista culpa al nacionalismo. El Gobierno culpa a la oposición. La oposición culpa al Gobierno. Y todos encuentran argumentos para demostrar que los suyos tienen razón. La realidad, mientras tanto, continúa molestando. La vivienda sigue siendo cara. La productividad española sigue siendo insuficiente. La deuda pesa. La enseñanza necesita mejorar. La sanidad afronta problemas. La inmigración exige una política seria. Ninguno de esos problemas admite una explicación de una sola palabra. Pero las palabras sencillas dan votos: ricos», fascistas», progres, globalistas, comunista, cambio climático, etc.. Un enemigo: una consigna, un aplauso. Y mañana, otra vez. El verdadero perfecto idiota Quizá la lección más interesante de Mendoza, Montaner y Vargas Llosa no sea que la izquierda se equivoca. Ni que la derecha tenga razón. Es otra. El perfecto idiota es quien deja de revisar sus ideas cuando los hechos las contradicen. Puede llevar una bandera roja. O una bandera española. Puede hablar de lucha de clases, o de inmigración. Puede defender al Estado, o al mercado. Da igual. La idiotez política no consiste en tener una ideología. Consiste en convertirla en una religión. Por eso conviene volver a aquel libro treinta años después. No para buscar idiotas en el partido de enfrente, sino para preguntarnos si alguna vez nosotros mismos hemos hecho lo que ellos describían. Porque España tiene problemas demasiado serios para que los resolvamos a golpe de consignas. Necesitamos menos explicaciones prefabricadas y más realidad. Menos enemigos universales y más responsabilidad. Menos políticos convencidos de que siempre tienen razón y más políticos capaces de decir: «me he equivocado». Esa frase, hoy, sería casi revolucionaria. Y quizá esa sea la verdadera lección de aquel viejo Manual del perfecto idiota: el perfecto idiota siempre estará convencido de que el perfecto idiota es el otro.

Treinta años después de Mendoza, Montaner y Vargas Llosa, algunas de sus criaturas parecen haberse instalado en la política española.

En 1996, Plinio Apuleyo Mendoza, Carlos Alberto Montaner y Álvaro Vargas Llosa publicaron Manual del perfecto idiota latinoamericano… y español. La edición española de Plaza & Janés incorporaba precisamente esa última palabra: español.

Tras los años pasados desde su publicación, hay que reconocer que los autores fueron demasiado prudentes. Porque el perfecto idiota no desapareció. Se modernizó.

Ya no necesita cantar La Internacional, admirar al Che Guevara o militar en una célula comunista. Puede hablar de «progreso», «derechos», «privilegios», «justicia social» o «soberanía». Y tampoco tiene por qué ser de izquierdas.

El perfecto idiota, en realidad, es quien antepone su ideología a la realidad. Los autores lo resumían con una frase demoledora: «lo malo no es haber sido idiota, sino continuar siéndolo».

El culpable siempre es otro

El personaje del libro necesitaba explicar la pobreza recurriendo a los ricos, al imperialismo, a las multinacionales, al Fondo Monetario Internacional o al «neoliberalismo».

En España hemos perfeccionado el mecanismo.

Si la vivienda es cara, el culpable es el especulador, el fondo de inversión, el casero o el turista. Si los alquileres siguen subiendo después de nuevas regulaciones, se reclama otra regulación.

El Gobierno puede equivocarse, pero la solución suele ser más Gobierno. El problema no es que el Estado intervenga. El problema aparece cuando nadie está dispuesto a admitir que una intervención puede fracasar.

La palabra mágica sigue siendo «social». Todo lo que se presenta como social parece quedar automáticamente fuera de discusión. Pero una política no es buena porque tenga buenas intenciones:  Es buena si funciona.

El perfecto idiota también puede ser de derechas

Sería demasiado fácil convertir el libro en un arma contra la izquierda. Porque la derecha también tiene su perfecto idiota.

España tiene problemas migratorios reales: fronteras que controlar, inmigración irregular, integración, presión sobre determinados servicios y una situación especialmente delicada en Ceuta, como ha vuelto a demostrar la crisis de estos últimos días. Pero precisamente Ceuta debería servirnos para algo más que para intercambiar acusaciones.

El Gobierno tiene que explicar qué sabía, cuándo lo sabía y si actuó correctamente. La oposición tiene derecho a exigir responsabilidades. Y quienes reclaman una política migratoria más firme tienen derecho a defenderla.

Lo que no deberíamos hacer es convertir una crisis compleja en una explicación universal.

Porque si la izquierda encuentra al culpable de todos los males en «los ricos», «los especuladores» o «la extrema derecha», la derecha puede cometer exactamente el mismo error.

Cuando una explicación sirve para absolutamente todo, normalmente no explica nada. Cambia el enemigo. No cambia el mecanismo mental.

El idiota necesita una tribu

Ahí está quizá la gran actualidad del libro. El perfecto idiota de izquierdas cree que más Estado es siempre la respuesta.

El de derechas cree que todo impuesto es un robo, toda regulación es socialismo y todo problema de seguridad tiene un único culpable.

El nacionalista culpa al centralismo.

El centralista culpa al nacionalismo.

El Gobierno culpa a la oposición.

La oposición culpa al Gobierno.

Y todos encuentran argumentos para demostrar que los suyos tienen razón.

La realidad, mientras tanto, continúa molestando.

La vivienda sigue siendo cara. La productividad española sigue siendo insuficiente. La deuda pesa. La enseñanza necesita mejorar. La sanidad afronta problemas. La inmigración exige una política seria.

Ninguno de esos problemas admite una explicación de una sola palabra. Pero las palabras sencillas dan votos: ricos», fascistas», progres, globalistas, comunista, cambio climático, etc..

Un enemigo: una consigna, un aplauso. Y mañana, otra vez.

El verdadero perfecto idiota

Quizá la lección más interesante de Mendoza, Montaner y Vargas Llosa no sea que la izquierda se equivoca. Ni que la derecha tenga razón. Es otra.

El perfecto idiota es quien deja de revisar sus ideas cuando los hechos las contradicen.

Puede llevar una bandera roja. O una bandera española. Puede hablar de lucha de clases, o de inmigración. Puede defender al Estado, o al mercado. Da igual. La idiotez política no consiste en tener una ideología. Consiste en convertirla en una religión.

Por eso conviene volver a aquel libro treinta años después. No para buscar idiotas en el partido de enfrente, sino para preguntarnos si alguna vez nosotros mismos hemos hecho lo que ellos describían.

Porque España tiene problemas demasiado serios para que los resolvamos a golpe de consignas. Necesitamos menos explicaciones prefabricadas y más realidad. Menos enemigos universales y más responsabilidad. Menos políticos convencidos de que siempre tienen razón y más políticos capaces de decir: «me he equivocado».

Esa frase, hoy, sería casi revolucionaria.

Y quizá esa sea la verdadera lección de aquel viejo Manual del perfecto idiota: el perfecto idiota siempre estará convencido de que el perfecto idiota es el otro.


5 respuestas a «El perfecto idiota ya no necesita cruzar el Atlántico»

  1. Soy un «Perfecto Idiota» porque NO voté la Constitución de 1978, No a UCD, Si a AP, Si a PP, Si a Ciudadanos, Si a VOX, Si a la Ardilla …, y seguiré siendo un «Perfecto Idiota», porque en las próximas Generales iré con un «Cubilete» a la Mesa de Papeletas, y si sale un 6, votaré a SanchinFlas, 7 a Lady Cohetes, 6 al Orangután, 5 lingotazo con la bota de vino, 4 otro lingotazo, 3 otro lingotazo, 2 idem lingotazo …, y como nunca me ha tocado nada, me saldrá como siempre el ONE (1), y votaré en secreto o en conciencia al que creo con seguridad que no va a tener un sólo escaño.
    Saludos

  2. Lo malo no es haber sido idiota- al fin y al cabo todos, en algún momento de nuestra vida, nos hemos comportado como tal- sino continuar siendolo como dice el autor del artículo.

  3. Es de idiotas pensar que una democracia es la representación de la voluntad del pueblo, cuando hoy más que nunca se pone de manifiesto que nada de lo que atañe al pueblo se pregunta al pueblo, y los políticos cambian de opinión se la noche al a mañana y no pasa nada. Con votar al de siempre está todo solucionado, ya lo arreglarán… menuda democracia. De risa.
    Cuando al que yo vote, haga lo que dijo que haría, sin poner excusas o pasarle la pelota a otro/ engaños varios; entonces empezaremos a hablar de democracia. Que la gente no vea que este sistema es mentiroso hasta las trancas, si que es de idiotas. Y para empezar a tratar este mal, lo primero es, o no creerse a los medios vendidos, o ponerlos en duda, o darle la vuelta a todo lo que digan. Piensa mal y te quedarás a medias.

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